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Relatos Ardientes

Tres jóvenes esperaban a mi mujer en aquel hotel

Ilustración del relato erótico: Tres jóvenes esperaban a mi mujer en aquel hotel

Se acercaba el cumpleaños de Marina y yo llevaba semanas dándole vueltas a la idea de regalarle algo que ninguna joya pudiera igualar. Mi mujer siempre había sido mi obsesión: piel clara, melena oscura que le caía por los hombros y unos ojos que se encendían con una chispa traviesa cada vez que se le ocurría una travesura. Tenía treinta y pocos, pero conservaba una figura que muchas chicas de veinte le habrían envidiado. Pechos firmes, cintura estrecha y un trasero pequeño y respingón que se movía de un modo hipnótico cuando caminaba descalza por casa.

Quería darle una experiencia que la hiciera sentir deseada como nunca. Una noche, mientras ella dormía, abrí el ordenador y entré en una web de contactos donde la gente buscaba aventuras fuera de lo común. El corazón me latía con fuerza mientras creaba una cuenta y redactaba el anuncio.

«Buscamos tres chicos jóvenes, mayores de edad, para una noche inolvidable junto a una mujer de ensueño. Belleza con aspecto de veinticinco años, cuerpo escultural y una sensualidad que corta la respiración. Si quieres formar parte de esta fantasía, envíanos tus fotos y cuéntanos por qué deberíamos elegirte a ti.»

El texto terminaba con unas cuantas condiciones: nada de violencia, respeto absoluto y discreción total. Los seleccionados tendrían que acreditar su edad con un documento oficial y presentar un análisis reciente. Adjunté un par de fotos de Marina en lencería negra, con el rostro pixelado, dejando poco a la imaginación.

Apagué la pantalla y me quedé un rato mirando el techo, excitado por la sola idea de verla rodeada de desconocidos que la desearan. Al día siguiente, antes incluso de salir de la cama, comprobé el teléfono. Ya había varios mensajes.

Algunos eran groseros y directos, llenos de palabras que no encajaban con lo que yo quería para ella. Los descarté sin pensarlo. Buscaba algo más cuidado, más respetuoso. Entre todos, tres captaron mi atención.

El primero era de un tal Mateo, que hablaba de su gusto por complacer a una mujer y hacerla sentir el centro del mundo. El segundo, de Sergio, un estudiante universitario de cuerpo atlético y mirada intensa. El tercero, de Nicolás, el más joven y el más breve de todos: apenas dos líneas, pero con una intensidad que se notaba detrás de cada palabra. Los tres vivían en nuestra misma ciudad.

Esa noche, después de una cena tranquila, le confesé a Marina la sorpresa que llevaba semanas preparando. Le enseñé el anuncio y los mensajes en la pantalla del teléfono.

—Mi amor, quiero que vivas una noche que no olvides nunca. Estos chicos están deseando conocerte —le dije, observando cada gesto de su cara.

Marina arqueó una ceja y soltó una risa nerviosa.

—¿En serio, Adrián? Esto es… inesperado —murmuró, pero sus ojos ya brillaban de otra manera.

Fui pasando las fotos una a una. Mateo tenía una sonrisa franca y un torso trabajado. Sergio era alto, de pelo oscuro y mirada algo salvaje. Nicolás, el más joven, tenía un aire de misterio difícil de explicar.

—¿Qué te parecen? —pregunté.

Ella se mordió el labio, recorriendo las imágenes con la punta del dedo.

—Mateo parece dulce… y Sergio tiene algo que asusta un poco, en el buen sentido —dijo, bajando la voz—. Pero Nicolás… hay algo en él que me intriga.

—Entonces, ¿esos tres? —pregunté, conteniendo el aliento.

Marina asintió despacio, con las mejillas encendidas.

—Esos tres. ¿Estás seguro de que quieres hacerlo?

—Solo si tú lo deseas.

—Lo deseo —respondió, y me besó con una urgencia que hacía tiempo no le notaba.

***

El día llegó antes de lo que esperaba. Quedé con Mateo, Sergio y Nicolás en el vestíbulo de un hotel del centro y subimos juntos a la habitación que había reservado. Era una suite amplia, con una cama enorme, un sofá junto a la ventana y una luz tenue que lo envolvía todo en un ambiente cálido.

Les repetí las reglas en voz baja: respeto, consentimiento, discreción. Ellos asintieron, tensos y a la vez impacientes. Revisé la documentación de cada uno; todo estaba en regla.

—Marina va a disfrutar mucho con vosotros. Relajaos. Voy a llamarla y en unos minutos estará aquí —dije, y me retiré al pequeño balcón para marcar su número.

