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Relatos Ardientes

Esa noche mi marido me llevó a los brazos de mi ex

Todo en mi vida cambió después de aquella confesión que le hice a mi marido en la sobremesa. No era reproche, era curiosidad: quería saber qué sentía yo cuando otro hombre me miraba en la calle. Le respondí que a veces, cuando la mirada era de las que no piden permiso, me temblaban las piernas. A partir de esa noche todo entre nosotros tomó un giro distinto, y la complicidad reemplazó al silencio de los matrimonios largos.

Andrés, así se llama él, empezó a acompañarme a comprar ropa. Se sentaba en la butaca del probador y me iba alcanzando vestidos que jamás habría elegido sola: minifaldas que apenas pasaban el muslo, blusas con escotes generosos, sandalias altas que me hacían caminar como en pasarela. La lencería la escogía con un cuidado casi reverencial. Le gustaba verme salir de casa con liguero negro y medias caladas debajo de un vestido de oficina aparentemente discreto.

—Quiero que sepan lo que tengo y que no pueden tocar —me decía a veces.

Otras veces me decía justo lo contrario.

Tres tardes por semana yo recibía a alguno de mis amantes en nuestra propia cama. Andrés conocía a Rodrigo, el chofer de la constructora donde había trabajado mi padre, porque yo misma se lo había contado un domingo a media voz. Conocía también a Sebastián, porque una tarde lo llevé a casa sin avisar y mi marido los había visto desde la rendija del placard, escondido sin que ninguno de los dos lo sospechara. De Tomás y Joaquín no le había dicho nada todavía; los reservaba para una noche en que hiciera falta una historia nueva que contarle al oído.

Por aquella época yo no trabajaba. Me había casado tan joven que a los dieciocho ya estaba abandonando la facultad. Fue Andrés quien me empujó a retomar la carrera, y volví a las aulas con un guardarropa que no pasaba inadvertido. Los pretendientes aparecieron rápido, pero ninguno me hacía temblar las piernas como aquella primera vez. Y yo no perdía el tiempo con cualquiera.

Una tarde de marzo, saliendo de clase, escuché que alguien me llamaba por mi nombre. Me di la vuelta y me encontré con Mateo, un novio que había tenido en el último año de la secundaria y al que no veía desde hacía siete años. Estaba transformado: más alto, más ancho, con la mandíbula marcada de un hombre que entrena. Su sonrisa, en cambio, era la misma de los dieciséis: lenta y un poco descarada.

—Camila, no puede ser —dijo abrazándome—. Estás idéntica.

—Vos no tanto —respondí, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo.

Nos fuimos a tomar un café en una vereda del centro. Hablamos durante dos horas. Yo le conté que estaba casada; él me felicitó con la boca, no con los ojos. Tenía veintitrés años, dos de recibido como ingeniero, un departamento propio del que habló como al pasar. Cuando se ofreció a llevarme a casa, le dije que sí porque el sí ya estaba decidido antes de que él preguntara.

A partir de esa semana, Mateo apareció varias tardes en la puerta de la facultad. Una de ellas me invitó a una cerveza en su auto. Manejó hasta un parque tranquilo a la orilla del río y estacionó debajo de un sauce. Yo sabía exactamente para qué estábamos ahí. Él también.

Me besó con una calma que no había imaginado en él. Me besó la boca, el cuello, la clavícula, todo sin apuro, como quien no tiene que probar nada. Cuando su mano entró bajo el vestido y me tocó por encima del encaje, fingí una resistencia que no engañaba a nadie.

—No tendría que estar haciendo esto —murmuré.

—Pero lo estás haciendo —contestó.

Le dejé hacer durante un rato largo. Me bajó el corpiño, me lamió los pezones hasta erizármelos como si fuera la primera vez. Sus dedos encontraron el camino y se quedaron jugando con paciencia. Yo gemía despacito contra su hombro, mojándole la camisa con saliva mientras le mordía el cuello. Cuando me pidió ir a un lugar más cómodo, le dije que no. Pero le susurré al oído que pronto, muy pronto, sí.

Esa noche se lo conté a mi marido. Andrés se puso duro escuchándome. Me hizo repetir tres veces la parte del auto y se vino sobre mi vientre antes de que terminara el relato. Después me abrazó y me dijo lo que yo estaba esperando que dijera.

—Quiero verlo —murmuró—. Quiero verlo todo.

