Mi debut como runner terminó tras los arbustos
Lo había intentado evitar, pero al final cayó como todos. Con tanta publicidad en la tele, en la radio, en internet y en las redes, terminó rindiéndose. Marta se convirtió, casi sin darse cuenta, en una runner novata más.
Antes de su primera sesión se acercó al centro comercial de las afueras de Tres Cantos, donde había una tienda de deportes enorme. Salió de allí con una bolsa repleta: mallas cortas negras, dos camisetas ajustadas (una blanca, otra rosa), unas zapatillas Adidas que apenas pesaban, calcetines técnicos y un sujetador deportivo. Si me falta algo, vuelvo, pensó mientras pagaba, deseando llegar a casa para estrenarlo todo esa tarde.
Era viernes. Sabía que no era el mejor día para empezar, con el fin de semana por delante para descansar, pero a las siete se desnudó hasta quedar en tanga y unos calcetines bajos que apenas le llegaban al tobillo. Se ajustó las mallas, el sujetador, la camiseta rosa y se ató las zapatillas. Configuró la app que iba a registrar sus avances y salió hacia el parque que tenía a tres calles.
Aguantó más de lo previsto. El ritmo no fue brillante, pero para alguien que llevaba años sin pisar un gimnasio resultó una sorpresa agradable. Cuando se metió en la ducha decidió que repetiría a la mañana siguiente. Las sensaciones eran demasiado buenas como para dejarlas pasar.
A sus veintisiete, Marta presumía de un cuerpo que la genética le había regalado y que ningún exceso conseguía estropear. Culo respingón, piernas firmes, pecho proporcionado y una cara pequeña con un puñado de pecas alrededor de unos ojos verdes que le habían valido más de un piropo. Trabajaba como auxiliar en una clínica dental del centro, así que la sonrisa la cuidaba por oficio.
Sabía perfectamente que llamaba la atención, pero ella era mujer de un solo hombre: Sergio, su novio desde hacía cuatro años. Sergio era profesor interino y ese curso le había tocado plaza en Cáceres, así que la pareja vivía a cuatrocientos kilómetros desde septiembre. El sábado por la tarde volvería para pasar el puente, porque el lunes era festivo en su ciudad, y Marta ya contaba las horas. Tenía ganas de hablar con él, de abrazarlo y, sobre todo, de follárselo hasta dejarlo agotado. Era tradicional en lo sexual, pero dos semanas de abstinencia la tenían trepando por las paredes.
El reencuentro era a la tarde. A primera hora del sábado sonó el despertador. Había puesto la alarma temprano porque quería volver al parque. A lo mejor Sergio nota el culo más duro esta noche, pensó con media sonrisa.
Se levantó, se quitó la camiseta vieja con la que solía dormir y se vistió con el atuendo de runner. Esta vez eligió una zona algo más alejada: un parque con caminos de tierra y arboledas que iban mucho mejor para sus rodillas que el asfalto. Era temprano y casi no había nadie. Tras los estiramientos de rigor, activó la app y arrancó.
Durante la carrera solo se cruzó con una chica paseando un perro y dos ciclistas que la adelantaron sin mirarla. A los veintiocho minutos la app pitó: había batido un objetivo guardado en memoria. Marta se detuvo poco a poco, sintiendo el sudor recorrerle la espalda. La camiseta rosa se le pegaba a la piel.
Caminó unos metros para regular la respiración. Bebió de una fuente que había junto a una zona arbolada y aprovechó un banco de madera para estirar.
Estaba apoyando una pierna sobre el respaldo, agarrándose el pie con la mano, cuando empezó a oírlo. Música. No muy alta, pero clara. Venía de detrás de los árboles.
La ignoró al principio. Pero la curiosidad pudo más cuando escuchó risas y voces. Dejó el estiramiento a medias y se acercó a la arboleda.
Cruzó la primera línea de árboles sin problema. Detrás había un seto, y encontró un hueco a la izquierda por donde colarse. Al otro lado se topó con otra línea de árboles y otro seto, este sin huecos. Pero sí descubrió una rendija a la altura de los ojos. Pegó la cara y miró.
Más allá serpenteaba un camino de tierra, y aparcado en él había un Civic gris con las cuatro puertas abiertas. La música salía de los altavoces. Las risas venían de la parte delantera del coche. La boca de Marta se abrió en una «o» silenciosa y un pequeño gemido se le escapó sin permiso.
Eran tres. Dos chicos y una chica. Más jóvenes que ella; veinte años como mucho. Los dos chicos tenían los pantalones bajados hasta los tobillos. Uno de ellos recibía una felación; el otro la penetraba por detrás. La chica llevaba los vaqueros enredados a la altura de las corvas y solo conservaba puesto un tacón negro. El otro descansaba en el suelo, junto a lo que parecía un sujetador y una camiseta sin mangas.
