Lo que pasó en aquel viaje fue cosa de tres
Todo ocurrió un par de meses después de conocer a mi novio, el que hoy es mi marido. Lo conocí en mayo, en una discoteca de mi ciudad, y el viaje de fin de carrera ya estaba reservado desde antes para julio, justo al terminar los exámenes. Así que cuando me subí a aquel avión llevábamos apenas unas semanas juntos, pero suficientes para que ya nos hubiéramos acostumbrado a follar cada fin de semana y algún rapidito robado entre clases.
Elegimos Cerdeña por las playas, por el precio y por la noche. Éramos más de cien compañeros repartidos entre habitaciones y apartamentos del mismo resort. Con quien mejor me llevaba era con Carla y Noelia, mis dos amigas de toda la carrera. Decidimos que yo compartiría habitación con Noelia, mientras que Carla se quedaba con Rubén, su novio intermitente, en otro cuarto.
De Rubén poco bueno puedo decir. Era el típico que va a lo suyo, sin importarle nadie, y aun así Carla lo seguía como si no existieran más hombres en el mundo. Cosas del amor, supongo.
Los primeros días eran siempre iguales: playa por la mañana, alguna excursión cultural por la tarde y a dormir temprano. Noelia y yo pasábamos de las fiestas que montaban los chicos en los apartamentos. Yo, además, andaba estrenando bikinis nuevos, esos de dos triángulos atados a la espalda y un tanga que apenas dejaba marca. Me moría de ganas de volver a casa y ver la cara de mi chico al descubrir las líneas blancas en mi piel morena.
***
Fue un jueves tranquilo. Sin excursión esa tarde, bajamos las tres a la piscina del resort a tomar el sol. Carla venía rara, había discutido otra vez con Rubén, y para darle celos se quitó el top a la vista de todo el mundo, presumiendo de un pecho del que estaba muy orgullosa.
Un grupo de chicos se acercó a avisarnos de que la fiesta ya había empezado en uno de los apartamentos, esta vez junto a otro viaje de fin de curso de la misma carrera, pero de la Universidad de Murcia. Uno de ellos, el más descarado, no me quitaba el ojo de encima. Yo estaba tumbada boca abajo, con medio culo al aire por culpa del tanga, y notaba su mirada clavada en mí. Me gustó que a él le interesara más mi trasero que los pechos de Carla.
Se ofreció a echarme crema solar en la espalda. Quise rechazarlo, pero antes de decir nada ya tenía un pegote frío resbalando entre los hombros. Se llamaba Dani, lo supe después. Me pidió que me desatara el nudo del top para extender mejor la crema, y como estaba boca abajo no me importó. Sus manos bajaron por la espalda, después por los muslos, subieron despacio hasta rozarme los glúteos. Ahí me incorporé, me até el top y le di las gracias dejándole claro que ya era suficiente.
Cuando se fueron, Noelia me miró con la boca abierta.
—No te habrás dado cuenta porque estabas boca abajo, pero el cerdo que te manoseaba tenía una erección de caballo —me soltó.
—¡Será cabrón! —exclamé—. ¿Por eso no dejabas de mirarlo?
—Pues claro. Menuda herramienta marcaba bajo el bañador y tú sin enterarte —se rió.
Volvimos a ser las tres amigas riéndonos. Carla aprovechó para insistir: teníamos que ir a la fiesta esa noche. Noelia se negaba, yo dudaba, pero al final cedimos a acompañarla «un ratito y nos vamos».
***
Bajé a la fiesta con una camiseta vieja de mi chico, lo bastante larga para hacer de vestido y lo bastante corta para que asomara media nalga por debajo. En la cocina del apartamento, convertida en barra, me prepararon mi primer ron con cola. Cayó entre presentaciones, besos y charla. Carla desapareció en cuanto llegó Rubén, y yo me quedé con Noelia y un grupo de chicos.
Me tomé tres o cuatro copas charlando, burlándonos de los profesores más odiosos. Mucha gente ya iba pasada de vueltas. En un momento, uno de los compañeros de Noelia avisó de que faltaban dos personas para una partida de cartas en la mesa del salón. Noelia llevaba un buen rato pegada a Marcos, su ligue de esa noche, y me suplicó con ojitos que la acompañara. Cedí.
