La madrugada en que vi a mi hermano salir desnudo
Me llamo Camila y tengo veintitrés años. Lo que voy a contar es la primera vez que dejé que un hombre me viera completamente desnuda, y no fue mi novio ni nadie de mi edad. Todavía no estoy del todo segura de cómo terminé sentada al borde de una ventana en plena madrugada con el pijama tirado a mis pies.
Mido un metro sesenta y ocho. Hace casi dos años que voy al gimnasio tres veces por semana, así que las piernas se me pusieron firmes y la cintura se me marcó. Los pechos no son grandes, pero son míos y se sostienen solos. Nunca fui el tipo de chica que se exhibe; al contrario, en la playa me cambiaba envuelta en una toalla. Todo eso cambió en una sola noche.
***
Eran las dos y cuarto de la madrugada de un sábado de febrero. Hacía un calor pegajoso que no dejaba dormir y la sábana se me había enredado en los pies. Me despertó un movimiento. Una sombra atravesó la cortina de mi ventana, como si alguien estuviera parado del otro lado del vidrio.
Me tapé con la sábana de un tirón y me di vuelta hacia la pared. El corazón se me había subido a la garganta. Esperé. La sombra se fue. Esperé un poco más, hasta que la curiosidad pudo más que el miedo y me asomé entre las cortinas con el cuerpo todavía pegado al colchón. Afuera no había nadie.
Pensé en gritarle a mi hermano Tomás, que duerme al final del pasillo, pero algo me dijo que esperara. Me levanté en silencio, me puse el pijama de algodón sobre la ropa interior y caminé descalza hasta la otra ventana del cuarto, la que da al lateral de la casa.
Y entonces lo vi. Un hombre desnudo. De pie contra el portón de hierro, mirando hacia adentro mientras se masturbaba con la mano derecha. La luz del foco amarillo del vecino le iluminaba la espalda y le proyectaba la sombra sobre la pared. No estaba forzando nada. No tocaba la cerradura. Solo se acariciaba con una calma rara, como si estuviera en su propia casa.
Me quedé inmóvil, sin saber si llamar a la policía o despertar a mis padres. Pero el hombre se inclinó hacia adelante, se agarró fuerte y giró apenas el perfil hacia el foco. Era mi hermano. Era Tomás.
Se vino contra el portón, sin un solo gemido, y se sentó en el suelo del pasillo de entrada con las piernas abiertas. Y ahí, todavía a medio bajar, vi lo que mi hermano escondía debajo del pantalón. Era enorme. Mucho más grande de lo que cualquiera hubiera adivinado mirándolo vestido. Sentí calor en la cara y sentí calor más abajo, y me odié por sentir las dos cosas al mismo tiempo.
No bajes la mirada, no bajes la mirada, me repetí, y bajé la mirada igual.
Tomás se quedó así un par de minutos. Después se levantó, agarró del bolsillo de un pantalón doblado en el suelo la llave de la casa, abrió el portón con cuidado y salió. Desnudo. A la calle. Como si nada.
Mi balcón da justo encima de la entrada. Salí casi sin pensarlo, con el corazón disparado, y me asomé con las manos apoyadas en el barandal de hierro. Lo vi cruzar la vereda, doblar la esquina del seto y caminar lento por el medio del asfalto. La luna estaba casi llena y le marcaba cada músculo de la espalda.
—Camila.
Me congelé. La voz vino de arriba a mi derecha. Levanté la vista despacio y ahí estaba, asomado por la ventana del segundo piso de la casa de al lado, don Rafael. El vecino. Cincuenta y un años, calvo, casado con una mujer que pasa la mitad del año visitando a la hija en Mendoza. Siempre me había mirado un segundo de más cuando lo cruzaba en la cuadra, pero nunca habíamos cruzado más de un saludo apurado.
—Hola —contesté con la voz más floja del mundo.
—¿Qué hacés despierta a esta hora, mi nena?
Tomás ya había desaparecido detrás de la esquina y yo necesitaba sacarle a Rafael cualquier sospecha. Me alejé del lado del barandal por donde se veía la calle y me corrí hacia el lateral, el que daba directo a su ventana.
