Aquella tarde mi mujer viajó sin ropa interior
Siempre he tenido una fascinación particular por el voyerismo y el exhibicionismo, aunque nunca llegamos al extremo de que alguien nos sorprendiera de verdad. No es la mirada ajena lo que me excita, sino la posibilidad de esa mirada. Saber que ella podría ser vista, que cualquier movimiento descuidado dejaría al descubierto lo que se supone que nadie debe ver. Mariela no es tan abierta como yo en estos juegos. A veces accede, a veces se ríe, a veces me dice que estoy loco. Pero la conozco lo suficiente para saber que también le gusta. Entre el pudor y el miedo, no se permite reconocerlo del todo.
Ella mide un metro sesenta y dos, contextura menuda, cintura estrecha y unas caderas que se abren como una invitación. Los pechos no son enormes, una 32C natural, firmes, con esos pezones rosados que se ponen duros al menor cambio de temperatura. Lo que vuelve loca a la gente, y lo que me vuelve loco a mí, es ese trasero redondo y alto que parece desafiar la lógica para alguien tan delgada. Cualquier falda corta que use se le sube sola. Cualquier vestido se le acomoda dos dedos por encima de donde debería. Y ella lo sabe, aunque a veces finja no saberlo.
Aquel fin de semana habíamos decidido escaparnos. Tres horas de carretera hasta una cabaña en la sierra, sin niños, sin suegros, sin teléfonos sonando. La idea era desconectar. La mía, además, era otra. Mientras preparaba el bolso, le solté la propuesta como quien no quiere la cosa.
—¿Y si te vienes sin ropa interior? —dije sin mirarla, doblando una camisa—. Con esa falda azul, la cortita. A mí me pone pensar que cualquiera en la carretera podría verte si te descuidas.
Esperaba un golpe en el hombro y una risa nerviosa. Esperaba un «estás loco». No esperaba el silencio. Levanté la vista. Mariela estaba frente al espejo, alisándose el pelo con los dedos, y me miraba a través del reflejo con una sonrisa que tardó tres segundos en aparecer.
—Quizás —dijo. Y siguió arreglándose.
Salimos a las doce y media del mediodía. Llevaba la falda azul. No le pregunté nada, no quise romper el juego antes de empezar. Conduje en silencio los primeros veinte minutos, atravesando los semáforos del centro, mirándola de reojo cada vez que el coche se detenía. Iba seria, con las manos sobre el regazo, los muslos juntos, como una niña buena.
***
Salimos a la carretera y, al cabo de un rato, la vi cambiar de postura. Despacio. Primero descruzó las piernas. Luego se acomodó el cinturón. Luego, sin mirarme, deslizó la mano hasta el borde de la falda y la levantó tres centímetros. Pude verle el principio del muslo, la piel suave, sin marca alguna de prenda interior.
—Te la quitaste —dije. No era una pregunta.
—Nunca me la puse —contestó.
Me incorporé en el asiento. Sentí cómo se me subía la sangre a la cara y a otras partes. Bajé la velocidad, cogí el carril derecho. Quería que el viaje durara. Le puse la mano sobre la rodilla y empecé a subirla muy despacio, dibujando círculos con los dedos, sin prisa, mientras ella respiraba más profundo y dejaba caer la cabeza contra el reposacabezas.
Cuando le toqué entre las piernas estaba mojada. No húmeda. Mojada. Como si hubiera estado pensando en esto desde que cerramos la puerta de casa. Apreté los dientes para no perder la concentración del volante. Ella separó un poco las rodillas, lo justo para darme espacio, y giró la cara hacia la ventanilla.
—Que no te importe quién mire —le susurré—. Nadie te conoce. Nadie te va a recordar.
Algo se rompió en ella. O algo se soltó, mejor dicho. Empezó a tocarse sola, los dedos sobre el clítoris, sin la timidez de siempre. Me bajó la cremallera con la otra mano y me sacó la verga con una calma que no le había visto nunca. Yo aferrado al volante intentaba no temblar. Un camión nos adelantó por la izquierda; vi al conductor mirar hacia abajo una décima de segundo y desviar la vista. No sé qué alcanzó a ver. Lo que ella mostraba en ese momento, con la blusa subida hasta debajo del pecho, los pezones al aire y la falda en la cintura, hubiera dejado mudo a cualquiera.
***
A los cien kilómetros tuvimos que parar. No podía seguir conduciendo así, y ella necesitaba un respiro o terminaría desmayándose contra la ventanilla. Vimos un café en la salida de un pueblo pequeño, con mesas afuera bajo unos toldos de lona. Hacía sol pero corría un viento fresco que se le metía por el cuello de la blusa. Pedimos dos cafés y nos sentamos en una mesa apartada, contra la pared, con vista al aparcamiento.
Mariela se sentó frente a mí. Cruzó las piernas. Las descruzó. Volvió a cruzarlas. Estaba nerviosa, pero ese tipo de nervios que no quieren irse. Cada vez que pasaba un señor mayor con su periódico, ella bajaba la mirada al café. Cada vez que pasaba alguien más joven, se quedaba quieta un segundo, como evaluando.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—No sé —dijo, y se rio bajo. Una risa avergonzada, casi infantil—. No sé qué me está pasando hoy.
