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Relatos Ardientes

La noche que mi amiga y yo seguimos a un desconocido

Vera llegó a la estación del Norte un viernes de mayo, con esa sonrisa suya que parecía no tomarse nada en serio. Hacía casi seis meses que me había mudado a Valencia, y en todo ese tiempo no habíamos logrado encontrar el momento de volver a vernos. Ella aprovechó el puente para alargar el fin de semana y, de paso, sacarme del agujero en el que yo misma me había metido.

Cuando la empresa reorganizó sus delegaciones, a muchos nos tocó hacer las maletas. A mí me cayó una suerte a medias: al menos no salía del país. Pero no todo viajó conmigo. Algo se quedó atrás, suspendido en una ciudad a la que ya no pertenecía, y desde entonces mis fines de semana se habían desdibujado en maratones de series y en libros que apenas conseguían retener mi atención.

Casi sin darme cuenta, la desidia me arrastraba una y otra vez al mismo rincón del sofá, donde dejaba pasar las horas con una lentitud que no era descanso, sino una pausa sin final. Pero esta vez no iba a ser así. Vera, mi mejor amiga, con la que había vivido las mayores locuras, estaba en la ciudad, y eso merecía algo más que otro fin de semana de abandono.

Llevábamos tanto tiempo planeándolo que teníamos estudiado hasta el último detalle: las calles por las que perdernos, dónde cenar, desde dónde regresar de madrugada. Incluso fantaseamos con reservar en uno de esos restaurantes que prometen una experiencia total y que solo te permites una vez en la vida. Todo medido al milímetro, como si al ordenar cada minuto pudiéramos asegurarnos de que el tiempo, por una vez, jugara a nuestro favor.

Vera siempre había sido así: joven, extrovertida, despreocupada, con ese punto casi hippie que la hacía parecer ajena a cualquier problema real. Su melena larga, dorada y ligeramente ondulada despertaba más de una envidia silenciosa, y había en su forma de moverse algo que atraía sin pedir permiso. Yo era justo lo contrario: de las que se enamoraban sin remedio, de las que sufrían. Ella nunca dejaba que los sentimientos le arruinaran la fiesta.

***

El viernes a mediodía ya estábamos las dos con unas cañas en una terraza del barrio del Carmen. Las mesas estaban a rebosar de gente y algún grupo de ingleses ondeaba banderas de su equipo de fútbol. Nuestra conversación, ruidosa y divertida, saltaba de los recuerdos a los proyectos, pero siempre terminaba en el tema recurrente de Vera: los hombres.

—Déjame que te cuente mi última conquista, Nuria —empezó, dándole un halo de misterio antes de decir siquiera de quién se trataba—. Un compañero nuevo de la oficina. Una locura, tía. Todas suspiran cuando pasa, y ese culo que tiene es para morderlo.

—Anda, exagerada, que nos conocemos —le dije riéndome.

—Se llama Yandro. Moreno, ojos verdes, cuerpo monumental y todo el ritmo del Caribe. Gracioso, cariñoso y fácilmente moldeable. ¡Vamos, como me gustan a mí! —presumía de su gusto por usar a los hombres.

Y siguió, como siempre, sin pudor alguno: el despacho del jefe un viernes a última hora, la mesa de cristal helándole los pechos, las manos buscando las esquinas para agarrarse. Vera era una deslenguada en eso de contar sus intimidades, y le encantaba relatar cada detalle. La escuchaba entre carcajadas, fingiendo escándalo, aunque la verdad era que sus historias siempre me dejaban un cosquilleo incómodo en el estómago.

—¿No sabías que los del trópico son ardientes? —remató, y las dos nos echamos a reír.

Yandro nos amenizó toda la tarde. Tres o cuatro cervezas después, hicimos un alto para cenar en La Malvarrosa, una ensaladilla casera y un tartar de atún rojo, antes de continuar con lo que la noche tenía guardado. Ninguna de las dos podía sospechar que aquella primera noche de fiesta íbamos a encontrar la tentación encarnada en un hombre.

***

Entramos en uno de los locales de copas de moda. Vera bailaba arrebatada en mitad de la pista; saltaba, lanzaba la melena al aire, ondulaba el cuerpo como si invocara una danza ancestral. Estaba libre, desinhibida… hasta que tropezó con él.

Sentado en una de las mesas, un hombre la observaba con un interés absoluto. No se movió cuando ella chocó contra su brazo, ni después, cuando volvió a la pista, pero sus ojos no la abandonaron ni un segundo.

—Vera, ¿te has fijado en ese tipo? —le dije, con cierta inquietud.

—No. ¿Está bueno? —preguntó, distraída.

—No sabría definirlo —contesté, y me obligó a intentarlo.

