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Relatos Ardientes

Lo que mi esposa permitió en la playa nudista

El vestíbulo del hotel era enorme, todo mármol claro y plantas, y yo estaba en la recepción terminando el registro mientras Naomi me esperaba en un sillón a pocos metros. Voy a confesarlo de entrada: soy celoso. No me molesta que la miren, eso me parece hasta lógico, porque mi mujer está increíble. Es alta, ronda el metro setenta y cinco, treinta años, afroamericana, con un cuerpo que hace girar cabezas. Cintura fina, piernas trabajadas en el gimnasio, una cara preciosa. Lo que me cuesta es la falta de respeto, y en dos años de casados ella nunca me dio motivos. Salvo una vez, recién empezando a salir, cuando me agarré a discutir con un tipo que la rondaba demasiado.

Yo, Damián, tampoco estoy tan mal. Mido un metro ochenta, voy al gimnasio sin obsesionarme, y de cara me defiendo. Vivíamos en Arizona y hacía rato que no nos tomábamos vacaciones, así que decidimos pasar una semana de playa en México, descansar y aprovechar para visitar a mi familia.

Terminé el registro, le hice una seña a Naomi y caminamos hacia el ascensor. Dejamos entrar a un señor de la altura de ella, panzón y de unos cuarenta y tantos, nada atractivo, que iba con un muchacho que sería su hijo. También entró el botones con un carrito de equipaje casi lleno y una pareja joven que no paraba de hablar entre sí. El cubículo era estrecho, elegante, con un espejo en el techo, y quedamos apretados.

Yo me ubiqué en una esquina del frente, con las dos maletas. Naomi a mi derecha, tomada de mi brazo. El señor quedó justo detrás de ella. Veníamos cansados del vuelo, en ropa cómoda: yo de remera y short, ella con unas calzas negras y un top gris de breteles que dibujaba toda su figura. Apenas nos dimos vuelta hacia la puerta, sentí cómo los ojos del tipo se le iban encima.

—¿A qué piso? —preguntó el botones.

—Al siete —contestó Naomi.

Habla bien el español, lo aprendió en la universidad y practicando conmigo. Tiene un acento suave, encantador, que delata que no es su lengua materna.

El ascensor arrancó y ahí empezó todo. Naomi soltó un suspiro corto y apretó un poco su cuerpo contra el mío mientras buscaba algo a su espalda con la mano libre.

—¿Todo bien? —le pregunté.

—Sí —me dijo, pero los gestos la traicionaban.

No le di importancia, acomodé las maletas y levanté la vista al techo. Mi reflejo me devolvió la mirada, y entonces entendí. El señor estaba intentando tocarle el culo, y ella le apartaba la mano con discreción para no armar escándalo. La pareja joven, en su mundo. Me quedé congelado. El tipo aflojó un segundo, esperó a que Naomi se acomodara la cartera y le apoyó la palma entera, apretando. Mi mujer pegó un respingo, manoteó de nuevo, y en eso llegamos al piso. Reaccioné tarde y nos bajamos.

Frente a la puerta del cuarto la noté molesta.

—¿Estás bien?

—Sí.

Entró directo al baño mientras yo dejaba las maletas. Estaba furioso con el descaro del viejo y, sobre todo, conmigo, por haberme quedado tildado. Dudaba que ella supiera quién había sido, con tanta gente encimada. Me senté en la cama dándole vueltas al asunto. Quince minutos después salió del baño, otra vez tranquila, como si nada hubiera pasado, y se me trepó encima.

—Vamos a nadar.

—Es tarde para la playa.

—A la piscina del hotel.

Me besó de una manera que no admitía discusión. Sacó su traje de baño, yo agarré un short y nos cambiamos. Ella se puso una malla negra entera con un pareo del mismo color, y se veía espectacular.

***

La piscina era chica y tenía un jacuzzi al costado. Había una pareja joven en el agua y una señora sola en las burbujas. Nadamos un rato y yo, todavía con la guardia alta, noté cómo el muchacho de la pareja la seguía con la mirada, aunque era discreto. Después de unas vueltas, Naomi se me acercó y nos pusimos a besarnos, pegándose cada vez más a mi cuerpo. Mi calentura subía sin freno.

