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Relatos Ardientes

El auxiliar de vuelo que cambió nuestro último día

Embarcamos y, ya sentados casi al fondo del avión, los auxiliares empezaron a repartir bebidas. Para mi sorpresa, el chico que un rato antes me había cruzado en el baño del aeropuerto apareció junto a mi asiento ofreciéndome una botella de agua.

Mediría un metro ochenta y dos, delgado, de pelo corto y oscuro, con una sonrisa demasiado fácil para ser inocente.

—Igual te hace falta —dijo en voz baja—. Para que te recuperes de lo de antes.

Señalaba con la barbilla a Lucía, que como de costumbre se había dormido a los dos minutos de abrocharse el cinturón. Teníamos por delante casi cuatro horas de vuelo.

Acepté la botella con un gracias y él siguió su camino por el pasillo.

Cuando por fin nos dejaron levantarnos, fui hasta la parte trasera y me lo encontré en el pequeño habitáculo donde se refugia la tripulación. Estaba con dos compañeros, un chico y una chica, preparando carros. Al verme pasar les hizo un gesto y los dos se giraron a mirarme con una curiosidad que no disimulaban.

A la salida del baño lo encontré solo.

—¿Necesitas algo? —preguntó.

—De momento no, gracias.

—No quiero parecer entrometido, pero… ¿viajas con tu mujer?

—Sí, claro.

—¿La del asiento de al lado?

—Esa misma.

—Como no es la de… antes, por decirlo de alguna manera.

Me reí sin poder evitarlo.

—No, no lo era. Era una amiga despidiéndose.

—Me llamo Hugo —dijo, tendiéndome la mano—. Si necesitas algo, ya sabes. Me lo pides.

—¿Si lo necesito yo, o ella?

Se quedó un instante callado, calculando, antes de contestar.

—Los dos.

***

Volví a mi asiento y encontré a Lucía despierta, estirándose.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

—En el baño.

En voz muy baja le conté todo, empezando por lo que el chico había visto un par de horas antes en el baño del aeropuerto, cuando Sandra se despidió de mí de una forma que ningún cartel de «aseo ocupado» llega a justificar.

La siguiente vez que Hugo pasó por nuestro lado, Lucía lo repasó de arriba abajo con una lentitud descarada.

—Pues no está nada mal el chaval —murmuró—. Y tiene un culo de los que se recuerdan.

La cosa habría quedado ahí, pero los dos nos dimos cuenta de que, cada vez que Hugo pasaba, nos miraba sonriente, como si por dentro ya estuviera desnudando a mi mujer.

A mí volar no me da miedo, pero me pongo nervioso encerrado, así que aprovecho cualquier excusa para estirar las piernas. La segunda vez que fui hacia el fondo, Hugo y su compañero estaban montando un carro. Antes de descorrer la cortina alcancé a oírlo.

—Grandes y bien puestos. Está buenísima.

Tenía las manos delante del pecho, dibujando en el aire una talla generosa. Su compañero se reía, hasta que me vio y se giró de golpe.

—Hola. ¿Necesita algo? —disimuló Hugo, poniéndose colorado.

—Otra botella de agua, si no te importa.

—Claro. Tenga.

Le di un sorbo delante de él, sin apartar la mirada.

—¿Te referías a mi mujer con ese gesto de antes?

No supo qué responder. Tragó saliva y su compañero volvió a darme la espalda.

—Tranquilo —le dije—. Ya sé lo buena que está. Y lo que viste en el aeropuerto era la despedida de una gran amiga. Lucía, en cambio, no ha tenido despedida.

Los dos me miraron sin atreverse a respirar.

—¿Y si te dijera que me gustaría que ella tuviera un buen final de vacaciones?

Me acabé el agua, le devolví la botella vacía y volví a mi asiento sin añadir nada más.

***

La siguiente vez que Hugo pasó, miró a Lucía con un brillo nuevo en los ojos que delataba exactamente lo que estaba pensando. Mi mujer, que jamás es ajena a lo que provoca, me pidió cambiar de sitio: yo estaba junto al pasillo y ella quería estarlo.

No tardó en volver el carrito. Lucía lo paró para pedir agua. Se había estirado la blusa hacia abajo y soltado un botón, dejando a la vista un buen trozo de sujetador de encaje y bastante más de lo que el encaje cubría.

—Una botella, por favor —dijo con voz de seda.

Los ojos de Hugo se quedaron clavados en el escote. Al alargar la mano para coger la botella, Lucía le rozó la entrepierna como por descuido, sin dejar de sonreírle. Él dio un respingo, pero no protestó: se limitó a devolvernos la sonrisa antes de seguir su ruta.

—¿Te vas a pasar todo el vuelo picándolo? —le pregunté.

—Puede ser.

—Cómo te gusta provocar.