Lo observé con detenimiento. Era un hombre mayor que nosotras, rondaría los cincuenta y dos. Elegante, con porte, con ese aire de ejecutivo acostumbrado a moverse por los despachos buenos de la ciudad. Físicamente se cuidaba, y la barba, perfectamente recortada, delataba su visita semanal al barbero. Llevaba una media melena de aire juvenil que no encajaba del todo con su edad, y se la peinaba hacia atrás con una pausa que demostraba lo orgulloso que estaba de ella. Las arrugas alrededor de los ojos lo traicionaban, pero también le daban la atracción de quien no está acostumbrado a que le regalen nada: la atracción del poder.

Debió de ser eso lo que pensó Vera, porque antes de que yo terminara la frase ya estaba a su lado, dejándose atrapar entre sus brazos. Yo me quedé donde estaba, observando con qué soltura se movía entre los hombres, cómo jugaba con ellos y los hacía caer en su red de seducción.

Cuando regresó, traía una copa de champán y los ojos encendidos.

—¡Nos vamos de fiesta! —me gritó.

—Ya estamos de fiesta, Vera. ¿Tan borracha vas? —pregunté, algo preocupada.

—No, tonta. Esteban nos ha invitado a otro sitio. Ven, te lo presento.

Tiró de mi mano y me arrastró hasta el otro extremo del local. Si desde lejos aquel hombre resultaba interesante, de cerca era directamente magnético. El halo de misterio que lo envolvía te atrapaba sin remedio. Era un seductor nato: cada gesto estudiado, los roces, la cercanía, todo te envolvía como una brisa de la que costaba escapar.

—Esteban, esta es mi amiga Nuria —dijo Vera.

Me perdí en su mirada directa, casi desafiante. Tenía los ojos de un verde profundo, hipnóticos, como un encantador de serpientes. Me sujetó por la cintura y me dejó dos besos cerca de las mejillas, y noté su olor: un aroma masculino, territorial, una mezcla de cuero y maderas oscuras que se imponía sin esfuerzo.

Sus voces me llegaban como un murmullo lejano mientras mi mente divagaba. Fue una pausa, una palabra dicha con más claridad, lo que me hizo volver en mí. Ya no era una charla cualquiera: estaban organizándose para ir a otro lugar.

—Nuria, estás de acuerdo, ¿no? —me preguntó Vera, mirándome fijamente, seguramente pensando qué le pasaba a esta boba.

Y, si he de confesarlo, era precisamente en eso en lo que pensaba. Cuando Esteban se levantó del taburete, no pude evitar mirar el bulto que marcaba sus pantalones. Aquello prometía, pensé, y comprendí que no era la única a la que empezaba a excitar la situación.

***

Antes de salir, Esteban le entregó a Vera una tarjeta con una dirección escrita a mano. Llegamos a uno de esos parques empresariales de las afueras, de los que cobran una vida distinta cuando las grandes oficinas bajan la persiana y dejan paso al ocio nocturno. Aparcamos como pudimos, entre grupos que hacían cola en las puertas de los locales, y enseguida lo vimos esperándonos en una de ellas.

—Ya estáis aquí —dijo Esteban al doblar la esquina.

Mientras hacíamos cola, supo aprovechar la cercanía. Si él se había atrevido a rozar el cuerpo de Vera con la vieja técnica de sujetarla por la cintura, ella hizo lo propio, colando la mano bajo su camisa para acariciarle el abdomen. Estaba claro que el interés se centraba en nuestros cuerpos mucho más que en nuestras palabras.

Dentro fueron bailes, risas, toqueteos furtivos. Un beso en la mejilla, otro en el cuello, una mano que subía por mi falda, un roce sobre la dureza oculta de su pantalón. Y, de pronto, Vera arrastrada hacia un almacén, mi mano atrapada de forma inesperada, las dos empujadas tras una pequeña puerta. Todo fue rápido, precipitado, urgente.

En aquel cuarto estrecho, Esteban devoraba la boca de Vera con un hambre salvaje, y ella se restregaba contra él disfrutándolo casi más que él. Pero no me dejó al margen: con la mano libre me coló los dedos bajo la camiseta y me amasó los pechos, tirando de mis pezones hasta hacerme estremecer. Yo tampoco me quedé quieta. Una fuerza extraña rompió mi vergüenza y, casi sin pensarlo, le acaricié la polla sobre la tela del pantalón. Me gustaba sentir cómo se endurecía a mi tacto, como si cobrara vida bajo mi mano. Acostumbrada a los chicos de mi edad, encontrar a un hombre que supiera besar de aquella manera era todo un descubrimiento.

Empoderada, me acerqué más, y Esteban no lo dudó: abandonó la boca de Vera, me mordió los labios y metió la lengua en la mía. Mientras tanto, ella le había desabrochado la bragueta y se llevaba su polla a la boca sin más preámbulos. Podía oír perfectamente el chasquido de su saliva, y aquel sonido me volvió más atrevida. Me armé de valor, la sujeté del pelo y apreté su cabeza contra él hasta escuchar las primeras arcadas.

