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Relatos Ardientes

Mi disfraz de Halloween no sobrevivió a esa noche

Esa semana Mateo andaba de viaje por Alemania y Rodrigo, que se empeña en hacerle creer a todo el mundo que es un hombre devoto, no celebra Halloween. Así que con mis amigas decidimos armar algo nosotras, más que nada por la tontería de disfrazarnos y salir a bailar todas juntas, como cuando teníamos veinte años. Éramos siete esa noche.

Fuimos a una fiesta grande en las afueras de Valdivia, una de esas reuniones donde se mezcla medio claustro de la universidad. Carolina tiene una casa de descanso enorme por ahí cerca, y la idea era terminar allá si la cosa se estiraba. Y se estiró.

Lo confieso: ninguna de nosotras es ninguna santa, pero tampoco salimos de casa pensando en lo que pasó. Salimos a reírnos. A sentirnos miradas. A recordar que debajo del cargo de profesoras universitarias todavía había mujeres con ganas.

La fiesta fue lo de menos. Bailamos, tomamos más de la cuenta, nos sacamos cien fotos ridículas. A eso de las cuatro de la mañana nos fuimos a la casa de Carolina. No llegamos todas en el mismo auto, pero sí casi a la vez. Éramos Carolina, Marcela, Renata, Paula, Daniela, Gabriela y yo.

Al poco rato aparecieron unos amigos de Carolina, hombres que también trabajan en la universidad, en el área de sistemas. La verdad, nosotras no los conocíamos; salvo Carolina, nadie los ubicaba. Pero ellos a nosotras sí, y eso, con un par de copas encima, ya se sentía distinto.

—Así que ustedes son las famosas —dijo uno, dejando una botella sobre la mesa de centro—. Carolina habla de ustedes todo el tiempo.

Famosas. Como si supieran algo de nosotras que nosotras todavía no.

Nos pusimos a conversar, todos muy amables al principio. Pero los disfraces que llevábamos eran bastante atrevidos, y de a poco esa amabilidad cambió de temperatura. Una risa que dura un segundo de más. Una mano en una rodilla. Una mirada que baja y sube sin disimulo. En menos de lo que pensé, ya casi todos estábamos coqueteando sin escondernos.

Había un hombre menos que mujeres, así que uno de ellos quedó entre Renata y Paula, las dos pegadas a él como si lo conocieran de toda la vida. Las demás repartimos al resto. El salón era amplio, y nadie hizo el más mínimo intento de buscar privacidad. Estábamos todas ahí, juntas, y precisamente eso era lo que encendía la cosa.

***

Carolina iba disfrazada de policía, y al tipo que le tocó eso le dio un morbo evidente.

—No sabía que las oficiales fueran tan obedientes —le dijo, riéndose, mientras le bajaba la falda del uniforme.

Ella no contestó. Solo se dio vuelta y apoyó las manos en el respaldo del sofá. En las tres horas que estuve en ese salón, antes de cambiarme de lugar, lo vi montarla una y otra vez, sin apuro, como si tuvieran toda la noche por delante. Y la tenían.

A mí el que me tocó me sentó a horcajadas encima primero, y después me echó hacia atrás con las piernas al hombro. Para entonces yo ya solo conservaba la faldita corta del disfraz; iba de Sailor Moon, y de la heroína no me quedaba más que el lazo del pelo. Sentía la alfombra áspera en la espalda y su peso encima, y por sobre su hombro veía a las demás.

Porque eso era lo otro: a casi todas nos fueron acomodando en distintas posiciones a lo largo de la noche, sobre todo a Marcela, que parecía no cansarse nunca. A Daniela su hombre la tenía boca abajo, mordiéndole la nuca, y ella enterraba la cara en un cojín para no gritar tan fuerte.

Renata y Paula fueron las que armaron el trío, y verlas a ellas fue lo que terminó de descontrolarme. El tipo las desnudó por completo, sin prisa, como quien desempaca un regalo que se había estado imaginando hacía rato. Las puso una encima de la otra, las hizo besarse, las acariciaba a las dos al mismo tiempo mientras ellas se frotaban, los cuerpos brillantes de sudor resbalando uno contra el otro.

A Paula la dejaba siempre abajo, con Renata encima. Y eso tenía algo perverso, porque Paula tiene cara de intelectual seria, de las que corrigen exámenes con lentes en la punta de la nariz, y verla deshecha, con la boca abierta y los ojos cerrados, duplicaba el morbo. El pelo de Renata le caía sobre los hombros como una cortina mientras se besaban, y el tipo iba alternando entre las dos sin que ninguna protestara.

—Mírenlas —me susurró el mío al oído, sin dejar de moverse dentro de mí—. No pueden parar.

No podían. Y yo tampoco. Giré apenas la cabeza para no perderme nada y descubrí que Gabriela, la más tímida de todas, la que siempre se va temprano de las cenas, estaba arrodillada frente a otro de ellos con una entrega que jamás le habría imaginado. Tenía los ojos clavados hacia arriba, buscando aprobación, y él se la daba enredándole los dedos en el pelo. Verla a ella, justamente a ella, fue como confirmar que esa noche todas habíamos cruzado la misma puerta y que ninguna pensaba volver atrás.

