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Relatos Ardientes

La fiesta junto a la piscina no terminaba nunca

Ilustración del relato erótico: La fiesta junto a la piscina no terminaba nunca

Estaba tumbada boca arriba sobre una toalla enorme, al borde de la piscina, con el cuerpo todavía vibrando. La fiesta llevaba horas. El sol había empezado a caer y teñía de naranja el agua y la piel de la gente que seguía moviéndose alrededor. Para entonces yo ya había perdido la cuenta de cuántos hombres y cuántas mujeres habían pasado por encima de mí. No me importaba. Ese era el sentido de venir.

Había llegado a media tarde sin conocer apenas a nadie. Una amiga me había hablado de estas reuniones en una casa con jardín a las afueras, donde la única regla era que no había reglas, y bastó verla una vez para entender que era exactamente lo que andaba buscando. Me desnudé en cuanto crucé la verja y, desde ese momento, dejé de pertenecerme. Manos que no conocía me fueron pasando de un grupo a otro, y yo me dejaba, abierta a todo.

El aire olía a protector solar, a sudor y a ese aroma denso del sexo que flotaba sobre la hierba mojada. De los altavoces salía una música baja, casi un latido. Cerré los ojos un instante y dejé que la tarde me atravesara, segura de que la noche apenas empezaba.

Dos tipos se acercaron cargando a una mujer entre risas, como si trajeran un trofeo. La acomodaron sobre mí, en sesenta y nueve, su cara contra mi sexo y el mío contra el suyo. Era llenita, de carnes blandas y abundantes, con un vello suave que no se había molestado en quitarse. Olía a sudor, a cloro y a todo lo que ya le habían hecho esa tarde.

Tenía la entrepierna empapada y un hilo le bajaba desde el culo, espeso, brillante bajo la última luz del día. Yo no estaba mucho mejor. Le miré la espalda baja y descubrí que tenía varios tatuajes repartidos por las nalgas. Uno en concreto, en la derecha, me hizo sonreír: una caricatura absurda, dos animales de granja en una postura que no dejaba lugar a dudas sobre el sentido del humor de su dueña.

No esperé más. Hundí la lengua en ella y empecé a limpiarla despacio, recorriendo cada pliegue, comiéndole los dos agujeros por turnos. Ella respondió clavándome dos dedos sin aviso y bajando la boca sobre mi clítoris con un hambre que me arqueó entera. En cuestión de segundos las dos teníamos los muslos resbaladizos y la respiración rota.

Sentía su peso encima, blando y cálido, aplastándome contra la toalla húmeda. Cada vez que ella jadeaba, su aliento me golpeaba justo donde más lo necesitaba, y yo le respondía apretándole las nalgas, separándoselas, buscando con la lengua cada rincón que aún no había probado. Alrededor empezaban a juntarse curiosos, y oír sus murmullos, notar cómo nos miraban, me ponía todavía más.

—Quietas ahí —dijo una voz por encima de nosotras.

Un hombre se colocó detrás de ella y la penetró por el culo de una sola embestida. La gordita gimió contra mí, me mordió suave la cara interna del muslo y me clavó los dedos con más fuerza, sin dejar de chuparme ni un instante. Yo sentía cada empujón transmitido por su cuerpo, como un temblor que me llegaba a través de su lengua.

El tipo no aguantó demasiado. Se vació dentro de ella con un gruñido, salió y le ofreció la polla a un chico arrodillado a un lado, que esperaba turno mirándolo todo con los labios entreabiertos. El chico la limpió con devoción, sin tocarse, los ojos cerrados. Algo en él me resultó familiar, pero la mujer encima de mí volvió a moverse y me distrajo.

***

Otro hombre tomó el relevo. Este sí supo tomarse su tiempo. La montó por detrás con un ritmo largo y paciente, y la gordita se corrió dos veces seguidas, sacudiéndose sobre mi cara, ahogando los gritos contra mi sexo. Cuando él la sintió temblar por segunda vez, salió y se hundió en su coño de golpe.

—Te voy a llenar entera —le dijo, agarrándola del pelo.

Y cumplió. La oí jadear cuando notó el calor por dentro, y oí también, un momento después, una queja distinta, casi de protesta.

—Hijo de puta —murmuró ella, sin fuerza para apartarse—, eso ya no es leche.

—Me gusta —contestó él, tranquilo, sin salir—. Calientito.

Un chorro tibio empezó a deslizarse hacia abajo, mezclándose con todo lo demás, buscando el camino más corto hacia mi boca. No me aparté. Abrí los labios y dejé que llegara, tragando lo que caía mientras la mujer se retorcía entre la vergüenza y un placer que la traicionaba.

Cuando él por fin salió, lo que escurría era una mezcla espesa que la gordita y yo nos repartimos sin asco, ella desde arriba, yo desde abajo. Fue entonces cuando el chico de antes se acercó otra vez, gateando, para compartir. Su cara quedó a un palmo de la mía.

