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Relatos Ardientes

El jardinero me miraba desde el otro lado del vidrio

Lo que voy a contar pasó hace apenas unos días, y todavía pienso en ello cada vez que me siento en el sillón de la sala.

Era mi día libre. Llevábamos una semana con un calor extraño para la época, un bochorno espeso que se metía por las ventanas y no se iba ni con el ventilador encendido. La noche anterior había dormido en ropa interior, porque la pijama se me pegaba al cuerpo y me despertaba a cada rato con la espalda mojada.

Me desperté tarde, con el pelo apelmazado en la nuca y un nudo de pereza en el estómago. Me quedé mirando el techo unos minutos, escuchando los pájaros del jardín y el ruido lejano de una podadora. Una gota de sudor bajó por mi sien hasta perderse en la almohada. Me levanté de mala gana, me senté al borde de la cama y me miré al espejo.

Hacía demasiado calor para vestirme. Abrí el cajón y escogí un conjunto de encaje rojo que tenía guardado para una ocasión que nunca llegaba: braga normal, sostén a juego, nada del otro mundo, pero el rojo contrastaba con mi piel y me hacía sentir bien.

Bajé descalza. El suelo de la planta de abajo estaba fresco y caminé despacio, disfrutando el contraste. Me preparé un café, agarré un pan dulce de la encimera y me fui directo al sofá de la sala. Encendí la tele sin verla realmente, apoyé los pies en la mesa de centro y bebí el primer sorbo con los ojos cerrados.

El sofá es de cuero negro. Pegaba un poco contra los muslos, y ese roce, junto con el bochorno y la primera dosis de cafeína, me puso de un humor curioso. Esta es la mejor parte del día, pensé. Antes de que el mundo me pida nada.

Por la ventana grande de la sala se ve el jardín delantero. En la privada donde vivo, la administración manda a alguien una vez al mes a podar y limpiar. Esa mañana me había olvidado por completo de que era el día.

Vi un movimiento entre los arbustos y giré la cabeza. Detrás del cristal, agachado a la altura de los rosales, había un hombre. No era el muchacho joven al que estaba acostumbrada. Este era robusto, de unos cincuenta años, moreno, con un overol de mezclilla descolorido y una camiseta gris pegada al cuerpo por el sudor. Llevaba un sombrero de paja con un trapo cosido a la parte de atrás para taparse el cuello. Tenía barba de varios días y las manos enormes.

Lo había visto un par de veces antes. Casi nunca cruzábamos palabra.

Lo que me hizo quedarme quieta, con la taza a medio camino de los labios, fue darme cuenta de que no estaba podando. Uno de los tirantes del overol le colgaba a la altura del codo. La mano izquierda se le movía con un ritmo inequívoco entre los arbustos, donde los pantalones le quedaban abiertos. Su pecho subía y bajaba demasiado rápido para alguien que llevaba media hora cortando malezas.

Y me miraba a mí.

Tardé un segundo entero en procesarlo. Sentí cómo el calor me subía desde la nuca hasta las orejas. Lo lógico, lo decente, hubiera sido levantarme y cerrar las cortinas. Empezar a hacerlo, incluso. Bajé los pies de la mesa, dejé la taza con cuidado y me puse de pie.

Pero algo se me torció por dentro entre el sofá y la ventana.

En lugar de correr las cortinas, me quedé ahí parada, frente al cristal, mirándolo. Él tampoco se movió. La mano no se detuvo. Su respiración se entrecortaba contra el aire de afuera, formando una nube tenue en el cristal. Sabe que lo estoy viendo, pensé. Y no le importa.

***

Hice algo que no me había imaginado capaz de hacer. Levanté la mano, lo señalé con el dedo índice y, lentamente, le indiqué con un gesto que rodeara la casa hasta la puerta principal.

No esperé respuesta. Caminé hacia la entrada con el corazón retumbándome en los oídos. Cuando todavía no abría, escuché el ruido seco de algo cayendo afuera, una pala o una tijera que él soltó sin cuidado. Después, sus pasos rápidos sobre la grava.

Abrí.

