Mi madre y yo terminamos con cinco desconocidos
Ya se buscaban por puro vicio. La pastilla que habían tragado un rato antes seguía latiendo en su sangre, borrando cualquier resto de prudencia. Soledad besaba a su hija en la boca y la sujetaba de la nuca, como si temiera que la euforia se la arrancara de los brazos. Detrás de ellas, dos tipos que se habían sumado hacía poco encontraron su oportunidad: uno eligió las nalgas de Soledad, el otro se acomodó tras Camila sin pedir permiso.
Ninguna de las dos interrumpió el beso. Sintieron el cambio —otra verga, otras manos— y ese detalle, lejos de asustarlas, les disparó un escalofrío. Era la tercera que las penetraba por detrás esa noche, y llevaban la cuenta.
Ya nadie las miraba con escándalo. Buena parte del público estaba demasiado borracho o demasiado puesto como para reparar en ellas, y de todos modos no eran las únicas. Aquí y allá, entre la marea de gente, alguna mujer se dejaba arrimar contra un cuerpo desconocido, o dos chicas se besaban entre risas, perdidas en su propio juego.
En el escenario, una rubia con un short minúsculo y la guitarra colgando sobre el pecho desnudo cantaba a pleno pulmón. Su banda, toda de mujeres, la seguía con un tema rápido sobre la noche y el deseo. Soledad creyó reconocer la melodía de algún verano lejano, pero no logró ubicarla. Daba igual. Se dejó arrastrar por el ruido y las luces.
Se inclinó para chupar a uno de sus amantes rockeros y Camila la imitó a su lado. Mientras las penetraban, las dos mujeres usaban las vergas como micrófonos y coreaban a los gritos, muertas de risa.
Soledad sentía que nada podía salir mal. Será la maldita pastilla, pensó. El pánico del principio, el miedo a ser reconocida, todo se había evaporado. Bailaba mientras se quitaba la poca ropa que le quedaba y animaba a Camila a hacer lo mismo. En segundos las dos quedaron completamente desnudas. La gente alrededor —hombres y mujeres— las vitoreó. A Soledad le alivió comprobar que no eran las únicas: la rubia que un rato antes le había lamido el sexo también estaba desnuda, encaramada sobre los hombros de un tipo alto, agitando los brazos y mostrando los pechos a todo el estadio.
—Hagamos eso —le dijo Soledad a su hija.
—¿Y si nos ve papá?
—No creo que nos vea… y si nos ve, no me importa.
Les pidieron a sus amantes que las levantaran. El Grandote y el Melenudo las alzaron sin esfuerzo y ellas empezaron a corear las canciones, aunque no se supieran la letra. La multitud celebraba poder mirarles los pechos a dos mujeres tan hermosas. Se besaron en la boca. Si alguien se daba cuenta de que eran madre e hija, ya no les importaba. A esa altura de la noche nada les importaba.
Pocos sospecharon la verdad. Algunos las tomaron por hermanas, porque se parecían demasiado. Pero hubo un detalle en el que todos repararon: tanto las caras como los pechos de las dos estaban salpicados de semen. Eso sí fue una locura; ni siquiera la rubia del escenario se había animado a tanto.
Soledad y Camila se lamieron mutuamente. Desde abajo, Rubén les sacó una foto con el celular de la hija: Soledad pasándole la lengua por un pezón húmedo a Camila. Después hubo otra igual, pero con los roles invertidos.
***
Poco después pidieron que las bajaran. No por pudor —eso ya lo habían perdido— sino porque querían más. Soledad le pidió al Melenudo que sentara a Camila sobre su verga. La penetración anal le arrancó a la chica un gemido potente que solo su madre alcanzó a escuchar. Soledad se arrodilló frente a ella y empezó a lamerle el clítoris mientras Rubén grababa la escena.
Tras unos segundos, Soledad le hizo una seña al Barbudo para que se acercara. Le chupó la verga hasta dejarla bien dura y luego se apartó, señalando el sexo de su hija. El tipo entendió a la perfección. Camila tomó la mano de su madre: quería compartir con ella ese momento. La doble penetración siempre la había vuelto loca, y solo la había probado un par de veces en su vida. Hacerlo junto a Soledad, rodeada de gente, le resultó demencial y deliciosamente sucio.
—¿Te gusta, mi amor? —le preguntó Soledad al oído.
—¡Ay… sí… me encanta! Quiero que vos hagas lo mismo, dale, mamá… animate. Es hermoso que te claven dos a la vez.
—Siempre quise saber qué se sentía… pero por estar casada nunca me animé. No voy a dejar pasar esta noche.
—¿Vos también fantaseaste con eso?
