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Relatos Ardientes

Mi prima me confesó su secreto en la playa

Desde niñas pasábamos los veranos juntas en una pequeña ciudad de la costa: playa de día, fiesta de noche. Era nuestro ritual, lo llevábamos repitiendo años, y nunca había pasado nada que se saliera del guion.

El último verano todo empezó igual. Aquel primer día de playa las dos estrenábamos los bikinis más diminutos que teníamos. Le pregunté por los chicos que tenía fichados, los que solían invitarnos a copas y a algo más después de la discoteca. Me contestó sin pestañear, y me dejó helada.

—No me hables de chicos. He cambiado. Soy lesbiana.

Me lo soltó así, a bocajarro, sin anestesia ni rodeos. La conversación se torció en un segundo y yo no supe qué cara poner.

Me lo repitió varias veces, muy segura. No la creí del todo hasta que, mirando alrededor para asegurarse de que nadie nos veía, deslizó la mano por dentro de mi sujetador y me acarició el pezón con la yema de los dedos.

—Despacio, nena. Que no soy de piedra —le dije con la voz a medio camino entre la risa y el susto.

—Pues esta teta lo parece. Es perfecta.

No me quedó más remedio que rendirme a la evidencia. Me estaba dando todas las pruebas y una confesión firmada.

—Vale, vale. Te creo.

Siempre he sido de decisiones rápidas, y aquella tenía que serlo. Si no la frenaba pronto, sabía cómo iba a terminar. Y por otro lado estaba la tentación, que para qué negarlo, me atraía más de lo que me convenía admitir.

Tampoco era un cuerpo desconocido para mí. Habíamos hecho topless juntas mil veces, nos habíamos visto desnudas por el apartamento, nos rozábamos sin pensar nada. O eso creía yo hasta ese instante.

—Bueno. ¿Quieres más? —me preguntó.

—Todo lo que quieras darme. Me gustas. Pero no quiero presionarte.

La dejé hacer. Es más, me acerqué un poco y la besé en la boca. Suave, apenas un roce de labios. Era mi manera de decirle que no me molestaba, que incluso podía gustarme.

—¿Estás segura? —insistió.

—No. Pero podemos hacer un experimento. De eso sí estoy convencida.

—No hay prisa.

Pasamos un rato delicioso y tramposo. Nos embadurnábamos con el protector solar, nos metíamos mano en el agua, vigilando siempre que nadie nos descubriera. Un coqueteo en toda regla.

Ella sabía perfectamente cómo encenderme. Eran solo roces, pero yo empezaba a hervir por dentro. Sentía sus manos por todas partes. En el agua apartó el sujetador del bikini y me pellizcó los pezones, que tenía duros como piedras. Después, con la excusa de la crema, me agarró el culo por debajo de la braguita y llegó a deslizarme un dedo entre las nalgas, con disimulo.

Lo que me frustraba era no llegar al orgasmo. Sobre todo teniéndola a ella tan cerca, manteniéndome al borde sin dejarme caer. Me cansé de esperar esa sacudida que sabía que solo ella iba a conseguirme.

—Vámonos —le dije.

De perdidos al río. Había demasiada gente para seguir avanzando sin montar un escándalo. Nos fuimos a los vestuarios y de allí al apartamento lo más rápido que pudimos. No sé cómo logré no abalanzarme sobre ella en el ascensor.

***

No hicieron falta muchas palabras. Ya en el salón, frente a frente, me besó otra vez en la boca. Le puse las manos en la cintura, saqué el top de su falda y le acaricié la piel suave del vientre. Estaba claro que no iba a echarme atrás.

—Por fin te puedo desnudar. Llevo años deseándote —murmuró Noa contra mi cuello.

—¿Y a qué esperas? Yo ya he empezado.

Me bajó la cremallera del short y coló la mano por dentro. Hacía veranos que las dos prescindíamos de la ropa interior cuando estábamos juntas.

—No llevas braguitas debajo. Picarona —dijo riéndose.

—No quería ponértelo difícil.

Fui yo entonces la que le subió la falda y le acarició los labios de la vulva, que también llevaba al aire. No íbamos a ponernos las braguitas mojadas del bikini.

—Tú tampoco llevabas nada. Has venido a culo pajarero desde la playa. Podían haberte visto.

Le bajé la falda hasta los tobillos. Ella me sacó la camiseta de tirantes por encima de la cabeza, pero la retorció a propósito para dejarme las muñecas atadas por encima de la nuca. Sonreía lasciva, con una pizca de perversidad que no le conocía.

Aprovechó que no podía defenderme. Se inclinó y me lamió las axilas y los pechos sin prisa. No sabría decir cuánto duró aquello. Yo me limité a gemir y a disfrutarlo.

—Vaya si sabes —jadeé.

Me acarició los pechos pequeños y duros un buen rato. En cuanto me soltó las manos, le amasé las nalgas. Sus caderas anchas le habían modelado un culo grande y precioso.

