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Relatos Ardientes

Cuando terminé con él, los otros cuatro aplaudían

Ilustración del relato erótico: Cuando terminé con él, los otros cuatro aplaudían

Tras recibir el mejor sexo de toda su vida, Renata pensó que aquello había terminado. Se equivocaba.

De repente, sonaron unos aplausos. Venían de los cuatro sillones que rodeaban la cama. Se giró y, para su sorpresa, ahí estaba el resto del equipo masculino del fondo de inversión. Estaban desnudos, excitados, completamente desatados por el espectáculo que acababan de presenciar y del que ella, perdida en la pasión que le había puesto a Klaus, ni siquiera se había dado cuenta.

Renata sonrió, todavía aturdida, mientras recibía los vítores de cuatro cuerpos atléticos y depilados. Si mis amigas me vieran ahora —pensó—, mejor dicho, mis examigas.

En lugar de cubrirse, se descubrió a sí misma devolviéndoles el agradecimiento con sonrisas lascivas, con las manos recorriéndose los pechos y el sexo, lamiéndose los dedos manchados con lo que Klaus había dejado en su boca. Lo hacía sin saber que la fiesta no había hecho más que empezar.

Klaus se incorporó hasta quedar a su altura. Le dio un beso largo, hundiéndole la lengua hasta donde pudo mientras ella respondía con la suya, y entonces le susurró que sus hombres nunca aprobaban una inversión sin probar antes el producto. Por tanto, estaban deseosos de disfrutar de la jefa española, que se lo había ganado a pulso después de tanto trabajo para cerrar el contrato del año.

Las palabras la descolocaron. Seguía jadeando, y a Renata la descolocaban las sorpresas, sobre todo las que no podía controlar. Y aquella se le había escapado por completo de las manos.

—Si yo te he llevado al cielo —dijo Klaus—, estos cuatro te van a llevar más allá de las estrellas. Te desean desde la reunión del lunes. No van a quedarse tranquilos hasta hacer gozar a la jefa.

A pesar de la excitación, todavía conseguía pensar. Ahora entendía por qué su equipo había estado tan contento de colaborar con la gente de Klaus. Qué ingenua he sido —se reprochó—, no darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor. O espabilaba, o aquello se le iba a ir de las manos del todo.

Sin darle tiempo a enfriarse ni a empezar a negarse, Klaus le pasó una venda por los ojos. Le pidió que no se preocupara, que él estaría allí, pero que sus chicos necesitaban tener claro que la inversión que iban a aprobar valía varios ceros a la derecha del uno.

Renata se sentó en el borde de la cama, con los ojos vendados, a la espera del placer de quienes acababan de aplaudirla.

Mil pensamientos le cruzaron la mente en esos segundos. Algunos le gritaban que saliera corriendo, que llamara a la policía. En apenas un suspiro, los últimos ocho años de su vida le pasaron por la cabeza.

***

Esta vez no hubo preliminares. Sin apenas tiempo para acomodarse, uno de los hombres le introdujo el sexo en la boca mientras los demás reían y la jaleaban. Entonces comprendió que ya no había vuelta atrás, que aquello no iba a parecerse en nada a la dulzura con la que había empezado Klaus.

Llegaron los pellizcos en los pezones, los mordiscos, las lenguas por todas partes. Todo con un frenesí que jamás había sentido. Risas, palabras subidas de tono en distintos idiomas, todas las entendía, y eso, paradójicamente, la encendió todavía más. Era justo lo que había oído contar a otras mujeres sobre las orgías, eso que ella nunca creyó que pudiera ocurrirle. Pero ahí estaba, con una venda en los ojos y entregada a los caprichos de sus «clientes». En ese momento decidió que no pensaba defraudarlos.

Alguien la tumbó de un empujón y se abalanzó sobre su sexo, succionándolo con una intensidad brutal. La caída casi le desplaza la venda, y mientras se la recolocaba, otro aprovechó para sujetarle los brazos por encima de la cabeza y volver a llenarle la boca.

Por el resquicio de la tela alcanzó a reconocerlos. La sujetaban Bram y Sander, los dos holandeses. A un lado vio a Yuri, que se masturbaba resoplando como un animal a la espera de su turno mientras le mordisqueaba un pezón. Y vio también a Mateo, el único español del grupo, el más joven de todos. Tenía un aire delicado, y solo podía ser él quien le rozaba con los labios el lóbulo de la oreja izquierda. Curiosamente, fue ese detalle —y no la brusquedad de los demás— lo que la volvió loca, provocándole unos espasmos que se confundían fácilmente con orgasmos. Sander, que le devoraba el sexo, lo notó: le levantó las piernas y empezó a penetrarla con fiereza.

El primer sándwich de la orgía ya estaba montado. Mientras Bram mantenía sus embestidas en la boca, Sander se abrazó a ella por detrás, dejándole las piernas atrapadas entre ambos. Los dos reían y le hablaban en holandés sin la menor compasión. Ella intentaba no ahogarse, pero Bram forzó la situación hasta que, al sacarle el sexo de la boca, Renata soltó un gemido que ellos celebraron a carcajadas.

