La escapada al chalet acabó en una orgía al sol
Me desperté con una rendija de luz colándose por la persiana y un silencio tan denso que parecía pesar sobre la cama. A mi lado, Lina respiraba tranquila, con media sonrisa dibujada en los labios. Me levanté despacio, sin hacer ruido, y bajé desnudo a la cocina del chalet.
El resto seguía durmiendo. Me preparé un revuelto con tomate, me serví un café y salí al jardín a tumbarme en una de las hamacas donde todavía daba la sombra. Cerré los ojos un momento y debí quedarme dormido, porque lo siguiente que sentí fueron unas manos deslizándose por mi espalda, repartiendo crema fría centímetro a centímetro.
Me giré despacio. Era Lina, arrodillada detrás de mí, con el bote de protector en la mano.
—¿Te has levantado tú sola? —pregunté.
—Los demás siguen fundidos. Anoche se pasaron de vueltas —dijo, y se rió bajito.
—¿Qué hora es?
—Pasadas las doce.
—Joder. ¿Te vistes y nos escapamos a dar una vuelta?
—Primero me untas bien la espalda. Si no, no hay plan —contestó, y se tumbó coqueta en la hamaca de al lado.
—Túmbate, entonces. A lo mejor hoy no salimos —le dije, y ella soltó otra carcajada.
Llené las manos de crema y la extendí por sus hombros, generosa, sin prisa. Bajé amasando cada vértebra, la cintura, las nalgas, hasta los pies. Después remonté por el interior de los muslos, muy lento, escuchando cómo su respiración cambiaba. Cuando llegué arriba, ya estaba mojada.
—Estás empapada —murmuré.
—Llevo así desde anoche. Me dejaste a medias y no me lo perdono —dijo entre dientes.
—Date la vuelta.
—No. Si me toco más, no salimos, y quiero ir a la playa —se rió, escurriéndose—. A la cala del Faralló. Está casi vacía a estas horas.
—Pues a la cala del Faralló.
***
Nos dimos crema el uno al otro por delante, sacamos el coche del garaje y en poco más de media hora aparcábamos junto al sendero. La cala es grande y agreste, con un chiringuito perdido en el extremo y una zona nudista que a mediodía queda casi desierta. Buscamos un rincón resguardado entre unas rocas que prometían sombra para media tarde, tendimos la esterilla y nos echamos al sol.
—Qué gusto sentir el calor en la piel —dijo Lina, estirándose como una gata.
Estuvimos un buen rato así, callados, dejando que el sol nos secara la sal del aire. Al cabo saqué de la bolsa un pulverizador de agua que llevo a todas partes. Lina me miró extrañada.
—¿Y eso para qué es?
—Soy alérgico al agua del mar. Si me baño y no me aclaro con dulce enseguida, acabo rojo como un cangrejo.
—Qué tío más raro eres —se rió, y se levantó—. Me voy al agua.
La vi alejarse meneando el culo a propósito, volviéndose cada dos pasos para sacarme la lengua. Entró en el mar, se encogió por el frío y, tras unos minutos, regresó a la toalla con la piel erizada. Llevé la mano hasta su espalda y bajé acariciando despacio.
—Qué fría estás —dije.
Ronroneó y abrió las piernas sin decir nada. Le acaricié entre los muslos, notando que el frío del mar no había apagado nada. Ni ella tenía prisa ni yo tampoco. Mi dedo recorría el surco de arriba abajo, despacio, repartiendo su humedad, mientras ella se daba media vuelta para ofrecer el cuerpo al sol.
—No pares. Así, despacito —pidió en voz muy baja.
Con el nuevo ángulo tenía mejor acceso. El dedo subía desde abajo hasta el clítoris en un viaje lento, una y otra vez. Lina abría y cerraba la boca, buscando aire. Subí con la otra mano hasta su pecho, le apreté el pezón izquierdo entre los dedos, fuerte, hasta arrancarle un gemido a medio camino entre el placer y el dolor. Repetí con el derecho y, cuando lo solté, bajé la boca a él. Ella me sujetó la cabeza contra su pecho.
—Así, sigue, sigue —jadeó.
Me llené los dedos de saliva y volví a su clítoris, que rodeé sin tocarlo del todo, recreándome en la espera mientras le succionaba el pezón. Lina cerró las piernas con un espasmo.
—Ahora no pares, por favor —suplicó.