Desde su escondite Marta lo veía todo sin riesgo de ser descubierta. Nunca había presenciado nada igual y, aunque su corazón ya se había calmado tras la carrera, lo notó otra vez disparado. Con una mezcla de sorpresa, vergüenza y excitación descubrió que los pezones se le habían endurecido bajo el sujetador deportivo, que un escalofrío le bajaba por la espalda y que se estaba mojando sola. Aquella escena improvisada la había puesto cachonda.
Miró hacia atrás. Nadie podía verla desde el camino, y nadie podía verla desde el otro lado del seto. Para llegar hasta ella habrían tenido que cruzar exactamente por donde ella había cruzado, y eso era casi imposible.
Se relajó y siguió mirando. Los dos chicos eran delgados y altos. El que penetraba por detrás lo hacía con fuerza; las marcas de sus dedos quedaban dibujadas en el trasero de la chica. El golpe de piel contra piel le llegaba mezclado con los jadeos de los tres. Marta sintió que su mano se metía dentro de las mallas sin que ella diera la orden. Empezó a acariciarse. No solía hacerlo, y durante las dos semanas sin Sergio había aguantado sin tocarse a pesar del deseo, pero allí no pudo evitarlo. Notó los labios empapados y los dedos resbalando despacio, con una facilidad que la hizo morderse el labio inferior.
El chico de delante tiró de la camisa de la chica. Aparecieron dos pechos pequeños y redondos. Le agarró uno con cada mano mientras le decía que se la comiera más fuerte. Marta lo oyó con claridad.
Vio cómo las manos de la chica se apoyaban en los muslos de él, manteniendo el equilibrio frente a las embestidas del otro. Aceleró sus propios dedos. Notaba el clítoris hinchado, sensible, casi doloroso.
Entonces el chico de detrás se detuvo.
—Hugo, vamos a cambiar, que estoy a punto de soltarlo todo.
Cuando el de atrás rodeó el coche para colocarse delante, Marta lo reconoció. Era Iván, uno de los amigos de su hermano pequeño. Y entonces el otro… ¡claro! Era Hugo, otro del mismo grupo. Una sensación rara le recorrió el cuerpo. Había hablado con ellos mil veces en su salón, les había servido cerveza, los había llevado en coche a alguna fiesta. Siempre habían sido «los amigos de mi hermano», y ahora ella estaba allí, espiándolos, disfrutando del porno en directo que le estaban regalando sin saberlo.
Le constaba que los dos tenían novias formales desde hacía años. Dos chicas del mismo grupo. Pero la del seto no era ninguna de las dos. Mientras lo pensaba se dio cuenta de que sus dedos ya no acariciaban: entraban y salían. Estaban completamente empapados. Voy a correrme aquí, pensó. Y le gustó la idea.
La sospecha se confirmó cuando la chica se incorporó un momento para limpiarse la boca y Marta pudo verle la cara. Era Noelia, una vecina de dos portales más abajo. Había sido compañera de su hermano en el instituto. Marta sabía que tenía pareja desde hacía tiempo, porque los había visto comprar juntos en el supermercado de la esquina. Y, evidentemente, el novio no era ninguno de los dos que la estaban follando.
Los chicos ya se habían cambiado de posición. Iván recibía la mamada por delante. Hugo se colocó detrás, le hizo apoyar el pie del tacón en el parachoques y le acarició entre los muslos. Lo que Marta no pudo apartar de la vista fue la polla de Hugo. Era enorme. Jamás había visto una así. Sergio no estaba mal dotado, pero aquello pertenecía a otra liga. Quizá por contraste con la delgadez del chico parecía aún mayor.
No es que ella quisiera tenerla dentro. No era eso. Era el simple hecho de estar viéndola, de saber a quién pertenecía, de presenciar lo que estaba a punto de pasar. Aumentó la velocidad sobre su propio clítoris.
Hugo penetró a Noelia. Marta oyó el gemido largo de la chica al recibirlo. Noelia alzó un momento la cabeza, con los ojos cerrados, y enseguida volvió a la polla de Iván. Era evidente que no era la primera vez que se encontraba en una situación así.
Las mallas empezaban a estar húmedas por fuera. Marta tenía los dedos chorreando. Sentirse voyeur, masturbándose al aire libre a primera hora de la mañana, le estaba acercando el orgasmo más rápido de lo previsto.
El primero en correrse fue Iván. Lo vio levantarse de puntillas y soltar un gemido cerrado. Debió de hacerlo en la boca de Noelia, porque salió de ella, le pasó la mano por el pelo y le besó la frente con una sonrisa.
