La noche que bailé para él frente a desconocidos
La apuesta empezó como un juego entre Damián y yo, en la sobremesa de un asado en casa, después de la tercera copa de vino. Él dijo que jamás me animaría a bailar para él en un local de strippers; yo le respondí que se equivocaba de mujer. Tres semanas más tarde estábamos cruzando la puerta del Diamante Negro, en el centro turístico de Punta Ballena, con la maleta todavía sin deshacer en el hotel.
Llevaba puesta una minifalda negra con algo de vuelo, un top plateado que se sujetaba al frente con dos lazos diminutos y unos tacones que me obligaban a caminar despacio. Debajo, lencería de encaje transparente que hasta esa noche solo había visto Damián.
El lugar tenía un escenario central, una barra larga iluminada en violeta y sillones de cuero alrededor de la pista. La música era espesa, grave, de las que se te meten en las caderas antes de que decidas moverlas. Había parejas, grupos de amigas, hombres y mujeres mezclados sin que importara quién había venido con quién.
—¿Y bien? —me dijo Damián al oído, mordiéndome el lóbulo—. Sabés lo que quiero.
Lo besé apretándolo contra mi cintura. Sus manos bajaron por mi espalda hasta el culo y me amasaron por encima de la tela. Cuando me soltó, el presentador ya estaba en el micrófono.
—Esta es noche de chicas, señores y señoras. Buscamos voluntarias arriba del escenario. Sin miedo, sin vergüenza, que aquí nadie juzga.
El público aplaudió y un par de mujeres en la barra silbaron. Damián me dio un empujoncito leve con la palma de la mano, justo en la base de la espalda.
—Andá —me susurró—. Que te miren.
Que me miren. Subí los tres escalones del escenario sin pensarlo demasiado, porque pensar habría sido perder. Arriba me esperaba un stripper alto, de pelo oscuro y barba corta, vestido nada más con un pantalón negro pegado a las piernas. Lo miré de arriba abajo y él me dejó hacerlo. Sonreía.
—Hola —dijo—. Soy Maximiliano. ¿Quién baila para quién?
—Yo bailo —respondí, sosteniéndole la mirada—. Y bailo para mi novio.
—¿Cómo se llama?
—Damián.
El presentador lo nombró en el micrófono y, antes de que yo entendiera bien lo que estaba pasando, Damián también subía. Lo sentaron en un sillón rojo justo al borde del escenario, con un foco apuntándole, como si él fuera parte del espectáculo. A mi izquierda había un tubo plateado sobre una tarima de dos escalones. Maximiliano me lo señaló con la mano abierta.
—Es todo tuyo —dijo, y se hizo a un lado.
La música arrancó con un bajo que sentí en los dientes. Caminé hasta el tubo intentando que no se me notara el pulso en el cuello. Lo agarré con los brazos estirados hacia arriba, me di vuelta de espaldas a Damián y empecé a frotar el culo contra el metal, despacio, mirándolo por encima del hombro. Él tenía esa cara que yo le conocía de memoria: los labios entreabiertos, los ojos fijos, todo el cuerpo inclinado hacia adelante como si quisiera tirar abajo la distancia.
Solté la mano derecha del tubo y la subí por el muslo, la cintura, hasta cerrarla sobre el pecho izquierdo. Lo apreté por encima del top y bajé otra vez, despacio, hasta que mis dedos se hundieron en mi propia cadera. Que mire. Que mire bien.
Giré, abrí las piernas y me incliné hacia él como si lo cabalgara desde lejos. Hice tres arcadas, cuatro, mordiéndome el labio cada vez. Damián levantó una ceja y me devolvió una sonrisa torcida. Detrás de él, en la oscuridad de la pista, intuí las siluetas del resto de la gente. No los veía con claridad, pero los oía. Murmullos, algún silbido, una voz de mujer que dijo «mírala» y se rió bajito.
—¿Querés que baile más cerca? —le pregunté al micrófono, sin dejar de mirarlo.
—Acercate —dijo él, y la palabra rebotó en los parlantes.
Caminé hacia el sillón con los tacones marcando el ritmo. Damián me señaló los dos lazos que sujetaban el top.
—Aflojálos —me ordenó.
Me llevé el dedo índice a la boca, le di una lamida lenta y lo bajé desde la barbilla hasta el centro del escote. Tiré del primer lazo, del segundo. La tela se abrió como una cortina y dejó a la vista el sostén de encaje, negro, casi nada. Damián tragó saliva sin disimular.
Subí las manos por las costillas, rodeé los pechos, jugué con los pezones por encima del encaje. Estaban duros y se notaban. Bajé hasta el ruedo de la falda y empecé a subirla, milímetro a milímetro, hasta que se vio el primer dedo del hilo.
Me senté en el primer escalón de la tarima, frente a él, y abrí las piernas. Apenas un instante tuve miedo de que el encaje se moviera de lugar, pero la cara de Damián, esa cara, me hizo abrirlas más. Las abrí, las cerré, las volví a abrir. Mis dedos resbalaron desde las rodillas hasta el centro y se quedaron ahí, sobre la tela, mientras yo arqueaba un poco la espalda.
