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Relatos Ardientes

La fiesta de mis vecinos terminó conmigo en su cama

Era una tarde de enero, una de esas en las que el asfalto del barrio devuelve el calor y nadie tiene ganas de hacer nada más que estar tirado a la sombra. Yo tenía veintitrés años entonces, y aquel verano me sentía dueña del mundo. Había caminado tres cuadras hasta la casa de Tincho, un vecino con el que me llevaba bien desde hacía meses, sin etiquetas ni promesas, solo lo justo para pasarla bien cuando se daba.

Cuando llegué, él no estaba solo. En la vereda, sentados sobre unos cajones de cerveza, había cuatro o cinco pibes que yo conocía de cruzármelos siempre por la misma manzana. Estaban en short, con el torso desnudo y la piel brillando de transpiración, pasándose una botella de litro que ya andaba por la mitad.

—Mirá quién apareció —dijo uno, y los demás levantaron la vista con esa sonrisa que ya conocía.

Me senté con ellos un rato, sobre el borde del cajón, con una lata fría que alguien me alcanzó sin que la pidiera. Nos reímos de lo que había pasado la noche anterior, en otra juntada parecida, y la charla fue derivando entre anécdotas y burlas. El calor aflojaba las palabras y a nadie le importaba demasiado nada. Yo notaba cómo, cada tanto, los ojos de alguno se me iban a las piernas, y me hacía la que no me daba cuenta, aunque me gustaba sentirlo.

En eso apareció el Mono, otro de la barra, caminando rápido desde la esquina.

—Eh, Marian —me dijo, todavía agitado—. Rubén me mandó a buscarte. Dice que en su casa hay joda, que te vayas para allá.

—¿Ah, sí? —contesté, divertida—. ¿Y vos venís o te quedás acá?

—No, no, yo te llevo —se rió.

Me levanté para irme. Tincho se paró conmigo y, antes de que diera dos pasos, se me acercó al oído.

—Te van a enfiestar, eh —me susurró, mitad advertencia, mitad desafío.

No pasa nada, pensé. A mí me gusta.

—No pasa nada —le dije en voz alta, y le guiñé un ojo—. Chicos, nos vemos.

***

Caminé cuatro cuadras con el Mono bajo el sol de la siesta. A media cuadra ya se escuchaba la música saliendo de la casa de Rubén: cumbia a todo volumen, mezclada con gritos de cancha y risas. La puerta estaba abierta de par en par.

Me recibió el dueño de casa en persona. Rubén era un tipo de unos cuarenta y pico, separado hacía poco, con el que yo también había tenido lo mío en las últimas semanas. Le di un beso en la boca, corto pero con intención, y él me agarró de la cintura para hacerme pasar.

Adentro el panorama era claro. Habría diez tipos repartidos por el living, algunos pibes de mi edad, otros bastante más grandes, todos vecinos de la misma manzana. Y ni una sola mujer. Solo ellos y yo.

Darío, el hermano de Rubén, se acercó con un vaso y me lo puso en la mano.

—Tomá, refrescate —dijo.

Bebí un trago largo. Apenas bajé el vaso, alguien empezó a cantar y enseguida lo siguieron todos:

—¡Que se saque todo! ¡Que se saque todo hasta la tanga!

Me reí. Uno me tomó de la mano, me hizo dar una vuelta como en un baile, y con un gesto me invitó a subirme a la mesa ratona del centro. La cumbia se cortó y arrancó otra cosa, más lenta, más cargada. La sangre me latía en las orejas.

Subí. Y empecé a bailar.

***

No sé de dónde me salió, pero les bailé como si lo hubiera ensayado toda la vida. Me movía despacio, dejando que la tela se me pegara al cuerpo, balanceando las caderas al ritmo lento que sonaba, y ellos respondían con aplausos y gritos que me prendían más todavía. Me sentía mirada de pies a cabeza, deseada por todos a la vez, y eso me gustaba más de lo que podía admitir. Cada vez que me daba vuelta sobre la mesa, el living entero se quedaba en silencio un segundo, conteniendo el aire, antes de volver a estallar.

Empecé por las zapatillas. Apenas las tiré al piso, dos de ellos las agarraron y se pusieron a patearlas por el living como si fuera un picadito, hasta que Rubén los retó y las dejaron a un costado. Yo seguía, sin apurarme.

Después vino el top, uno chiquito que llevaba sin corpiño. Lo fui levantando de a poco, jugando con la espera, mientras la muchachada me arengaba para que terminara de una vez. Cuando por fin lo dejé caer, estallaron. Me bajé la calza despacio, de espaldas a ellos, y al descubrir mi cola fue como prender un fósforo en nafta. Gritaban, aplaudían, se empujaban para ver mejor.

Quedé arriba de la mesa solo con una micro tanga de leopardo. Y ahí Rubén cortó el clima. Me tendió la mano, me ayudó a bajar y, ante la mirada atónita del resto, me llevó hacia su pieza.

—¿A dónde la llevás? —protestó alguien.

—Esperen su turno —contestó él sin darse vuelta.

***

Cerró la puerta. Del otro lado, la música bajó un poco. Rubén se me acercó hasta quedar cara a cara, con la respiración pesada.

—Qué loca que sos —me dijo, agarrándome de la cintura—. Me volvés loco.