—Mil veces, mi amor. Creo que es algo que todas tenemos en la cabeza, aunque pocas se animen. Yo quiero aprovechar mientras pueda.
El que la levantó en brazos y la penetró por detrás fue el Grandote. A Soledad la enloquecía la fuerza de ese hombre: la alzaba como si no pesara nada. Por un instante fantaseó con darle su número y verse con él en un hotel cada fin de semana. El Barbudo se acercó por delante y le clavó la verga en el sexo antes de que ella la pidiera.
Había querido mentalizarse, reflexionar al menos unos segundos… pero la realidad no era como las fantasías. Las dos penetraciones se hundieron tan rápido que por un momento no supo distinguirlas. Le llevó unos segundos darse cuenta de que la magia estaba justo ahí: las dos sensaciones se fundían en una sola ola enorme que le recorría el cuerpo entero. La ola le subió hasta la garganta y la despidió en forma de grito. Y después vino otro grito, y otro más. El Grandote la hacía saltar; ella se sacudía con las vergas entrando y saliendo. Miró a Camila y le vio la cara desencajada de placer. Seguramente ella tenía la misma. Volvieron a tomarse de las manos y gozaron juntas.
A Soledad le alegraba que su hija se animara a probar cosas que ella nunca se había permitido. Yo debí hacer lo mismo a su edad, pensó. No debí casarme tan joven. Aunque, si no se hubiera casado con Gustavo, Camila no habría nacido, y no estarían ahí, disfrutando juntas de semejante locura. Eso lo justificaba todo, incluso las largas noches en las que su marido no tenía energía para tocarla.
Nunca había imaginado que ver a su hija siendo cogida por dos hombres a la vez le provocaría tanto morbo. Toda su antigua obsesión por criar a una hija recatada se le había borrado de golpe. Ahora la quería llena, la quería rebotando sobre esas vergas igual que ella. Los gemidos de Camila, tan cerca, se le contagiaron, y Soledad se le sumó en coro.
No dejaron de penetrarlas hasta que la rubia bajó del escenario. Cuando el público empezó a aplaudir para despedir a la banda, los rockeros las soltaron. A las dos les temblaban las piernas; tardaron unos segundos en sostenerse en pie sin ayuda.
—Uf… eso fue intenso, carajo. Me encantó —dijo Camila.
—¿Ya tuvieron suficiente? —preguntó el Grandote, sonriendo.
—Ni de casualidad —respondió Soledad—. Esto no termina hasta que termine el recital. Y todavía faltan bandas.
***
—¿Y ahora qué hacemos? —Camila ya pensaba en alguna travesura—. ¡Ya sé! Podemos llevar la fiesta a un lugar más privado.
Soledad la miró con preocupación. Temió que quisiera invitar a esos tipos a casa, y eso era impensable: Gustavo no tardaría en volver. Pero su hija tenía otra idea.
—Cuando entramos nos revisaron en un cuartito, al final de un pasillo. Hay una puerta metálica justo debajo de las tribunas. Podríamos ir ahí.
—Pero… había guardias.
—No seas ilusa, mamá. Ya entró toda la gente. Deben estar afuera, controlando que no se cuelen.
Soledad tuvo que reconocer que tenía razón. Hizo memoria: el cuarto era chico, pero más que suficiente para ellas dos y sus… ¿cuántos amantes? Cinco. Carajo, estamos con cinco a la vez, pensó, y la idea, que en cualquier otro momento la habría horrorizado, ahora la encendía. Le echó la culpa a la pastilla una vez más, aunque empezaba a dudar de que la culpa fuera solo química.
—Está bien. Vamos.
Iniciaron la peregrinación hacia el fondo. Tres de los rockeros les abrían paso, los otros dos las cubrían por detrás cargando sus pertenencias. Aun así, decenas de manos se posaron sobre sus cuerpos desnudos. A veces tenían que frenar porque unos dedos curiosos se les colaban entre las piernas, y ellas no hacían nada por sacarlos. Les apretaban los pechos, les pellizcaban los pezones. Si un hombre intentaba besarlas, esquivaban la boca girando la cabeza; pero no tenían problema en buscarle el bulto por encima del pantalón. En cambio, si el beso venía de una chica, lo aceptaban gustosas, entrelazando las lenguas, tocando y dejándose tocar.
En un tramo, Camila se inclinó a chuparle la verga a un desconocido. En ese mismo instante, otro se acercó a Soledad por la espalda, ya con el pantalón abierto, y le agarró los pechos. Ella frotó la espalda contra él y le permitió entrar. Suspiró al ser penetrada por un extraño: un flaco de rastas que tendría la edad de su hija. Soledad fantaseó con que era uno de los compañeros de facultad de Camila. El chico se movía rápido, con golpes torpes pero firmes, y la verga le calzaba perfecto. Ni grande ni chica. Justo.
