El trío con dos músicos después del show de covers
Voy a contar lo que pasó una noche de marzo, cuando todavía arrastrábamos las ganas acumuladas de tantos meses de encierro. Por respeto, voy a guardarme los nombres reales de todos los que aparecen en esta historia, menos el mío, porque el mío en esas plataformas nunca fue del todo mío.
Por esa época yo transmitía buena parte de mi vida en vivo desde un sitio para adultos. El encierro había vuelto a todos un poco más desinhibidos, y a mí me daba de comer y me divertía. Esa noche, sin embargo, salí sin pensar en cámaras: una amiga, a la que voy a llamar Carla, me invitó a ver tocar a un amigo suyo bajista en un bar de Haedo, zona oeste del conurbano.
La banda se llamaba Los Acetatos y hacía covers de rock nacional. Dato que después resultó importante: yo había avisado por mis redes que esa noche iba a transmitir desde un recital, así que tenía a mi público esperando.
Llegué a la vereda del bar y ahí se sumó otra conocida, Romina, a la que ya había cruzado en otras salidas. Carla nos presentó al bajista, Nico, que estaba terminando de armar los equipos. Nos saludamos, cruzamos dos o tres frases sueltas mientras iba cayendo el resto de la gente, y después entramos.
El bar era de esos chicos, con las paredes forradas de afiches viejos y un escenario apenas más alto que el piso. Olía a cerveza y a madera húmeda. Había buena onda en el aire, esa cosa que se arma cuando la gente lleva demasiado tiempo sin salir y de golpe puede. Yo iba con ganas de divertirme y nada más. O eso creía.
Pedimos una mesa cerca del escenario. Entre una pizza de muzzarella y unas cervezas bien frías, nos acomodamos a disfrutar del show que recién arrancaba. Subieron los chicos a tocar y el cantante agarró el micrófono.
—¡Buenas noches, gente! Me llamo Lautaro, ellos son la banda y juntos somos Los Acetatos. Esperamos que la pasen bien —dijo, y arrancó el primer tema.
En ese momento empecé también mi transmisión, con el rock nacional adueñándose de a poco del lugar. Un tema mejor que el otro. Y cuando cayó uno de Cerati, obvio que me prendí a cantar como si nadie me mirara. Aunque sí me miraban.
Entre estrofa y estrofa fui llamando la atención de Lautaro, que no paraba de buscarme con la vista desde el escenario. En un momento, mientras yo coreaba con los brazos en alto, me clavó la mirada y me guiñó un ojo. No me hice la desentendida: estaba claramente entregada al recital, y no solo por la actitud. Llevaba un pantalón de print de serpiente, bien ajustado, que marcaba lo que para mí es mi mejor atributo: la cola.
Eso lo confirmé más tarde, cuando él mismo me confesó algo que no voy a olvidar.
—Te miré la cola toda la noche, morocha —me dijo después, sin un gramo de vergüenza—. Sobre todo cuando te levantaste para ir al baño.
Yo me había levantado varias veces, así que el muy descarado había aprovechado todas.
***
El show terminó y, con él, mi transmisión, después de un buen rato frente a un público bastante numeroso al otro lado de la pantalla. Salimos a la vereda con las chicas a tomar aire. Ahí se acercó Nico, el bajista, que vale aclarar estaba «casado». No sé qué dije, qué hice o, mejor dicho, qué insinué sin darme cuenta, porque el tipo me agarró de la cara y me comió la boca sin mediar una sola palabra. Y después se fue, así nomás, como si nada.
Reconozco lo entregada que estaba esa noche. Podemos echarle la culpa a la abstinencia de los meses de encierro, ¿no? Algo de eso había.
Después de ese episodio llegó Lautaro y se sentó a mi lado.
—¿Y? ¿Les gustó, chicas? —preguntó con una sonrisa.
—Sí, muy buen show —le contesté yo.
Se me quedó mirando con una sonrisa pícara y la charla se fue volviendo monotemática. Cuando empecé a hablar en doble sentido, todo se fue al carajo bastante rápido. Romina se incomodó un poco con el tono de la conversación, saludó y se retiró. Quedamos Carla y yo.
El bar ya cerraba sus puertas para el público general, pero no para nosotras. Nos invitaron a pasar para adentro. Ahí se acercó un amigo de Lautaro, al que todos llamaban el Rulo, y nos lo presentó. El cantante se fue un rato a guardar cosas y el Rulo se sentó a mi lado. Conectamos al toque. Era todo un personaje, de esos que te hacen reír sin esfuerzo, y me invitó un trago.
