Acepté el plan a la cabaña y no me arrepiento de nada
Para cuando me pasó lo que les voy a contar, yo tenía veintidós años y hacía rato había cerrado mi historia con Damián. En ese tiempo me había puesto las pilas conmigo misma: gimnasio casi todos los días, comida sana, y unos retoques que me dejaron el cuerpo que siempre había querido. No lo digo por presumir, lo digo porque era la verdad. Cuando caminaba por la calle sentía las miradas pegándose a mí como si tuvieran peso, y la mayoría de las veces yo hacía poco por disimular que me encantaba.
Vestía provocadora a propósito. Un escote justo, una falda que se subía sola, unos tacos que me cambiaban la forma de andar. Sabía exactamente lo que generaba, y esa sensación de poder me prendía más que cualquier otra cosa.
Un viernes a la tarde, mi compañera de departamento me llamó desde la cocina mientras yo me secaba el pelo.
—Camila, ¿qué pasó? —le grité por encima del ruido del secador.
—Tengo un plan. Una cabaña, finde largo, unas amigas mías y unos chicos. Te juro que la vamos a pasar increíble.
Apagué el secador y me apoyé contra el marco de la puerta.
—¿Chicos? —pregunté, levantando una ceja.
—Lindos. Muy lindos. Y sueltos. —Se rió—. Vení, no te hagas la difícil, que te conozco.
Me quedé pensando dos segundos, aunque la respuesta ya la tenía. Si hay hombres, seguro que algo pasa. Y la idea, lejos de incomodarme, me dejó con un cosquilleo entre las piernas.
—Voy —dije, y Camila aplaudió como una nena.
***
Armamos los bolsos con ropa de verano, vestidos de baño y poco más. Nos pasaron a buscar en una van grande, de esas que parecen pensadas para fiestas rodantes. Adentro éramos cuatro mujeres y nueve hombres, y desde que subí sentí todas las cabezas girar hacia mí.
No paraban de mirarnos, de hablar y reírse, pero a mí me clavaban los ojos especialmente. Yo era la que más llamaba la atención de las cuatro, y lo sabía. Me senté con las piernas cruzadas, el vestido corto trepándose solo, y cada tanto me acomodaba apenas para que se trepara un poco más. Cuando notaba que alguno se quedaba mirando, abría las piernas un instante, lo justo, y después lo miraba con una sonrisa pícara, como si no entendiera por qué se ponía nervioso.
Era un juego que me funcionaba siempre. Para cuando llegamos, ya tenía a varios de ellos hechos un manojo de ansiedad.
La cabaña era enorme. Muchos cuartos, una galería de madera y una piscina grande que reflejaba el cielo del atardecer. Apenas bajé del auto, uno de los chicos me agarró de la cintura como si nos conociéramos de toda la vida. Otro le hizo lo mismo a una de las amigas de Camila. El aire ya estaba cargado de algo, y nadie hacía el más mínimo intento por disimularlo.
—¡A la pileta! —gritó alguien, y todos festejaron.
Las cuatro nos fuimos a cambiar. Yo me puse un bikini diminuto, de esos que tapan apenas lo necesario para no estar del todo desnuda. La bombacha era un triángulo mínimo que dejaba ver la mitad de la cola, y la parte de arriba apenas contenía lo que tenía que contener. Me lo había llevado a propósito. Quería ver las caras.
Las otras tampoco se quedaron atrás. Cuando salimos a la galería en fila, escuché el silencio que se hizo de golpe y después los silbidos. Esa reacción me prendió antes de meter un pie en el agua.
***
Nadamos, pusimos música y empezó a correr el alcohol. Yo sabía cómo terminaba todo esto. Lo supe desde la van. La única pregunta era con quién, y para qué adelantarme, si la noche recién arrancaba.
No faltó el que se hizo el atento. Uno se ofreció a ponerme protector solar y yo me di vuelta y le dejé la espalda. Se llamaba Rodrigo. Tenía las manos grandes y se tomó su tiempo: bajó por mi columna, se demoró en la cintura, siguió hasta la cola sin ningún apuro. En un momento sus dedos se metieron entre mis nalgas como sin querer, rozando un poco más abajo de lo prudente. No me quejé. Me di vuelta despacio y dejé que siguiera, ahora por delante, mientras él se reía con la respiración un poco agitada.
Me metí al agua y empecé a bailar. Tenía bebida en la mano y la música me corría por el cuerpo. Los chicos se turnaban para acercarse, para agarrarme de la cintura, para apretarse contra mí lo suficiente como para que yo sintiera todo. Lo mismo pasaba con las otras. Ya nadie fingía. Estábamos los trece prendidos fuego, y el agua tibia de la piscina solo empeoraba las cosas.
Uno de ellos se animó a más.
—A ver quién es la primera que se anima a sacarse la parte de arriba —dijo, mirándome directo a mí.
Yo quería ser la primera, pero una de las amigas de Camila se me adelantó y se soltó el corpiño con una sonrisa desafiante. Después fue Camila. Después fui yo, y sentí cómo las miradas me recorrían cuando quedé al aire, mojada, con la piel erizada por la brisa. La última fue la cuarta chica.
