Entré al baño de mi vecino y no pude salir igual
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.
Fui a arreglarle el lavarropas con una tanga roja debajo del pantalón. Solo tenía que encontrar el momento para que la notara. Él no dijo nada, pero se quedó a mirar.
Daniela tenía veinte años, vivía en el cuarto piso, y nunca había estado con una mujer. Ese día cambió todo eso de golpe.
Cuando Sofía cruzó la puerta de mi departamento, no sabía exactamente qué le esperaba. Su madre lo había planeado todo con semanas de anticipación.
Me había llevado la maleta con mi ropa de nena sin que nadie supiera. Pero Roberto, mi vecino de cincuenta años, tenía ojos muy atentos.
Dos chicos de veinte años colándose en casa de la vecina mientras se duchaba. Lo que ocurrió cuando los descubrió fue algo que ninguno olvidaría jamás.
El profesor frenó bajo los árboles y metió la mano bajo mi falda. Era la primera vez que alguien me tocaba así, y no quise que parara.
Tenía más de setenta años y todavía levantaba pasiones. Cuando el chico del piso de enfrente llegó a pedirle azúcar, ninguno de los dos imaginó lo que vendría después.
Creía que la casa de al lado llevaba meses vacía. Cuando la luz del estudio se encendió una noche, descubrí que llevaba semanas siendo el espectáculo de alguien.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Fui a su casa creyendo que iba a hacer una buena obra. Encontré mis fotos en su celular, y lo que hice después no se lo he contado a nadie hasta hoy.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
Tenía los brazos que uno nota aunque intente no hacerlo. Me dijo adiós en treinta segundos y volvió arriba. Yo no pude dejar de pensar en él.
Llegué con encaje y tacos altos esperando a Héctor. Diego me abrió la puerta con una sonrisa irónica y yo no podía articular ni una sola palabra. Pero los tacos cambiaron todo.
Estaba a punto de cerrar la app cuando llegó el tap. Trescientos metros. Cerca. Demasiado cerca para ignorarlo un domingo sin planes.
Pusimos la tele en silencio para escucharlos mejor. No sabíamos que ellos también nos oían desde el otro lado del techo.
Llevaba semanas cruzándonos en el pasillo sin pasar de un saludo. Esa noche en el bar, lo que Valeria me reveló lo cambió todo.
Ajustó los binoculares hacia la ventana iluminada del cuarto piso y encontró algo que no estaba destinado para él.
Carlos me decía que era un hombre peligroso. Tenía razón. Pero nadie me había mirado así en meses, con esa clase de hambre cruda que no sabe disimular.