Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La cena de los viernes que terminó entre tres hombres

Ilustración del relato erótico: La cena de los viernes que terminó entre tres hombres

En Valdeluz, un pueblo de poco más de mil vecinos encajado entre viñedos y caminos de tierra, la vida avanzaba al ritmo lento de las campanas y las conversaciones en la puerta del bar. Las casas blancas, las persianas entornadas contra el calor, los mismos rostros de siempre en la plaza. Un lugar donde todo el mundo creía saberlo todo de los demás. Y, sin embargo, detrás de la fachada modesta de una de aquellas casas, Marina y Andrés guardaban un secreto que ningún vecino habría imaginado.

Marina tenía veintinueve años. Llevaba el pelo castaño recogido en un moño descuidado durante el día y unos ojos claros que cambiaban de color según la luz, o eso decía Andrés. De cintura para abajo se movía con una seguridad que incomodaba a las otras mujeres del pueblo y desarmaba a los hombres. Le gustaba provocar. Lo hacía a plena luz, con una camiseta sin sujetador o una frase a media voz, mientras él intentaba concentrarse en algo tan tonto como cambiar la rueda de la furgoneta.

Pero por la noche, a puerta cerrada, Marina era otra. Le gustaba entregarse, ceder el control, que la trataran sin delicadeza. Le gustaba escuchar palabras duras pegadas al oído mientras temblaba. Andrés, con sus treinta y ocho años, sus manos grandes y esa calma de hombre que nunca levanta la voz salvo cuando hace falta, había aprendido a darle exactamente lo que ella pedía. Llevaban siete años así, alimentando un deseo que no se gastaba.

Hasta que una idea empezó a rondarlos. No la dijeron en voz alta al principio. Apareció en una conversación a oscuras, como una broma, y se quedó. Incluir a alguien más. Y no a cualquiera: a Tomás y a Rubén, los dos amigos de toda la vida de Andrés.

—¿Tú crees que se atreverían? —preguntó Marina una noche, tumbada de lado, dibujando círculos en el pecho de su marido.

—Si los empujamos bien, sí —respondió él, sin dudar—. Y tú vas a disfrutarlo más que nunca.

Ella cerró los ojos. Solo de pensarlo se le aceleraba el pulso.

***

Tomás y Rubén eran del pueblo, como Andrés. Crecidos entre las fiestas de agosto y las tardes de partido en el bar. Tomás, treinta y tres años, moreno, callado, de los que observan más de lo que hablan. Rubén, un par de años menor, rubio, de risa fácil y lengua suelta. Ninguno de los dos sospechaba lo que la pareja estaba tramando. Su curiosidad por Marina había nacido de algo tan inocente como una fiesta.

Fue en el cumpleaños de Rubén, semanas atrás. El bar estaba a reventar, alguien propuso enseñar fotos de las parejas en el móvil, y Andrés mostró una de Marina en la playa, con un bañador que dejaba poco a la imaginación. Los ojos de sus amigos se quedaron en la pantalla más tiempo del necesario.

—Joder, qué suerte tienes —soltó Rubén, riéndose. Tomás no dijo nada, pero asintió despacio, con una chispa de interés que no se le escapó a Andrés.

Esa misma noche, mientras volvían a casa, los dos amigos comentaron lo de siempre. Que se rumoreaba que Marina era fuego puro. Que aquel matrimonio no debía de aburrirse nunca. Lo que no sabían era hasta dónde llegaba la verdad.

Cuando Andrés le contó a Marina cómo lo habían mirado, ella sintió un cosquilleo subirle por la espalda.

—Entonces empezamos —dijo él, acariciándole el muslo—. Despacio. Hasta que sean ellos los que no puedan más.

***

Durante las semanas siguientes tejieron el plan como quien mueve piezas en un tablero. Pequeños gestos, detalles calculados, nada evidente. Marina sabía usar su cuerpo y su actitud, y Andrés disfrutaba dirigiendo la partida desde la sombra.

La primera ocasión llegó un sábado por la tarde. Andrés invitó a sus amigos a ver un partido. Marina los recibió con una camiseta ajustada, sin nada debajo, y unos pantalones cortos que parecían pintados. Se inclinó más de lo necesario al dejar las cervezas sobre la mesa baja.