—Trágatela entera, Noeli. Trágatela —alcanzó a oír.
Noelia obedeció sin rechistar e Iván volvió a besarla en la frente.
Sin el apoyo del delantero, Noelia no aguantaba bien los empujones de Hugo. Él la giró hasta que ella apoyó las dos manos en el capó del Civic.
—Vaya corridón me he metido, tío —dijo Iván mientras se subía los pantalones—. ¿Tú cómo lo llevas?
—Yo a esta la reviento, sí o sí. ¿Verdad, Noeli? ¿A que te gusta que te den fuerte así?
La voz de Noelia llegó entre jadeos.
—Me encanta tu polla, cabrón. Dame más, dame fuerte. Fóllame.
Hugo le soltó una palmada sonora en el trasero y empujó con fuerza. Marta veía el culo del chico apretarse en cada embestida. La polla no entraba entera, hasta que él insistió y se la clavó completa. Marta estaba ya a un suspiro del orgasmo. La va a partir en dos, pensó. No le cabe.
Iván miraba el móvil tranquilamente, apoyado en la chapa del coche. Marta intuyó que aquella no era la primera escena de ese tipo que protagonizaban los dos amigos.
Tampoco fue ella la segunda en correrse. No supo si Noelia había llegado antes, pero la vio arquear la espalda, levantar la cabeza y encadenar una serie de gemidos más profundos. Noelia se corría mientras Hugo seguía clavándole aquella polla enorme. Eso pareció gustarle al chico, porque, después de unos segundos para que ella se recuperara, las arremetidas se aceleraron de nuevo. No tardó en llegar.
Marta vio los glúteos de Hugo apretarse, su cuerpo levantarse y descargarse contra Noelia. Un gemido largo y único acompañó la corrida. La chica quedó aplastada contra el capó por el peso de él. Hugo le dio un beso en la mejilla y se retiró. Un hilillo de semen le colgaba todavía cuando salió de ella.
—Noeli, tía, ha sido la hostia. De las mejores veces —dijo Hugo, sin aliento.
—Yo también he disfrutado mogollón —contestó ella—. Sabéis que esto me pone muchísimo. Desde anoche llevaba pensando solo en esto.
Hugo le pasaba un pañuelo entre las piernas. Noelia hacía lo mismo y empezaba a recolocarse un tanga blanco que tenía enredado en los vaqueros. Iván seguía a un lado, callado, mirando el teléfono.
Y Marta, detrás del seto, se corría. Llevaba un rato aguantando, intentando alargar el momento, pero no pudo más. Apretó los labios para que no se le escapara ningún sonido y dejó que el orgasmo le subiera por las piernas. Tuvo que apoyar una rodilla en el suelo. Hasta un hilo de saliva le resbaló por la barbilla. Sacó los dedos del interior de las mallas y los miró: brillaban, completamente cubiertos.
Cuando volvió a fijarse al otro lado del seto, los chicos ya estaban dentro del coche. Noelia se ajustaba el sujetador, recogía el tacón del suelo y se metía en el asiento de atrás. El Civic arrancó y desapareció por el camino de tierra.
***
Marta se incorporó despacio. Las mallas tenían manchas oscuras de fluidos por dentro y, suponía, también por fuera. La braguita estaba directamente empapada. Se quitó las zapatillas, se bajó las mallas y se sacó el tanga allí mismo, agachada detrás del seto. Intentó limpiarse los dedos con la propia tela, sin demasiado éxito, y al final dejó la prenda hecha un ovillo en el suelo, entre las hojas.
Volvió a vestirse, miró a un lado y a otro y salió del escondite. No había nadie. Caminó hasta la fuente y se echó agua en la cara, en las manos, en las mallas. Bebió hasta que se le pasó la sequedad de boca. Su reflejo en el chorro de agua le devolvió una cara enrojecida. Cualquiera que me vea pensará que es por correr, pensó. Por correr de otra manera, claro.
Comprobó la entrepierna en el espejo improvisado: no se marcaba apenas, y los restos de humedad podían pasar por sudor. Los pezones, todavía algo erectos, quedaban bien tapados por el sujetador deportivo.
Volvió a casa con paso rápido, todavía con el sexo latiéndole, hinchado, sensible, deseoso. Quería una ducha larga. Quería quitarse el olor a parque, el sudor y todo lo demás.
Y, sobre todo, quería que Sergio llegara con muchas ganas esa tarde. Pensaba follárselo de noche, de día, contra la pared y en la cama. Después de lo de aquella mañana, ya nada iba a poder salvarlo.