—El gato —improvisé—. Se escapó al techo y lo estoy buscando.
—Mmm. Ese gato tiene suerte —dijo, y se rio bajito, con una risa que no era inocente—. Te vas a ensuciar esos pies. Acercate más, sentate acá en la ventana, así charlamos un rato y no andás descalza por el cemento.
Dudé. Pero en el fondo no quería que él volviera la mirada hacia la calle, no quería que escuchara los pasos de mi hermano si volvía caminando, no quería que entendiera que el hombre desnudo de las dos y cuarto era de mi sangre. Y no voy a mentirme: la imagen de la verga de Tomás todavía me daba vueltas en la cabeza como una canción que no se apaga.
Me senté al borde de la ventana del balcón. Las dos casas estaban tan pegadas que, si don Rafael estiraba el brazo, podía rozarme la rodilla.
—Te queda lindo el pelo así —dijo. Y enseguida, sin transición—: Pasame un pie, Camila. Quiero ver si todo el gimnasio sirvió para algo o si tu novio futuro va a tener que mantenerte a fuerza de bombones.
No tenía novio. No tenía nadie esperándome. Y aun así estiré la pierna.
Don Rafael me agarró el tobillo con las dos manos. Tenía los dedos gruesos, calientes, y un anillo grueso que se me clavó por un segundo en la piel. Me dio vuelta el pie como si me estuviera comprando, me apretó la pantorrilla y me bajó hasta la planta, donde se quedó haciendo círculos lentos con el pulgar.
Después se lo llevó a la boca y me besó el empeine.
No fue un beso largo. Fue un roce, apenas una presión de los labios y un asomo de lengua, pero me recorrió la espalda como si me hubieran tocado todo a la vez. Sentí cómo se me humedecía la bombacha de algodón debajo del pijama. Y ahí, sin discutirlo conmigo misma, entendí por qué mi hermano había salido desnudo a la calle. Hay deseos que no se piensan, que se obedecen.
—Con esa pijama no se te ven los muslos —se quejó él—. Para algo el gimnasio, ¿no?
Pensé que mañana esto no iba a haber pasado. Que esto era un sueño raro, un episodio que me llevaría conmigo a la tumba sin contarle a ninguna amiga. Si era así, ¿qué importaba cuánto se viera?
Me bajé el pantalón del pijama. Quedé sentada en el borde de la ventana con las piernas estiradas y la bombacha blanca al aire.
—Ahí está —dijo, con una sonrisa que se le abrió de un costado de la cara—. Sabía que en algún momento ibas a animarte a dejarte ver, mi nena.
Bajó la mano y se acomodó algo por debajo del marco de su ventana. Yo no podía verle nada. Pero sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—El culo también es importante —dijo después—. ¿Te lo formaste bien o solo trabajaste piernas? Date vuelta. Yo te aviso si está bien.
Me puse de rodillas en el borde, dándole la espalda, y empujé las nalgas hacia atrás separando un poco los pies. Apreté los glúteos y los moví despacio de un lado al otro. Cuando giré la cabeza por encima del hombro, lo vi. Tenía la verga afuera. Era más bien gorda que larga, no impresionaba como la de mi hermano, pero la tenía dura y la estaba bombeando con el puño cerrado, sin dejar de mirarme un solo segundo. Encontrarme con esa mirada fija fue peor —o mejor— que cualquier roce. Era la primera vez en mi vida que un hombre se hacía algo así por mí, con los ojos clavados, sin disimulo. Veintitrés años y nunca había sido el centro de algo de esta naturaleza.
—¿Y si te modelás un poco más? —pidió—. Como las chicas del cable, pero en ropa interior. Una pasarelita.
Le hice caso. Me paré y caminé los dos metros que tenía de balcón, ida y vuelta, con la mano en la cintura. Lo escuché respirar más fuerte. Me pidió que me sacara la parte de arriba del pijama, y me la saqué. Me pidió que me desabrochara el corpiño, y dudé apenas un segundo antes de que cayera al piso.
—Madre mía. Mami, yo te hacía tres hijos con esa cintura.