No habían pasado ni diez minutos cuando sonaron unos golpes en la puerta. Los chicos se miraron entre ellos, nerviosos. Abrí y, antes de que ella entrara del todo, le coloqué una pequeña corona de cumpleaños en la cabeza.

Marina no pudo evitar reírse al verlos. Yo los había envuelto, como buenamente pude, con papel de regalo alrededor del cuerpo.

—Hola, cariño. Aquí tienes tu regalo —le dije, dándole un beso.

—Justo lo que pedí —respondió, divertida.

Los tres la devoraban con la mirada. Para no llamar la atención en el hotel, ella había venido discreta: un top de tirantes ajustado que marcaba sus pechos y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas.

—Están ansiosos por conocerte. Te presento a Mateo, Sergio y Nicolás —dije, señalando a cada uno.

—Hola, chicos —saludó ella, dando dos besos a cada uno y rompiendo el hielo sin esfuerzo.

La conversación empezó torpe, pero pronto fue Marina quien tomó las riendas, con esa voz suave que sabía usar cuando quería conseguir algo.

—¿Alguno había hecho algo así antes? —preguntó, mirando a Mateo.

Los tres negaron con la cabeza.

—No, pero lo había imaginado muchas veces —admitió Mateo, con la voz temblorosa.

—Me gusta ser la primera en muchas cosas —dijo ella, sonriendo.

Se acercó y empezó a retirarles el papel de regalo, rozándoles la piel con las manos.

—Vaya, y yo que esperaba encontraros solo con el envoltorio puesto —bromeó, fingiendo decepción al verlos vestidos.

—Eso tiene fácil arreglo —intervine.

—Os voy a dejar secos —anunció ella.

—Y nosotros a ti bien empapada —soltó Nicolás, sorprendiéndonos a todos.

—¡Y parecías el tímido! —rio Marina, abriendo los brazos para invitarlos a acercarse—. Soy toda vuestra.

Aproveché para encender una cámara con estabilizador y empezar a grabarlo todo.

***

Los tres se acercaron despacio y la rodearon. Nicolás fue el primero en pegarse a su espalda, sujetándola por la cintura, mientras los otros dos la acariciaban por todas partes. Marina se dejaba hacer, sonriente, disfrutando de tantas manos a la vez.

—Estás increíble —exclamó Mateo, abarcándole los pechos con sus manos grandes.

—Qué suerte tienes —me dijo Sergio mientras su mano subía por el muslo de ella hasta detenerse entre sus piernas, por encima de la tela.

—Ya lo habéis oído —contesté—. Toda vuestra.

Mateo dio un paso atrás y se quitó la camiseta, dejando a la vista un torso esculpido en el gimnasio. Marina le lanzó una mirada hambrienta y se mordió el labio. Se giró sobre sí misma y, mientras los otros le acariciaban el trasero, se besó largamente con Nicolás.

—Los tienes a punto —comenté al ver los bultos que marcaban sus pantalones.

—Ella también lo está —dijo Nicolás, sacando los dedos húmedos de debajo de la ropa de Marina.

Le bajaron los pantalones cortos y su pequeño trasero quedó al descubierto, apenas cubierto por un tanga negro. Ella estiró las manos y, a ciegas, fue acariciando la dureza de cada uno por encima de la tela.

Nicolás, completamente desinhibido, le quitó el top y luego el sujetador. Sus pechos quedaron erguidos, coronados por pezones rosados y diminutos. Marina volvió a girarse y Mateo y Sergio se inclinaron a la vez para besárselos.

—Este me tiene ganas —dijo ella, señalando con la cabeza al más joven, que ya restregaba su erección contra su cadera.

—Nosotros también —protestó Sergio.

—¿Sí? Pues a ver qué escondéis ahí.

Los chicos se desnudaron con torpeza, atropellándose, hasta quedar los tres de pie frente a ella. Marina se arrodilló sobre la alfombra y dejó que la rodearan.

Tomó a Nicolás con una mano y a Mateo con la otra, alternándolos en su boca con una destreza que arrancaba jadeos a los tres. Sergio se acariciaba a un lado, esperando su turno.

—Ojalá las chicas de mi edad hicieran esto así —murmuró.

—Es cuestión de experiencia —contestó ella antes de volver a la tarea.

En un momento dado, juntó las puntas de dos de ellos y se las metió en la boca a la vez. Yo grababa cada gesto, extrañamente excitado al ver a mi mujer convertida en el centro absoluto de aquel deseo.

—Tienes una mujer increíble —me dijo Mateo, sofocado.

—Gracias. Y aún no habéis visto nada.

***

Nicolás fue el que rompió el ritmo. Se sentó en la alfombra, justo detrás de ella, y le retiró el tanga.

