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Relatos Ardientes

El mirón que descubrí espiando a mi mujer

Somos una pareja de algo más de cuarenta años que le tomó gusto al nudismo, aunque al principio fue una pequeña batalla. Yo lo había practicado desde joven; ella, en cambio, no se atrevía a quitarse la parte de abajo del bikini ni en la cala más escondida.

Mi mujer se llama Lucía y siempre me ha parecido un caramelo. Tetas firmes, un culo redondo, esa boca que cuando bebe dos copas pasa de cerrada a peligrosa. En la cama es una bomba: capaz de correrse seis o siete veces seguidas. Pero la idea de mostrarse desnuda en público le daba pánico.

Yo, en secreto, fantaseaba con exhibirla. Me ponía caliente la forma en que los desconocidos la miraban en la playa, esa manera de desnudarla con los ojos mientras ella fingía no enterarse. En los hoteles a veces dejaba la cortina entreabierta a propósito, soñando con que alguien la viera desde un edificio enfrente. Ella siempre lo descubría y corría la tela con cara de pocos amigos.

Por fin, un verano en una cala perdida de Cádiz, conseguí que se atreviera a soltarse el bikini entero. Le gustó. Le gustó mucho. A partir de ahí empezamos a buscar playas naturistas cada año.

El verano pasado encontré un hotel nudista en Conil de la Frontera y le propuse pasar diez días allí. Para mi sorpresa, aceptó. Reservé un apartamento en planta baja con terraza privada que daba directo a la arena. Se podía entrar al dormitorio por una puerta corredera de cristal sin pasar por el hotel.

—Esto es el paraíso —dijo Lucía la primera mañana, tomando café desnuda en la terraza.

Y lo era. Tanto que no parábamos de follar. Mañana, siesta, noche, daba igual. El sol, la sal y la piel al aire la habían encendido como hacía años no la veía.

***

La tercera noche se quedó dormida leyendo, con la lámpara encendida y la persiana de la puerta a medio bajar. Yo estaba en la hamaca, fumando a oscuras. Me acerqué al cristal por costumbre y la vi: tumbada de lado, con la sábana caída por la cintura, ofreciendo ese culo como si fuera una invitación. Se me puso dura al instante. Jugué a ser un extraño que se había colado, que la espiaba sin permiso. Me la meneé un par de minutos con el corazón acelerado, hasta que no aguanté más, entré, me pegué a su espalda y la desperté con los dedos. Aquella noche follamos como animales.

—¿Qué te ha pasado hoy? —me preguntó después—. Estabas como un loco.

No le contesté. Me había descubierto algo: no solo me ponía exhibirla. También me ponía mirarla yo mismo cuando ella no sabía que la miraban.

***

Lo que vino al día siguiente terminó de cambiarme la cabeza. Lucía estaba en una clase de aquagym del hotel y yo había salido a caminar por la orilla. Estaba anocheciendo y no había nadie. A lo lejos vi a un chico paseando entre los apartamentos. Negro, alto, veintipocos años, con esa manera de andar de quien no quiere ser visto. Se paraba delante de las ventanas iluminadas y se acercaba a las terrazas con sigilo.

Por curiosidad lo seguí. Me escondí detrás de una palmera y vi cómo se pegaba al cristal de un apartamento y se llevaba la mano al paquete. Era un mirón.

Casi se da la vuelta y me pilla. Salió de aquella terraza y siguió caminando entre las siguientes, eligiendo las que tenían luz. Y entonces, exactamente entonces, se encendió la luz del nuestro. Lucía había vuelto.

Se me hizo un nudo en el estómago. Lo vi acercarse al cristal de mi apartamento, agachado, atento. Comprobé desde lejos que la puerta del dormitorio seguía cerrada por dentro. Desde mi escondite veía dos cosas a la vez: a ella desnudándose dentro, ajena a todo, y a él fuera, con la polla en la mano, masturbándose con la mirada clavada en mi mujer.

Yo también empecé a tocarme. No pude evitarlo. Cuando Lucía se sentó en el sillón con las piernas abiertas para quitarse las cremas del día, él se corrió contra la pared del apartamento de al lado. Yo me corrí casi al mismo tiempo.

***

Aquella escena se me quedó pegada. Al día siguiente caminaba por el hotel con una erección permanente que tenía que disimular con la toalla. Lucía notaba algo raro y se aprovechaba.

—¿Qué te pasa estos días? —me dijo en la cama—. Pareces un quinceañero.

—Tú —mentí—. Solo tú.

Pero ya tenía una fantasía dándome vueltas. Y al cuarto día decidí ponerla en práctica.