A pesar de lo violento de la escena, se sentía esplendorosa. Su mente tomó una decisión: convertir cada incomodidad en placer. Y lo logró.

Los dos neerlandeses gruñían como salvajes mientras la estrujaban en aquel abrazo. Sander la penetraba con tanta fuerza que le levantaba las caderas de la cama. Bram no se quedaba atrás. Renata no pudo reprimir alguna lágrima, entremezclada con gemidos y frases en inglés que los enardecían aún más.

—Sois unas bestias —jadeó—, me vais a volver loca.

De pronto pararon. Bram la levantó del pelo, la besó con violencia y la lanzó otra vez sobre la cama. Se tumbó boca arriba y la colocó encima de él. Con sus enormes manos le sujetó las caderas y la guio hasta ensartarla. A esas alturas de la noche, a Renata ya le cabía todo. Ambos se enredaron en un gemido común que hizo aplaudir al resto.

Sander no tardó en completar la escena. Se inclinó sobre ella sin ninguna delicadeza y la penetró por detrás, montándole el segundo sándwich de la tarde.

—¡Por favor! ¿Pero qué es esto? —gritó Renata, penetrada por partida doble por primera vez en su vida.

Se llevó la mano a la boca para no gritar, sin saber ya si lo que sentía era placer o lo contrario. Sander se la apartó de un manotazo y le ordenó que se soltara, que aullara todo lo que quisiera.

La escena se convirtió en una auténtica locura. Los tres sudaban a chorros. Ella empezó a perder la vergüenza y a gemir como nunca. Igual que le había pasado antes con Klaus, una vez superado el primer dolor de la doble penetración, tomó las riendas y comenzó a jalearlos.

—¡Sí, sí, sí! Quiero notar vuestros golpes mientras me lleváis al límite, hijos de puta.

Se notaba que ahora era ella quien llevaba la voz cantante.

—¿Y vuestra leche para cuándo? —les soltó entre risas y jadeos—. ¿O es que os habéis quedado secos de tanto follar a mi equipo?

***

Bram dio una orden a su compañero y ambos se retiraron de golpe, dejándola caer al suelo. Sander la agarró del pelo, le gruñó que les demostrara que era la fiera que esperaban, y los dos descargaron a la vez en su boca. Tragó lo que pudo; el resto le resbaló por las mejillas hasta los pechos.

Todavía se relamía cuando un peso enorme la levantó del suelo y la ensartó de pie, en el aire. Era Yuri, que no aguantaba más. Por lo que supo después, venía de pasar la noche con un par de turistas de su hotel, pero Renata lo había puesto a cien.

—Vas a ver cómo folla un oso de la estepa —le gruñó al oído mientras la sostenía con un solo brazo.

Nada de aquello era suave. El cuerpo agotado de Renata no era nada frente a los casi dos metros del ruso. La sacó al jardín, la tendió sobre el césped y la penetró con tal ansia que dolía oír el choque de los cuerpos. Con el traslado, la venda terminó de caer, y por fin pudo verle la cara entera mientras la embestía. Lo abrazó, lo besó, y no se quedó corta en gritos.

Yuri la levantó de nuevo, le dio la vuelta y la penetró por detrás, otra vez en volandas. Pero no aguantó tanto como creía: con un aullido, salió de ella y se la metió en la boca, sujetándole la cabeza. Lo que no esperaba era que, en lugar de apartarse, Renata lo agarrara de las nalgas y lo apretara contra sí, recibiendo toda su descarga en la garganta. Aun así, lo mantuvo dentro un buen rato, hasta dejarlo completamente rendido.

Cuando lo soltó, en vez de derrumbarse, se volvió hacia Klaus y Mateo.

—¿Y el más joven no me va a follar? ¿O es que está aquí de prácticas?

—Por supuesto que sí —rio Klaus—. ¿Creías que el más jovencito iba a quedarse mirando?

Cuando iba a acercarse a Mateo, los otros cuatro la levantaron por cada extremidad, dejándola en el aire como atada a un potro. Para cuatro hombres tan grandes, sostenerla era como mover una pluma.

—Ahora es toda tuya —ordenó Klaus al español.

Mateo se arrodilló y empezó a lamerle el sexo con suavidad. Después de todo lo que había soportado, aquellas caricias le supieron a gloria. No había dejado de estar excitada ni un instante, de modo que al chico no le costó beber de ella, que había pasado de ser inaccesible a entregarse sin reservas.

En esa posición tenía un problema: no podía tocarse, y Mateo, con la lengua y los dedos, la estaba haciendo desesperar. Volvió a convulsionar, a llorar de pura impotencia por no controlar la situación.

—¡Por favor, para! ¡Por favor!

—Joder, jefe, qué máquina —comentó Yuri, admirándola—. Después de todo lo que ha recibido y aún le queda cuerda.

Mateo se incorporó. Era grande, muy grande, y empezó a penetrarla con una lentitud que se convirtió en tortura. El resto la sostenía en el aire, riéndose. Renata se removía, no para escapar, sino para buscar ese cuerpo y hacerlo suyo de una vez.

