Lo que vio mi chofer por el retrovisor esa tarde
Me llamo Camila, tengo veintinueve años y vivo en Pachuca de Soto. Me divorcié hace dos años y no me arrepiento ni un día. Trabajo con mi mamá en la cenaduría familiar, vivo con ella en una casa pequeña al sur de la ciudad y la gente que me conoce me describe como callada, educada y un poco vanidosa. Casi ninguno sabe lo otro.
Soy de piel clara, cabello castaño con reflejos rubios y ojos color café. Hago ejercicio cuatro veces por semana, no por vanidad, sino porque me gusta sentirme dueña de mi cuerpo. Me gustan las faldas con vuelo, los tacones bajos cuando voy al café y los labiales rosados. Disfruto que los hombres me miren al pasar. No para hacer nada con ellos: ese segundo en que sus ojos se quedan colgados de mis piernas me sostiene durante horas.
Esa tarde había quedado de tomar un frappé con Renata, mi mejor amiga desde la prepa. Llevábamos dos semanas sin vernos y necesitábamos hablar. Quedamos a las cinco en el café que está cerca de su casa.
A las tres me metí a bañar. No esperaba que pasara nada con nadie, pero igual me depilé con calma, me lavé el pelo con un shampoo de coco y, en algún momento entre el agua caliente y el vapor, mi mano resbaló entre mis piernas y se quedó ahí más tiempo del necesario. Me detuve antes de venirme. Quería guardar esa tensión para la noche, cuando estuviera sola en mi habitación con los dildos en el cajón.
Salí del baño con el cuerpo zumbando. Me unté crema de durazno y me rocié colonia del mismo aroma. Decidí no usar ropa interior. Elegí un body blanco de tirantes finos que se abrocha entre las piernas y una falda larga con vuelo, estampado floral, con una abertura del lado derecho que dejaba ver la pierna casi hasta la cadera. Tacones color menta. Me ondulé el cabello y me pinté los labios de rosa pálido. En el espejo grande de mi cuarto me veía mejor que de costumbre, y eso me gustó.
Mi camioneta llevaba dos días con una llanta ponchada, así que tuve que pedir un taxi por la aplicación. Avisé a mi mamá que me iba y bajé a la banqueta a esperar.
El coche llegó en cinco minutos. Era un sedán blanco impecable. Según la app, el conductor se llamaba Esteban. Cuando me asomé por la ventana lo vi mejor: unos treinta y cinco años, piel tostada, mandíbula con barba de tres días, camisa blanca con dos botones desabrochados y unos ojos oscuros muy quietos. Olía a un perfume amaderado que se sentía desde la calle.
—Hola, ¿Esteban? —pregunté.
—Sí. ¿Camila?
—Esa misma. Buenas tardes.
—Buenas tardes. La aplicación marca un café como destino, ¿es correcto?
—Sí, así es.
Me subí al asiento trasero, justo detrás del lugar del copiloto, para que pudiera verme bien si quería. Lo dije sin decirlo. No fue una decisión consciente: simplemente me senté ahí.
El coche arrancó. El silencio era tranquilo, no tenso. La radio sonaba muy bajita, una canción en inglés. Yo miraba por la ventana, pero cada minuto buscaba el espejo retrovisor y, cada vez, Esteban estaba ahí, mirándome. No con la mirada de un baboso. Con la mirada de alguien que mira y no se esconde.
Y entonces se me ocurrió.
Hacía dos semanas me había grabado masturbándome en un parque, en un banco aislado, con el celular oculto entre las hojas. Esa grabación me había gustado más de lo que esperaba: me había hecho venir tres veces solo de verla. De pronto, ahí, con ese hombre observándome cada veinte segundos por el espejo, sentí algo nuevo: la idea de hacerlo otra vez, pero más cerca, con él respirando a un metro y medio de mí.
No vas a hacerlo.
Sí iba a hacerlo.
Saqué el celular del bolso, abrí la cámara y lo apoyé en el filo del bolso, en el suelo del coche, calculando el ángulo. Comprobé en la pantalla que me enfocaba bien. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que él lo iba a oír.