Volví al escondite con la luz del apartamento apagada y esperé. Apareció el chico, esta vez acompañado de otro. Mismo perfil, también negro, un poco más bajo. Se había traído a un amigo. Otra vez me masturbé con ellos sin que lo supieran. Cuando Lucía entró y empezó su ritual nocturno, los dos disfrutaron del espectáculo a través del cristal mientras yo lo veía desde fuera.

***

Al quinto día di un paso más. Aproveché que Lucía estaba en una excursión y le dejé una nota en la cama: «Mi amor, ponte el juguete y hazte una buena paja antes de que vuelva. Quiero comerte el coño empapado». Me fui a fumar a la terraza y esperé al chico.

Apareció solo. Se metió en la terraza del apartamento vecino, donde se veía a una mujer mayor haciendo la cama. Salí de mi escondite despacio. Me miró con susto, después con duda, después con una sonrisa cómplice. Me hizo un gesto: tranquilo, hay sitio. Nos pusimos los dos a mirar por la rendija. La mujer se desnudó sin saberlo y nos dio diez minutos de espectáculo gratuito.

Cuando salimos a la arena le ofrecí un cigarro. Aceptó. Se llamaba Tiago y era de Costa de Marfil. Trabajaba de camarero en uno de los chiringuitos. Hablaba un español casi perfecto y tenía sentido del humor. Charlamos como dos viejos conocidos.

De pronto se encendió la luz de mi apartamento. Tiago se levantó de un salto.

—Ven, ven —me dijo—. La de este apartamento es la mejor de todas. Te vas a caer de espaldas.

Lo seguí fingiendo no saber adónde íbamos. La cortina la había dejado yo abierta al milímetro justo. Lucía leyó la nota, se rio, se tumbó frente al espejo, se restregó lubricante y se colocó el succionador. Tiago se sacó el rabo y eyaculó sobre el suelo de la terraza sin apenas tocarse. Yo aguanté hasta el final, con un nudo enorme en el pecho. Cuando ella tuvo el orgasmo y se quedó tendida en la cama, salimos los dos a fumar otro cigarro.

—Esa mujer es para morirse —dijo Tiago.

—Lo sé —contesté yo. Y se me escapó la sonrisa.

***

No le dije nada esa noche. Pero al día siguiente, en la cama, empecé a soltarle la idea a Lucía como quien no quiere la cosa.

—Tú no eres mujer para un solo hombre —le dije, acariciándole la espalda—. Lo hemos hablado mil veces. Eres demasiado caliente.

Ella no respondió. Pero por la forma en que me cogió la polla, por cómo se la metió en la boca hasta que la tuve de piedra, supe que la idea le estaba haciendo efecto.

***

Al sexto día, en la playa, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Tiago llegó con su amigo —se llamaba Joel— y plantaron las toallas a tres metros de las nuestras como si no nos conocieran. Lucía no podía dejar de mirarlos por encima de las gafas de sol. Y no era para menos: los dos estaban desnudos y los dos tenían una herramienta de la que se hablaba sola.

Tiago pidió fuego acercándose con la polla a la altura de la cara de mi mujer. Lucía se puso roja, pero no apartó la vista. Joel se ofreció a darle crema en la espalda y ella, para mi sorpresa, dijo que sí. Yo lo veía desde la ventana del apartamento, donde había subido con la excusa de ir al baño. Las manos oscuras de Joel resbalando por su espalda blanca me dejaron empalmado en dos segundos.

Cuando bajé, ya éramos cuatro amigos en una toalla. Hablamos un rato y propusieron quedar en un pub cercano por la noche. Lucía aceptó antes de que yo pudiera contestar.

***

Cenamos en Vejer de la Frontera. Yo bebí poco. Ella bebió más de la cuenta y se puso un vestido de botones que tantas veces me había vuelto loco. Cuando le pedí que fuera sin bragas, no protestó: se levantó la falda en el restaurante y comprobé que ya iba sin nada debajo.

—Tienes algo en la cabeza esta noche —me dijo, sonriendo.

—Tú tienes algo en la cabeza esta noche —le devolví yo.

En el pub estaban esperándonos en la puerta, repeinados y oliendo a colonia. La saludaron con dos besos cogiéndola por la cintura. Pedimos copas. Tiago la sacó a bailar. Después Joel se pegó por detrás. Yo los veía desde la mesa, los tres bailando muy juntos, ella riéndose, dejándose hacer. En algún momento desaparecieron por una puerta lateral hacia la playa. Volvieron veinte minutos después con cara de gato satisfecho. Yo fingí estar más borracho de lo que estaba y les pedí que nos llevaran al hotel.

Lucía se subió detrás con Tiago. No vi nada. Quise no ver nada.