Por fin terminé de quitarle el top y liberé sus pechos generosos, un poco caídos, con esos pezones enormes que siempre había admirado a escondidas. Su figura era mucho más voluptuosa que la mía: yo tengo el cuerpo de nadadora, nada por delante y nada por detrás.

—Vamos a la cama. Te voy a comer —dijo.

—¿El qué?

—Entera.

Me arrancó los pantalones cortos de las nalgas y nos fuimos desnudas al dormitorio. Nos tumbamos sobre su cama. Por una parte no tenía prisa, quería exprimir todo el placer que pudiera darme. Por otra, necesitaba ese orgasmo con desesperación.

***

Mientras nos acariciábamos despacio, le hice algunas preguntas. Así me contó cómo la habían seducido aquella misma primavera, un día de mucho calor en esa misma playa. Era temprano en la temporada y no había casi nadie sobre la arena.

—¿Y cómo empezó todo esto? —le pregunté.

—Fue a veinte metros de donde estábamos hoy. Más cerca de las rocas.

—No te pregunto dónde, sino cómo.

—Una rubia, parecida a mí. De curvas. Las dos en topless. Cuando me quise dar cuenta, me había repasado de arriba abajo.

Según me contó, la mujer puso su toalla al lado de la suya y, de tanto conversar, se hicieron amigas íntimas en un suspiro. Le ofreció extenderle la crema bronceadora por el cuerpo, por todo el cuerpo, en un masaje lentísimo en el que se entretuvo más de la cuenta acariciándole los pechos con la excusa del protector.

—No me comió el coño allí mismo porque había gente cerca —dijo Noa, y se le escapó una sonrisa al recordarlo.

Cuando le tocó el turno a las piernas, la desconocida se interesó muchísimo por el culo de mi prima, que el tanga de aquel día dejaba prácticamente al descubierto. Para entonces, o yo conocía muy mal a Noa, o ella estaba ya completamente encendida con aquel masaje. Y la conozco: mi prima es una calentorra de cuidado.

—Le encantaba mi culo. No paraba de sobarlo.

—Bueno, a mí también me gusta. Tu culo es algo espectacular —admití mientras se lo apretaba.

Luego se metieron juntas en el agua, jugando. La otra aprovechó cada oportunidad que mi prima empezaba a brindarle, ya del todo consciente, para tocarla.

—Puedes imaginarte que dentro del mar no se separaba de mí.

—Y tú la dejabas.

—Por supuesto. Me estaba gustando más que si hubiera sido un tío. No te haces una idea de cómo me usaba los dedos.

—¿Algo parecido a lo que me estás haciendo tú ahora? —pregunté.

—Lo intento, pero no dejas de interrogarme.

En ese momento me metió dos dedos lo más hondo que pudo.

—Créeme, me está gustando muchísimo —gemí.

Mientras ella relataba, no parábamos de tocarnos y besarnos con una ternura que no esperaba. Y a mí me crecían unas ganas enormes de conocer, en el sentido más literal de la palabra, a esa amiga suya de pechos rotundos.

—Y luego vinisteis aquí —adiviné.

—Ya sabía yo que no pararías. Te conozco.

Por lo visto, aquella mujer acompañó a mi prima a casa para rematar la faena en caliente. Por el camino se sinceró del todo, aunque no hacía falta: Noa había entendido por dónde iban los tiros desde el primer toqueteo en la arena. Pero había que dejar las cosas claras.

Mi adorada parienta, por probar —igual que estaba haciendo yo en ese momento— y porque los manoseos en la playa no le habían disgustado nada, la invitó a su piso a tomar algo.

—Le dije que subiera y seguimos. Yo estaba muy decidida. Más que tú —se burló.

—Lo mío es un experimento. Aunque admito que me está gustando demasiado.

Nada más entrar, según me contó, se quitaron los blusones y las braguitas del bikini, y se besaron en la boca, restregando los pechos y frotando el pubis recortado y todo lo que había por debajo. Hicieron el amor sobre la alfombra del salón, sin llegar siquiera a la cama. Esa misma mañana yo había caminado descalza sobre esa alfombra.

Entre la narración y las caricias, yo estaba cada vez más caliente. No aguanté más y guie la cabeza de mi prima hacia mi coño completamente rasurado.

—Venga, cómeme. Demuestra lo que has aprendido.

—Encantada.

Empezó a lamer mientras yo me pellizcaba los pezones. Recorría los labios de mi vulva, jugaba con mi clítoris, me penetraba con la lengua todo lo hondo que podía. Yo jadeaba sin control, a punto de estallar.

***

Entonces alguien llamó a la puerta. Estaba claro que mi estreno iba a ser de todo menos tranquilo. Noa se levantó molesta, se puso una bata de seda que la dejaba aún más bonita que desnuda y fue a abrir. Yo me quedé en la cama, excitada, imaginando la sorpresa de quien hubiera al otro lado al verla así.

La oí discutir en el salón, impaciente, con alguien que se quejaba de que la hacía esperar. La sorpresa, sin embargo, me la llevé yo: la que apareció en la puerta del dormitorio fue la otra mujer, su amiga, seguida de mi prima ya completamente desnuda.

—¡Me has tendido una encerrona! —exclamé.