El golpe de calor del exterior entró con él, y junto al calor un olor denso: tierra húmeda, sudor seco, sol metido en la ropa. Llenó el marco de la puerta de tal manera que la sala se hizo más pequeña en cuanto cruzó el umbral. Cerró detrás de él sin mirar hacia atrás.

No habló. Soltó el segundo tirante con un movimiento de hombro y el overol cayó hasta sus rodillas. Llevaba unos calzoncillos blancos baratos, manchados de tierra en el borde. Se los bajó a la mitad de los muslos sin dramatismo. Tenía una panza grande, redonda, peluda, que le cubría casi por completo el sexo. Por debajo asomaba una verga corta y gruesa, oscura, todavía erecta de los arbustos.

—Eres una preciosura, muñeca —dijo con una voz ronca, como si llevara horas guardándola—. Mira cómo me pones.

—Gracias —contesté yo, y la palabra me sonó ridícula nada más salir.

Me tomó de la muñeca, sin brusquedad pero sin pedir permiso, y me llevó la mano hasta su sexo. Lo apreté. Era cálido y le palpitaba contra la palma. Empecé a moverlo despacio, mirándolo a los ojos. Él me sujetó la cintura con la otra mano y me apretó contra su panza.

Nos besamos. La barba me raspó la piel desde la barbilla hasta el labio superior. Tenía la lengua impaciente, gruesa, y un sabor a tabaco mezclado con café barato. Una de sus manos se me fue al trasero por encima del encaje y me apretó las nalgas con fuerza. Después me dio una nalgada que sonó hueca contra la tela y me arrancó un gemido que no había planeado.

Sus dedos, callosos y ásperos, se metieron por debajo del encaje de la braga. Me separó las nalgas y la tela se me incrustó por la mitad. Pegué la cadera contra él, sin pensar.

***

Se separó un poco y me miró con esa media sonrisa que tienen los hombres que saben que ya ganaron.

—Ya sabes a lo que vine, muñeca.

Sentí el escalofrío bajarme por la espalda. Me posó las manos en los hombros con suavidad, sin presionar, dejándome decidir. Lo decidí enseguida. Me recogí el pelo en una cola improvisada con la mano, me arrodillé sobre el tapete de la entrada y abrí la boca.

Su sexo sabía a sudor y a algo más íntimo, algo que no era olor a colonia ni a jabón, sino el rastro de una mañana entera al sol. Lo metí entero. No era largo, así que cupo sin problema, y su panza me descansaba contra la frente cada vez que él empujaba un poco. Pasé la lengua por la base, por las venas, por la cabeza. Él soltó las primeras palabras sucias en cuanto entendió que no iba a quejarme.

—Qué buena mamada, perra —murmuró—. Se nota que te gusta.

No le contesté. No había nada que contestar. Sus manos me sostenían la cabeza por los lados, sin tirar del pelo, marcándome el ritmo. Yo cerraba los ojos a ratos para concentrarme en el sabor y en la presión, y luego los abría para encontrarme con la curva de su panza, sus muslos peludos, el overol enredado en sus tobillos como una cadena.

Sentí que empezaba a tensarse. Me lo saqué de la boca antes de que fuera demasiado tarde. Todavía no quería que terminara. Me limpié la barbilla con el dorso de la mano y me incorporé.

***

Lo agarré por la muñeca y lo guié hasta el sofá. Le di la espalda, me subí al asiento con las rodillas y me apoyé sobre las manos. Sentí el cuero pegándose a las palmas, el bochorno espesándose entre los dos. Él se acomodó detrás. Me bajó el encaje con dos dedos, deslizándolo a un costado, y noté el calor de su sexo aproximándose sin tocarme todavía.

Cuando entró, lo hizo despacio. Me llenó completo de una sola pasada. Se quedó así unos segundos, su panza pesada apoyada en mi espalda baja, su respiración contra mi nuca. Después empezó a moverse. Cada empuje hacía un ruido húmedo que me sorprendió a mí misma. Yo no recordaba estar tan mojada nunca en mi vida.

—Eso es, perra —gruñó—. Muévete para mí.

Me agarró la cintura con las dos manos. El sofá crujió bajo nuestro peso, las patas raspando el piso. Cada empuje me empujaba la cara contra el respaldo y yo levantaba más el trasero. Por un instante pensé en los vecinos, en si alguien podía oírnos. Eso me empapó todavía más.

