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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la piscina del chalet aquel domingo

Ilustración del relato erótico: Lo que pasó en la piscina del chalet aquel domingo

Esa última noche la había pasado lejos del chalet, en una habitación de hotel con Lucía. Me levanté temprano, me vestí sin hacer ruido y le dejé un beso en la frente y una nota con mi número en la mesilla. No prometí nada. A veces lo que no se promete es justo lo que más dura.

Al salir a la calle, el sol ya pegaba fuerte aunque apenas pasaba del mediodía. Desayuné un café largo y una tostada en el primer bar que encontré, y pedí un taxi que me llevara de vuelta. Nadie me había avisado de nada, pero mi coche seguía aparcado dentro de la finca, justo donde lo había dejado.

La noche, por lo que veía, había sido movida. El jardín estaba sembrado de vasos, una camiseta colgaba de una tumbona y un sujetador flotaba en el borde de la piscina. Recogí los vasos para que nadie los pisara descalzo, me desnudé y me metí en el agua. Estaba fresca, perfecta para la resaca. Nadé un par de largos tranquilos hasta que una voz me sacó del trance.

—Buenos días al más veterano y al más ligón —dijo entre risas—. ¿Dónde te metiste anoche?

Era Renata. La llamábamos «la pantera» y el mote le quedaba como un guante.

—Fue una noche larga —contesté—. No te puedo contar más. Pero por lo que veo, aquí tampoco se aburrieron.

—Algo hubo, sí. ¿Me dejas un sitio en el agua?

—Claro. No tengo la exclusiva de la piscina.

Renata se deslizó dentro y nadó hacia mí con esa calma de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Se apoyó en el borde, a mi lado, y empezó a contarme.

—Nos juntamos sobre las tres —dijo—. Las cuatro veníamos de capa caída, sin suerte ninguna. Y de repente aparecieron dos tíos altos, anchos, de esos que no necesitan hablar mucho. Con Damián y nosotras, nos vinimos todos para acá.

Me reí.

—¿Y tú? Cuéntame lo tuyo.

—Lo mío fue lo de menos, mira qué injusticia. Damián y Nadia se lo montaron de escándalo. Sira gritaba como si la estuvieran matando, y Helena se deshizo entre los brazos del rubio. Yo me quedé de mirona hasta el final, viendo cómo Helena acababa reventada en el suelo, Sira con dos a la vez y Nadia chillando con uno metido por detrás.

—¿De mirona? No me lo creo.

—De mirona y con la mano ocupada —admitió—. Me hice una paja metiéndome todos los dedos que me cabían. Así que aquí me tienes, caliente desde anoche. Toca, anda.

Me llevó la mano entre las piernas, por debajo del agua. Estaba empapada, y no era la piscina.

—Estás encendida —le dije al oído.

—Pues hazme algo, que sé que se te da bien.

La miré con ganas y tiré de su muñeca hacia la escalera.

—Fuera del agua. Aquí dentro no se folla bien.

Salimos chorreando y nos fuimos a las tumbonas. La puse de rodillas frente a mí; ella ya sabía lo que tocaba. Me agarró con la mano y se la metió en la boca despacio, sin prisa, hasta que la tuvo dura del todo. Cuando estuvo a punto, la levanté por la nuca, la doblé sobre la tumbona y entré de una sola embestida hasta el fondo.

—Joder —gruñó—, qué falta me hacía.

Salía despacio de ella y volvía a clavarme de golpe, marcando un ritmo que la hacía agarrarse a la tela con las dos manos. El sol nos daba en la espalda y el único sonido era el del agua escurriendo de nuestros cuerpos y el de ella recibiéndome.

—Cuenta —le dije—. A ver si llegas a treinta.

Renata contaba en voz alta y, con cada número, sus gemidos subían un tono. Veinticinco, veintiséis, el sonido de su cuerpo contra el mío cada vez más obsceno.

—Más fuerte, cabrón, más… veintinueve… treinta.