El viernes a la tarde lo organizamos juntos. Yo lo llamé a Mateo y le dije que mi marido se iba todo el fin de semana de viaje y que me había quedado sola en casa. Mateo entendió perfectamente; quedamos en encontrarnos a las diez en un bar del centro, uno de esos lugares con luz baja y mesas escondidas entre cortinas. Lo que él no sabía era que mi marido iba a estar sentado en otra mesa, mirando.

A las siete me empezó a vestir Andrés. Eligió la ropa con la misma seriedad con que algunos hombres eligen el traje para una boda: liguero negro, medias con costura atrás, una tanga de encaje violeta que apenas tapaba, corpiño a juego, vestido corto de seda morada que se ajustaba al cuerpo como si lo conociera de toda la vida. Mis sandalias de tiras, el perfume cítrico que él me había regalado para el cumpleaños anterior, el pintalabios rojo que casi nunca uso.

—Estás para que cualquiera pierda la cabeza —me dijo viéndome en el espejo del baño.

Me llevó él hasta la puerta del bar. Bajó primero, entró antes que yo y se ubicó en una mesa del fondo desde donde se veía todo. Yo entré diez minutos después, despacio, dejando que las miradas se acomodaran. Mateo se puso de pie cuando me vio, intentó besarme en la mejilla y yo le giré la cara para que me alcanzara la boca. El beso duró más de lo que él esperaba. Cuando me senté, ya había entendido el plan.

Pedimos algo de tomar. Su mano empezó por mi rodilla y subió con la paciencia justa para no asustarme. A la tercera copa me estaba besando con la lengua, sin importarle el resto de las mesas, mientras sus dedos me corrían el encaje y me encontraban tibia. Yo apoyé la mía sobre su pantalón y sentí lo dura que la tenía. Acerqué la boca a su oído.

—Acompañame al baño.

Caminé delante. Me metí al de mujeres, esperé un minuto. Cuando salí, él estaba apoyado contra la pared del pasillo. Me tomó de la muñeca y me arrastró al de hombres antes de que tuviera tiempo de protestar. Cerró la puerta del último cubículo, me apoyó contra los azulejos y me bajó la tanga hasta los tobillos. Yo me la saqué de un movimiento y se la guardé en el bolsillo del saco. Él se abrió el cinturón y se sacó la verga, gruesa y de buen tamaño, y me la apoyó contra el muslo.

—¿Acá? —pregunté en voz baja, fingiendo asombro.

—Acá —contestó.

Me levantó la pierna izquierda, se acomodó y me la metió de una sola vez. Me mordí el labio para no gritar. Empujaba rápido, con el ritmo nervioso de quien sabe que cualquiera puede entrar. Me agarró las nalgas con las dos manos y me bombeó contra los azulejos hasta que sentí que se me aflojaban las rodillas. Me vine en silencio, mordiéndole el hombro a través de la tela de la camisa. Él vino segundos después, dentro de mí, sin avisar. Salimos del baño con la cara fresca y el corazón a las patadas. Le hice una seña discreta a mi marido al cruzar la sala. Andrés sonreía.

***

Cuando volvimos a la mesa, le inventé a Mateo una excusa para ir un minuto al baño otra vez. Andrés me alcanzó en el pasillo.

—¿Y? —me preguntó al oído.

—Lo hicimos contra la pared del cubículo. Tiene una verga preciosa.

—Sos una hermosura de puta —me dijo besándome la oreja—. Llevalo a casa.

No hizo falta hablar más. Él pagó su mesa y salió antes que nosotros. Yo volví, le tomé la mano a Mateo y le susurré que el departamento estaba vacío y que tenía ganas de seguir lo del baño en una cama. Él dudó un instante por miedo a que mi marido apareciera, pero le pasé la mano por encima del pantalón y la duda se le borró rápido.

***

Andrés ya estaba en su escondite cuando nosotros entramos. Lo había preparado semanas atrás: una banqueta detrás de la puerta del placard del dormitorio, con una rendija ancha por la que veía la cama entera. Yo conocía el ángulo de memoria.

Me apoyé contra el cuerpo de Mateo apenas crucé la puerta del cuarto. Lo besé despacio mientras le desabrochaba el cinturón. Cuando le saqué la verga afuera, me arrodillé sobre la alfombra y se la metí en la boca sin preámbulos. Sabía que mi marido estaba mirando. Sabía exactamente la inclinación que él prefería verme dar.