—Es por acá, mamá —dijo Camila, retomando la marcha y tomándola de la mano—. Veo la puerta del pasillo. Ojalá podamos abrirla.
Empujaron a la gente hasta llegar a la puerta metálica. Como era de esperar, no cedió a la primera. El Melenudo pidió que se hicieran a un lado.
—Estas puertas siempre abren para adentro, por seguridad.
Con la ayuda de los demás, fue cargando el hombro contra el metal. Lo intentó otro, y otro más, hasta que con el Barbudo la puerta cedió de golpe. El pobre tipo casi se cae cuando el pasillo se abrió frente a él; se salvó abriendo los brazos contra las paredes. Los curiosos que miraban volvieron la vista al frente, como diciendo: «Esto no nos incumbe».
Camila guió la marcha dando saltitos. La muy puta se muere de ganas, pensó su madre, divertida.
***
La puerta del fondo se abrió sin problema. Adentro había dos personas: un morocho de rulos que parecía enojado, y un flaco de pelo largo que llevaba el ritmo de la música con la cabeza y los pies. Ambos estaban sentados en un banco contra la pared, con las manos esposadas a la espalda. El morocho se quedó boquiabierto al ver entrar a las dos mujeres desnudas.
El flaco tardó unos segundos en registrar a la gente. Tarareaba algo y se detuvo en seco al ver a Camila. Subió la mirada hasta sus pechos y la pasó después a Soledad.
—Ah, bueno… ¿se rompió el cielo y se cayeron los angelitos?
A Soledad le hizo gracia. El flaco parecía más drogado que ellas.
—Perdón, chicos —dijo Camila—. No queremos molestar. Hagan de cuenta que no estamos.
La que hizo de cuenta que no estaban fue ella: se arrodilló frente al de la remera granate y empezó a chupársela.
—¡Eh! ¿Acá regalan y nadie me avisa? —protestó el flaco esposado. Nadie le respondió.
Soledad también se puso de rodillas y, redoblando la apuesta, se ocupó del Grandote y del Barbudo a la vez. Los otros dos esperaron su turno y cerraron la puerta.
—Che, ¿ustedes son de una banda muy grossa? —preguntó el flaco—. Porque sino no entiendo cómo consiguieron a estos dos bombones.
—Yo tampoco lo entiendo —respondió el Melenudo—. Las dos están bastante puestas.
—Ya somos tres —dijo el flaco—. ¿No tienen algo para tomar?
—No, flaco. Nada.
—Mirá en esa gaveta —intervino Camila, sacándole la verga a Rubén—. A mí me sacaron una bolsita con pastillas al entrar. Las habrán guardado ahí.
La gaveta se abrió al segundo tirón. El Melenudo se quedó con la puerta del mueble en la mano, viejo y endeble; pero esa demostración de fuerza hizo que a Soledad le chorreara el sexo. Se acercó a la mesa y apoyó los pechos sobre ella. El Barbudo y el de la remera granate se disputaron el lugar a codazos mientras ella esperaba, abriéndose las nalgas con las manos. Ganó el Barbudo. Apuntó la verga, y justo antes de meterla, Soledad pidió:
—Por atrás. Dame por atrás.
Los dos esposados la miraron con la mandíbula caída. En años de seguir bandas por todo el país habían visto situaciones extrañas y mujeres muy dispuestas, pero nunca dos como Soledad y Camila, listas para dejarse coger por todos a la vez.
Soledad gimió cuando la verga entró. El tipo empezó a darle sin piedad. Camila quiso el mismo trato, se puso a su lado y se abrió. Esta vez el de la remera granate aprovechó antes de que alguien le robara el puesto.
—¡La encontré! —gritó el Melenudo, justo cuando Camila era penetrada. Mostró la bolsita en alto.
—¡Eso se comparte! —chilló el flaco esposado.
—Tranquilo, que hay para todos —aseguró el Melenudo.
Empezó a repartir. Parado al borde de la mesa, Soledad y Camila aprovecharon para chupárselo. Una pastilla fue a la boca del flaco, otra a la del morocho de rulos. El único que no quiso fue el de la remera granate.
—No necesito nada de eso para pasarla bien.
—Hacés bien —le dijo el Melenudo, tragándose la suya.
—Disfrútenlas —dijo Soledad—. A mi hija le costaron caras.
—¿De verdad? —preguntó el flaco, con las pupilas dilatadas.