—Pasad, chicos, poneos cómodos —dijo, con una sonrisa que prometía sin prometer nada.

Durante el partido cruzó el salón media docena de veces. Buscaba algo en la cocina, se recogía el pelo frente al espejo del pasillo, se estiraba en el sofá. Tomás y Rubén intentaban mirar la pantalla, pero los ojos se les iban.

—Tu mujer no para quieta, eh —comentó Rubén, fingiendo desinterés.

—Le gusta tenernos entretenidos —respondió Andrés, dándole una palmada en el hombro—. ¿A que sí, cariño?

—¡Para eso estoy! —contestó ella desde la cocina, en un tono que mezclaba la inocencia con otra cosa.

Cuando volvió con un cuenco de aceitunas, rozó el brazo de Tomás al dejarlo en la mesa. Él no apartó la mano.

Esa noche, en cuanto los amigos se fueron, Marina y Andrés se devoraron contra la pared del salón.

—Se les notaba —jadeó ella—. Me miraban como si quisieran comerme.

—Porque lo quieren —gruñó él, agarrándola del pelo—. Y voy a conseguir que lo hagan.

***

El segundo paso fue más directo. Una tarde, Andrés llevó a Tomás y a Rubén al patio para enseñarles una moto vieja que estaba restaurando. Marina salió con una jarra de limonada y un vestido ligero que el viento levantaba lo justo para dejar entrever sus muslos.

—Hace un calor que no se aguanta, ¿verdad? —dijo, repartiendo los vasos con una mirada que parecía desvestirlos.

Rubén tragó saliva. Tomás disimuló, sin éxito.

—Marina siempre dice que el calor la pone inquieta —soltó Andrés, fingiendo distracción mientras limpiaba una pieza—. ¿A que sí?

Ella se mordió el labio y asintió, dejando que el silencio cargado terminara la frase por ella.

Esa noche, en el bar, fue Rubén el que no aguantó más.

—Oye, ¿qué pasa con Marina? Es como si siempre estuviera… no sé, lanzando indirectas.

—Le gusta jugar —añadió Tomás, en voz baja.

Andrés sonrió, misterioso, dándole vueltas a su vaso.

—Le encanta provocar. Y yo no la freno. Me gusta verla así. ¿A vosotros no?

Ninguno respondió. No hacía falta. La semilla ya estaba plantada.

***

El viernes siguiente, Andrés organizó una cena en casa. Solo los cuatro.

—Algo tranquilo, para charlar y tomar unas copas —les dijo.

Pero tanto él como Marina sabían que aquella noche sería cualquier cosa menos tranquila. Ella se vistió para no dejar margen a la duda: un vestido negro corto, escote profundo y unas medias de encaje que terminaban justo donde el vestido dejaba de cubrir.

Cuando bajó la escalera, Tomás y Rubén se quedaron sin palabras. Rubén empezó un «estás…» que no supo terminar. Tomás carraspeó y bajó la vista al plato.

La cena transcurrió entre risas y vino, con la conversación deslizándose poco a poco hacia terreno resbaladizo. Marina, sentada junto a su marido, dejaba la mano apoyada en su muslo, subiendo y bajando con disimulo. En un momento se levantó a por más vino y dejó caer una servilleta justo delante de Rubén. Se agachó a recogerla sin prisa, le ofreció una vista que él no olvidaría, y se incorporó guiñándole un ojo.

—Perdona, qué torpe soy —dijo.

Después de cenar pasaron al salón. Andrés puso música baja y sirvió unos chupitos. El alcohol fue soltando las lenguas, y las inhibiciones detrás. Fue entonces cuando Marina lanzó el anzuelo, recostándose en el sofá con una pierna cruzada sobre la otra.

—Chicos, ¿nunca os habéis preguntado cómo sería estar con alguien como yo?

Tomás frunció el ceño. Rubén soltó una risa nerviosa.

—¿A qué te refieres? —preguntó.

Andrés intervino, con la voz baja y firme.

—A Marina le gusta que la dominen. Que la lleven al límite. Y a veces yo solo no doy abasto. —Hizo una pausa, dejando que cada palabra pesara—. Hemos pensado que igual vosotros podríais echarme una mano.