—Mateo, no me hagas sufrir —suplicó—. ¡Hazlo ya!

Pero el chico tardó casi dos minutos en entrar del todo, mientras ella gritaba de placer. Y la tortura continuó: no la movió ni un centímetro durante varios minutos, limitándose a darle pequeños espasmos con las caderas mientras le acariciaba los pezones y el clítoris. Para lo joven que era, ya era un maestro.

—Cuando dicen que las torturas con delicadeza —murmuró Klaus—, se quedan cortas.

Entonces Mateo la agarró de las caderas y empezó a moverse de verdad, besándola con fuerza.

—Quiero tu placer en mi boca —le susurró ella.

—Esta vez no, preciosa —respondió él.

La abrazó con una mano en la espalda y otra en la nuca, y se vació dentro de ella mientras Renata gritaba. Después de ocho largos años, sentir de nuevo a un hombre derramarse en su interior la hizo derretirse; habría caído al suelo de no ser porque él la sostenía.

—¡Sigue, sigue! —jadeaba, moviéndose contra él.

Nada del placer recibido antes se comparaba con aquello.

***

Cuando la soltó, Renata no quiso terminar sin regalarle al joven una última atención, dejándolo limpio con la boca. Al final, una salva de aplausos llenó la habitación. Todos la felicitaron, todos la besaron. La verdad es que no entendía nada. No tardaría en comprenderlo.

De repente, alguien se acercó por detrás y la besó en el cuello. Le tendió un enorme ramo de flores envuelto en un papel con un logotipo extraño: el de la empresa inglesa cuyo obsequio le había anunciado Andrés. Era él, su pareja, quien la besaba y le acariciaba el pelo.

—Cariño, has estado maravillosa. Necesitabas un cambio, o ibas a volverte loca. Te estabas apagando, y todos lo sufríamos.

Renata se giró y le dedicó una sonrisa como no daba desde hacía años, seguida de un beso largo.

—Feliz cumpleaños, mi amor.

Poco a poco fue entendiéndolo todo. El chalet se había convertido en un ir y venir de gente: unos desmontaban muebles, otros recogían papeles. Aturdida, decidió darse una ducha, y de camino al baño reconoció a varias de aquellas personas. Los que cargaban los muebles eran los mismos chicos que había visto en la playa semanas atrás. Las dos mujeres que ordenaban el papeleo también estaban allí ese día. Incluso reconoció al joven que le entregó las toallas: era el que, supuestamente, le había robado el móvil en aquel restaurante de Sevilla, la noche que cenó con Camila y Klaus.

Entonces lo comprendió. Todo era un juego. Era el regalo de Andrés, la empresa de entretenimiento de la que tanto le había hablado, esa que organizaba, para clientes muy exclusivos, aventuras a medida. A ella le habían regalado volver a nacer.

Tras ducharse, bajó al salón, donde Camila y Andrés firmaban documentos. Él, además, un cheque.

—Andrés, vamos a medias —dijo ella.

—Sí, por favor. No te voy a decir que no.

Renata abrió los ojos como platos al ver la cifra.

—Estabas agotando todas las ideas de la empresa —admitió él—. Si lo de Klaus fallaba, tenía que meterte yo mismo en la orgía, y viendo cómo estabas, no sé si habría funcionado. Lo pusiste muy difícil.

Se despidió de Camila con un abrazo.

—Me habría gustado ser yo quien te introdujera en este mundo —le confesó su amiga—, pero la noche de la cena todavía no estabas preparada.

—¿Fue Klaus quien te folló a ti en Alemania? —le preguntó Renata sin rodeos.

—Sí, fue maravilloso. Hemos repetido alguna vez, pero solo por trabajo, cuando algún cliente lo pedía. No te preocupes, todo estaba bajo control. ¿Te acuerdas de la revisión médica? Fue la primera forma de acercarnos a ti. La segunda, el móvil, para seguir tus pasos. Y tranquila: el champán que tomaste al principio llevaba un anticonceptivo. Si tuvieras cualquier molestia, corre de nuestra cuenta.

—¿Molestias? La garganta, de tanto gritar —rio Renata, y Camila rio con ella.

El último en despedirse fue Klaus.

—Has sido la persona más difícil de complacer. Eres muy dura.

—¿Quedamos cuando vuelvas por España? —le insinuó ella, con un descaro que la habría sorprendido apenas unas horas antes.

—Ahora me voy a Singapur, una nueva clienta. Los mercados emergentes son muy exigentes… pero no lo descarto.

Se fundieron en un beso digno de las mejores parejas.

El juego había funcionado. Y quién sabe si Renata no acababa de convertirse, esa misma noche, en toda una jugadora.

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Comentarios (3)

Marce_cba

Dios mio que arranque!!! me quede sin palabras jaja

FelipeNoc

Increible la escena inicial, esa imagen de los cuatro aplaudiendo se me quedó grabada. Se viene segunda parte?

Sandra_Mdq

Me encanto como planteas el relato, tenes un estilo muy propio. Sigue publicando!

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