Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi marido me pidió cinco fotos de otros hombres

Camila y Hernán llevaban once años casados y todavía dormían enredados como cuando eran novios. La rutina no había apagado nada porque, desde el primer mes juntos, habían pactado algo poco común: contarse todo lo que se les pasara por la cabeza, sin filtros y sin vergüenza. Esa noche, sin embargo, Hernán tardó casi una hora en arrancar.

—Llevo meses dándole vueltas a algo —dijo por fin, hablándole a la oscuridad—. No sé cómo lo vas a tomar.

Camila apoyó la mejilla en su pecho y esperó. El corazón de él iba más rápido de lo normal.

—Me excita la idea de que otros te miren —siguió, casi en un susurro—. Que te deseen. Saber que eres mía y que ellos no saben lo que se pierden.

Ella se quedó callada un momento, no por incomodidad, sino porque no esperaba eso. Lo conocía como nadie y, sin embargo, la confesión la había agarrado desprevenida. Se le erizó la piel debajo de la sábana.

—¿Y qué te gustaría que hiciera? —preguntó al fin, con una media sonrisa que él no podía ver.

Hernán respiró hondo. La pregunta era exactamente la que esperaba.

—Te propongo un juego. Una semana. Tienes que conseguir fotos de cinco hombres. Fotos atrevidas, pero pedidas con vos jugando. Que no sepan que es un reto. Quiero que ellos te deseen sin saber por qué.

—¿Y la quinta?

—La quinta la pensamos juntos cuando lleguemos a ella.

Camila aceptó antes de pensarlo dos veces. El pulso le golpeaba contra el cuello y, sin querer, sintió que se le humedecía la ropa interior.

***

A la mañana siguiente eligió la ropa con una atención que hacía años no le dedicaba. Una blusa de seda color crema, un poco más entallada de lo que solía usar para trabajar. Una falda recta hasta media rodilla, lo justo. Perfume detrás de las orejas y en las muñecas. Se miró en el espejo del baño y se sostuvo la mirada hasta sonreír.

Sabía que el juego no era pedir fotos. Era otra cosa. Era moverse por el día como si supiera algo que los demás no sabían. Era inclinarse un milímetro más sobre la mesa, sostener un segundo más el contacto visual, dejar caer una risa que terminaba en pregunta. Hernán no le había pedido infidelidad. Le había pedido que se asomara al borde sin caer.

La primera oportunidad llegó al mediodía. Comía con Federico, un colega del departamento de finanzas, en un café cerca de la oficina. Hablaron de cosas tontas hasta que ella dejó caer, como sin querer, una historia sobre una amiga que se había instalado una aplicación de citas.

—Lo que más me sorprendió —dijo, removiendo el café— fue lo que los hombres se animan a mandar.

Federico levantó las cejas y se rió.

—¿Y tú qué viste?

—Yo nada —contestó ella, con los ojos un poco demasiado fijos en los suyos—. Pero me cuesta imaginarlo. ¿Es tan común?

Federico sacó el teléfono antes de pensarlo. Estuvieron diez minutos pasando capturas que él tenía guardadas de bromas con amigos. Camila se quedó con una en su celular antes de salir del café. La excusa fue que era graciosísima. La primera foto entró en su carpeta privada sin esfuerzo. Al levantarse, alcanzó a ver el bulto tenso de Federico contra el pantalón. Ella miró un segundo de más y no dijo nada.

***

La segunda fue todavía más fácil. Esa misma tarde se cruzó con Daniel, un amigo de la facultad al que veía cada tanto. Tomaron una cerveza en un bar al que iban hacía años. Camila contó, entre risas, una despedida de soltera reciente en la que el reto había sido pedirles a los novios fotos creativas para mandárselas a la futura esposa.

—No te puedo creer que hicieran eso —se reía Daniel, ya con dos cervezas encima.

—Es lo que más me sorprendió. La de cosas que tiene guardada la gente en el teléfono.

Él se quedó pensando un segundo, después abrió la galería y le mostró algo viejo, de una despedida de soltero en la que él había sido el novio. Una broma, dijo, pero la imagen estaba archivada hacía años. Camila se rió, le pidió que se la pasara para mostrársela a una amiga que no se lo creía, y Daniel se la mandó por mensaje sin pestañear.

***

La tercera fue el vecino de enfrente. Coincidieron en el ascensor un par de veces durante la semana. Sebastián tenía cuarenta y pocos, vivía solo, iba al gimnasio con una disciplina obsesiva. Camila conocía la rutina porque lo veía irse a las seis y media de la mañana con un bolso enorme al hombro.