El silencio que siguió fue eléctrico. Los dos amigos se miraron, incrédulos. Pero en sus ojos había algo más que sorpresa.

—¿Lo decís en serio? —murmuró Tomás, con la voz más grave de pronto.

Marina se levantó y caminó hacia ellos, lenta, descalza sobre la madera.

—Muy en serio. Me muero por sentir a tres hombres a la vez. Y sé que vosotros queréis probarlo.

Se detuvo frente a ellos, expuesta y desafiante al mismo tiempo. Rubén fue el primero en ponerse en pie.

—Si esto es un juego, es el mejor juego del mundo.

Tomás se levantó después, más despacio, sin apartar los ojos de ella.

—Si tú lo quieres —dijo—, no soy yo quien va a decir que no.

***

Andrés tomó el mando, como el director de aquella escena.

—Arriba. Ahora.

Los cuatro subieron en silencio. El dormitorio era amplio, con una cama grande en el centro y una lámpara de mesilla que lo teñía todo de una luz tibia. Marina se detuvo junto al colchón, esperando, la respiración entrecortada.

—Quítate el vestido —dijo Andrés.

Ella obedeció al instante. Lo dejó caer al suelo y se quedó con las medias y poco más, que tampoco tardó en quitarse. Los tres la miraron, expuesta, el cuerpo temblándole de pura anticipación.

—De rodillas —pidió Tomás, y a Marina la sorprendió la autoridad de aquel hombre callado.

Se arrodilló y levantó la vista hacia ellos. Rubén fue el primero en acercarse, desabrochándose el cinturón.

—Abre —dijo, y ella lo recibió con un gemido que vibró en toda la habitación.

Andrés y Tomás se desnudaron sin prisa, uniéndose. Pronto Marina pasaba la atención de uno a otro, entregada, escuchando las palabras duras que tanto le gustaban, que la empujaban más y más cerca del borde.

La llevaron a la cama. Andrés se tumbó de espaldas y la hizo montarlo, y ella se dejó caer sobre él con un grito ahogado. Tomás se colocó detrás, despacio, atento a sus reacciones, hasta arrancarle un gemido largo. Rubén, frente a su rostro, no la dejaba descansar. Los tres la tomaron a la vez, y Marina se perdió en aquella sensación de estar completamente rodeada, completamente usada como había pedido.

El ritmo se volvió frenético. Cambiaban de posición, se turnaban, la giraban, la ponían de lado, de rodillas, siempre marcando ellos el compás, siempre con esas palabras que la encendían. Marina llegó al orgasmo una vez, y otra, los gritos llenando la casa vacía, el cuerpo sacudido por un placer que no se parecía a nada que hubiera conocido.

Cuando ya no podía más, fue ella quien pidió el final. Se arrodilló de nuevo en el suelo, levantó la cara y esperó. Los tres se colocaron a su alrededor. Andrés terminó primero, y los otros dos lo siguieron, y ella lo recibió todo con la misma adoración con la que había empezado la noche, gimiendo, temblando, satisfecha hasta lo imposible.

***

Exhaustos, se dejaron caer sobre la cama. Marina se acurrucó contra su marido, todavía temblando. Tomás y Rubén, sin aliento, cruzaron una mirada entre la incredulidad y la satisfacción.

—Joder, esto ha sido… —empezó Rubén, y de nuevo no encontró cómo terminar.

Tomás se limitó a asentir, mirando al techo.

Andrés sonrió, acariciando el pelo de Marina.

—Ya os dije que no había otra como ella.

Al día siguiente, Valdeluz seguiría siendo el mismo pueblo tranquilo de siempre. Las campanas, las persianas entornadas, los rostros conocidos en la plaza. Pero para los cuatro, algo había cambiado de manera irreversible. Habían cruzado una línea, y todos, sin decirlo, sabían que aquello no había sido más que el principio.

Ver todos los relatos de Tríos y Orgías

Valora este relato

Comentarios (4)

Dario_GBA

tremendo relato!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo, gracias por compartirlo

CarmelaSJ

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber que paso despues jaja

RolandoCba

La descripcion del ambiente al principio esta muy lograda, te mete en la escena de golpe. Se nota que tenes practica escribiendo

ViviLectora

Me encanto, se lee rapido y sin pausa. De esos que no pods dejar a la mitad

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.