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Relatos Ardientes

La cabina de cristal donde dejé que me miraran

Contado por los dos, ella primero y luego él.

Qué noche. Había sido increíble, mucho más de lo que jamás imaginé que sería capaz de hacer. Si me hubiera visto Daniel —y eso que llevaba meses empujándome a que probara con otro, con Hugo en concreto—, no se habría creído que era yo la que terminó desnuda sobre aquel escenario, delante de un público que gritaba y aplaudía cada vez que dejaba un poco más de piel a la vista.

Fue morboso hasta un extremo que no sabía que existía en mí. Estoy segura de que los de la primera fila notaron que el brillo entre mis muslos no era solo por el agua que me lanzaban aquellos desconocidos, sino por lo caliente que me estaba poniendo todo: sus voces, las cosas que me decían al oído, las manos que se estiraban hacia mí pidiendo más. Y yo, como las otras chicas, les iba dando.

Ni siquiera sabía que hubiera sitios así. Tugurios, los llamaba Hugo. Había oído hablar de ellos en alguna revista, en noticias de fuera, pero siempre pensé que serían cosa de zonas de playa llenas de extranjeros, gente mucho más liberal que nosotros. Aquella noche descubrí que estaba equivocada.

Jamás creí que sería capaz de quitarme la ropa interior delante de toda esa gente, con algunos a apenas un palmo de mí, mirándolo todo con un descaro que debería haberme dado vergüenza. Y al principio me la dio, un corte tremendo. Pero según se animaba el ambiente, yo me iba metiendo más en el juego, justo lo que buscaban los que organizaban aquello: calentar a la clientela a costa nuestra.

No podía echarle la culpa al alcohol. Había bebido, sí, pero poco. Estaba completamente consciente y disfrutaba cada gesto, cada mirada. Sentía los pezones tan duros que casi me dolían, y la piel erizada por el aire frío sobre el agua. Lo que me mantenía entera era ver a Hugo cerca, en la segunda fila, atento, vigilante. Fue él quien me rescató al terminar, cubriéndome con su chaqueta, aunque ni así pudo evitar que me toquetearan de camino al coche.

Sentía manos en los pechos, dedos apretándome, alguna palma deslizándose por donde no debía. Apenas era capaz de distinguir una caricia de otra entre la euforia y los nervios. Caminaba medio aturdida, riéndome sin saber muy bien de qué.

Hugo quiso parar a un lado de la carretera. No entendí para qué hasta que llegamos a casa. Bajé del coche con la chaqueta puesta y la falda en la mano, los dos riendo como locos. Apenas me dio tiempo a refrescarme un poco: se lanzó sobre mí y me tomó allí mismo, con una urgencia que no le conocía. Ya sabía yo para qué buscaba un hueco en la carretera.

Y ahora, a esperar a ver qué tenía preparado para el día siguiente. Lo confieso: estaba impaciente.

***

El tiempo se nos acababa. Carla tenía que volver al trabajo, y Daniel regresaba en dos días para pasar el fin de semana en su casa. Yo llevaba mil ideas en la cabeza, mil formas de calentarla y disfrutar de ella, pero a esas alturas ya tenía clara una cosa: lo que de verdad la encendía era sentirse observada, deseada. Eso la ponía a mil. Y yo no pensaba desaprovechar esa vena exhibicionista que había salido a la luz.

Habíamos follado nada más entrar, sin esperar siquiera a cruzar el umbral del salón, allí mismo en la terraza. Con todo lo del show todavía latiéndome en el cuerpo, me bastaron dos minutos. La llevé en brazos hasta la cama y seguimos hasta que los dos terminamos entre jadeos. Después caímos rendidos, pegados el uno al otro.

Siempre me había parecido una mujer algo fría, distante. Una señora casada, una respetable ama de casa que no daba pie a ningún acercamiento. Pero era evidente que mostrarse, ver las caras de deseo de hombres desconocidos, la transformaba por completo. Perdía el pudor, la vergüenza, el sentido de lo correcto, y se entregaba sin reparos.

Cuando desperté seguíamos enredados. Su mano buscó la mía medio dormida, con esos suspiros de quien recobra la consciencia poco a poco, y me hizo entender, sin palabras, que el día empezaba bien. La ayudé, despacio, con todo el cuidado del mundo para no romper el momento. Y así se nos fue la mañana, hasta horas en las que cualquiera ya habría desayunado dos veces.

No desayunamos. Un rato de piscina, una comida ligera en la terraza, al fresco. Ella estaba un poco rara, más tapada de lo habitual, con camiseta y braguitas casi todo el día. Y noté otra cosa: no sacó el tema de la noche anterior. No preguntó adónde la llevaría, qué haríamos, con lo entusiasmada que había estado antes imaginando, eligiendo ropa, queriendo saberlo todo.

Tuve que ser yo quien rompiera el silencio, mientras ella ponía la mesa.

—¿Estás lista para la salida de hoy? —pregunté.

—No sé… ¿adónde me vas a llevar?

—¿Has entrado alguna vez en un sex shop?

—No, esos juguetes y esa ropa hortera no me interesan nada.

Pero mi idea no era comprar nada. Era algo más morboso. Algunos de esos establecimientos, cada vez menos, tienen una zona apartada de la tienda, reservada a clientes especiales, gente que busca algo más intenso y, sobre todo, compañía con los mismos gustos.

