Volví antes del turno y abrí la puerta del dormitorio
Me llamo Marcela, tengo cincuenta y dos años y mi marido, Andrés, tiene cincuenta y ocho. Llevamos casados más de tres décadas y tenemos tres hijos ya grandes. Lo que voy a contar ocurrió hace varios años, cuando todavía vivíamos los cinco bajo el mismo techo y los turnos rotativos del hospital nos hacían cruzarnos por los pasillos más que dormir juntos.
Andrés siempre fue un hombre muy preocupado por su cuerpo. Levantaba pesas tres veces por semana, corría al amanecer y se cuidaba con la comida. Tenía los hombros marcados, los brazos firmes y un trasero alto y duro del que estaba orgulloso. Cuando se ponía un jean, las miradas femeninas no le faltaban en el pasillo del supermercado.
Los dos somos técnicos de laboratorio en el mismo hospital, pero nunca nos asignaban el mismo turno. A veces yo salía de la guardia nocturna mientras él entraba al diurno; otras veces, al revés. Esa rotación tenía algo de molesto, pero también su lógica: con tres adolescentes en casa, siempre había uno de nosotros para vigilar tareas, peleas y horarios.
Cuando coincidíamos libres, aprovechábamos. Una de aquellas noches, después de que los chicos se durmieron, nos encerramos en el dormitorio y nos desnudamos sin apuro, besándonos como hacía meses no podíamos. Terminamos en posición de sesenta y nueve, una postura que siempre nos gustó porque sentíamos que nadie quedaba afuera del placer.
Yo estaba abajo, con su cuerpo encima del mío y su cabeza entre mis piernas. Tenía las manos libres y, sin pensar mucho, le acaricié las nalgas. Lo había hecho mil veces, pero esa vez deslicé los dedos un poco más allá. Se le tensó la espalda. Le pasé la lengua por el ano y empezó a respirar fuerte. Humedecí dos dedos y comencé a presionar despacio. Se incorporó apenas, sin decir una palabra, dejándome todo el sector libre.
Le metí un dedo, después dos. Empecé un vaivén lento y él soltó un suspiro largo, casi un quejido. No tardó demasiado en venirse sobre mi pecho con una intensidad que nunca le había visto. Quedamos abrazados, riéndonos como recién casados.
Desde esa noche, el juego se volvió costumbre. A veces me lo pedía con un gesto, otras directamente con palabras. Yo lo hacía contenta: si una caricia mía le entregaba ese tipo de descarga, ¿por qué iba a negarme? Sé que la zona es sensible y erógena en los hombres. Nunca lo pensé como algo raro. Fue, simplemente, algo nuestro.
***
Pasaron unos meses. Una noche de noviembre salí de casa rumbo a mi turno con un termo de café y un libro para los ratos muertos. Al llegar al hospital, la jefa de guardia se rió cuando me vio entrar.
—Marcela, te equivocaste de hoja. Vos esta semana sos diurna. Andate a dormir.
Maldije por lo bajo. Había revisado mal el cuadrante. A las once y media de la noche estaba de regreso, manejando bajo una tormenta que parecía no terminar nunca. Las calles del barrio estaban inundadas. Llegué empapada hasta los huesos, las zapatillas haciendo charco en la entrada.
El estruendo del agua sobre el techo apagaba cualquier otro ruido. Saludé en voz alta, pero nadie contestó. Pasé por el cuarto de los chicos: los tres dormidos, con las luces de los velmas encendidas y la respiración pesada. Cerré la puerta despacio y seguí por el pasillo hacia el dormitorio. Pensaba meterme bajo las sábanas y darle un susto a Andrés. Tal vez aprovechar para repetir lo de la otra noche.
Empujé la puerta. No alcancé a abrirla del todo.
Andrés estaba sentado a horcajadas sobre otro hombre. Lo cabalgaba con la espalda arqueada y la boca abierta, los ojos cerrados. Vi su cuerpo levantarse y bajar con un ritmo que conocía demasiado bien. La lámpara del velador estaba prendida y daba a la escena un tono ámbar, casi teatral.
Cerré la puerta sin hacer ruido. No grité, no lloré. Caminé hasta el comedor y me senté en la silla de siempre, todavía mojada, con el agua escurriéndose por mi pelo hasta la mesa. Me quedé mirando un punto fijo en el azulejo.
Pasaron quizá diez minutos. Algo en mí necesitaba volver a mirar, como si necesitara confirmar que no había sido un truco de la cabeza. Volví por el pasillo. Cuando entreabrí la puerta apenas un centímetro, las posiciones eran otras: ahora era mi marido el que estaba detrás, embistiendo. El que recibía levantó la cabeza un segundo y la luz del velador le pegó de lleno en la cara.
Era Damián. Damián, nuestro vecino del fondo. Damián, el marido de Sofía, mi amiga del barrio, el tipo al que le dejábamos las llaves cuando salíamos de vacaciones, el que nos había arreglado el portón del garaje el invierno anterior.
Cerré otra vez. Caminé despacio hacia la calle, todavía con la cartera al hombro. La lluvia me golpeaba la cara y no me importaba. Crucé tres casas hasta la de Patricia, una amiga que vive sola desde el divorcio. Toqué el timbre dos veces.
Patricia abrió en bata, vio mi cara y no preguntó nada. Me hizo pasar, me dio una toalla y un camisón seco y me sirvió un té con un chorro de coñac. Recién entonces le conté todo, con detalle. Hasta el detalle del que yo misma me estaba dando cuenta mientras lo decía: que más que rabia, lo que sentía era una especie de curiosidad rara.