Había más gente que sillas, así que Marcos propuso que cada chica se sentara sobre las piernas de su pareja de juego. A Noelia le tocó el regazo de Marcos; a mí, casualmente, el de Dani, el de la crema. Llevaba solo la camiseta, sin nada debajo salvo el tanga, y al acomodarme la piel desnuda de mis nalgas contactó directamente con su muslo. Su pierna ardía bajo mi culo fresco del último baño.
—Imposible perder, hoy es mi día de suerte —dijo, ofreciéndome una litrona de ron a compartir. Estaba clarísimo que pretendía emborracharme.
Empezamos a jugar en parejas. Yo sujetaba las cartas y él me las iba indicando, susurrándome al oído cada jugada, igual que hacían el resto de parejas. Ganamos la primera partida y lo celebramos bebiendo. En la segunda, su mano derecha se soltó para acariciarme la rodilla por debajo de la mesa. En la tercera ya subía y bajaba por mi muslo a su antojo.
—Como no quites la mano de entre mis piernas, te la corto —le susurré entre dientes, sin perder la sonrisa.
—Estoy dispuesto a sacrificar partes de mi cuerpo por una caricia tuya —respondió, sin detenerse.
Entonces la mano que me rodeaba la cintura bajó hasta sobarme el culo desnudo, apenas cubierto por la tira del tanga. Me atacaba por los dos frentes mientras yo disimulaba con risas tontas que todos atribuían al alcohol. Me hacía la tonta extremadamente bien.
—Antes de que acabe la noche te tengo contra la pared —soltó a lo bruto.
—Sigue soñando —le dije, aunque lo cierto es que la insistencia empezaba a gustarme.
Cuando su mano avanzó decidida buscando la tela de mi braguita, no se me ocurrió mejor defensa que juntar las piernas de golpe y sentarme de lleno sobre su regazo, dándole la espalda. Fue peor. Me clavé yo misma su erección dura y palpitante en mitad de las nalgas. Entendí entonces la sorpresa de Noelia en la piscina: el chaval no estaba nada mal dotado.
Quise ser malota. Disimuladamente empecé a moverme adelante y atrás sobre él, y noté cómo se retorcía. De pronto era yo quien llevaba el control, quien lo tenía a mi merced. Un baile encubierto, con el resto de la mesa ajeno a todo.
—Vas a hacer que me corra —me advirtió, ahogando un jadeo.
—Seguro que ni mojas el bañador con esa cosita —me burlé.
Por suerte para él, alguien propuso dejar las cartas y ponerse a bailar.
***
Corrí al baño a calmarme y a orinar. Al bajarme el tanga descubrí que estaba húmeda, más cachonda de lo que quería reconocer. El top del bikini lo tenía empapado del último baño, así que me lo quité y lo dejé secando en la ducha. No me di cuenta de que la camiseta también estaba mojada, y al salir, con la luz, se me transparentaban los pezones. En mi estado me dio igual. El muy cabrón de Dani lo había conseguido: estaba completamente borracha.
Lo encontré esperándome a la salida del baño. Bailamos, me metió mano por todas partes, me clavó la dureza en el trasero mientras yo perreaba contra él. Hasta que apareció Carla, se asustó de verme tan pasada y tiró de mi muñeca hasta un sillón. Me hizo beber agua. Le agradecí que me salvara de mí misma. Lo último que recuerdo con claridad es a Carla y Rubén besándose a mi lado, ya reconciliados, mientras yo me dejaba vencer por el sueño.
Entre nubes, oí a Carla ordenarle a Rubén que me llevara en brazos a su habitación, más cercana que la mía. Caí a peso muerto sobre una cama desordenada que no era la mía. Poco me importó. Solo quería dormir.
***
Desperté de madrugada con la cabeza a punto de estallar. Fui al baño tropezando con ropa interior por el suelo, oriné, bebí toda el agua que pude y rebusqué un paracetamol en el neceser de Carla. Me miré al espejo: hecha un desastre, la camiseta pegada a los pechos transparentándolo todo. Me la quité antes de volver a tumbarme.