—Cabrona —creí oír que me decía.

Esteban sonrió contra mis labios; le fascinaba la rivalidad que había creado entre nosotras, cómo competíamos por ser el objeto de su deseo.

—Esta perra tiene hambre —murmuró—. Y tú, mi pequeña puta.

Me llenó de una satisfacción absurda escuchar aquel nombre. Si Vera era su perra, yo era su puta, y así las dos quedábamos en equilibrio, obligadas a esforzarnos por ser las mejores para él.

Entonces nos pidió que nos comiéramos la una a la otra. Creí morirme de vergüenza. No era ninguna santa, había probado cosas poco convencionales, incluso algún trío, pero siempre siendo yo la única mujer. Vera me miró, y entendí que la idea no le disgustaba en absoluto. Para sorpresa de las dos, fui yo quien dio el primer paso.

***

Le acaricié los pechos por encima de la ropa. Los había visto desnuda mil veces, pero nunca los había sentido como aquel día. Le saqué la camiseta y ella misma se deshizo del sujetador, liberando dos senos grandes y redondos que me parecieron exquisitos. Los amasé con cuidado primero, con delicadeza, y luego, dejando que la necesidad me gobernara, los apreté. Me gustaba su tacto, la suavidad de la piel, la sensación de moldear aquella carne y hacerla mía.

—Mmmm, Nuria —fue lo único que necesitó decir para que me lanzara de lleno a sus pezones, duros e inflamados.

—Qué ricas tienes las tetas, perra —le solté, instintivamente.

Vera sonrió, y su mano derecha se coló bajo mi falda hasta dejar al aire lo que buscaba. Se llevó dos dedos a la boca, los chupó con ganas y los paseó por mis labios hinchados, deslizándose por todo mi sexo hasta apretar mi clítoris con una presión casi dolorosa. Yo le devoraba la boca, mordía su labio inferior, y debí de lubricar más de lo que pensaba, porque sus dedos se hundieron dentro de mí sin pedir permiso. Como había imaginado, la noche sería una locura.

Esteban observaba todo con atención, disfrutándolo, pero sin intervenir todavía. Y yo quería que se implicara de verdad. Intuí que Vera pensaba lo mismo, que las dos buscábamos completar el momento con él. Así que la guie hasta una mesa cercana. Ya no competíamos; habíamos pasado a ese punto en el que éramos aliadas con un mismo propósito.

La senté en el borde, le separé las piernas y, sin más preámbulos, hundí la cara entre ellas. El primer contacto fue extraño: calor, un olor familiar, suavidad. Pasé la lengua despacio, perfilando sus labios, absorbiéndolos, y luego con más fuerza, buscando su clítoris hasta arrancarle el primer gemido. Lo atrapé entre los dientes con sutileza y lo golpeé con la punta de la lengua, y Vera se retorció sobre la mesa sin poder contenerse. Así empezaba mi acercamiento a otra mujer, y reconozco que me excitaba oírla jadear de aquel modo.

Estaba tan perdida en su sabor que no vi venir lo que Esteban tenía preparado. Dos manos grandes me agarraron las caderas y tiraron de mí hacia atrás, dejando mi culo expuesto. Levanté la cabeza para mirar, pero su mano me la devolvió a su sitio.

—Cariño, sigue con lo que haces. Cómele el coño a mi perra —ordenó.

Obedecí, y entonces sentí cómo algo duro y caliente se abría paso dentro de mí. Su polla me ensartó de golpe, y un gemido agudo salió de mi garganta.

—Shhh… No olvides que ese coño que comes es de mi perra —susurró cerca de mi oído—, y este que me follo es de mi puta favorita. ¿Lo entiendes?

Aquella declaración me hizo sentir aún más suya. Ser la favorita me daba una ventaja sobre Vera, pero ahora éramos aliadas, así que canalicé todo aquel placer en mi lengua. Esteban embestía fuerte, sin delicadeza, y cada golpe me empujaba más adentro de mi amiga, que gritaba desatada. La penetraba con la lengua al mismo ritmo que él me penetraba a mí, y la escena se volvió un único cuerpo de tres.

***

Estaba a punto de correrme cuando decidí que era momento de cambiar los papeles. Me solté de Vera y, forcejeando con Esteban, revertí la situación. Ahora era él quien quedaba acorralado entre la mesa y las piernas de mi amiga. Mientras yo le recorría el cuello con los labios, Vera consiguió unas cuerdas de entre los trastos del almacén y le anudó las muñecas.

—Ahora serás tú nuestra puta —le susurré al oído.