—Ahora veremos cuánto aguantas —dijo Marina, echándose hacia atrás hasta encajarse sobre él.

Su miembro entró despacio, ayudado por lo excitada que estaba. Ella no dejó de atender a los otros dos con la boca y las manos mientras cabalgaba, con los pechos saltando a cada movimiento.

La escena era demasiado para mí, y empecé a acariciarme con la mano que no sostenía la cámara. De pronto, Mateo se tensó y soltó un gemido ronco; se apartó un segundo, recuperando el aliento.

—¿Puedo? —pidió Sergio con educación, señalando el sofá.

Marina se colocó a cuatro patas sobre los cojines y él la sujetó por las caderas, embistiéndola con fuerza. Sus gemidos quedaban ahogados cada vez que Nicolás le acercaba el miembro a la boca.

—Me encanta —jadeó ella, mirándome directamente a la lente.

—¿Te gusta verme así, cariño?

—Me encanta verte tan bien atendida.

—¿Por qué no te unes?

—Luego. Quiero grabarlo todo para el recuerdo. Tú disfruta.

Una palmada suave sonó cuando Sergio le dio un azote juguetón. Después le llegó el turno a Mateo, que la tumbó boca arriba en la cama y se hundió en ella entre gruñidos, como un animal en celo. Cuando se separó, perlado de sudor, los otros dos se acercaron y ella los atendió por turnos.

Sergio se acercó a mí con un botecito de lubricante en la mano, pidiendo permiso con la mirada. Señalé a Marina para que fuera ella quien decidiera, y mi mujer asintió. Tal y como habíamos hablado de antemano, el chico empezó a prepararle el trasero con paciencia.

Marina se tumbó boca abajo, elevando ligeramente las caderas. Sergio dejó caer unas gotas y comenzó a acariciarle el ano en círculos lentos, hasta que ella se relajó del todo. Solo cuando estuvo segura de que estaba lista, él se embadurnó y empujó con suavidad, apenas la punta, arrancándole un gemido largo.

Para sorpresa de nadie, fue la propia Marina quien empezó a mover la cadera hacia atrás, marcando el ritmo.

—Vamos a llenarla por todos lados —propuso Nicolás, tumbándose boca arriba en la cama.

Ella se rió y se encaramó sobre él, dejándolo entrar con facilidad mientras Sergio volvía a ocuparse de su trasero. Desde donde yo estaba, veía a mi mujer con dos jóvenes dentro a la vez, besándose con Mateo, que le acariciaba los pechos.

Al principio no se coordinaban, hasta que Sergio tomó la iniciativa y los tres encontraron un compás común. Yo daba vueltas a la cama, acercándome y alejándome, grabando desde cada ángulo posible.

—Cariño, ¿te gusta? —pregunté.

Ella solo pudo responder con un murmullo, la boca demasiado ocupada para hablar.

Pasados unos minutos, fue Sergio el primero en rendirse, vaciándose dentro de ella con un grito ahogado. Aquello fue el detonante: los otros dos lo siguieron casi al instante, estremeciéndose mientras Marina gemía como si hubiera perdido la cabeza.

—Me toca a mí —dije, pasándole la cámara a Mateo.

Me tumbé de lado, abrazándola por la espalda, y la penetré con la familiaridad de quien conoce cada rincón de su mujer. Estaba ardiendo, agotada y feliz. Ella se giró un poco y nos besamos despacio, como tantas otras veces, ajenos por un momento a todo lo demás.

—¿Te ha gustado que te disfrutaran estos tres? —pregunté.

—Mucho. ¿Y a ti? —respondió, con una sonrisa pícara.

—Verte gozar así me ha vuelto loco. Creo que te hacía falta.

Aceleré el ritmo hasta que ya no pude más. Salí, me acerqué a su boca y terminé entre fuertes jadeos mientras ella me sostenía la mirada, sin soltarme en ningún momento.

Los chicos se vistieron, se despidieron con una sonrisa de agradecimiento y se marcharon, dejándonos solos en la suite. Yo pensaba que aquello había sido más que suficiente para saciarla. Lo que no sabía es que la verdadera sorpresa la había guardado ella, y todavía me esperaba al volver a casa.

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Comentarios (4)

GabrielNorte

Que relatazo!!! de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio

Florcita22

Por favor continua esto, quede con ganas de saber como reacciono ella al principio jajajaj

TucumanoTarde

Me sorprendio lo bien narrado que esta, la tension previa se siente de verdad. Muy bueno

KarlaWritte

Me quede pensando si ella sospechaba algo antes de abrir esa puerta... el detalle de elegir a cada candidato uno por uno me parecio increible. Se hizo corto!

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