Me reí sin querer. No me reí de él. Me reí porque me sentí, por primera vez en mucho tiempo, deseada de verdad, sin filtro y sin negociación.
—Bajate la bombacha —dijo, y la voz se le había puesto ronca—. Quiero ver de dónde te sale lo mojado, porque desde acá se te nota.
Me la bajé. Me la saqué con un movimiento corto y la pateé hacia atrás, hasta que se enredó con el cable de las luces de Navidad que mi mamá nunca terminó de descolgar. Quedé parada, completamente desnuda, en el balcón de mi casa, a las tres y cuarto de la madrugada, con un hombre de cincuenta y un años jadeando a dos metros de distancia.
—Tocate —me pidió—. Despacio. Quiero ver cómo lo hacés cuando estás sola.
Me senté otra vez al borde de la ventana, con la espalda apoyada contra el barandal del balcón, y abrí las piernas. Me toqué primero con un dedo, después con dos. Me miré la mano sobre mi propio cuerpo como si fuera de otra. Don Rafael se masturbaba al mismo ritmo que yo, ajustando la velocidad a lo que veía, y de a ratos se humedecía la palma con saliva para seguir.
—Vení conmigo, Camila. Yo ya casi.
Me corrí. Mordí el dorso de la otra mano para no gritar. Sentí cómo el orgasmo me bajaba por los muslos, líquido y caliente, y vi que algunas gotas saltaron hasta el antebrazo de Rafael. Él se las pasó por los labios sin pensarlo y unos segundos después se vino él también, dejando caer todo contra la pared exterior de su casa, donde el revoque blanco quedó manchado en grumos espesos.
—Buena chica —dijo, mientras se acomodaba el calzoncillo—. Esto queda entre nosotros, ¿sí?
Asintió por mí. Se inclinó otra vez por la ventana, me agarró el pie y me dejó otro beso, esta vez en el dedo gordo. Después cerró la persiana con un golpe seco.
***
Me quedé un minuto entero parada al aire libre, completamente desnuda, mirando hacia la calle vacía. El cemento del balcón estaba tibio. Me corrió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. Recogí la ropa del suelo y entré al cuarto sin vestirme.
Pasé al baño, me lavé entre las piernas con agua fría y me sequé con una toalla pequeña. En el espejo me encontré con una versión mía que no conocía: las mejillas rojas, el pelo revuelto, los labios todavía hinchados de morderlos. Me gusté así. Me gusté mucho.
Volví al balcón ya con un short y una remera. Quería verlo entrar. Mi hermano apareció por la esquina, todavía desnudo, caminando despacio, mirando hacia los dos lados como si recién ahora se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Entró al jardín por el portón de servicio. Lo seguí desde arriba, escondida detrás de la maceta grande de la palmera.
En lugar de entrar a la casa, Tomás se tiró boca arriba en el medio del patio, sobre el pasto seco, y empezó a masturbarse otra vez. La luna le pegaba directo en el cuerpo. Era impresionante. Me agaché, saqué el celular del bolsillo del short y, sin pensar dos veces, lo filmé desde arriba. Treinta segundos. Lo justo y necesario.
Cuando se vino —y se vino muchísimo, mucho más que la primera vez—, se quedó tendido boca arriba un par de minutos más antes de levantarse y entrar.
Yo esperé. Le mandé un mensaje al teléfono.
—¿Tomi, estás despierto? Bajé por agua y no estás en tu cuarto.
Respuesta a los dos minutos.
—Acá. Bajé yo también. Volvé a dormir.
Sonreí en la oscuridad.
Apagué la luz del balcón y me metí en la cama, todavía con el corazón acelerado y el video guardado en una carpeta nueva del celular. No iba a hacer nada con él. Todavía. Pero algo se me había despertado esta noche, y empezaba a darme cuenta de que mi hermano y yo teníamos más en común de lo que jamás habíamos hablado.
Mañana, cuando bajara a desayunar y lo viera con la taza de café en la mano y los ojos hinchados, iba a buscar la manera de hacerle entender, de a poco, que su secreto y el mío eran la misma cosa. Y que tal vez la próxima vez que él decidiera salir desnudo a la calle, no tenía por qué hacerlo solo.