Ya entrada en confianza, llamé a Lautaro y le tiré una de mis pruebas.
—¿Me dejás tocar la batería? Me fascina la batería.
—Te la vamos a hacer tocar entre todos —me contestó, sosteniéndome la mirada.
—Mmm, qué rico —le seguí el juego.
Entonces llamó al Rulo y, medio en broma medio en serio, le dijo que querían armar algo conmigo. El Rulo me miró de arriba abajo, con ganas mal disimuladas.
—Hola, diosa. Dale, obvio —dijo, y se reía.
Hasta tiró la idea de sumar al baterista, que andaba por ahí con su novia, pero quedó en nada. La cosa, claramente, iba a ser entre los tres.
***
Pasó un rato más. Carla se cansó y dijo que se iba. Nos pagaron unos tragos, charlamos un poco y, sin demasiadas vueltas, me lanzaron la pregunta.
—¿Vamos?
—Ok —dije—, pero le pagan el Uber a mi amiga.
—Dale, no hay drama —contestaron casi al unísono.
Esperamos a que Carla se subiera al auto y arrancó sana y salva, y recién entonces salimos los tres rumbo al departamento de Lautaro, en un taxi que él mismo manejaba. Durante el viaje empezaron a mostrarse, a calentar el ambiente, y yo les saqué unas fotos. Les avisé de entrada que me encanta sacar fotos y filmar, y aceptaron sin problema.
Llegamos. Ellos pasaron primero al baño a darse una ducha rápida y después me duché yo. Del otro lado de la puerta, Lautaro me charlaba para ir rompiendo el hielo, mientras el agua me caía encima y yo sentía las piernas un poco temblorosas de pura anticipación. Cuando salí, lo hice desnuda, directa, ante la mirada deseosa de los dos. Caminé hasta la cama y los llamé.
Lautaro se acercó primero y me besó. Tenía gusto a cerveza y a cigarrillo, y me besaba despacio, como midiéndome. Empezó a recorrerme con las manos por todos lados, sin apuro, primero la espalda, después la cola, apretándome contra él, hasta que con una presión suave en los hombros me fue guiando hacia abajo.
Me la chupé entera, bien babosa, bien a mi estilo, mirándolo desde abajo cada tanto para ver la cara que ponía. Al ratito el Rulo no aguantó y se sumó, acercando su pija al lado de la de Lautaro. Estuve un buen rato chupándosela a los dos juntos, alternando, pasando de una a la otra, escuchando cómo respiraban cada vez más fuerte sobre mi cabeza. Me encanta esa parte: el momento en que dos tipos dejan de hacerse los canchero y se entregan.
Después Lautaro me puso en cuatro. Mientras yo seguía con el oral al Rulo, él me la metió por delante. El Rulo era el más sádico de los dos: no paraba de decirme de todo, una catarata de insultos que en ese contexto me prendían fuego, y al mismo tiempo me daba unas cachetadas suaves y me pedía que me la tragara toda.
Eso encendió a Lautaro, que empezó a darme palmadas en la cola mientras me penetraba con ganas. Pasó un rato así, los dos sincronizados, y en un momento Lautaro me la sacó de la concha y me la metió por el orto. Grité como loca, con la pija del Rulo entrando y saliéndome de la garganta. Siguieron así hasta que acabaron, uno en mi boca y el otro en la cola.
Pensé que con eso alcanzaba, pero al rato, todavía tirados en la cama, las manos volvieron a buscarme y arrancamos un segundo round. Esta vez llevé yo el ritmo. Los cabalgué a los dos por turnos: me subía a uno mientras el otro se tocaba mirándonos de cerca, y cuando sentía que el de abajo estaba por terminar me pasaba al otro. Tenía el control y me gustaba tenerlo.
En un momento me paré sobre la cama, con las piernas temblando, sobre las dos pijas duras, y me vine encima de los dos. Los mojé enteros con mis squirts, un chorro que no podía contener, y eso terminó de acabarlos a ellos también. Quedamos los tres hechos un desastre, riéndonos, sin aire.
***
Descansamos un rato charlando, todavía con la respiración agitada. Otra ducha rápida y Lautaro me llevó a casa en su taxi. Antes de bajarme, me dijo que quería volver a vernos, que le había gustado mi onda.
Hermosa dosis doble de sexo, squirts y rock and roll. Fin.
Posdata: esa transmisión hizo que me compraran un montón el material que subí esa noche. Con el tiempo, ese video terminó en una plataforma bastante conocida, donde hoy bate récords de reproducciones. Algo así como más de cuatro millones y medio. No está mal para una salida que arrancó yendo a escuchar covers.