Aquello lo contrarió. Esteban era un hombre dominante, no acostumbrado a dejarse mandar por dos mujeres, pero ese era su destino esa noche.

—Nuria, es momento de hacerle suplicar, ¿no crees? —sugirió Vera.

Descendí de rodillas frente a su sexo y, con la mirada fija en la suya, me lo introduje milímetro a milímetro en la boca. Al principio forcejeó, intentando soltarse.

—Quieto, o tendré que morderte —le advertí con una sonrisa diabólica.

No me creyó, y movió las caderas para escapar. De nada le sirvió. Vera le pellizcó los pezones con fuerza hasta hacerlo rabiar, y entonces dejó de resistirse. Me dediqué a su polla a conciencia, entrando de golpe y succionando al salir hasta quedarme sin aire, mientras mi aliada le metía los dedos en la boca para que chupara como yo lo hacía.

A Vera se le ocurrió entonces su idea más perversa. Tiró de él hasta tumbarlo sobre la mesa y se subió a horcajadas sobre su cara, sentándole el coño empapado en la boca. Ya no le valía protestar. Yo me lancé sobre su erección, ahora más dura que nunca, las venas marcadas, presintiendo que estaba a punto de estallar.

—Adelante —dijo Vera, antes de atrapar de nuevo su boca con la suya.

Aceleré las mamadas hasta provocarme arcadas, hasta que sentí el flujo recorrerle por dentro. En el último instante la saqué de golpe y los chorros brotaron al aire, esparciéndose sobre su cuerpo.

—Dios, sois unas putas —gritó al romperse en su orgasmo.

Ver a aquel hombre poderoso incapaz de resistirse me hizo sentir aún más fuerte. Vera, con muchos menos escrúpulos que yo, lamió su cuerpo recogiendo hasta la última gota. Verla así me encendió de nuevo, y la masturbé con los dedos mientras él, todavía atado, le comía el coño desde abajo. Vera se corrió directamente en su boca, vaciándose por completo.

—Muy bien, mi perra —le agradeció él.

—Y ahora, ¿qué hacemos contigo? —preguntó, mirándome.

No tardé en adivinarlo. Esteban se incorporó, me inclinó sobre la mesa y le pidió a Vera que se colocara debajo de mí. Mientras ella empezaba a lamerme, él acercó la pelvis a mi culo y me ensartó sin dificultad. Golpeaba fuerte, con contundencia, y aunque la excitación me tenía dilatada, seguía sintiendo cómo me abría en cada entrada. Nunca antes me habían follado de una forma tan dominante, tan posesiva.

Sentí crecer la punzada en mi interior, cada vez más grande, imposible de contener. Dejé de luchar por aguantar y permití que el placer me inundara. Me deshice bajo la boca de Vera y las embestidas de Esteban, y entonces grité.

—Joder…

Mi orgasmo fue enorme, brutal, una explosión que me hizo convulsionar contra el tablero mientras Vera bebía directamente lo que se derramaba de mí. Las últimas tres embestidas de Esteban, en pleno clímax, fueron letales para mi cordura.

***

Durante unos minutos los tres nos quedamos inmóviles, recuperando el aire. Esteban había caído sobre mi espalda; Vera respiraba acelerada, sentada en el suelo contra una pata de la mesa.

—Vayamos a beber algo, creo que los tres lo necesitamos —dijo él, con una alusión silenciosa al esfuerzo compartido.

Nos vestimos y, con un beso aún prendido en los labios, Esteban nos guio hacia la salida. Al cruzar la puerta del almacén, sus manos no pudieron evitar una palmada juguetona en el trasero de cada una, como si quisiera prolongar lo que acababa de pasar.

Afuera, el mundo seguía intacto. La música, las conversaciones, las miradas ajenas; nadie sospechaba nada. Y, sin embargo, entre nosotros persistía una corriente invisible que se colaba en cada roce furtivo, recordándonos en silencio que acabábamos de regresar de un lugar que solo nos pertenecía a los tres.

Lo que ocurrió allí nos cambió para siempre. Vera descubrió en mí algo que iba mucho más allá de la amistad; Esteban descubrió el placer de entregarse y dejarse llevar; y yo descubrí una nueva forma de desear, una en la que, por fin, podía ser plenamente yo misma.

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Comentarios (5)

CuriosaMdz

que buenoooo!!! me tenia pegada a la pantalla de principio a fin

ValenRo92

Por favor escribi una segunda parte, me quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

VioletaB

Muy bien narrado, se siente real sin pasarse de la raya. El giro al final me sorprendio bastante. Sigue escribiendo!

roman_mdq

tremendo relato!!! justo lo que buscaba para esta noche jaja

Lorena_NQN

Me recordo a una salida con mi mejor amiga hace años, nunca termino tan entretenida como la tuya pero bueno jajaja. Muy lindo como lo contaste

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