Se giró hacia mí y me dio un beso lento.

—Y no me dirás que a ti no te gusta.

—Sabes de sobra que sí.

Cada vez que Hugo cruzaba el pasillo había un duelo de miradas. Hasta que, en una de esas idas hacia el fondo, Lucía se levantó.

—Voy al baño.

—Al baño. Ya. Claro.

Me miró con cara de niña traviesa y caminó hacia la cola del avión, justo detrás de Hugo. El resto del pasaje dormía o estaba absorto en las pantallas, y como teníamos una sola fila detrás —ocupada por dos personas dormidas—, nadie reparó en nada.

Tardó unos veinte minutos. Cuando volvió a sentarse me dio un beso en el que reconocí, en mis propios labios, el sabor del sexo.

—¿Tan rápido? —pregunté.

—Algo rapidito. Solo una mamada. No veas lo que tiene el chico: fina, pero larguísima. Y suave.

—Eres una viciosa.

—Pues hay más. Me ha propuesto que vayamos al hotel que está pegado al aeropuerto. Como no tenemos la conexión hasta las diez, he dicho que sí. Mejor eso que pasar tantas horas muertas en la terminal.

Giré la cabeza para mirarla, riéndome.

—Así que esta es la despedida de las vacaciones.

—Igual que tú tuviste la tuya.

***

El resto del vuelo transcurrió sin sobresaltos hasta el aterrizaje. Hugo nos despidió en la puerta con su uniforme impecable.

—Espero que hayan tenido un buen vuelo.

—Buenísimo —contesté—. Aunque no tanto como tú.

Recogimos el equipaje, tomamos un autobús lanzadera hasta el hotel y, después de registrarnos, subimos a la habitación. Era uno de esos sitios pensados para tripulaciones entre vuelos: cuartos amplios, cama enorme y un baño con una ducha en la que cabría medio avión.

Lucía se metió a ducharse mientras esperábamos. No esperamos mucho. Llamaron a la puerta y abrí: era Hugo, con una pequeña maleta de cabina y la corbata todavía puesta. Lo hice pasar y, al cerrar, vi a sus dos compañeros cruzar el pasillo. Me miraron y sonrieron.

Lucía apareció envuelta en una toalla que dejó caer enseguida, plantándose desnuda frente a nosotros. Yo llevaba un albornoz; Hugo seguía de uniforme, mirándola con la boca entreabierta.

—Si no te quitas la ropa, vamos mal —dijo ella, sentándose en el borde de la cama.

Hugo se desnudó a toda prisa. Lucía no exageraba: su erección era fina pero larga, con el glande ya brillante. Le hizo un gesto para que se acercara y, cuando lo tuvo delante, lo agarró sin dejar de mirarlo a los ojos. Bajó la cabeza despacio y le pasó la lengua por la punta, arrancándole un suspiro.

Yo seguía de pie, viendo cómo aquella verga desaparecía entre los labios de mi mujer, y notaba la mía endurecerse bajo el albornoz. Lucía la recorría a lo largo, llegaba hasta abajo, volvía a subir, todo con las piernas abiertas, dejándome ver lo húmeda que estaba.

Me acerqué y me coloqué junto a Hugo, que tenía los ojos cerrados. Lucía deslizó la mano bajo mi albornoz, me lo quitó de un tirón y empezó a alternar: una lamida para él, otra para mí, la mano en uno mientras la boca trabajaba al otro. Me apretaba con suavidad mientras rodeaba el glande con la lengua, y Hugo me miraba con una sonrisa cómplice cuando volvieron a llamar a la puerta.

***

Me anudé a toda prisa la toalla que Lucía había tirado al suelo —sin que disimulara gran cosa— y fui a abrir.

Era la compañera de Hugo. Bajó la mirada hasta el bulto de la toalla y se mordió el labio inferior.

—Hola. Soy Nadia. ¿Puedo pasar?

La miré, y lo que vi me gustó. Seguía con el uniforme de azafata: metro setenta, delgada, elegante, falda de tubo por debajo de la rodilla, blusa blanca, americana a juego y un pañuelo anudado a un cuello largo y fino. Pelo rubio, liso a la altura de los hombros, pecas y dos ojos castaños que sonreían antes que su boca.

Me hice a un lado. Desde el corto pasillo se veía la habitación: Lucía tumbada y Hugo de rodillas entre sus piernas, devorándola.

Nadia se quedó mirando un instante, luego se giró hacia mí y se quitó la americana. Bajo la blusa se adivinaban dos pechos no muy grandes; al desabrocharla apareció un sujetador blanco de encaje que dejaba transparentar unos pezones oscuros. Se quitó la falda y, al girarse, descubrí un tatuaje fino —una mandala— que le bajaba por la espalda hasta la cintura, y otro que le cubría la cadera derecha. Las nalgas, redondas y firmes, asomaban bajo un tanga a juego.