Una tarde se encontraron en el lavadero del edificio y ella se quedó más tiempo del necesario, doblando ropa que ya estaba doblada.

—¿Entrenas siempre a la misma hora? —le preguntó.

—Antes de empezar el día. Si no, no me sale.

—Mi hermana me decía el otro día que los hombres del gimnasio se sacan fotos delante del espejo para subirlas a las redes. Yo no le creía.

Sebastián la miró con una ceja levantada. Llevaba una camiseta vieja, todavía con sudor del entrenamiento.

—¿No le creías?

—Para mí era un mito —dijo Camila con una sonrisa pequeña.

—Te paso una y dejas de creer en mitos.

Diez minutos después le llegaba la foto al celular. Sebastián, sin camiseta, frente al espejo del baño, con esa media sonrisa de quien sabe perfectamente lo que está haciendo. Camila la guardó y le mandó un emoji de asombro, pensando que el juego se le estaba haciendo demasiado fácil. En la foto, el bulto del short le marcaba una polla larga apoyada contra el muslo, y Camila se dio cuenta de que Sebastián sabía perfectamente qué estaba mostrando.

***

La cuarta fue la más arriesgada y, por eso mismo, la que más le encendió la piel.

Sucedió en una cena en casa de unos amigos de Hernán. Después de la tercera botella de vino, alguien sacó el tema de los grupos de WhatsApp y de lo que circulaba ahí. Camila, sentada en el sillón con las piernas cruzadas y una copa casi vacía, comentó al pasar que unas amigas estaban haciendo un reto del tipo «la que cumpla manda foto».

—¿En serio? —preguntó Tomás, uno de los amigos más viejos de Hernán, sentado enfrente.

—Una tontería. Pero no juntan ni una.

Tomás se rió. Hernán estaba en la cocina, escuchando todo. Camila podía sentir su mirada desde el otro lado del comedor, encendida.

—¿Y si te ayudo yo? —dijo Tomás, medio en broma, medio no.

—A lo mejor te tomo la palabra.

Veinte minutos más tarde, en el baño de la casa, le llegaba el cuarto mensaje. Camila lo abrió con el corazón retumbando y se le escapó una risa nerviosa cuando vio la imagen: Tomás tenía la polla dura en la mano, gruesa, un poco curvada hacia arriba, con la punta brillándole de tanto tocársela. Se estaba masturbando ahí mismo mientras Hernán le servía otra copa a su mujer en el comedor. Camila cerró el mensaje sin contestar y se apoyó contra el lavabo. Entre las piernas estaba empapada. Cuando volvió al comedor, Hernán le sostuvo la mirada por encima de la copa. Esa noche, en el auto, él manejó con una mano en su muslo, muy alto, casi sobre la ropa interior, y casi no habló.

***

La quinta no la pidió por teléfono. La pidió en la cama, después de medianoche, con la voz ronca de quien lleva todo el día esperando.

—La última no es solo tuya —le dijo—. Quiero estar yo también. No en la foto. Pero quiero saber qué pasó. Quiero que estés con otro hombre, desnuda, y que la cámara lo agarre.

Camila sintió que el aire se le iba del pecho. Hasta ese momento había sido un juego de roces, de insinuaciones, de líneas que se podían pisar y volver atrás. Esto era otra cosa.

—¿Estás seguro?

—Estoy seguro de que confío en ti. De lo demás, no.

Y todavía así lo quería hacer.

Lo miró largo. Después se inclinó, le dio un beso lento en la boca, y se levantó de la cama.

—Te traigo la foto.

***

La cala estaba debajo del acantilado donde habían construido la casa hacía cuatro veranos. Era un pedazo de costa al que no se llegaba sin conocerlo, una grieta entre rocas con arena blanca y un mar que casi siempre estaba quieto. Iban a desayunar ahí los domingos. Esa noche, Camila bajó los escalones de piedra con el corazón sonándole en la garganta y una toalla doblada bajo el brazo.

El último rayo de sol todavía pegaba en una franja angosta de la arena. Y ahí, justo en esa franja, había un hombre acostado boca arriba, completamente desnudo, con un brazo cruzado sobre los ojos.

Se quedó tres segundos mirándolo desde la entrada. Después caminó hacia él.

El hombre se incorporó al escucharla acercarse. Tendría cuarenta y pocos años, el pelo todavía mojado de la última zambullida, la piel oscurecida por el verano. No intentó cubrirse. Solo la miró, sin decir nada, esperando a que ella hablara primero.

—Hola —dijo Camila, parándose a un metro de él.