Pensé en mi chico. En lo bien que me lo follaba, en cómo me ponía cuando se enfadaba conmigo. Lo echaba de menos. Imaginé que era él quien me arrancaba el tanga, ansioso, que me sujetaba boca abajo y me daba lo que llevaba toda la noche acumulando. Sin darme cuenta empecé a acariciarme bajo las sábanas. Me quité el tanga, lo tiré al suelo y dejé que mi mano hiciera el resto.
No ahogué los gemidos. Me toqué el clítoris con una mano mientras con la otra me penetraba con dos dedos. Todo mi cuerpo temblaba en espasmos. Cuando llegué, fue una descarga que me recorrió desde los pies hasta la nuca. Quedé dormida, exhausta y desnuda bajo las sábanas.
***
Me despertó el ruido de unas llaves y tres voces: Rubén, Dani y un tercero al que no reconocí. Me quedé quieta, haciéndome la dormida, agradeciendo estar cubierta por la sábana después de masturbarme.
—Por culpa de esta tía borracha he vuelto a discutir con Carla y se ha ido a dormir con su amiga —se quejaba Rubén—. Llévatela donde quieras, solo quiero traerme de nuevo a Carla.
—Joder, si supieras cómo me ha calentado toda la noche —respondió Dani, retirándome la sábana de golpe para cogerme en brazos.
Me dejó desnuda a la vista de los tres. Creí morirme de vergüenza.
—¡Está completamente desnuda! —exclamó Rubén.
—No podemos sacarla así por el pasillo, nos buscamos un problema —razonó el tercero, que por el acento deduje que era el murciano, el de la otra universidad. Parecía el más sensato, y en él puse todas mis esperanzas.
Lo mandaron al baño a buscar mi ropa entre el desorden. En cuanto se alejó, sentí el peso de Dani sentándose en la cama y su mano subiendo por mi muslo hasta la nalga.
—Esta no despierta hasta mañana, va pedísima —susurró.
—¡Qué cabrón eres! —dijo Rubén, sentándose al otro lado y empezando a sobarme también.
No me lo podía creer. Me estaban manoseando a cuatro manos, aprovechándose de mi indefensión. Juro que me habría levantado a partirles la cara, pero la vergüenza de estar desnuda me tenía paralizada.
—¿Qué coño hacéis? —los pilló el murciano al volver.
—Chsss, calla, que la despiertas —lo cortó Rubén.
—Llevo soñando con montarme un trío con esta y mi novia desde que la conocí —confesó, para sorpresa de todos, incluida la mía. Será cabrón, pensé, no sé cómo, pero esta me la pagas.
—Será mejor que nos vayamos y la dejemos dormir, nos podemos meter en un buen lío —insistió el murciano, el único cuerdo.
—¿Lío por qué? Nosotros no la hemos desnudado. Estaba así cuando entramos, y de eso somos testigos los tres —se defendió Dani—. Yo solo quiero desahogarme, que llevo toda la noche reventando.
Por los ruidos deduje que se había quitado el bañador y se la estaba meneando al pie de la cama, mirándome. El murciano protestó, pero Dani le cerró la boca:
—O cierras la puerta y callas, o te sales. No se entera de nada.
Al rato, Rubén también se desnudó y se unió al otro lado. Hasta el murciano, muy a mi pesar, terminó cediendo a la tentación: «una paja los tres y nos vamos», dijo. Yo seguía fingiendo dormir, con tres tíos sacudiéndosela en silencio a mi alrededor. De no ser por toda la tensión que llevaba acumulada, casi me parecería divertido. Lo cierto es que empezaba a humedecerme otra vez.
***
Sentí a Dani subirse a la cama, colocándose a horcajadas sobre mis piernas. La suavidad de su glande me rozó una nalga mientras se masturbaba. Me tuve que contener para no estallar. Y entonces lo noté: un líquido espeso salpicándome la espalda, los riñones, las nalgas. Me sorprendió la cantidad, y cuánto tardó. Con mi chico siempre eran unas pocas gotas.