—Vamos al jacuzzi.

—Vamos.

Me llevó de la mano y salió del agua caminando con un movimiento de caderas que era directamente una provocación. Nos metimos. El agua estaba tibia, perfecta, y las burbujas tapaban todo de la cintura para abajo. Charlamos un poco del plan de los próximos días hasta que cerré los ojos y, de la nada, sentí su mano en mi entrepierna. Miré para todos lados; nadie nos prestaba atención.

—Shhh —me susurró al oído—. Andás caliente.

—Así me tenés vos.

Me bajó un poco el short bajo el agua y empezó a moverme la mano, despacio. Yo le devolví la jugada: le puse la palma en el muslo y fui subiendo, acariciando, hasta que llegué entre sus piernas. Ella las juntó un instante, después las abrió, y empecé a frotarla por encima de la tela.

—Ah… —se le escapó.

Se mordía el labio para no hacer ruido. Perdí la noción del tiempo, no sé cuánto estuvimos así, hasta que alguien más se metió al jacuzzi. Era el señor del ascensor.

—Buenas noches —saludó.

Frenamos en seco, aunque las manos siguieron donde estaban. Naomi no sabía que ese tipo era el mismo que se había propasado con ella, y se mantuvo serena. Yo, en cambio, lo reconocí al instante y se me revolvió todo.

—¿Lindo el hotel, no? ¿De dónde son? —arrancó con la charla.

—De Estados Unidos —contesté seco.

Y entonces, con un descaro que no le conocía, Naomi retomó lo que hacía bajo el agua. Me masturbaba despacio mientras le seguía la conversación al viejo como si nada. Yo me puse tenso, pero ella hacía un trabajo increíble. Decidí seguirle el juego y volví a frotarla por encima de la malla.

—Ay… creo que me raspé con algo —dijo, disimulando un gemido.

—Con cuidado, señito, la gente deja cosas en el agua.

Aguantó la charla lo más normal que pudo, sonriendo de más, mordiéndose los labios cada tanto. Los dos nos estábamos muriendo de las ganas. Después de un rato largo, el tipo pareció darse cuenta de que algo raro pasaba, y Naomi cortó por lo sano.

—Un gusto, señor, pero estamos muertos del viaje.

—El gusto fue mío.

Se levantó acomodándose la malla, regalándole al viejo una vista perfecta de su cuerpo. En el cuarto se me tiró encima y cogimos buena parte de la noche.

—¿Viste cómo te comía con los ojos? —le pregunté después.

—Sí. Dejalo, que disfrute.

***

Los dos días siguientes fueron tranquilos: restaurantes, una playa cercana, pasear. Me olvidé del viejo, como uno se olvida de todo cuando la está pasando bien. El último día antes de ir a casa de mis padres se nos ocurrió probar una playa nudista. El morbo de lo del jacuzzi seguía dando vueltas y quisimos animarnos.

El taxi nos dejó cerca de una zona con bastante gente, así que caminamos un buen rato para alejarnos y estar tranquilos. Casi todos estaban desnudos; había de todo, distintas edades, distintos cuerpos, pero todos adultos. Encontramos un rincón apartado, con pasto y hierbas altas alrededor, donde apenas pasaba alguien: un vendedor de fruta cada tanto, un caminante perdido. Extendimos las toallas. Me saqué la remera y Naomi se quitó el pareo. Tenía un bikini negro, la bombacha de esas que se atan a los costados y un top rojo, el pelo recogido en un rodete y unos lentes de sol oscuros. Nos acostamos sin animarnos a sacarnos nada más.

Al rato me dio calor.

—Vení, vamos a refrescarnos.

Nos metimos al agua. Yo me sumergí entero; ella no, por el pelo. Estábamos hablando de a qué hora salir cuando una voz nos interrumpió.

—¿Primera vez en playa nudista?

Era el señor del hotel. Nunca llegué a saber su nombre.