—Sí —respondió Camila—. No tenía plata, así que las pagué con el cuerpo. Y no me arrepiento. Lo volvería a hacer.
Soledad tuvo otro subidón. Algo que para cualquier madre sería un horror, a ella la encendía. Le calentaba saber que su hija había entregado el cuerpo a cambio de unas pastillas. Era demencial, sí, y era su propia hija; pero por alguna razón eso lo volvía todavía más excitante. Volvió a echarle la culpa a la química, aunque ya casi no se lo creía. Quizás hay algo roto en mi cabeza, pensó. Solo una mujer muy enferma se calienta con esto.
—Quiero otra —dijo, para espantar esos pensamientos.
—Mmm… una más y basta —le advirtió el Melenudo—. Con esto no se jode.
Él y el Grandote tomaron una cada uno. Una la colocaron en la lengua de Camila, la otra en la de Soledad. Las dos quedaron con la boca abierta, los cuerpos sacudiéndose por las embestidas de atrás. Les metieron las vergas y, mientras las chupaban, tragaron las pastillas.
El efecto llegó en segundos. Los pensamientos incómodos de Soledad se diluyeron en una catarata de morbo. Sí… me encanta que la llenen. Le voy a pedir que lo vuelva a hacer, y que lo grabe. Quiero ver cómo se la cogen. Quiero que las dos seamos así de putas. Esta vez no se sintió culpable. Lo disfrutó. Volvió a invadirla la certeza de que todo era perfecto y nada podía salir mal.
Camila sentía lo mismo. A ella también le daba un morbo enorme ver a su madre convertida en el juguete de esos hombres. Estaba cumpliendo una de sus fantasías más locas: tener sexo junto a su madre. Y con ella. Esa idea la rondaba desde el día en que, al volver a casa, sorprendió a Soledad masturbándose en la cama. Tenía las piernas bien abiertas y los dedos entrando y saliendo. Camila lo espió todo sin hacer ruido, hasta que su madre terminó. Más tarde se tocaría pensando en esa imagen. Desde entonces, la idea no había dejado de crecer.
Para hacerlo sin dejar de penetrarlas, los rockeros separaron la mesa de la pared y la llevaron al centro. Camila se tendió boca arriba y Soledad se acomodó encima, en un perfecto sesenta y nueve. A los dos esposados se les puso dura solo de ver cómo una madre y una hija se devoraban como si hubieran sido amantes durante años.
—Che, soltame, yo también quiero —le pidió el flaco al Grandote.
—No tengo las llaves, pibe.
—En la gaveta no había ninguna —acotó el Melenudo—. Y las esposas pasan por detrás de ese caño. Imposible salir. Van a tener que esperar al guardia.
—Ese hijo de puta me esposó por fumar un porro. ¡Nada más!
—Tenés cara de algo más que un porro —le dijo el Grandote.
—¿Y ese? —preguntó, señalando al morocho de rulos.
—Le tocó el culo a la guardia —el flaco soltó una carcajada—. No lo culpo, la flaca está tremenda.
Soledad estuvo tentada de contarles que ella le había lamido el sexo a esa misma guardia un rato antes. No dijo nada: tenía la lengua ocupada con el clítoris de su hija, que estaba empapada. Los rockeros fueron pasando por turnos, con total libertad: a la boca, donde ellas chupaban gustosas; al sexo, gozando de lo mojadas que estaban; o por detrás, donde ya no había resistencia alguna.
Los orgasmos llegaron más de una vez. Los jugos de Camila salpicaron la cara de su madre, y los de Soledad bañaron la de su hija. Sexo entre mujeres, incesto, sexo grupal… todas fantasías que llevaban meses, años, latiendo dentro de Soledad, y que ahora eran reales y más intensas de lo que había imaginado. Y faltaba la frutilla del postre: la infidelidad. Que se vaya a la mierda Gustavo, pensó, con un rencor viejo. Se merece los cuernos. Se los merece.
La estaban pasando de maravilla cuando la puerta se abrió. Era Patricia, la guardia de seguridad. Al ver el cuarto lleno de gente se sobresaltó, sin terminar de entender. Había cinco hombres con las vergas afuera y dos mujeres desnudas, cubiertas de semen y sudor, lamiéndose sobre la mesa. Cuando Camila giró la cabeza, la reconoció al instante. Y nunca habría imaginado que la otra fuera su madre, pero así era. Soledad ni se inmutó: seguía con la boca pegada al sexo de su hija. Solo reaccionó cuando la guardia habló.
—¿Me pueden explicar qué carajo está pasando acá?
—Uy, sonamos —murmuró el flaco esposado—. Cayó la policía. Ahora sí vamos todos en cana.