Reconozco que hay algo que me pone como nada en el mundo, y es ver correrse a un hombre. Me dio rabia no poder mirarlo. Sentí su semen resbalar por mi piel y, contra todo pronóstico, me excitó.
—Joder, la has dejado bien regada —comentó Rubén, levantándose para ocupar su sitio junto a mi cara.
Entreabrí los ojos lo justo. Se estaba acomodando para masturbarse a centímetros de mi boca, y el tamaño que vi me dejó claro de dónde venía el encoñamiento de Carla. Me restregó la punta por toda la cara.
—Menuda boquita tiene la zorra —dijo, antes de correrse entre bufidos. Unas gotas tibias impactaron en mis mejillas. La pinta que debía tener era digna de ver.
Para mi sorpresa, el morbo de imaginarme la escena desde fuera —el novio de mi mejor amiga intentando follarme la boca— me tenía cada vez más mojada.
—Le hemos dejado al murciano la mejor parte —pronunció Dani al volver del baño—. Demos la vuelta a esta y que se corra en sus tetas. Quiero verla de frente.
El murciano dudó, pero entre Rubén y Dani me giraron y me dejaron boca arriba, al borde de la cama. Ahora estaba totalmente expuesta. Lejos de sentir solo vergüenza, la humedad entre mis piernas se volvió persistente. Por un momento me sentí como una diosa.
—¡Si lleva el coño totalmente rasurado! —exclamó Rubén.
—Joder, qué bien le huele —murmuró el murciano, arrodillándose entre mis muslos.
Cuatro manos me abrían las piernas por los tobillos mientras otras dos me sujetaban por debajo de las nalgas. Seis manos sobre mi cuerpo. Sentí su aliento caliente entre las piernas, su cara rozando la cara interna de mis muslos, y se me escapó un gemido que ya no pude contener.
—Uhm…
—Para mí que esta está humectando —dijo el murciano, y la palabra me hizo tanta gracia que tuve que aguantar la risa.
Entonces me lamió de abajo arriba en toda mi extensión, y mi cuerpo se retorció sin que pudiera evitarlo.
—Mmmmh —gemí más fuerte, delatándome.
—Esta sabe de puta madre —comentó.
Abrí los ojos un segundo. El murciano era rubio, guapo, con abdominales marcados; parecía el Ken que le habían robado a alguna Barbie. Se incorporó y empezó a restregarme la polla por todo el coño, demorándose en el clítoris, mientras los otros dos me abrían bien de piernas.
—Uuuhm —ya no fingía nada.
—Decidme si esta tía no está mojada —pidió.
Rubén y Dani exploraron con los dedos. «Está empapada», confirmó Dani. Y era verdad. Mis fluidos brillaban a la vista de los tres, en el silencio de la habitación donde solo se oían mis gemidos. La tensión se podía cortar.
—Vamos a ver si logramos que se corra en su estado —dijo el murciano, sin dejar de frotarse contra mí.
Dejé de hacerme la dormida. Abrí los ojos del todo, lo miré a la cara y, en lugar de apartarlo, separé yo misma un poco más las piernas. No hizo falta decir nada. Lo que empezó como el secreto sucio de tres aprovechados se convirtió, en cuanto los miré, en algo que decidí yo: hasta dónde, con quién y cómo. Esa noche descubrí que el control nunca lo tuvieron ellos, por mucho que se la menearan creyéndome dormida. Lo tuve siempre yo, desde la piscina.
***
De lo que pasó después prefiero guardarme los detalles. Solo diré que el sol ya entraba por la ventana cuando los tres se marcharon, y que ninguno volvió a mirarme igual durante lo que quedó de viaje.
Nunca se lo conté a mi chico. Hoy es mi marido y sigue sin saberlo, igual que sigue sin saber otras cosas que pasaron aquel verano. A Carla la vi a la mañana siguiente, ojerosa y sonriente, presumiendo de reconciliación con Rubén. Yo le devolví la sonrisa sin decir una palabra. Algunas cosas es mejor que se queden entre quienes estuvieron en la habitación.
Besos.