En el apartamento sacaron unos porros. Yo me fumé dos caladas y cerré los ojos en el sillón. Por la rendija de los párpados lo vi todo: Joel besándola en la boca, Tiago abriéndole el vestido y chupándole los pezones, ella corriéndose antes de que ninguno la penetrara. La tumbaron en la cama y la follaron entre los dos durante una hora, cambiando de postura, turnándose, dejándola cabalgar. Cuando uno se vino sobre sus tetas, yo me corrí solo, sin tocarme, encogido en el sillón.

***

Por la mañana, Lucía me preguntó qué había pasado. Le dije que no me acordaba de nada, que me había despertado en el sillón. Era mentira.

—Yo tampoco recuerdo bien —dijo, con los ojos brillantes—. Pero he soñado cosas muy raras.

—Cuéntamelas —le pedí.

Y me lo contó todo. Con detalle. Con la mano metiéndose dentro de mis calzoncillos. Me contó la mamada en la playa antes de subir al coche, la paja que le hicieron con los dedos mientras conducíamos, la doble penetración a la luz de las velas. Cuanto más hablaba, más se mojaba ella y más me empinaba yo. Acabamos follando sobre el desayuno frío.

—Lo mejor de todo —me confesó al oído— es haber pensado que tú estabas dormido. Como si te estuviera engañando delante de tus narices.

—Lo mejor de todo —contesté— es haberlo visto sin que tú lo supieras.

Nos miramos. Habíamos firmado un pacto sin palabras.

***

La última noche, Lucía me propuso algo que ni yo me había atrevido a soñar. Quería que la atara a la cama, le tapara los ojos, dejara la puerta de la terraza abierta y permitiera entrar a quien yo quisiera. No saber quién la tocaba. No saber cuántos eran. Solo sentir.

Salí a la playa a buscar a Tiago y Joel. Estaban tomando cañas en el chiringuito con un tercer hombre, mayor, también de Costa de Marfil. Se llamaba Bernardo. Tenía una polla más corta que las de los otros pero del doble de grosor. Dudé un segundo. Después pensé en Lucía atada, esperando a ciegas, y decidí que tres era exactamente el número que quería.

Volví, la até con cuatro pañuelos, le vendé los ojos y dejé la puerta corrida abierta de par en par. Encendí dos velas. Salí. Lucía no sabía si yo había avisado a alguien o me había marchado para que la encontraran los primeros que pasaran. Esa incertidumbre la tenía jadeando antes de que nadie la tocara.

Los tres entraron descalzos. Yo me quedé en la puerta de la terraza, mirando. Joel le rozó un pecho con un dedo y ella se estremeció. Esa fue la señal. Le pusieron una polla en la boca, después otra. Bernardo se subió encima y se la metió de golpe. Lucía dejó de chupar para gritar.

La follaron durante casi dos horas. La pusieron a cuatro patas, de lado, encima, entre los tres. La doble penetración la dejó al borde del desmayo. Cuando los tres se hubieron corrido dentro y encima de ella, le desataron las muñecas, le quitaron la venda, le dieron un beso en la frente y se marcharon sin decir nada, tal como yo había quedado con ellos.

Entré. La encontré abierta de piernas, empapada, con una sonrisa tonta. Le comí el coño con tres lefas distintas dentro y me la follé hasta vaciarme yo también. Después se quedó dormida sobre mi pecho.

***

Al día siguiente volvimos a Barcelona. En el coche, con la ventanilla bajada y el pelo al viento, Lucía me cogió de la mano.

—No me los quito de la cabeza —dijo.

—¿Las vacaciones?

—Los chicos. Las pollas. Tu cara mirando desde la puerta cuando creías que yo no podía verte.

La miré asustado.

—¿Me viste?

—Te oí respirar. Sabía perfectamente que estabas ahí. Y por eso me dejé hacer todo lo que me hicieron.

Sonreí. Aceleré. Y empecé a pensar en qué bar de Barcelona podríamos encontrar a tres desconocidos como aquellos.

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Comentarios (5)

DiegoMdq

Increible relato, me tuvo pegado de principio a fin. Muy buen trabajo!

SebaCba

Por favor seguilo, quede con ganas de saber que paso despues con el miron... no puede quedar asi!

NocheRosa_77

Me recordó a una noche que yo tambien descubri algo inesperado sin buscarlo. Esa mezcla de adrenalina y morbo es inconfundible, muy bien capturada.

TorresR81

La escena inicial estuvo genial, muy bien narrada. Espero que haya continuación!

Viajera45

Que morbo tan rico jaja, me encanto la perspectiva del narrador. Imposible no ponerse en su lugar.

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