Me apretó contra él y me besó con ganas, sin disimular lo excitado que estaba. Gemimos los dos casi al mismo tiempo. Me guió la mano hacia abajo para que sintiera lo duro que lo tenía, mientras él me recorría toda la espalda hasta enganchar la tanga y bajármela. Se la llevó a la cara un segundo, me la sacó del todo y la tiró a un costado.

Se desvistió rápido: la musculosa, la bermuda, las ojotas, todo al piso. Yo ya estaba desnuda y deseosa, sin paciencia. Me agarró del pelo con firmeza y me pidió que me arrodillara. Lo hice. Se la metí en la boca y se la chupé despacio, profundo, hasta que él empezó a temblar.

—Pará, pará, no quiero acabar así —dijo entre dientes.

Me puso en cuatro sobre la cama y me penetró de una. Empezó fuerte desde el principio, agarrándome de las caderas, hasta que sentí que aflojaba y se salía para terminar afuera, sobre mi espalda.

Quedamos los dos agitados. Él se rió, me dio una palmada y salió de la pieza para lavarse, dejándome tirada en la cama, sin aire.

***

No pasó ni un minuto cuando la puerta se volvió a abrir. Era Darío, el hermano.

—Yo también quiero, Marian —dijo, y cerró atrás de él.

No me hice rogar. Me levantó de la cama, me chupó los pechos con ganas y enseguida me dio vuelta contra la pared, agarrándome del pelo igual que el otro.

—La cola —me pidió al oído—. Dale.

—Dale —le contesté.

Se escupió la mano, se mojó la punta y entró despacio primero, después más firme. Me daba duro, hablándome todo el tiempo.

—Hermosa, mirá cómo me calentaste —me decía.

En eso, entre nuestros gemidos, empecé a escuchar otra cosa: risitas y murmullos que venían de la ventana. Los demás estaban espiando desde afuera, apretados contra el vidrio. No me importó. Seguimos en lo nuestro hasta que él terminó y se acomodó el short con una sonrisa.

—Gracias, eh —dijo, y se fue.

***

Pensé en salir al baño, pero apenas asomé me frenó Fede, el hermano más chico de los tres.

—Eh, Marian, no me vas a dejar afuera a mí, ¿no? —me dijo, casi suplicando.

Me reí.

—Dale, vení.

Me llevó hacia un rincón, lejos de la ventana, porque los de afuera seguían mirando. Se desnudó del todo y me abrió las piernas. Me mordió el cuello, me lamió la clavícula, me amasó los pechos, y recién entonces me penetró. Arrancó suave, casi probando, y de a poco fue subiendo el ritmo hasta hacerme gritar. Estaba muy bien dotado y no se contenía: cuanto más yo gemía, más fuerte me daba, hasta que acabó afuera, sobre mi vientre.

Respiró hondo mientras se vestía.

—Gracias —me dijo, igual que el hermano, y salió.

***

Cuando creí que la cosa había terminado, me di cuenta de que recién empezaba. Eso había sido apenas el comienzo, porque faltaban más. Muchos más.

Fueron pasando de a uno, y a veces de a dos, pidiéndome como si leyeran una carta: este la boca, aquel la cola, el de más allá vaginal. Algunos entraban callados, casi tímidos; otros venían envalentonados por lo que habían visto desde la ventana y no se andaban con vueltas. Me fui perdiendo en la repetición, en los nombres que ya no distinguía, en las manos que me daban vuelta una y otra vez sobre la cama deshecha. La pieza olía a transpiración y a cerveza, y de fondo la cumbia seguía sonando como si nada. Quedé toda transpirada, marcada, con el cuerpo agitado y la cabeza dándome vueltas.

Cuando por fin pude salir de aquella pieza, los conté en mi cabeza. Habían sido doce. Doce vecinos de la misma manzana, doce tipos que esa tarde habían cumplido, todos juntos, la misma fantasía conmigo en el medio.

Me metí en la ducha del baño de Rubén para sacarme de encima el sudor y el cansancio. Mientras el agua me caía por la espalda, escuché golpecitos en la puerta.

—¿Estuvo bien, eh? —era Fede, del otro lado.

—Estuvo bien —le contesté, todavía sin creerme del todo lo que acababa de pasar. Nunca habían sido tantos.

***

Entré a esa casa todavía con sol y salí de madrugada, recién duchada y con las piernas flojas. Fede se ofreció a acompañarme: vivía a dos puertas de la mía, así que hicimos las cuatro cuadras de vuelta charlando de cualquier cosa, como si nada de lo otro hubiera ocurrido.

Ya en mi casa, en mi cama, apoyé la cabeza en la almohada y me quedé un rato mirando el techo. Una parte de mí no terminaba de procesarlo; la otra sonreía sola en la oscuridad.

Doce. Mi récord.

Cerré los ojos y me dormí enseguida, con esa calma rara que deja el cuerpo cuando ya no le queda nada por pedir.

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Comentarios (5)

NocheFeliz23

excelente relato!!! se hizo muy corto, queria mas jaja

CarlitosBA

Por favor la segunda parte, no puede quedar asi. Sigan escribiendo!

Patri_Mdq

Me encanto como esta narrado, se siente que lo viviste de verdad. Muy bueno

pablito_noc

tremendo!!! de los mejores que lei en esta categoria

Manu_BA

cuantos terminaron siendo en total? me perdi en el conteo jaja. Igual estuvo increible el relato

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