Mis vecinos del quinto me esperaron esa tarde sola
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
Cuando mi marido viajó, los dos viejitos del quinto me invitaron a celebrar un cumpleaños. Lo que pasó sobre la mesa del comedor no debió pasar.
La primera noche ya lo oyó todo a través de la pared. Cuatro días después cenaban juntos. Lo que pasó después nadie lo había planeado.
Sonó el timbre justo cuando empezaba a aburrirme de mi vida perfecta. Era él, el vecino que mi marido odiaba, con una excusa torpe y una mirada que no lo era.
La cortina del fondo cerraba mal y la voz que escuché desde el dormitorio no era la Carla del barrio que me saludaba todas las mañanas.
La primera vez que la sorprendí observándome, dejé la cortina entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar la chica del balcón de enfrente.
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
Estaba agachado en la oscuridad del callejón cuando la vi. Sandra, la mamá de Rodrigo, detrás de esa ventana que nunca debí mirar.
Hacía doce años que nadie la miraba así. Rodrigo tenía veinte, llegó con una escalera y una sonrisa, y ella solo quería que le arreglaran el techo.
Jugamos al póker de prendas con mis vecinos. Nadie dijo a qué más se estaba jugando, pero cuando me quedé sin ropa en el centro del salón, ya no necesitábamos las cartas.
La primera noche en el piso nuevo oí a la vecina del otro lado del tabique. Tuve que levantarme al baño a acabar mientras Laura dormía.
Llevas años tragando suspiros a medianoche. Esa noche alguien te estaba mirando desde la puerta, y tu cuerpo lo supo antes que tú.
Fue al río a pescar y encontró algo entre los arbustos que no esperaba ver: su vecina y un desconocido. No se movió. No dijo nada. Solo miró.
A las once y media bajé al cuarto de la lavadora con una excusa. Ella estaba de espaldas y no se giró cuando me oyó entrar. Eso lo cambió todo.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Había algo en sus ojos cuando se dio la vuelta que debería haberme preocupado. No era la rabia de una vecina molesta. Era una promesa.
Cuando los dos vecinos del piso de abajo tocaron mi puerta con una botella de vino, llevaba diez días sola en casa con el cuerpo en un estado que no era tranquilidad.
Cuando entendí que ella lo había visto todo, lo primero que sentí no fue vergüenza sino algo mucho más difícil de controlar.
Cuando entró sola al bar, solo quería entender qué sentía. No esperaba encontrarse con su ex profesora de matemáticas mirándola desde la barra.