Y lo reconocí. Era mi hermano.

No me sorprendió tanto como debería. Nos habíamos cruzado en estas fiestas más de una vez. A veces incluso lo hacíamos juntos, delante de todos, porque sabíamos lo que provocaba: la idea del incesto pone a mucha gente al rojo vivo, y a más de uno le gusta vernos. Le sostuve la mirada un segundo, los dos con la boca sucia, y eso fue todo lo que necesitamos para entendernos.

Alguien se colocó detrás de él y lo penetró sin preguntar. Mi hermano arqueó la espalda, se le escapó un quejido, y noté cómo su polla se ponía dura contra mi cadera. Cerré la mano alrededor de él y empecé a masturbarlo despacio mientras lo embestían. No duró mucho. El hombre que lo follaba y él se corrieron casi a la vez, uno dentro del otro, uno sobre mi mano.

***

La gordita, mientras tanto, seguía cabalgando nuestras lenguas, la de mi hermano y la mía, alternando entre las dos. Sacó los dedos de mi culo solo para volver con la mano entera, cuatro dedos primero y luego el resto, abriéndome poco a poco, hasta los nudillos. Sentí el estiramiento como una corriente que me subía por la columna.

Me corrí sin control, gritando contra ella, perdida en esa sensación de estar llena hasta el límite. Las dos nos veníamos a la vez, en oleadas, sacudiéndonos una contra la otra hasta que ya no quedó nada que dar. Nos quedamos quietas, deshechas, respirando como si hubiéramos corrido kilómetros, con los cuerpos pegados por el sudor y todo lo demás.

Una pareja que había estado observando de cerca decidió que era su momento. Se levantaron, se acercaron y se pusieron a marcarnos a su manera, apuntando sobre todo a nuestras caras y a nuestras bocas abiertas, también a la de mi hermano. Un chorro tibio me cruzó la mejilla y bajó por el cuello. Yo lo recibí con los ojos cerrados, y la gordita, infatigable, lamía lo que alcanzaba.

Hablaban entre ellos como si fueran los anfitriones, con esa autoridad de quien decide quién entra y quién se queda.

—A estos hay que repetirlos —dijo la mujer, mirándonos de arriba abajo—. Buen material para las próximas.

—A la gordita ya la usé en otra fiesta —respondió el hombre, secándose—. Y de estos dos dicen que son hermanos.

—Mejor todavía —ella sonrió—. El incesto siempre da juego. ¿Tendrán más parientes con ganas de salir a divertirse?

No contesté. No hacía falta. Estaba demasiado a gusto en ese estado de entrega total, tirada al borde del agua, usada y deseada por completos desconocidos que hablaban de mí como si no estuviera, y eso, lejos de molestarme, me encendía aún más.

***

La mujer le hizo una seña a una de las chicas que iban y venían repartiendo bebidas y otras cosas entre los invitados.

—Tráeles algo para reanimarlos —ordenó—. De lo bueno. Que la noche apenas empieza.

La chica se acercó. Era alta, con una elegancia que destacaba entre el desorden de cuerpos, y al inclinarse sobre nosotros entendí que era trans, preciosa, con una sonrisa que prometía su propio turno más tarde. Nos ofreció a cada uno un trago largo de vodka y se demoró un instante acariciándome la mejilla mojada, como diciéndome que volvería a por mí.

El alcohol me bajó por la garganta y me devolvió algo de cuerpo. Sentí el corazón acelerarse de nuevo, esa mezcla de cansancio y deseo que solo conocía en lugares como ese, donde el límite no existía y nadie iba a recordarme mi nombre al día siguiente.

De reojo vi que, a unos metros, un grupo nuevo empezaba a acercarse despacio, atraído por el espectáculo, intercambiando miradas, calculando por dónde meterse. Eran cuatro, quizá cinco, hombres y mujeres por igual, todavía vestidos a medias, con esa impaciencia contenida de quien acaba de llegar y todavía tiene todo por probar. La fiesta no daba señales de querer parar.

Me giré hacia mi hermano, que me sonrió con la boca todavía brillante, y hacia la gordita, que ya se relamía mirando a los recién llegados. Apoyé la cabeza en la toalla, abrí un poco las piernas y esperé. Sabía lo que venía. Lo deseaba. Una fiesta así, sucia y sin reglas, era exactamente el sitio donde quería perderme, y todavía quedaban horas de sol por gastar.

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Comentarios (4)

CaroNoche22

Increible... me tuve que sentar despues de leer esto jajaja. Tremendo relato

PlayaLibre82

y cuando viene la segunda parte?? necesito saber como termino esa noche!!

FernandoBaires

Se nota que lo viviste o lo imaginaste con mucho detalle, se siente real sin ser burdo. Buenisimo

ValeCba_21

ay dios jajaja la imagen de alguien nuevo arrodillandose cada vez... tremendo, me mata

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