—Qué culo tienes, muñeca —murmuró, dándome una nalgada—. De los mejores que he probado.

El orgasmo me agarró por sorpresa, en una mezcla de cansancio y vértigo. Le mordí la manga del sofá para no gritar.

***

Se salió de mí entre risas roncas.

—Maldita puta, mira cómo te tiemblan las nalgas.

Me dio un par de palmadas más y se quedó parado, jadeando. Me dejé caer de espaldas en el sillón y le hice señas con el dedo, igual que antes en la ventana. Ven, sigue.

—Claro que sí, muñeca.

Se sacó la camiseta. El cuerpo que apareció debajo era exactamente lo que esperaba: peludo, sudoroso, fofo, marcado por años de trabajo y cervezas. No me pareció hermoso. No tenía por qué parecérmelo. Lo que me importaba era cómo me miraba mientras se desnudaba, como si fuera un milagro que yo siguiera ahí.

Se subió al sofá. Yo me levanté el sostén hasta los hombros, lo desabroché por delante y me lo quité por completo. Mis pechos quedaron al aire, sudados, pegajosos contra el respaldo. Él los miró sin tocarlos un par de segundos, como si los estuviera memorizando.

—Qué hermosos flanes te cargas, muñeca.

Se acostó encima. El peso me dejó sin aire por un instante. La piel suya, pegajosa y caliente, se adhería a la mía en una superficie enorme. Tuve que apoyarle las manos en el pecho para no asfixiarme. Aparté la braga con la otra mano, lo guié yo misma hasta la entrada.

Entró otra vez, esta vez de frente, lento y profundo. La sensación era distinta: cada empuje me llegaba hasta el fondo del vientre. Nuestros cuerpos sudados hacían un sonido húmedo, casi cómico, que en cualquier otro contexto me habría dado vergüenza. Aquí no. Lo abracé con las piernas, le clavé los talones en los muslos, y me dejé llevar por esa mezcla incómoda de asco y deseo absoluto que él me producía.

El sofá crujió bajo nuestro peso con un sonido que parecía amenazar quebrarse. Sus embestidas se volvieron más profundas, más violentas. Mis gemidos se mezclaron con los suyos. Cuando sentí la descarga caliente dentro de mí, me agarró con tanta fuerza que pensé que me iba a dejar las marcas de los dedos en la cintura.

Nos quedamos así un buen rato, unidos por el sudor y por el cansancio, sin decir nada. Su respiración me daba en el cuello. La mía le golpeaba el pecho.

***

Se incorporó despacio. Empezó a vestirse en silencio. Yo me quedé tumbada, con la braga corrida a un lado y los pechos al aire, viéndolo recuperar la ropa pieza por pieza. Se subió el overol, abrochó los tirantes, recogió el sombrero del suelo y se lo encajó.

—Gracias por el descanso, señorita —dijo desde la puerta, sin mirarme—. Hasta el mes que viene.

Salió. Lo escuché recoger las tijeras del jardín. Lo escuché silbar bajito, retomar el sonido de la podadora a lo lejos.

Me quedé en el sofá un rato largo. Me pasé las manos por los muslos y sentí su rastro tibio entre las piernas. Pensé en lo absurdo de la situación y me reí sola, un poco asustada de mí misma. El sofá olía a él. La sala entera olía a él.

Un mes me pareció una eternidad. Y, al mismo tiempo, ya estaba calculando si la administración cambia de jardinero entre visita y visita, y cómo podría asegurarme de que volviera el mismo.

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Comentarios (5)

marisolLec

increible, de esos que se leen de un tiron y no podes parar. mas asi!!

RobertoNq

Por favor que haya continuacion, eso no puede quedar ahi jaja. Muy bueno.

ElenaConti

Tiene ese morbo justo, no es burdo pero tampoco le falta nada. Excelente relato.

NocturnoPba

jajaja tremendo el jardinero, me mato ese detalle. muy bueno

karina_bsas

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace tiempo. Uno nunca sabe cuando lo estan observando... Muy real y bien narrado, felicitaciones.

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