—¿Por qué lo dice? —pregunté.

—Porque todavía traen los trajes puestos —soltó una carcajada.

—Sí, no tenemos experiencia —admitió Naomi, sonriendo.

—Bueno, si no se los sacan, no la van a tener nunca.

El tipo se alejó caminando, con el agua a la cintura. Naomi me miró con picardía, se acercó y me besó mientras me sobaba el bulto por encima del short. Después metió las dos manos en el elástico y me lo bajó despacio. La agarré de la cintura y me animé a desatarle el top para soltarle los pechos. Los tomé en las manos y jugué con ellos.

—Ah… —empezó a gemir bajito.

Bajé las manos para sacarle la otra parte, pero me detuvo.

—Esa no.

—Pero a mí ya me sacaste el mío.

—Sí, pero todavía no.

Me dio un beso corto y salió del agua moviendo las caderas, llevándose mi short en la mano, dejándome con la vista de su culo apenas cubierto por la tanga negra. Se acostó boca abajo en la toalla. Yo me quedé en el agua, un poco avergonzado de estar desnudo por primera vez en un lugar así. Pasó una pareja joven, los dos la miraron a ella, se saludaron y siguieron de largo. Cómo no mirarla.

Di unas vueltas más. Cuando salí a la superficie, el señor estaba parado al lado de Naomi, hablándole, y ella se reía. Volví a sentir la punzada de celos, esa que creía superada. Sí, el viejo se había propasado en el ascensor, pero en ese momento yo me había quedado quieto; ahora era distinto. Además, no se comparaba conmigo, con su panza colgando.

Salí del agua y caminé hacia nuestro lugar. Lo que vi me frenó: Naomi seguía boca abajo y el señor le estaba poniendo protector solar en las piernas. Esa vez sí me enojé en serio. Apuré el paso, y se ve que la cara me delataba, porque el tipo cortó la risa y se levantó rápido apenas me vio.

—Qué bueno que llegás, mi amor —dijo Naomi, con una calma desconcertante—. ¿Me traés fruta?

—¿Dónde está el vendedor?

—Debe andar por ahí.

Su tono me desarmó. Total, era solo protector solar. Me sequé el pelo con la toalla mientras el señor volvía a sentarse cerca de ella.

—Puede seguir —le dijo Naomi al tipo.

—Cla… claro, seño.

Agarré unos billetes y me fui a buscar al vendedor. Caminé diez minutos largos sin encontrar a nadie. Cuando volví para avisarle que me iba a demorar, alcancé a ver cómo el señor retiraba las manos a toda velocidad de lo que me pareció que era el culo de mi mujer. No estaba del todo seguro, pero me quedó la espina.

—No encuentro al vendedor, voy a buscarlo más lejos. Tardo.

—Está bien.

Me sonrió y volvió a recostar la cabeza.

***

Caminé unos metros y me detuve. La incertidumbre me hervía. En vez de seguir, di la vuelta, me ubiqué detrás de las hierbas altas y me agaché para que no me vieran. Lo que tenía adelante me dejó sin aire.

El tipo le masajeaba los muslos, acercándose peligrosamente a las nalgas sin llegar a tocarlas. Después agarró el frasco, le puso protector en la espalda y empezó a subir y bajar las manos en círculos lentos. Naomi tenía la cabeza apoyada en los brazos y los ojos cerrados.

—Mmm… —dejó escapar.

El señor fue deslizando las manos hacia los costados hasta rozarle los pechos que asomaban por estar acostada. Lo hizo rápido, sutil. Naomi abrió los ojos un instante, él no se dio cuenta, y volvió a la espalda. Después se inclinó más y, descaradamente, le apoyó el cuerpo contra el culo. Sentí enojo y excitación al mismo tiempo, algo completamente nuevo para mí. No hice nada. Esperé su reacción, pero ella volvió a cerrar los ojos.

El tipo bajó la mano izquierda hasta el nudo del bikini. Naomi se lo frenó con la suya, le sonrió y negó con la cabeza.