Aproveché la abertura de la falda para abrir las piernas. La tela me cubría casi todo, salvo lo que quería que la cámara viera. Primero froté sobre el body, despacio, con dos dedos. El tejido se me pegaba a la piel; estaba húmedo. Después, con cuidado, desabroché los broches de la entrepierna. El clic me pareció enorme. Esteban no se movió. Sus ojos volvieron al retrovisor justo cuando terminé.
Y se quedaron ahí.
No apartó la vista. Yo no aparté la mía.
Tenía dos opciones: parar o seguir. Seguí.
Me llevé los dedos a la boca, los humedecí y los bajé. Empecé a frotarme el clítoris en círculos pequeños. El coche frenó en un semáforo. Esteban no miraba el semáforo. Me miraba a mí. Yo aguanté la respiración para no gemir. La calle estaba a un metro de distancia, gente cruzando, y yo abierta en el asiento trasero, con un desconocido como único testigo.
—Avísame si quieres que tome otra calle —dijo él, sin mover un músculo de la cara—. Por la otra avenida hay menos semáforos.
—Como tú prefieras —contesté con la voz quebrada.
—Por la otra entonces.
Cambió de carril. No me preguntó nada más. Era su manera de decirme que sí, que podía seguir, que él iba a ir lo más lento posible.
Metí el dedo del medio. Después el anular. La sensación de saberme observada multiplicaba todo. No era el placer físico el que me iba a hacer venir, era saber que él estaba ahí, que veía, que su mano subía y bajaba sobre el volante con un ritmo distinto al normal. Imaginé que también estaba duro debajo del pantalón gris. Esa idea me apretó el vientre.
Empecé a sentir esa quemazón cálida que conocía bien. Me venía. Iba a venirme en su coche, con él mirándome por el espejo, en plena avenida.
Cuando llegó, no pude contenerlo: salió un chorro caliente y abundante que me empapó la falda y, lo supe sin verlo, también el asiento. La sensación de estar inundándole el coche a un desconocido fue lo que terminó de quebrarme. Solté un gemido corto, contenido, y me palmeé la vulva un par de veces, sin pensar, por puro reflejo.
El sonido húmedo de mi mano contra mi piel rompió el pacto silencioso. Esteban giró media cabeza.
Yo cerré las piernas de golpe, sentí cómo se me subía la sangre a la cara y bajé la mirada.
—Perdón —murmuré—. Perdón, perdón, perdón.
—Tranquila —dijo él, y se le escapó una risa baja—. Ya me había dado cuenta hace rato.
—¿Y por qué no me dijiste nada?
—¿Cómo te iba a interrumpir? Eras tú la que tenía que decidir.
Cerré el body con dedos torpes. La falda estaba empapada en una mancha redonda. El olor del coche había cambiado.
—Te dejé el asiento hecho un desastre.
—No te preocupes por el asiento. —Hizo una pausa, mirándome otra vez por el retrovisor—. Lo que sí me preocupa es llegar al café en este estado. Yo, digo.
Tardé un segundo en entender. Después se me cortó la respiración.
—¿Qué propones?
—Hay un motel a tres cuadras. Si quieres. Si no, te llevo al café y nos hacemos los locos.
Pensé en Renata esperándome. Le escribí por mensaje: «Voy saliendo de la casa, llegué tarde por la llanta, dame media hora más». Respondió enseguida que también iba retrasada, que se le había complicado con su hija.
—Vamos al motel —dije.
—Bien.
***
Esteban se orilló para cerrar el viaje en la aplicación. Lo vi en su pantalla: marcó «destino alcanzado» como si nada, como si fuera un viaje cualquiera. Después condujo en silencio las tres cuadras. Yo seguía con el body desabrochado bajo la falda. No me lo cerré.
El motel era de esos discretos, con cocheras cerradas. Pagó la habitación desde la ventanilla, metió el coche y bajó la cortina. Cuando se apagó el motor, el silencio se hizo denso.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Sí —contesté—. Pero bájate del coche, por favor.
Subimos las escaleras. La habitación era grande, con un espejo enorme en la pared frente a la cama. Apenas cerré la puerta, lo agarré del cinturón y lo besé. Él respondió con la mano abierta sobre mi nalga, apretando con fuerza pero sin violencia. Mi falda mojada le dejó una marca húmeda en el pantalón. Me dio igual.