Seguí girando sobre el mismo punto, notando cómo se deshacía. Se corría en oleadas, una detrás de otra, buscaba mi boca, temblaba contra ella, entraba en una especie de trance del que no quería salir. Hasta que, de pronto, apretó los muslos contra mi mano y se separó del beso.
—Para, para por favor —susurró.
Me llevé los dedos a la boca. Ella se dio la vuelta y, sin más, se quedó profundamente dormida bajo el sol.
***
Una hora después abrió los ojos, me miró y se lanzó directa a mi sexo.
—¿Adónde vas, chiquilla? —reí.
No contestó. Se metió la polla en la boca y empezó a chuparla muy despacio, mirándome a los ojos mientras crecía entre sus labios. Una mano en la base, la otra acariciándome, sin prisa, comiéndomela ella sola a su ritmo.
—Fóllame la boca —pidió, soltándola un segundo—. Me gusta que me la follen.
Le sujeté la cabeza y empujé con fuerza. Los ojos se le llenaron de lágrimas y un par de arcadas le sacudieron el cuerpo, pero las dominó. Se apartó para coger aire, se giró y se sentó sobre mi cara.
—Cómemelo y córrete en mi boca —jadeó.
Mientras su boca volvía a tragarme, la mía se cerró sobre su sexo. Le succionaba el clítoris y lo agitaba con la lengua sin descanso. Ella empujaba las caderas contra mí, intentando tragarme entero. Cuando lo logró, moví la pelvis con fuerza hasta vaciarme dentro de su garganta. Lina tragó con frenesí y se pegó aún más a mi boca, regalándome lo suyo.
—Joder, ¿quieres matarme? —resopló, riéndose—. Me has dejado seco.
Nos acurrucamos al sol un rato más, recuperando el aliento. El móvil sonó con un mensaje y al mirarlo vi la hora: las cinco y media.
—Niña, hay que volver.
—Jo, si se está de maravilla.
—Ya, pero la noche puede ser muy larga.
***
Recogimos, montamos en el coche y en cincuenta minutos estábamos de vuelta. Metí el coche hasta el fondo de la parcela y bajamos. Se oía música alta y voces. Al rodear la casa y llegar a la piscina, me encontré el cuadro completo: Carla, a la que todos llamábamos «la Gata», tenía la polla de Marcos en la boca mientras, sentada sobre la cara de Nadia, dejaba que esta le comiera el coño. La expresión de gozo de los tres era de otro mundo. Lina me apretó la mano. Aquello acababa de empezar, y lo que vino después prefiero que lo cuenten ellos mismos.
***
Carla lo recordaría así. Había dormido de un tirón después de una noche intensa y bajó pasadas las cuatro a la cocina, donde encontró a Nadia y a Marcos desayunando con miradas demasiado cargadas para esa hora.
—Buenos días, tortolitos —saludó.
Ninguno respondió. Terminaron y salieron a la piscina. Carla desayunó también y los siguió. Al llegar, Nadia sujetaba con una mano la polla de Marcos e intentaba tragarla entera. Carla se acercó y coló la mano entre las piernas de Nadia.
—Estás chorreando —le susurró al oído.
Nadia gimió y se sentó sobre su mano. Mientras seguía cabeceando sobre Marcos, recibía tres dedos hasta el fondo. Cada vez más rápido, cada vez más alto.
—Vamos, más deprisa —la animaba Carla.
Nadia chillaba ya cuando la mano de Carla se empapó entera, justo a la vez que ella se tragaba a Marcos hasta el fondo de la garganta.
—Quítate y túmbate —ordenó Nadia, sin aliento—. Cómeme tú a mí.
Carla se sentó sobre la boca de Nadia y, al mismo tiempo, agarró la polla de Marcos para llevársela a la boca. Era larga, de las que se chupan bien y caben enteras. La lengua de Nadia bajo ella la tenía ya al borde. Sintió un escalofrío subirle por la espalda mientras se vaciaba sobre la boca de su amiga.
***
Nadia tomaría el relevo del relato. La Gata la había llenado de humedad y la había dejado en llamas. La apartó a un lado, se puso a cuatro patas delante de Marcos y él, sujetándola por las caderas, la penetró de una sola embestida hasta el fondo.
«Casi me corro ahí mismo», pensó. Marcos impuso un ritmo rápido que la llevó al cielo enseguida. Él se dio cuenta y empezó a entrar y salir de golpe, sacándole oleadas que no podía contener. Llegó un punto en que no aguantó más y se echó a un lado, jadeando. Desde el suelo alcanzó a ver cómo Diego se follaba a su mujer, Vera, contra el borde de la piscina, sin tregua.