—Hola.

—Te quería pedir un favor raro.

Él levantó una ceja, divertido, sin moverse. Camila dejó caer la toalla sobre la arena y se quitó el vestido por encima de la cabeza. Lo dobló con cuidado, como si fuera una mañana cualquiera, y lo dejó al lado. Quedó desnuda, frente a él, con la última luz pegándole en los hombros. Los pezones se le pusieron duros con la brisa, y ella notó cómo la mirada del hombre bajaba de la cara al pecho, del pecho al pubis afeitado, y volvía a subir despacio.

—Tengo que sacarme una foto —siguió—. Con alguien. Es un juego entre mi marido y yo.

—Tu marido tiene buen gusto en juegos.

Camila se rió. La risa le salió más fácil de lo que esperaba.

Se sentó en la arena, al lado de él, con la cámara del teléfono en la mano. El cuerpo del hombre respondía solo a la cercanía: una erección lenta, sin apuro, como si supiera que tenía tiempo. La polla se le fue enderezando contra el vientre, gruesa, con el glande brillante y una vena marcada en la parte de abajo, y a Camila se le quedaron los ojos ahí más tiempo del que había planeado.

—Eso no estaba en el plan —dijo ella, mirándole entre las piernas con una media sonrisa.

—No te creo.

Se inclinó hacia él. La cabeza de Camila apoyada en el hombro del desconocido, el brazo de él rozándole la cintura. Apretó el disparador. La foto salió perfecta: dos cuerpos desnudos en la luz última del día, sin nada vulgar, solo la verdad de lo que estaba pasando ahí.

—Una más —dijo el hombre.

Y entonces se acercó, le tomó la mano y la apoyó sobre él, despacio, sin presionar. Camila cerró los dedos alrededor de la polla dura del extraño y la sintió pulsar contra la palma, caliente, más gruesa de lo que había calculado desde afuera. Pudo haberla retirado. No lo hizo. Sostuvo la cámara con la otra mano, encuadró, y disparó. La imagen quedó congelada: ella sosteniéndole la verga a un desconocido, mirando a cámara, sin sonrisa, completamente dueña del momento.

Lo que pasó después no estaba pensado. Apoyó el teléfono sobre la toalla y no lo volvió a levantar. La mano de Camila empezó a moverse sola, primero un roce, después una caricia larga desde la base hasta el glande, midiendo el peso, sintiendo cómo la piel se le corría bajo los dedos. Le pasó el pulgar por la punta y encontró una gota espesa que le brotaba del agujero. La usó para lubricar el primer movimiento en serio, un puño cerrado que subía y bajaba entero, apretando lo justo.

—Hijo de puta —murmuró Camila, con más sorpresa que insulto—. Cómo la tienes.

Él soltó una risa entrecortada y le pasó la mano por la nuca. No la empujó. Solo la apoyó, dándole permiso.

Camila se inclinó y le lamió la punta con la lengua plana, despacio. El sabor le llenó la boca de golpe: salado, a hombre, a piel de mar. Volvió a lamer, esta vez desde la base, un lengüetazo largo y firme, y notó cómo al hombre se le arqueaba la espalda contra la arena. Después abrió los labios y se la metió entera en la boca, hasta donde pudo. Tuvo que ayudarse con la mano cerrada en la base, porque la polla del desconocido era gruesa y no le entraba toda. La chupó despacio primero, con los labios apretados alrededor del tronco, subiendo y bajando la cabeza con un ritmo suave. Después más fuerte, dejando que la punta le golpeara el paladar, escuchando cómo él dejaba salir un gemido bajo, cerrado, como si tuviera vergüenza de gemir con ella.

—Chúpamela —le dijo el hombre, ronco, casi sin voz—. Chúpamela como si fuera de él.

Camila levantó los ojos sin sacársela de la boca. Se la sacó despacio, con un hilo de saliva colgando de los labios hasta el glande, y volvió a metérsela hasta el fondo. Ahora sí lo miraba mientras la chupaba, y el hombre le sostuvo la mirada con una intensidad que le corrió por la espalda. Con la otra mano, ella se buscó entre las piernas y se dio cuenta de que tenía el coño empapado, los labios hinchados, ardiéndole. Se pasó dos dedos por encima del clítoris y se le escapó un gemido que quedó ahogado contra la verga del desconocido.

Se separó un segundo, jadeando, con la boca todavía abierta y brillante.

—Estoy tan mojada —susurró, más para ella que para él.

—Ven aquí.