Me arrodillé en la alfombra. Le abrí el cinturón, le bajé el pantalón y la trusa de un tirón. La tenía dura y gruesa, rasurada, brillando en la punta. Me la metí entera de golpe. Sentí cómo me la clavaba en la garganta y los ojos se me llenaron de lágrimas. Él me sujetó el cabello, no para empujarme, sino para mirarme mejor.
—Despacio, mamacita —susurró—. Tenemos media hora.
—Más rápido —contesté con la voz ronca—. No tengo tanto tiempo.
Se rió. Me dejó marcarle el ritmo. Yo le chupaba mirándolo desde abajo, con los labios brillantes, sabiendo que era esa imagen la que él iba a recordar después, mientras manejara a otras pasajeras.
Me levantó del cabello, me arrastró hasta el espejo y me bajó los tirantes del body. Mis senos quedaron al aire y él los devoró. No fue tierno, fue hambriento. Me lamía y mordía los pezones, los chupaba con una fuerza que me dolía y me encantaba al mismo tiempo.
—Desnúdate —ordenó.
Yo me quité todo. El body, la falda mojada, todo menos los tacones menta. Mi reflejo en el espejo era una versión de mí que no veía nunca: la piel sonrojada, el pelo revuelto, las marcas rojas de sus dientes alrededor de los pezones. Esteban se desnudó detrás de mí. Vi su cuerpo en el espejo: marcado, atlético, con la verga apuntando hacia adelante.
Apoyé las manos en el cristal. Junté las piernas. Él me agarró de las caderas y, sin advertirme, me la enterró de un solo empujón. Sentí cómo me abría por dentro. Solté un grito que el espejo me devolvió.
—¿Así? —preguntó.
—Más fuerte —contesté.
Empezó a embestirme rápido, con el ritmo de alguien que no tiene tiempo que perder. Mis pezones se aplastaban contra el cristal. El espejo se empañaba con mi aliento. Yo lo miraba a los ojos a través del reflejo y él me miraba a mí. Nos cogimos por los ojos antes que por nada.
—Mírate —dijo—. Mira la cara que se te pone.
Me miré. Era cierto: tenía la cara de alguien que estaba aprendiendo algo de sí misma en tiempo real.
El primer orgasmo me alcanzó casi enseguida y fue largo, con contracciones que le apretaron la verga adentro.
—Yo todavía no me vengo —avisó—. Aguanto mucho.
—Métela por atrás —le dije sin pensarlo dos veces.
—¿Segura?
—Estoy preparada. Tengo lubricante en el bolso.
Saqué el frasquito, le pasé una buena cantidad y me apoyé otra vez contra el espejo. La sentí entrar despacio, con una mezcla de ardor y placer que casi me hizo caer de rodillas. Después se movió rápido, sin tregua, mientras me apretaba las caderas con los dedos clavándose en la piel.
—Voy a venirme —dijo al rato—. ¿Dónde?
—En la boca.
Me arrodillé de nuevo. Él se terminó de masturbar con tres movimientos cortos y me llenó la boca con un chorro tibio y abundante. Lo retuve sin tragarlo, lo dejé asomarse entre los labios y lo miré a los ojos. Después tragué todo. A él le quedó la cara de alguien al que acaban de robar algo importante.
***
Bajamos al coche en silencio. Yo ya me había puesto el body y la falda otra vez, pero la mancha húmeda no se había secado del todo. Esta vez me senté de copiloto. Esteban abrió el portón eléctrico.
Llegamos al café veinte minutos después. Antes de que me bajara, me anotó su número en la pantalla del celular.
—Si necesitas que te lleve a otro lugar… —dijo—. O a ningún lugar. Cuando quieras.
—Te llamo —contesté.
—¿Cuánto te debo, por cierto?
—Nada. Ya cerré el viaje en la app cuando paramos.
—No me refería al viaje.
Se rió otra vez, con esa risa baja que me había gustado desde el principio.
—Ese cobro lo pago yo, preciosa.
Le di un beso corto en la boca, con la mano apoyada sobre su pantalón. Después bajé del coche.
Renata estaba sentada en una de las mesas exteriores del café. Me había visto bajar. Me había visto besarlo. Tenía los ojos como platos.
—¿Quién era ese? —preguntó.
—El conductor del taxi.
—Camila.
—¿Sí?
—Quiero detalles. Todos.
—Primero el frappé —contesté, sentándome frente a ella—. Y créeme: hoy necesito mucha azúcar.