Se echó a temblar sobre la tumbona, balbuceando cosas que no se entendían, y se corrió largo, con todo el cuerpo.

—Quiero más —jadeó cuando recuperó el aire—. Lo quiero todo. Quiero que no me dejes entera.

—Entonces subamos. Prefiero la cama.

La casa seguía en silencio, así que subimos con cuidado de no despertar a nadie. En el dormitorio la empujé sobre la cama; cayó sentada, con las piernas abiertas, y me lancé entre ellas. Le abrí los labios con los dedos y empecé a lamerla despacio, rozando apenas el clítoris con la punta de la lengua, tan suave que se retorcía pidiendo más.

Ella me sujetaba la cabeza con las dos manos, apretándome contra ella cada vez que aceleraba. Cuando la noté al límite, le sujeté los muslos para que no se cerraran y dibujé con la lengua un ritmo rápido que la llevó a un orgasmo largo, de esos que duelen de tan intensos.

—Para, para —suplicaba riéndose—, que me matas, por favor.

—Todavía no.

Se puso ella misma a cuatro patas al borde de la cama, meneando las caderas, buscándome.

—Tranquila —le dije, acariciándole la espalda—. Ahora despacio. Quiero sentir cómo te deshaces.

Coloqué un par de almohadas bajo sus caderas para levantarle el sexo; ya no era un chaval y cualquier truco me venía bien. La sujeté por la cintura y fui entrando muy lento, sintiendo cómo sus paredes se cerraban alrededor de mí. Ella alzaba las caderas buscando más, y yo se lo daba a cuentagotas, disfrutando de su impaciencia.

Poco a poco aceleré. Le levanté las caderas, dejé que me enroscara las piernas en la cintura y la miré a los ojos mientras le daba con todo. El vaivén de sus pechos me tenía hipnotizado, y sus jadeos cada vez más altos me empujaron a un final que llegó con fuerza. Me vacié dentro de ella, hasta el fondo, mientras Renata gritaba de gusto.

Caí encima de ella, deshecho. Esa mujer me dejaba sin batería para una semana. A mi lado sonreía con cara de haber ganado la partida, y la verdad es que la había ganado.

***

Empezaron a oírse ruidos por la casa. Bajamos. En la piscina ya estaban todos: las tres chicas, Damián y los dos nuevos, tumbados al sol. Me presenté a los desconocidos —el rubio y el moreno— y seguimos a lo nuestro. Era el último día; teníamos hasta las seis para dejar el chalet impecable y largarnos.

A eso de la una, el rubio se tiró al agua de cabeza. Detrás fueron Helena, Nadia y Damián, y aquello se convirtió en un revuelo de salpicaduras y manos que enseguida dejó de ser inocente. El moreno fue directo a por Renata, sujetándola por las caderas.

—Me das un poco de miedo —le dijo—, así, tan sobrada.

—Y eso que aún no sabes lo que es bueno —contestó ella.

Nadia se refugió entre mis brazos y se pegó a mí como una lapa.

—¿Tú me proteges?

—Claro, preciosa.

El rubio se llevó a Helena hasta el fondo de la piscina, acariciándole los pechos por el camino. Cuando salieron a la superficie, ella quiso decir algo, pero él le selló la boca con un beso. Sira, por su parte, se había acercado a Damián y le sostenía la polla en la mano, notando cómo crecía.

Nadia se sentó sobre mis rodillas, de espaldas, con las piernas abiertas. Yo le acariciaba los pechos mientras los dos mirábamos el espectáculo desde nuestro rincón, como dos espectadores en primera fila. Había algo hipnótico en verlo todo sin prisa, en ser parte y testigo a la vez.

Renata rodeaba el cuello del moreno con los brazos y le enroscaba las piernas en la cintura; no separaban las bocas ni para respirar. Él se sujetó y la dejó bajar despacio, empalándose poco a poco mientras buscaba otra vez sus labios.