***
Marcos lo contaba más sencillo. Se había despertado, no había encontrado a nadie y se estaba preparando algo de comer cuando apareció Carla. Le preguntó si quería desayunar, ella dijo que sí, y al llevarle el plato a la mesa recibió un beso suave y húmedo. Verla allí, desnuda, con esos pechos desafiándolo, bastó para que su polla se pusiera dura como una barra.
Salieron al jardín y se devoraron a besos. Carla se dejó caer de rodillas y empezó a comérsela despacio, entera, acariciándole mientras tanto. Cuando él iba a tumbarla para penetrarla, apareció Nadia, que metió la mano entre las piernas de Carla. Carla se corría sobre los dedos de Nadia mientras devoraba a Marcos con ganas, y él hacía verdaderos esfuerzos por no terminar. En cuanto Carla acabó, fue Nadia quien se abalanzó sobre su polla, comiéndola con un hambre distinta.
Cuando Nadia llegó al suyo, Carla volvió a ponerse a cuatro patas y Marcos empezó a follarla con ganas, encajando perfecto en ella. Al notar que se deshacía, la sacó y la metió de golpe; al ver que eso la enloquecía, repitió hasta que ella, agotada, se tumbó a un lado.
Apenas tuvo un respiro. Nadia lo empujó, lo tiró sobre la hierba, se montó encima y empezó a cabalgarlo sin piedad. Su coño era estrecho y ardiente, y Marcos no aguantó demasiado: arqueó la espalda y se vació. Pero ella no paró, siguió moviéndose sobre su polla todavía dura hasta arrancarse el orgasmo que buscaba.
***
Y aquí entro yo, Vera, que también tengo algo que contar. Me levanté creyendo estar sola, desayuné tranquila y salí a la piscina pensando en darme un baño. Lo que encontré me dejó clavada: Carla siendo masturbada por Nadia mientras se comía la polla de Marcos. La noche ya me había dejado caliente, y aquella escena terminó de encenderme. Estaba a punto de meterme yo misma la mano cuando aparecieron Lina y Diego, recién llegados de la cala.
—Joder, bonito espectáculo —dijo Diego, plantándose a mi lado.
—Siempre se puede mejorar —le respondí, mirándolo de arriba abajo.
Ni corto ni perezoso, miró a Lina; los dos se desnudaron y él se acercó hasta que sentí el calor de su polla gruesa cerca de la boca. Lo miré con descaro, me incorporé y me la llevé a los labios. Era tan ancha que me obligaba a abrir la boca al máximo.
—Tranquila —dijo Lina, agachándose junto a nosotros—. Deja que tu boca se vaya acostumbrando poco a poco.
Yo lamía y engullía la parte que podía mientras Lina le comía los huevos a Diego. Él me sujetaba la nuca y me empujaba hasta casi tocar la garganta, para dejarme respirar justo a tiempo. Cada vez que salía, la polla brillaba de saliva que me caía por el pecho. Tenía los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo pidiendo más.
—Fóllame —le pedí—. Métemela ya.
Lina miró a Diego, me hizo levantar el culo y apoyar las manos en la hierba. Noté cómo él se colocaba detrás y apuntaba.
Entró muy lento, abriéndome de un placer larguísimo. Estaba tan mojada y tan caliente que lo recibí entera sin esfuerzo. Lina llevó la mano a mi clítoris y lo acariciaba con un cariño que contrastaba con la fuerza de Diego. Un primer orgasmo pequeño me recorrió entera. Él lo notó y aceleró. Entonces Lina se colocó delante de mí, abrió las piernas y me acercó la boca a su sexo.
En cuanto Diego vio mi boca pegada al clítoris de Lina, empezó un mete y saca brutal que me hizo perder la cuenta de las veces que me corrí. Esa polla me llenaba, los testículos chocaban contra mí, la humedad de Lina me bañaba la boca, y todo junto me llevó al éxtasis total. Ahí estaba cuando sentí a Diego clavarse hasta el fondo y llenarme las entrañas.
—Joder, joder —fue lo único que dijo.
Cuando abrí los ojos, Diego y Lina se comían a besos, y el resto estábamos desperdigados por la hierba, deshechos y felices bajo el sol de la tarde.
—¡Todos al agua! —gritó Diego.
Y nos lanzamos a la piscina, riéndonos como si la mañana no hubiera ocurrido, sabiendo que la noche, otra vez, prometía ser muy larga.