Miré las caras de ellos. Miré, sin disimulo, cómo se les marcaba el deseo por encima de los trajes de baño. Y entonces giré y vi algo que terminó de encenderme: una de las chicas, Paula, ya se estaba besando con uno mientras otro le besaba el cuello. Verlo me prendió de una forma que no esperaba. Sentí el calor subiéndome desde abajo.
Estaba saliendo de la piscina cuando un par de manos me agarraron de la cintura por detrás y, de un tirón, soltaron el nudo de mi bombacha. Quedé completamente desnuda frente a todos. Hubo risas, las mías incluidas, porque a esa altura ya no me importaba nada. Empecé a bailar igual, sin nada encima, y al rato me siguió Camila, y después las demás.
—Ahora ustedes —dije, señalándolos—. Es lo justo.
Se desnudaron sin hacerse rogar. Algunos tenían con qué presumir y otros eran del montón, pero a esa altura el detalle daba lo mismo. Bailamos todos juntos, piel contra piel, y no faltó la mano que iba a parar exactamente donde uno quería que fuera.
***
La temperatura subió de golpe. Empecé a besarme con uno mientras otro me bajaba la boca por el cuello hasta los pechos. Sentía la aspereza de sus barbas raspándome la piel y eso, lejos de molestarme, me hacía arquear la espalda. Alrededor escuchaba los gemidos de las otras: Paula entre dos, Sofía metida en el agua con un par más, Camila contra la pared de la piscina. Cada sonido que llegaba me empujaba un poco más al borde.
Me tendí en uno de los reposeras anchos junto al agua y abrí las piernas. Con una mano me abrí para él y le pedí que bajara. Uno se ocupó de eso, lamiendo despacio, con una paciencia que me hacía retorcer, mientras yo cerraba los ojos y respiraba entrecortado. Más, no pares. El otro se acercó por arriba y yo lo recibí en la boca, tomándome mi tiempo, subiendo desde abajo hasta arriba con la lengua antes de meterlo del todo.
Seguí así, repartida entre los dos, hasta que el de arriba terminó con un temblor y un gemido ronco. Esa descarga me prendió todavía más. El otro se puso un preservativo y me penetró de una sola vez. Yo solo abría más las piernas y lo dejaba entrar hondo, gimiendo sin ningún pudor, mientras a unos metros las chicas seguían en lo suyo.
Me dieron vuelta, me pusieron en cuatro y siguieron sin tregua. Sentía las piernas temblar, el cuerpo entero entregado a lo que estaba pasando, y por primera vez en mucho tiempo no pensaba en nada más que en eso.
***
Pero lo que de verdad me voló la cabeza vino después, cuando dejó de haber turnos individuales y todo se volvió una sola cosa. Los nueve y las cuatro, mezclados, sin saber bien dónde empezaba uno y terminaba el otro. Me penetraban, me daban vuelta, me ponían arriba, me recostaban. En un momento estaba sentada sobre uno, mientras otro se acomodaba detrás y un tercero me acercaba la boca a su entrepierna. Tres a la vez, y yo solo podía cerrar los ojos y dejarme llevar por las oleadas.
Hubo un momento que recuerdo con una claridad rara: Camila acercándome a uno mientras con los dedos me acariciaba justo donde yo necesitaba, las dos riéndonos en medio del descontrol, besándonos porque los chicos lo pedían y porque en ese punto ya nos daba lo mismo. Fue íntimo y salvaje a la vez. Nunca había hecho algo así con una amiga, y resultó ser una de las partes que más disfruté.
Terminaron arrodillándonos a las cuatro, en fila, y dejándonos marcadas. Yo tenía la mandíbula dolorida, las piernas acalambradas y una sonrisa que no se me borraba. Me sentía agotada y plena al mismo tiempo, como pocas veces en la vida.
***
Esa noche me fui a dormir con dos de ellos, y entre los dos me tuvieron despierta hasta tarde, turnándose con una energía que no se acababa. Al día siguiente seguimos como si nada. Andábamos desnudos por toda la cabaña, teniendo sexo donde nos agarraban las ganas: la cocina, el baño, el living, los cuartos. Había preservativos por todos lados y botellas vacías sobre cada mesa. Comimos de más, tomamos de más y nos entregamos sin medir nada.
La verdad es que casi no usé la ropa que me había llevado. ¿Para qué, si me la sacaban en cuanto me la ponía? Una de esas dos noches dormí con tres de ellos a la vez, y fue tan intenso que todavía me cuesta creer que haya pasado.
***
Cuando volvimos al departamento, Camila y yo nos pasamos días recordando todo entre carcajadas.
—Sos terrible —me decía, tirada en el sillón—. Te vi haciendo fila para todos. ¿No te dio ni un poquito de vergüenza?
—Mirá quién habla —le devolví—. A vos te tenían entre tres y no parabas. No te hagas la santa ahora.
Nos reíamos a más no poder, las dos sabiendo que ninguna iba a olvidar ese fin de semana. Fue el mejor plan que había aceptado en mi vida, así de simple. Sin amor, sin promesas, sin nada más que ganas y libertad.
Lo curioso vino después: con cinco de ellos terminé teniendo encuentros más adelante, pero ya por separado, cada uno por su lado. Parece que ninguno se había podido sacar de la cabeza ese paseo, y la verdad es que yo tampoco.
Pero esas son otras historias, y ya se las iré contando.