—Es para que no se le ensucie, señito.

Pensé que ahí terminaba todo. Pero mi mujer retiró la mano.

—No la deje en la arena.

—Claro que no.

Le desató la bombacha, la deslizó con cuidado mientras ella levantaba apenas las caderas, y la guardó en nuestro bolso. Le puso crema en las nalgas y empezó a masajear, primero rápido para esparcirla, después más lento, abriéndola cada vez un poco más. Naomi separó las piernas y dejó que los dedos del tipo bajaran hasta rozarle el sexo. Enderezó un poco la cabeza y se dejó hacer. El viejo se concentró ahí, masajeando en círculos, y ella se mordía el labio, perdida.

—Falta adelante —dijo de repente, dándose vuelta.

Quedó boca arriba. El tipo se acomodó a su lado, le puso crema en el abdomen y en los hombros, y arrancó por arriba, inclinándose tanto que casi se le venía encima. Bajó a los pechos y empezó a amasarlos, primero con cuidado, después con ganas. Naomi es muy sensible ahí; echaba la cabeza atrás, mordiéndose los labios. El tipo le apretó los pezones.

—Ah… —gimió, y le tomó las manos—. No solo ahí.

Las guió hacia su vientre. El señor bajó por la panza, le untó los muslos y, viendo que ella no protestaba, le pasó la mano de lleno por el sexo. Naomi flexionó las rodillas y abrió más las piernas. El tipo metió un dedo despacio, después dos, y empezó un vaivén que iba ganando ritmo mientras se tocaba con la otra mano. Ella le tomó la muñeca y lo llevó a su entrepierna; él entendió y se dejó masturbar. Y ahí estaba yo, entre las hierbas, mirando cómo los dos se daban placer.

De repente Naomi arqueó la espalda y soltó la mano del tipo.

—Ay, Dios…

Se retorció apenas, se quedó quieta recuperando el aire y le sonrió.

—Gracias.

—Pero falto yo, señito.

Le movió el sexo con la mano hasta que ella se incorporó un poco y se lo agarró de nuevo.

—Puede ponerlo en su boca…

—No —dijo Naomi, sonriendo.

—Bueno, entonces déjeme ver su culo.

Ella se dio vuelta boca abajo, esta vez un poco más erguida, como pecho a tierra. El tipo se hincó casi sentándose sobre sus piernas, frotándose contra las nalgas mientras se las amasaba. En un momento acomodó la punta en la entrada de Naomi.

—Solo frotar —dijo ella.

—La puntita, señito.

—No.

El viejo no insistió y siguió frotándose, rozando de vez en cuando el sexo de mi mujer, que se mordía los labios. Aceleró hasta que acabó sobre su culo. Los dos se levantaron a acomodarse.

—Gracias, señito.

Y el descarado le plantó un beso que la agarró de sorpresa. Ella lo correspondió un segundo, él la agarró del culo, y después Naomi se separó y el tipo se fue caminando.

Esperé a que estuviera lejos. Mi mujer se metió al agua a enjuagarse, y recién entonces aparecí yo.

—Nunca encontré al vendedor —le dije, metiéndome con ella.

—Será en otra ocasión.

La besé como nunca. Me sonrió cuando nos separamos y cogimos un buen rato ahí, en el agua, los dos ardiendo.

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Comentarios(6)

Marcos_GBA

Tremendo relato, de los mejores que lei en esta categoria. La tension que se genera es increible, te engancha desde el primer parrafo.

Tomi_Capital

buenisimo!!! se hizo cortisimo, quiero mas

PlayeroNoc

Me recordo a unas vacaciones que tuvimos hace unos años en una playa parecida... nada volvio a ser igual despues de ese dia. Muy buen relato.

RominaBaires

El final me dejo pensando un buen rato. Muy bien contado, se siente autentico.

LeonelBA

jajaja el detalle del escondite entre las hierbas es demasiado bueno, eso es lo que hace que te lo creas de verdad

Rodrigo_pm

Se viene segunda parte?? Quede con muchisimas ganas de saber que paso despues entre los dos

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