El hombre la agarró de la cintura y la subió a horcajadas sobre él. Camila quedó sentada encima, la polla dura del extraño rozándole el coño abierto por fuera, resbalándose entre los labios sin entrar. Se apoyó una mano en el pecho de él para sostenerse y con la otra le agarró la verga y se la pasó por la raja mojada, adelante y atrás, mojándosela con su propio jugo. La punta se le enganchaba una y otra vez contra el clítoris hinchado y Camila se mordía el labio para no gemir demasiado fuerte. El hombre le agarró las tetas con las dos manos, le pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice, y a ella se le escapó un jadeo que retumbó en la cala vacía.

—No —dijo Camila de pronto, y le apartó la mano de la cadera cuando lo sintió empujar hacia arriba—. Por dentro no. Es lo único que no.

—Como quieras.

Bajó del cuerpo del hombre y se arrodilló al lado, con la mano cerrada otra vez alrededor de la polla. La empezó a masturbar con seriedad, la muñeca firme, subiendo y bajando la piel del prepucio con un ritmo cerrado y regular, mientras con la otra mano seguía tocándose. El hombre echó la cabeza hacia atrás contra la arena, y la mano de él se le fue a la nuca a ella otra vez, no para empujar, sino para agarrarse de algo. Camila lo sintió endurecerse más entre los dedos, la polla vibrando ya, casi a punto.

—Terminame encima —le dijo ella, ronca, sin dejar de masturbarlo—. Terminame encima de las tetas.

El hombre soltó un gruñido corto y espeso, y una descarga caliente le saltó a Camila sobre el pecho. Ella no dejó de moverle la mano hasta la última contracción, sintiendo cómo la polla del desconocido latía entre sus dedos, cómo el semen le corría entre los pezones y le bajaba hacia el estómago, denso, tibio. Cuando terminó, respiró hondo, y se dio cuenta de que tenía dos dedos metidos en el coño sin haberlo pensado.

—Pequeño no era —le dijo al oído, copiando el chiste que se había guardado al principio y nunca había llegado a decir.

Él se rió bajo, todavía con los ojos cerrados.

Camila se puso de pie, se acomodó el pelo, se limpió apenas con la toalla —solo el estómago, no el pecho— y se vistió. El vestido se le pegó a la piel todavía húmeda. No le dijo el nombre. Tampoco se lo preguntó. Subió los escalones del acantilado descalza, con las sandalias en la mano, sintiendo que la noche le quedaba grande y que entre las piernas seguía chorreando.

***

Hernán la estaba esperando en el salón. No había prendido la luz. Solo la lámpara de la mesa baja, encendida desde abajo, le marcaba la mandíbula.

Ella le pasó el teléfono sin decir nada y se sentó frente a él, todavía con el vestido puesto pero sin nada debajo.

Hernán miró la primera foto. La segunda. La tercera. La cuarta. Pasó a la última y se quedó ahí más tiempo. Camila podía ver, sin mirarle el pantalón, lo que estaba pasando del otro lado.

—Muéstrame las otras también —dijo.

Ella le pasó las cuatro fotos de la semana, una atrás de otra, y se quedó observándole la cara mientras él las recorría. Lo que vio no fue celos. Fue otra cosa, más adentro: un deseo viejo, despierto, casi infantil.

Camila se levantó, dejó caer el vestido al piso y se sentó en el sillón frente a él, abierta. Hernán tragó saliva. Todavía tenía en el pecho la huella del semen del otro hombre, mal secada, brillando bajo la lámpara. Ella no se había limpiado del todo aposta.

—Se corrió acá —le dijo, pasándose dos dedos por encima del pezón derecho, marcando la línea seca—. Se la chupé primero. Se la comí entera. Después se la agarré hasta que se corrió.

Hernán respiraba por la boca, sin decir nada. Se sacó el cinturón con una mano sin dejar de mirarla, y se abrió el pantalón. La polla le saltó fuera durísima, con la punta ya mojada de líquido preseminal. Cerró la mano alrededor y empezó a masturbarse despacio, mirándola.

—Sigue —le dijo, con la voz apretada.

Camila abrió más las piernas, apoyó los pies en el borde del sillón, y se pasó dos dedos por el coño. Estaba empapada otra vez, todavía, o de nuevo. Se los mostró brillando a Hernán antes de metérselos, primero uno, después dos, buscando adentro ese punto que él conocía de memoria. Con la otra mano se buscó el clítoris y empezó a apretárselo en círculos pequeños, mordiéndose el labio.