—Ya verás cómo te gusta.

—No me gusta. Creo que me va a encantar. ¡Pero un trío!

La recién llegada llevaba un blusón de malla que no dejaba nada a la imaginación. Por entre los agujeros asomaban sus pezones rosados, claros y muy duros.

—Ella es Bruna. Mi buena amiga —los presentó Noa.

Mi prima la ayudó a quitarse la prenda mientras yo, sin moverme, contemplaba aquel cuerpo. Tenía dos mujeres de curvas solo para mí. Cuando el blusón sobrepasó las caderas, descubrí que ella también se había apuntado a lo de no llevar nada debajo: su sexo apareció desnudo y desafiante ante mis ojos.

Estaba tan encendida desde antes que, al ver aquellos dos cuerpos impresionantes plantados frente a mí, seguí acariciándome el clítoris hasta que un orgasmo fuerte me delató con mis propios gemidos. Llevaba demasiado rato al borde.

—¿Te ayudo, preciosa? —ronroneó Bruna.

Se arrodilló entre mis muslos y se aplicó con la lengua hasta arrancarme los gritos de un segundo orgasmo, encadenado al primero.

—Me dijiste que era guapa. No que sabía tan bien —le comentó a mi prima.

—Eso yo no lo sabía. Apenas me has dejado probarla, impaciente.

Noa, tumbada a mi lado, me besaba los labios, me bebía el aliento, me acariciaba los pechos pequeños, casi diminutos comparados con los de las otras dos. Yo correspondía a sus besos ardientes con mi lengua, le rodeaba el talle con un brazo para apretarle las nalgas y deslizarle un dedo entre ellas, un detalle que pareció gustarle. A mí también me gustan los culos.

Con la otra mano le acariciaba el pelo y la cara a Bruna. Quise corresponderle y comerle el sexo a mi nueva amiga. Se lo dije.

—Bruna, quiero seguir experimentando.

—¿Qué quieres hacer?

—Probaros a las dos. Lameros enteras.

Ella reptó sobre mi cuerpo, restregando los pechos por mi abdomen. Cuando llegó a la altura de mi cara, me llevé sus pezones a la boca para chuparlos y lamerlos. Eran como los de mi prima, grandes y generosos, aunque más rojos porque no estaba tan bronceada, y igual de duros.

Por fin abrió bien los muslos y se sentó sobre mi cara, ofreciéndome su sexo. Le besé el clítoris muy despacio en cuanto lo encontré con la lengua, me abrí camino entre sus labios depilados y la penetré, sintiendo todo su sabor en el paladar.

—¿Seguro que no lo habías hecho nunca? —preguntó entre gemidos.

A pesar de ser primeriza, no debía de hacerlo nada mal a juzgar por los sonidos que me regalaba. Mientras tanto, Noa se había deslizado hasta mi vulva y hacía conmigo lo mismo que yo hacía con su amiga, dejándome empapada.

Del coño de Bruna seguí lamiendo hacia su ano, lo recorrí con ganas y lo penetré con un dedo, jugando en su interior.

Agotada, me aparté un poco para verlas a ellas en acción: cómo se tocaban, se besaban, se masturbaban la una a la otra. No me quedaba más remedio que excitarme observando su maestría.

—Seguid vosotras. Quiero veros.

No tardé en volver a entrar en calor y quise sumarme otra vez. Conseguí meter la cabeza entre los muslos de mi prima, porque todavía no había probado su sexo. Sabía tan bien como el de su amiga.

Tras incontables orgasmos encadenados, Noa se retiró un momento a recuperar el aliento, pero sin dejar de admirar el espectáculo ni de acariciarnos a las dos, de meternos un dedo de vez en cuando. Puedo jurar que la piel de Bruna era tan suave que no dejé un milímetro sin tocar ni lamer.

—¡Joder, qué lobas estáis hechas! —exclamó mi prima.

No salimos del piso en todo el fin de semana, y eso que a mí me apetecía bailar y salir de copas. Pero tener a ese par de calentorras dispuestas a darme placer, a recorrerme entera, a cumplir cualquier deseo que se me ocurriera, era algo que no pensaba cambiar por nada.

Hoy me considero bisexual. Sigo acostándome con quien me apetece, solo que ahora he ampliado mis horizontes. Y cuento los días para que llegue el verano, volver al apartamento de mi prima y ayudarla a complacer a sus nuevas amigas. A todas ellas.

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Comentarios (6)

CarlaQ_Mdq

Que relato tan bien contado!! me tenia en vilo de principio a fin, impresionante

RominaViajes

Por favor una segunda parte!! quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

Lara_Sunshine

Me recordo a unas vacaciones hace unos años con mi mejor amiga... hay tensiones que se acumulan sin darte cuenta. Muy bien escrito, se siente autentico.

MarisolBA

Buenisimo!!! sigue así

noctambulo88

La ambientacion de la playa le da un toque muy especial al relato, se siente el calor y todo jaja. Espero mas!

GabiNocturna

Que final tan inesperado, no me lo esperaba para nada. Tremendo relato

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