Estaba mojada y se notaba. Yo lo sabía y él también.
***
Me levanté cruzando una pierna delante de la otra, le di la espalda al público y subí la falda hasta la cintura, dejando el hilo a la vista de todo el local. Hubo un silbido largo, después otro. Una voz dijo algo que no escuché entero, solo «culo» y unas risas. No me dio vergüenza. Me dio calor.
Caminé hasta Damián, le abrí las piernas con la rodilla y me senté encima, con el hilo contra el bulto duro del pantalón. Empecé a moverme. Adelante, atrás, en círculos lentos. Lo sentía perfectamente, y por su respiración entrecortada supe que él también.
—¿Te ayudo a sacarte el top? —me preguntó, con la voz ronca.
Asentí sin palabras. Sus manos tiraron de la tela hasta hacerla caer al suelo. Sus dedos encontraron los pechos por encima del encaje, los apretaron, deslizaron las copas hacia abajo hasta que las areolas asomaron por arriba. Cerré los ojos un segundo. Sentí cómo su boca buscaba uno, lo besaba, lo soltaba.
—No pares —me susurró al oído—. Que vean.
Y yo no paré. Seguí moviéndome encima suyo como si estuviéramos solos, aunque sabía perfectamente que no lo estábamos. Cada vez que entornaba los párpados veía manchas de luz, sombras, gente sentada que no apartaba la vista. Y cuantas más miradas adivinaba, más me movía.
Me bajé del sillón, me giré y le ofrecí la espalda. Damián levantó la falda y mi culo quedó perfectamente apoyado contra su erección, separados apenas por dos capas de tela. Apoyé las manos en sus rodillas y empecé otra vez, moliendo despacio. Sus manos subieron por mi espalda, por mi cintura, hasta sostenerme por las caderas. Una de las dos bajó al frente, encontró el encaje del hilo y se metió debajo.
El primer dedo entró sin esfuerzo. Después el segundo. Gemí, y el gemido se me escapó hacia arriba sin permiso. Damián los retiró tan rápido como los había puesto.
—La falda —me dijo, y la palabra fue una orden suave—. Quiero verte entera.
Me levanté, me planté de espaldas a él, mirando al público que no terminaba de existir del todo. Me lamí los labios, le sonreí por encima del hombro y solté el broche lateral. La falda se deslizó hasta el suelo. Me incliné hacia adelante hasta tocar el piso con las manos, doblé un poco las rodillas y empecé a subir despacio, los dedos por las piernas, por el abdomen, por los pechos, hasta enredarlos en el pelo.
Cuando me enderecé y giré, Damián me devoraba con los ojos. Detrás de él, el resto del local también.
***
Maximiliano había vuelto al borde del escenario, en silencio, dejándonos la escena. Volví a sentarme sobre Damián, esta vez de frente, con las piernas abiertas y los pies apoyados en el sillón. Su boca encontró mi cuello, después la clavícula, después el borde del sostén. Sentí cómo sus dedos rozaban el broche por la espalda.
—¿Lo suelto? —me preguntó.
—Soltalo.
El sostén cayó. Mis pechos quedaron desnudos delante de todos. Por un segundo me golpeó esa vergüenza vieja de cuando te ven por primera vez, pero la cara de Damián la borró. Sus manos los apretaron, sus pulgares pasaron por encima de los pezones y los pellizcaron despacio. Gemí. Gimieron con él en alguna mesa del fondo.
Desde la pista llegó otro silbido, otro «¡bailá!», otro «¡date vuelta!». Damián se inclinó hacia mí.
—Levantate —me murmuró—. Una más y nos vamos.
Me levanté y le quedé enfrente, todavía agarrada del respaldo del sillón. Sentía la mirada de los desconocidos en la espalda, en las nalgas, en el hilo. Sentía a Damián detrás de mí, en cada movimiento. Volví a moverme, las manos buscando mi propio cuerpo, los pechos, el cuello, el pelo. Me agaché inclinando el culo hacia atrás, abrí un poco las piernas y subí despacio, acariciándome los muslos. La gente aplaudió. Alguien gritó mi nombre, aunque yo no lo había dicho en voz alta, y me di cuenta de que era Maximiliano repitiendo el que me había dado para presentarme.
Cuando terminó la canción, Damián ya estaba parado. Me abrazó por la cintura, me tapó los pechos con su camisa y me besó como si recién entonces tuviéramos permiso para volver a ser nosotros.
—Vámonos —le dije al oído, antes de que él lo pidiera—. Quiero que me hagas el amor como nunca.
Bajamos los escalones agarrados de la mano. Maximiliano me guiñó un ojo desde un costado. Crucé la pista pegada al cuerpo de Damián, sintiendo cómo decenas de miradas todavía me seguían hasta la puerta. Esa noche, en la habitación del hotel, ninguno de los dos durmió. Y cada vez que volvimos a hablar de aquella apuesta, fue siempre con la misma sonrisa.