—Tomás me escribió a las dos de la mañana —dijo, entre respiraciones—. La foto que me mandó tenía la polla dura en la mano. Se estaba masturbando cuando me la sacó. Pensando en mí mientras vos dormías al lado.

Hernán se estaba tocando más rápido, la mano firme alrededor de su propia verga.

—Sebastián —siguió ella, moviendo los dedos más rápido adentro del coño—. Sebastián me la habría metido en el lavadero si yo se lo hubiera pedido. Se lo vi en la cara. Estoy segura de que se la sacó y se corrió pensando en mí esa misma tarde.

—Sigue.

—Federico se puso duro cuando le hablé de las fotos. En el café. Se le notaba por debajo de la mesa. Yo lo vi y no dije nada. Podría haberme lo llevado al baño, Hernán. Podría haberle bajado el cierre debajo de la mesa y habérsela chupado ahí mismo.

Hernán soltó un gemido cerrado.

—Y el de la playa —dijo Camila, arqueándose contra su propia mano—. El de la playa la tenía más grande que la tuya. Y me la comí entera. Le llené la punta de saliva y me la metí hasta la garganta. Le supo a mar. Se me sentó encima con la polla afuera y me la pasó por el coño mojado, adelante y atrás. Si le hubiera dicho que sí, me la habría metido hasta el fondo en la arena.

—Puta madre.

—Dilo.

—Puta mía.

Camila gimió con eso, largo, sucio, y sintió cómo se le contraía todo el coño alrededor de los dedos. Sacó los dedos empapados y se los pasó por los labios, después se los pasó por los pezones, mezclando su propio jugo con lo que le quedaba del otro. Hernán se levantó del sillón de enfrente. La polla dura le apuntaba directo hacia ella, más gruesa de lo habitual, con las venas marcadas y la punta brillando.

Se arrodilló entre sus piernas y le hundió la lengua en el coño sin ceremonia, buscándole el clítoris con la punta y aplastándoselo con la lengua plana. Camila cerró los muslos alrededor de su cabeza y soltó un grito ahogado. Hernán chupaba con hambre, como si quisiera borrar cualquier rastro del día en la boca de ella, en el olor de ella. Le metió dos dedos y le curvó las yemas hacia arriba, buscándole el punto por dentro, y Camila se le corrió en la cara en menos de un minuto, temblando, agarrándole el pelo con las dos manos, apretándole la cabeza contra el coño hasta la última contracción.

Cuando abrió los ojos, Hernán estaba de pie enfrente, la polla pegada a la boca de ella, la mano cerrada en su propia base. Camila abrió los labios y él se la metió. La empujó hasta el fondo, y ella lo dejó, ronroneando alrededor de su verga como no lo había hecho en años, con la boca todavía sabiéndole a su propio coño. Hernán se folló la boca de su mujer con la mano en la nuca, sin brutalidad pero sin dudar, hasta que sintió los primeros temblores en la base y se la sacó. Se agarró la polla con la mano y le terminó encima. Chorros gruesos, uno, dos, tres, sobre el mismo pecho, sobre el mismo pezón donde había quedado la marca del otro hombre.

Esto era exactamente lo que él había imaginado, y ella lo sabía.

Camila cerró los ojos. Sintió las dos descargas mezclándose sobre la piel como una sola, un semen encima del otro, y todo lo que era el juego, la semana entera, las cinco fotos, terminó ahí, en esa exacta superposición.

Después, mucho después, cuando Hernán le pasó la mano por la frente para apartarle el pelo, Camila abrió los ojos.

—Otra semana así no creo que la aguantemos —le dijo.

—Yo no dije nada de otra semana.

—No, pero lo estabas pensando.

Hernán se rió bajito y la abrazó. Se quedaron así, sin hablar más, hasta que el sueño los venció en el sillón.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(8)

DiegoCba_91

que relato!!! me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin.

Marta_RC

Por favor una segunda parte, quede con las ganas de saber que paso despues en esa cala

Beto_lectura

Muy buen relato. La idea del reto con las fotos es original, no habia leido nada parecido. Me gusto bastante.

TomásRB

me recordo a una apuesta parecida que tuve con mi novia hace unos años jaja, aunque la nuestra no termino tan interesante

ElAudaz_77

el quinto siempre es el que da mas sorpresas, jajaj

Sofi_R

y el marido se quedo conforme al final?? me quede con esa duda jeje

PabloSCR

Increible, muy bien escrito. Sigue asi

Clara_76

Lo que mas me gusto es como fue armando el clima de a poco. No es un relato burdo, tiene algo de suspenso. Se nota que hay cuidado en como esta escrito. Espero ver mas de este estilo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.