Una de mis manos pellizcaba un pezón de Nadia; la otra, más atrevida, le acariciaba el sexo bajo el agua. El rubio había sentado a Helena en el borde de la piscina y le devoraba el coño sin descanso; ella se retorcía sobre esa boca incansable. Damián y Sira, sobre el césped, se enredaron en un sesenta y nueve voraz, devorándose sin tregua.

Mi erección, dura como hacía años no la sentía, pugnaba por entrar en Nadia. Ella la notó contra el muslo, la sujetó con la mano y se dejó caer hasta clavársela entera. Nos quedamos quietos un instante, ella apretándome por dentro, yo con un dedo trazando círculos sobre su clítoris.

Fuera del agua, el moreno tenía a Renata sujeta por las caderas y le daba con todas sus fuerzas. Ella no aguantó mucho; venía caliente desde la mañana y se corrió agarrada a su cuello. Sira, mientras, levantó el cuerpo, se clavó sobre la boca de Damián y se corrió chillando antes de lanzarse de nuevo a por él.

Nadia empezó un sube y baja lentísimo que me hacía sentir cada centímetro de ese coño estrecho. Gemía bajito, sin cambiar el ritmo, disfrutando de la tortura. El rubio había subido a Helena al jardín y se la follaba a lo bestia, en un misionero rápido que la hacía gritar y pedir clemencia. Cuando se vació dentro de ella, los dos cayeron rendidos sobre la hierba.

—Apriétame los pezones —me pidió Nadia—. Fuerte, muy fuerte.

Le obedecí, y al momento noté un río caliente sobre mis piernas y el temblor de su orgasmo recorriéndola. Siguió moviéndose despacio, ahora con mis dedos apretándole los pezones.

Vimos al moreno colocarse detrás de Sira, que seguía comiéndosela a Damián. Le untó bien con saliva y fue entrando despacio.

—Despacio, cabrón —protestó ella—, que me partes.

Él paró, escupió otra vez y empujó un poco más, hasta que la polla desapareció del todo. Sira marcaba con la boca el mismo ritmo que recibía por detrás, atrapada entre los dos.

—Suéltame los pezones y acarícialos —me susurró Nadia.

Lo hice, y ella soltó un quejido largo que se volvió suspiro y después grito, descargando otra vez sobre mis muslos. Buscó mi boca con ansia y se quedó quieta, temblando, besándome.

Sira recibía las dos pollas a la vez, había perdido la cuenta de las veces que se había corrido. Cuando los dos chicos se apartaron, se la cascaron sobre su cara. Descargó primero Damián, después el moreno; entre los dos le dejaron la cara y los pechos perdidos. Ella, satisfecha, recogió un poco con el dedo y se lo llevó a la boca con gula.

Nadia se giró hacia mí.

—Fóllame —pidió—. Fuerte, muy fuerte.

La sujeté por los glúteos, la levanté un poco y empecé un mete y saca rapidísimo que, con lo cachondo que estaba, no duró demasiado. Pero fue suficiente: terminamos clavados el uno en el otro, sin aire.

Recogimos el chalet entre todos, nos duchamos y nos vestimos. Dejamos a los dos chicos en el pueblo, las chicas se fueron por su lado, y yo llevé a Damián hasta Toledo antes de poner rumbo a casa, sin prisa, con esa sonrisa tonta de quien sabe que no lo va a olvidar en mucho tiempo.

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Comentarios (4)

Maxi_bsas

jajaja esa descripcion del domingo en el chalet me mato, se siente tan real. tremendo relato!!!

ElViajante90

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues. Muy buen ritmo narrativo

CarlaBA_ok

Me encanto!! esa atmosfera de fin de semana, la piscina, los vasos por el suelo... se siente real sin ser burdo. Sigue escribiendo asi!

Ricki_MDP

Y quien era la pantera? jajaja me perdí un poco al principio pero despues engancho perfecto. Buen relato

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