Sentí entonces algo que no esperaba: no vergüenza, sino una especie de alivio. Como si llevara años conteniendo eso y por fin alguien me hubiera dado permiso.

***

Me apretaba los pechos mientras me besaba el cuello, y de pronto me giró y me dejó boca abajo sobre la alfombra, con una mano hundida en mi pelo.

—Se nota que a este cuerpo le gusta la guerra —dijo contra mi oído.

Y sin decir mucho más, me tomó por las caderas y me clavó por detrás durante un buen rato. Yo me movía, a medias por escaparme y a medias por buscarlo.

—Espera, no puedes hacerme esto —le dije con la voz quebrada—. Si te conocí hace cuatro horas.

—Eso ya da igual —respondió, y noté la sonrisa en su voz—. Ya te tengo.

Acto seguido me metió un dedo en la boca, y yo, sin saber muy bien por qué, empecé a chupárselo despacio. Con la otra mano me sujetaba un pecho, manteniéndome aplastada contra la alfombra. Por un momento abrí los ojos y no pude creer lo que veía: todas nosotras, profesoras universitarias, las mismas que el lunes íbamos a estar dictando clase, enredadas en ese salón con un grupo de hombres que apenas conocíamos.

Supongo que fue el alcohol. Supongo que fue la hora. Pero sé que lo que de verdad me empujó fue estar ahí, en el mismo cuarto que todas, escuchándolas, viéndolas, sintiéndome parte de algo que ninguna se atrevería a contar después. Éramos siete mujeres y seis hombres, y por una noche el salón fue nuestro.

***

Después, el que estaba conmigo me llevó a uno de los baños. La casa es tan grande que tiene varios, y este tenía una ducha amplia, de esas con el agua que cae desde arriba. Ahí terminó de desnudarme. Es un hombre corpulento, y me levantó como si no pesara nada; me giró en el aire y, sosteniéndome, armamos un sesenta y nueve de pie que todavía no sé cómo no terminó con las dos cabezas en el suelo.

Me abría con la lengua, lento, mientras yo lo tenía a él en la boca, concentrada en no soltarlo. Sentía la sangre agolpándose, el vértigo de estar boca abajo, sus manos firmes en mis muslos. Cuando me bajó, abrió la llave y el agua caliente nos cayó encima de golpe.

Me apoyó contra los azulejos. Al principio el contraste me hizo temblar: el frío de la pared en el vientre, el calor del agua en la espalda, su cuerpo encerrándome contra la cerámica. Me besaba la nuca cada vez que podía, como si le costara separarse aunque fuera un segundo. Estuvimos ahí mucho rato, perdiendo la noción de todo, mientras desde el salón seguían llegando los gemidos amortiguados por las paredes.

—Vamos —dijo al fin, cerrando el agua—. No te quieras perder el resto.

***

Cuando volvimos al salón, ya no había ninguna duda de lo que era aquello. Era una orgía en todo el sentido de la palabra. Cuerpos por todas partes, piel brillante, el sonido de las palmadas y de las respiraciones agitadas mezclándose. Veía a mis amigas montando, siendo montadas, en cuatro patas, dos de ellas besándose con un abandono que jamás les había conocido mientras un hombre iba de una a la otra.

Y lo más increíble es que ninguna parecía avergonzada. Al contrario. Marcela me buscó la mirada desde el otro extremo del salón y se rió, con una risa cómplice, sin culpa. Como diciendo: pasó, y no vamos a fingir que no nos gustó.

Fue un fin de semana entero de locura. En algún momento empezamos a intercambiarnos los disfraces para seguir el juego, y eso lo volvía todo más absurdo y más excitante a la vez: la policía vestida de heroína, la heroína con la gorra de la policía, los roles disueltos en una sola cosa. El resto del fin de semana nos repartimos por las habitaciones. Un par se quedó en el salón, donde había empezado todo.

***

Esto pasó hace algo más de un mes. Corté con Rodrigo poco después; total, lo nuestro hacía rato que era puro trámite. Ahora estoy solo con Mateo, y debería sentirme tranquila.

Pero no lo estoy del todo. Cada vez que lo miro, cada vez que me abraza sin sospechar nada, me vuelve a la cabeza esa noche y el tamaño de los cuernos que carga sin saberlo. Cuernos que le puse yo, en una casa enorme de Valdivia, rodeada de mis amigas, una madrugada de Halloween que ninguna de las siete va a contar jamás.

Y aun así, si Carolina vuelve a llamar para otra fiesta, ya sé exactamente lo que voy a responder.

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Comentarios (6)

Rodrigo_22

Tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, sigue así.

SofiaLec

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas...

nocheoscura99

Me recordo a una noche muy loca que tuve hace años en una fiesta de disfraces jajaja. Los buenos tiempos.

PatricioSV

Buenisimo, se nota que lo viviste de verdad. Lo contás de forma natural, sin exagerar. Sigue escribiendo!

HectorBsAs

Cómo terminó todo al dia siguiente? esa es la parte que siempre quiero saber jajaja

Guille_riv

excelente!!! uno de mis favoritos de esta categoria

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