Mis manos fueron directas a su culo. Mientras ella me arrancaba la toalla, me arrodillé detrás, le bajé el tanga y llevé la boca hasta su sexo desde atrás. Tras unas cuantas lamidas me levanté. Nadia agarró mi verga y empujó las caderas hacia atrás, encajándola entre sus muslos. Le solté el sujetador, se giró, me rodeó el cuello con los brazos y me besó con un ansia que no esperaba, pegando todo su cuerpo al mío.

La levanté por las nalgas y la llevé a la cama, junto a Lucía, que seguía recibiendo el trabajo de la lengua de Hugo. Me tumbé encima de Nadia, una mano en un pecho, la otra entre sus piernas. Ella buscó mi verga y empezó a masturbarme despacio.

Fui bajando. Sus pezones eran claros, cónicos, y me entretuve en ellos antes de seguir besando su vientre hasta el pubis, donde un pequeño triángulo de vello rubio bien recortado apuntaba justo al inicio de su sexo. Deslicé la lengua entre sus labios, recreándome en el sabor. La recorrí entera, subí hasta el clítoris ya hinchado y ella contuvo el aliento, pidiéndome con un respingo que no parara.

Con las piernas abiertas a ambos lados de mi cabeza, movía las caderas frotándose contra mi cara. Bajé un poco más, hundí dos dedos en ella y dejé que la lengua jugara también con su otra entrada antes de volver a concentrarme arriba.

***

Nadia se giró hasta quedar con la cabeza colgando del borde de la cama y, agarrando mi verga, la dirigió a su boca. Primero noté el calor de su aliento en el glande; después, la humedad de sus labios cerrándose y la lengua jugando con la punta.

Sin dejar de lamerla, alcé la vista y vi a Lucía cabalgando a Hugo, que entraba y salía de ella como un pistón mientras le sujetaba los pechos. Aparté la mirada cuando noté que Nadia empezaba a temblar. Profundicé, presioné el clítoris con la lengua y ella se corrió casi en silencio, con unos gemidos ahogados por mi verga, que sentí palpitar en su boca.

Me tumbé sobre ella, le subí las piernas a mis hombros y la penetré de una sola embestida. Su sexo se cerraba a mi alrededor, contrayéndose y soltándome. Ahogué sus gemidos con un beso mientras ella me apretaba con las piernas para sentirme más adentro.

Una mano me acarició la espalda. Era Lucía. Habían cambiado de postura: ahora estaba a cuatro patas y Hugo la embestía por detrás, sujetándola de las caderas. Me incliné a besarla y le agarré un pecho. Debajo de mí, los pezones de Nadia estaban durísimos, y vi cómo la mano de mi mujer aparecía entre nuestros cuerpos para acariciárselos. Nadia respondió pellizcando uno de los de Lucía.

Fue Nadia quien decidió cambiar: hizo que me tumbara y se sentó sobre mí, de cara a la pareja. Lucía no desaprovechó la oferta y empezó a lamerle el sexo mientras Nadia me cabalgaba. Yo le sujetaba los pechos sin que dejara de moverse, jadeando.

—¡Me voy a correr! —avisó Hugo de pronto.

Lucía se separó al instante, se tumbó e hizo que él se colocara sobre su vientre y le metiera la verga entre los pechos, lamiéndole la punta a cada empujón. Hugo se corrió con un gruñido, entre sus tetas y con el glande rozando los labios de mi mujer, que limpió los restos con la lengua.

Nadia seguía encima de mí. Cuando estaba a punto de terminar, echó el cuerpo hacia atrás y se corrió tan en silencio como la primera vez. Al notar que yo ya no aguantaba, se arrodilló entre mis piernas e hizo que me viniera en su boca mientras paseaba la lengua por la punta.

***

Nos quedamos los cuatro tumbados, recuperando el aliento, hasta que Nadia se levantó hacia el baño.

—Son grandes las duchas —comenté.

—Sí —dijo Lucía—. Entramos los cuatro sin problema.

Hugo pegó un salto, la levantó en brazos riéndose.

—Pues venga. A la ducha todos.

Yo me hice el remolón un rato. Cuando entré, encontré a las dos chicas en cuclillas, lamiendo por turnos la verga de Hugo, que ya despertaba otra vez. Una mano de Lucía desaparecía entre las piernas de Nadia y esta le devolvía el favor desde atrás. La cara de Hugo era un poema: tener a aquellas dos a su disposición ya lo había puesto duro de nuevo.

Me coloqué a su lado. Lucía dividió su atención entre los dos hasta que Hugo reclamó algo más y las chicas se intercambiaron. Yo levanté a Nadia, le di la vuelta y, en cuclillas, le pasé la lengua por detrás mientras mis dedos buscaban su clítoris. Apoyada en los azulejos, daba pequeños respingos a cada caricia.