—Así, ¿no? —le pregunté a Mateo elevando la voz un poco más de lo necesario—. ¿Te la chupan así las pibas con las que andás?

—Como vos, no —contestó él con voz ronca.

Le pasé la lengua por toda la extensión, hice círculos sobre la punta, la metí hondo hasta sentirla en la garganta. Mateo me tomó del pelo con cuidado y me marcó un ritmo lento. Yo lo dejé hacer un rato y después me puse de pie. Me bajé el cierre del vestido y dejé que cayera al suelo. Me quedé delante de él con el liguero, las medias y nada más.

—Vení —le dije señalando la cama.

Se desnudó en dos movimientos y se me subió encima. Me la metió empujando hasta el fondo y empezó a moverse con calma. Yo lo dejé tomar el control un par de minutos y después le di vuelta, me senté arriba y empecé a moverme yo. Me apoyaba en su pecho con las dos manos, subía y bajaba buscando el ángulo que me hacía tocar el clítoris contra él. Me vine montándolo, con la espalda arqueada y un gemido largo que sabía que mi marido estaba escuchando desde la rendija.

No paré. Me bajé, me di vuelta sobre las rodillas y le ofrecí las nalgas. Mateo entendió y me la volvió a meter desde atrás, agarrándome de la cintura con las dos manos. Me cogía profundo, con golpes secos. En un momento me pasó el pulgar húmedo por el ano y empujó apenas. Yo gemí más fuerte. Quería que me la metiera ahí, pero no delante de mi marido. Esa parte la quería para el baño, lejos de la rendija.

—Vení al baño —le murmuré entre dientes—. Quiero que me hagas lo del bar otra vez.

Lo llevé al baño de la suite, cerré la puerta y me incliné sobre el lavatorio. Le hice un gesto por el espejo: quería que me la metiera por atrás. Mateo se escupió en la mano, me untó despacio, se ensalivó la verga y me empujó la cabeza primero. Me dolió. Me ardió. Y después, cuando aflojé, fue uno de los mejores polvos que recuerdo. Me agarraba las caderas y me embestía con un ritmo creciente, mirándome la cara en el espejo. Yo me mordía la mano para no gritar como una loca.

Cuando se vino dentro de mí, sentí el calor escurrir y derretirme las piernas. Me quedé un instante apoyada en el lavatorio, recuperando el aire. Le di un beso largo en la boca y le pedí que se fuera; que mi marido podía aparecer de un momento a otro y prefería evitar el escándalo. Mateo se vistió, me besó la nuca y se fue sin hacer ruido.

***

Volví a la cama desnuda, todavía empapada. Andrés salió del placard sin decirme nada, me tiró sobre las sábanas y me abrió las piernas. Empezó a chuparme, a recoger con la lengua todo lo que Mateo había dejado adentro. Cuando me lamió el culo y se dio cuenta de que también ahí había semen, levantó la cara hacia mí con los ojos brillantes.

—Te lo metió por todos lados —murmuró.

—Por todos —contesté.

—¿Te gustó?

—Mucho.

Se me subió encima y me la metió de un golpe. Estaba más duro de lo que había estado en años. Empujó como si quisiera dejarme una marca, como si necesitara mezclar lo suyo con lo que le había llevado Mateo. Me dijo cosas al oído que nunca antes me había dicho. Se vino dentro mío con un quejido largo y se quedó quieto encima de mí, mi cara contra su cuello.

—Sos lo mejor que me pasó en la vida —dijo en voz baja.

Yo no contesté. No hacía falta. Me dormí contra su pecho pensando en la semana siguiente, en el próximo nombre, en la próxima noche en que él volvería a sentarse en otra mesa para verme entregarme a otro hombre.

Mi marido me ayudaba a ser exactamente lo que los dos queríamos que yo fuera.

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Comentarios (5)

DiegoNorte

tremendo relato!!! de lo mejor que he leido en esta categoria

SaritaRosada

Por favor la segunda parte!!! como termino la noche? no puede quedar asi jaja

ClaudioF_77

Increible lo que hace la confianza entre una pareja. Lo lei de un tiron y me dejo pensando bastante

Valentina_87

Me recordo a algo que casi me paso con mi ex hace un tiempo, aunque no llegamos tan lejos jaja. Muy bien contado

Mirna_S

Buenisimo!!! segui asi

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