Bajo la mesa, separó las rodillas. Las separó del todo. Yo estaba sentado en diagonal y desde mi posición no veía nada, pero alguien que entrara por la puerta principal y mirara hacia las mesas exteriores hubiera tenido un ángulo perfecto. Le puse la mano sobre el muslo. Subí. Subí más. Y la encontré como antes, o peor. Mariela cerró los ojos un instante, respiró hondo, y volvió a abrirlos para mirarme con una calma extraña.
—Sigue —dijo.
Estuvimos así treinta minutos. Yo fingiendo darle caladas a un cigarrillo, ella fingiendo mirar el móvil. Mi mano debajo de la mesa, sus dedos rozándome el bulto por encima del pantalón. Una señora pasó cerca con una niña pequeña; ella cerró las piernas al instante. La niña se alejó; ella las volvió a abrir. Era un juego de equilibrios. De estar al borde sin caer.
***
Cuando nos levantamos para volver al coche, las piernas me temblaban un poco. Llegamos al aparcamiento y abrí las dos puertas del lado del copiloto, una delante y otra detrás, formando una especie de cabina improvisada. La empujé contra la chapa caliente y la besé. La besé con hambre, con tres horas de excitación acumulada. Le subí la falda hasta la cintura, le agarré las nalgas con las dos manos, las separé, le metí los dedos por delante.
Pasó una pareja a unos veinte metros. Pude ver de reojo cómo el hombre giraba la cabeza, demasiado tarde para fingir que no había mirado. La mujer le dijo algo al oído. Siguieron de largo. Mariela tenía la frente apoyada en mi hombro y no se había dado cuenta de nada. O sí. No estoy seguro. En algún momento, sin embargo, abrió los ojos y reaccionó.
—Aquí no —murmuró con una risa—. Aquí no, por favor.
Pero no me apartó. Solo bajó el ritmo. Se separó de la chapa despacio, se acomodó la falda con una calma teatral, se sentó en el asiento del copiloto con las piernas abiertas un segundo antes de cerrarlas. Y mientras yo daba la vuelta al coche, vi cómo se llevaba un dedo a la boca y se lo chupaba sin dejar de mirarme. Sonriendo. Coqueta. Cachonda.
***
Los siguientes ochenta kilómetros fueron una tortura. Una tortura deliciosa, pero tortura al fin. Ella ya no se cubría. La falda le quedaba en las caderas, las piernas separadas, la mano entre los muslos. En un momento se quitó la blusa entera. No el sujetador, porque nunca se lo había puesto. Solo la blusa. Iba semidesnuda en el asiento del copiloto de un coche que circulaba por una autopista a ciento veinte kilómetros por hora. Cualquier camionero con cabina alta podría haberla visto.
Lo sabía. Lo disfrutaba.
De repente, sin avisar, se inclinó sobre la palanca de cambios. Me bajó la cremallera por segunda vez. Me la sacó. Y empezó a mamármela con una concentración que nunca le había visto en casa. Yo intentaba mantener el coche derecho. Reduje a noventa. Luego a ochenta. Cogí el carril de la derecha. Las venas del cuello se me marcaron. Le puse la mano sobre la nuca, sin presionar, solo sintiendo el movimiento.
—Me voy —avisé en algún momento.
No se apartó. Ni un milímetro. Lo recibió todo, lo tragó todo, y se incorporó limpiándose la comisura con el dorso de la mano. Como si fuera la cosa más natural del mundo.
—No quería ensuciarte el tapizado —dijo. Y se rio.
***
El resto del viaje fue más tranquilo. Bueno, tranquilo es un decir. Ella iba con la falda en mitad de las nalgas, mirando el paisaje, fumando un cigarrillo con la ventanilla bajada. Le saqué fotos con el móvil cuando llegamos a un mirador. Sabía que me gustaba mirarla después. Salieron unas fotos que no enseñaríamos a nadie nunca, pero que pienso conservar el resto de mi vida.
Llegamos a la cabaña casi al atardecer. La dueña nos dejó las llaves en una caseta, así que no tuvimos que ver a nadie. Subimos las maletas, abrimos las ventanas, y antes de que yo pudiera ofrecerle un vaso de agua, ella ya me había empujado contra la pared del pasillo. Esta vez no había nadie que pudiera vernos, ningún coche que pudiera pasar, ningún camarero que pudiera asomarse. Y aun así, follamos como si hubiera mil ojos mirando.
Me corrí dentro de ella por segunda vez en el día. Se quedó quieta encima de mí unos minutos, con la cara enterrada en mi cuello, respirando despacio. No sé cuántos orgasmos había tenido en las últimas seis horas. Ella tampoco. Lo hablamos después, en la cama, con una copa de vino en la mano.
—Pensé que no me iba a gustar —confesó—. Pensé que iba a fingirlo para complacerte.
—¿Y?
—Y no he fingido nada. Ni una sola vez.
Le gustaba que la mirasen sin saber quién era. Le gustaba abrir las piernas a la velocidad de la carretera, mostrarlo todo sin enseñarle la cara a nadie. Le gustaba que yo la provocara, que la presionara con dulzura, que la empujara hasta el borde de lo que ella misma se permitía. Y le gustaba, sobre todo, descubrir a los treinta y tantos que aún quedaban lugares de sí misma por estrenar.
—Se repite —dijo antes de dormirse—. El próximo viaje, se repite.
Y desde entonces, cada vez que cojo el coche con ella y veo una recta larga al frente, sé exactamente lo que va a pasar. Ella se inclina de lado, sin avisar, y yo bajo a noventa. Me encanta. Y sé que a ella también.