La ducha no daba para tanto, así que Hugo y Lucía salieron sin alejarse: él la sentó en la encimera del lavabo y se arrodilló entre sus piernas, mientras mi mujer le sujetaba la cabeza con una mano.

Cuando Nadia tuvo otro orgasmo, me incorporé, le levanté una pierna y dirigí mi verga hacia su entrada trasera. Empujé despacio, solo el glande primero; entró sin demasiada resistencia y empecé a bombear con calma. Ella deslizó la mano entre las piernas.

—Joder, qué bien lo haces —jadeó—. Córrete dentro.

Aceleré, moví los dedos sobre su clítoris hinchado hasta notar que se quedaba sin respiración, y con su cuerpo apretándome no pude más: me vacié entero dentro de ella, que seguía gimiendo bajito. Mi verga salió sola. Nadia se giró, me rodeó el cuello y me besó.

—Estuvo muy, muy bien —murmuró—. No iba a ser Hugo el único que disfrutara. Míralos.

Hugo tenía a Lucía de pie contra la encimera, una pierna en alto, penetrándola por detrás. Mi mujer gemía cada vez más fuerte.

***

Nadia me llevó a la cama y se tumbó de espaldas a mí, pegando el culo a mi verga, que no tardó en reaccionar. La abracé mientras Lucía alcanzaba el orgasmo en el baño. Hugo aún no había terminado, así que ambos se acercaron y se tumbaron a nuestro lado.

Él se colocó frente a Nadia, dejándole la verga a la altura de la boca, y ella no perdió el tiempo. Mientras lo lamía de arriba abajo, yo encontré su entrada y empujé despacio hasta hundirme entero. Nos movíamos al mismo ritmo, ella sin dejar de atender a Hugo, hasta que él le sujetó la cabeza con una mano y se corrió entre sus labios.

Lucía se acercó entonces a besarla mientras yo seguía bombeando, y así Nadia tuvo otro orgasmo que me arrastró al mío.

Nos quedamos los cuatro tendidos un buen rato. Nadia apoyaba la cabeza en una pierna de Hugo, acariciándole sin prisa, las piernas sobre las mías.

—Mmmm… ¿creéis que aún me daría para uno más? —preguntó—. ¿Con los dos a la vez?

Hugo y yo nos miramos.

—No sé —dijo él—, pero podrías intentarlo.

—Pues por intentarlo que no quede.

Se puso de rodillas entre los dos y agarró nuestras vergas, todavía flácidas, masturbándolas con suavidad, pasando los dedos por ambos glandes. Se agachó, se metió la mía en la boca y jugó con la lengua mientras Hugo se colocaba detrás y le acariciaba el sexo y el culo. La noté endurecerme dentro de su boca; a Hugo, con su juventud, no tuvo que dedicarle ni la mitad de tiempo.

Hizo que me tumbara, se sentó sobre mí guiando mi verga a su interior y le ofreció el culo a Hugo, que entró despacio pero firme. Nadia jadeaba encima de mí mientras yo le lamía los pezones y notaba cómo nuestras dos vergas se rozaban a través de ella, separadas por una fina pared.

—Más —pedía—. Más fuerte.

Se lo dimos. Sentía los músculos de su sexo contrayéndose sobre mí cada vez que subía y bajaba. Buscó mi boca justo cuando volvió a correrse, sin dejar de jadear. Hugo y yo seguimos hasta que, a punto los dos, ella se apartó y se arrodilló en medio, masturbando a uno mientras lamía al otro, hasta que ambos terminamos sobre sus pechos mientras alternaba la boca de una verga a la otra.

***

Nos quedamos en la cama hasta que Lucía salió de la ducha.

—Si te vas a duchar, hazlo ya, que no tenemos mucho tiempo —me dijo.

A regañadientes me levanté. Cuando salí y fui a vestirme, Lucía ya estaba lista y Hugo y Nadia seguían desnudos sobre las sábanas revueltas, charlando como si se conocieran de toda la vida.

Nos despedimos —Nadia se levantó a darnos un beso a cada uno— y salimos hacia el aeropuerto con el tiempo justo, tan justo que llegamos a la puerta cuando ya cerraban, rumbo a casa por fin.

Lucía me apretó la mano en el despegue y me dedicó una sonrisa que lo decía todo. Había sido un final de vacaciones difícil de superar.

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Comentarios (4)

MelissaCba

Que relato tan bueno!! me tuvo pegada de principio a fin

PatricioBA

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues de aterrizar jajaja

lectora_mdq

El ambiente del vuelo le da algo muy especial a todo. Se siente natural, no forzado. Muy bien logrado

Fede_Noc

jajaja el auxiliar no sabia en lo que se estaba metiendo... o si?? Buenisimo

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