—No decidas nada esta noche —me dijo Patricia—. Dormí acá. Mañana ves.
Compartimos su cama. Ella me abrazó la espalda y yo me dormí más rápido de lo que esperaba.
***
A la mañana siguiente, salí de su casa a la misma hora que solía volver de mis guardias nocturnas. Cuando entré, Andrés ya se había ido al laboratorio. Los chicos estaban desayunando con la radio puesta. Les preparé las viandas, les pregunté por la prueba de matemática del mayor, los despedí en la puerta. Después me acosté un rato.
Dormí mal. Cuando me levanté, eran casi las cuatro. Bajé a lavar los platos del mediodía y, mientras enjuagaba una taza, vi por la ventana a Damián cruzando frente a mi casa con un balde y un rollo de cable. Algo se movió en mí, algo que no entendía del todo. Me sequé las manos en el delantal y salí.
—Damián, qué suerte que pasás. ¿Tenés un destornillador grande? Se me aflojó la mesada y no encuentro el mío.
Me miró sin sospechar nada. Sonrió con esa cordialidad de siempre.
—Vení, vamos a casa. Tengo varios. Probás cuál te sirve.
Caminé detrás de él los veinte metros que separaban nuestras puertas. Sofía no estaba: trabajaba en la municipalidad y volvía recién a las siete. La casa olía a café y a madera.
Damián abrió la caja de herramientas en la mesa de la cocina y empezó a mostrarme destornilladores de distintos tamaños. Yo lo miraba a él, no a las herramientas. En algún momento me alcanzó uno bastante grande, con cabo de goma negra.
—¿Te sirve este?
Lo tomé. Lo miré a los ojos. Le pasé el mango por el labio inferior, despacio.
—Mh. No es exactamente lo que necesito.
Le toqué con la lengua la punta del mango. Damián cambió la respiración. Vi la sorpresa cruzarle la cara, después una sonrisa lenta que reconocí: la sonrisa de quien entendió la propuesta y aceptó.
Bajé la mano hasta su pantalón. Apoyé la palma sobre el bulto. No me equivoqué con lo que había visto la noche anterior: lo que tenía Damián entre las piernas no se parecía a nada que yo hubiera tocado antes. Aun a través de la tela, era largo y grueso de una manera que asustaba un poco.
Me arrodillé en el piso de cerámica de su cocina. Le bajé el jean y el calzoncillo en un solo tirón. Él se apoyó contra la mesada para mantener el equilibrio. Ahí estaba, frente a mi cara, lo que la noche anterior le había entrado al cuerpo de mi marido. No alcancé a rodearlo con una sola mano. Tuve que usar las dos.
Le pasé la lengua por toda la extensión, despacio, midiéndolo. Cuando intenté metérmelo en la boca, supe que apenas iba a entrar la cabeza. Damián me metió la mano por el escote y empezó a apretarme un pecho con la firmeza justa, como si supiera de antes lo que me gusta. Con la otra mano me tomó del pelo, sin violencia, y me ayudó a tragar un poco más.
Sentirlo palpitar entre los labios, con esa mano sobre el pezón, me prendió fuego. Le agarré la base con las dos manos y empecé a chuparlo con ganas, no con técnica. Le clavé los ojos hacia arriba. Él me miró fijo, apretó la mandíbula y, antes de lo que yo esperaba, me apretó la nuca y se vino caliente y espeso adentro de mi boca.
Me quedé un segundo más, pasándole la lengua por la punta hasta limpiarlo. Me incorporé. Damián me agarró de la cintura y me llevó hacia el sofá del living, dispuesto a seguir, a desnudarme entera, a meterme ahí mismo lo que acababa de entregarme.
—Otro día —le dije, acomodándome el escote—. Hoy era esto. Y esto, entre vos y yo, no se cuenta.
Me sonrió, agitado. Asintió. Entendía las reglas.
Volví caminando por la vereda, todavía con el sabor en la boca, sintiéndome más despierta que nunca. Damián era exactamente el tipo de hombre que recordaba haber visto la noche anterior bajo la luz del velador. Y mi marido, sin saberlo, me había mostrado un mapa que yo no sabía que existía.
***
Andrés llegó del trabajo cerca de las ocho. Los chicos andaban dando vueltas por la cuadra con la bicicleta y nadie esperaba la cena hasta las diez. Lo recibí en la puerta y, sin dejarlo subir a cambiarse, lo llevé al cuarto y le hice algo que hacía muchos meses que no le hacía con esas ganas. Lo monté con una urgencia que lo dejó sin palabras. Cuando terminamos, los dos respirábamos como si volviéramos de correr.
Quedamos tirados, mirando el techo. Le acaricié el pecho con dos dedos.
—Tengo una fantasía —le dije.
—Contame.
—Quiero estar con vos y con otro hombre al mismo tiempo. Yo en el medio. Los tres.
Sentí cómo se le aceleraba el corazón bajo mi mano. Tardó dos segundos en contestar.
—¿Y en quién pensaste?
—En nadie todavía —mentí, sonriendo contra su hombro—. Pero el tercero lo elijo yo. ¿Te animás?
Me apretó la cintura y me dijo que sí. Yo cerré los ojos. Ya tenía el nombre. Sólo faltaba ver qué cara iba a poner Andrés cuando le abriera la puerta del dormitorio a Damián. Cuál de los dos hombres iba a darse cuenta primero de que en esta casa, durante todos estos años, los que pensaban estar engañando a alguien estaban siendo engañados a su vez.
Gracias por leerme.