Se fue animando mientras le contaba cómo sería, lo que podía hacer, cómo debíamos comportarnos. Le prometí que esta vez no la dejaría sola sobre ningún escenario, que estaríamos juntos todo el rato. Se sonrojaba imaginando situaciones, reía nerviosa cada vez que yo le describía lo que podían proponerle allí.

Bajamos a la piscina y, como prueba de que el plan le gustaba, se desnudó nada más llegar y se tiró de cabeza, haciéndome señas para que la siguiera. No entré. No quería hacer nada esa tarde. La quería caliente, ansiosa, deseando que pasara algo, dispuesta a aceptar cualquier cosa cuando llegara el momento.

Pero ella solo tenía curiosidad. Se acercó a mí en el agua, en plan confidente, y empezó a preguntar. Necesitaba saber, no hacer el ridículo, entrar como una mujer de mundo por encima de esas cosas.

—Bueno, ¿y qué hay además de la tienda?

—Cabinas. Sitios donde puedes coincidir con otra gente.

—¿Y hay que desnudarse?

—Puedes estar como quieras, nadie te obliga. Estaremos solos, pero cerca de otros que van a lo mismo.

—¿Otras parejas?

—Para serte sincero, pocas. Casi ninguna.

Le conté lo poco que sabía, casi todo leído esa misma tarde por internet. Que era un ambiente sobre todo masculino, que las cabinas eran privadas a menos que nosotros quisiéramos, que había unas aberturas para comunicarse con las contiguas. Y algo más que me inventé, porque la verdad es que yo nunca había pisado un sitio así. Eso me lo callé: para ella, yo tenía que ser un hombre de mundo, alguien que controlaba la situación. Solo así iría tranquila y disfrutaría de lo que pasara, fuera lo que fuera.

***

Cenamos cerca, en una tasca de barrio, para no andar luego con el coche. Carla se había vestido sencilla, según mis indicaciones: una falda vaquera corta, a media pierna, una camisa amplia oscura y sandalias. Casi sin maquillaje, sin joyas. Esta vez sí llevaba ropa interior; se le adivinaba el tirante negro del sujetador, y la conocía lo suficiente para saber que las braguitas hacían juego.

La tasca tenía mesas con mantel de papel y nada que le cubriera las piernas al sentarse. No había contado con eso. La falda se le subió hasta dejar a la vista casi todo el muslo, y por más que tiraba no había forma de bajarla, hasta que se cansó y dejó de pelear con ella.

Los hombres miraban, claro. Pero ninguno hizo un gesto grosero ni soltó una palabra fuera de lugar. Se limitaban a observar lo que se les ofrecía, lo disfrutaban en silencio y volvían a lo suyo. Eso la tranquilizó, y pudo cenar sin más sobresaltos.

El local estaba a dos calles. Aparcamos casi en la puerta y entramos en lo desconocido. El encargado resultó ser un chico educado y servicial. Mientras ella paseaba entre las estanterías abarrotadas, le expliqué qué buscábamos. Me dijo que su establecimiento tenía de todo para cualquier gusto y que éramos bienvenidos, porque pocas parejas se atrevían a entrar allí.

Nos guio, agarrados de la mano, por un pasillo en el que no se veía a nadie, hasta una puerta de cristal algo más ancha que las demás. Era para dos personas. Nos señaló dónde estaba el baño y nos advirtió que la puerta de al lado daba a la sala oscura.

Ella no había dicho nada en todo el rato, se dejaba llevar. Pero al abrir la puerta se sorprendió y no pudo callarse.

—Pero es de cristal… nos puede ver todo el mundo.

El chico la tranquilizó. Le explicó cómo regular el cristal para que se viera desde fuera o no, según quisiéramos. Cómo echar el cierre si no aceptábamos visitas. La luz verde que indicaba lo contrario. Y el sistema de ventanillas que comunicaba con las cabinas de al lado. Todo muy aséptico, muy funcional, pensado para satisfacer los gustos más extraños sin que nadie tuviera que dar explicaciones. Nos dejó una tarjeta para los vídeos de la pantalla, le pagué y se marchó.

El cubículo era pequeño: dos butacas casi tumbadas pegadas a las paredes y el espacio justo para abrir la puerta. Le propuse empezar por lo más sencillo, desnudarnos y mirar qué ponían en aquella televisión interactiva, donde podías elegir categoría y título como en cualquier web. Encontramos unas perchas y colgamos la ropa para no dejarla por el suelo.

Pasaba gente por delante. Hombres que se detenían un instante frente al cristal.

—¿Nos pueden ver? —me susurró.

—No tengo ni idea. Supongo que sí, no me acuerdo de cómo iba.

Una mano asomó por una de las aberturas, del lado de Carla. El hueco era grande, casi cabía la cabeza. La mano tanteaba en el aire, buscando. Los dos nos quedamos mirándola, hasta que dio con la piel desnuda de ella.

—¿Qué hago? —preguntó, entre asustada y excitada.

—Déjale. A eso hemos venido.

Los dedos encontraron su humedad y empezaron a jugar, despacio, calentándola mientras ella me miraba con los ojos muy abiertos. Al rato apareció otra mano por mi lado e hizo algo parecido conmigo, una caricia tranquila y curiosa.

Ella se rió.

—Ahora te toca a ti. Ya sabes, a eso hemos venido.

La mano de su lado desapareció y en su lugar asomó una verga por la abertura. Carla la rodeó con sus dedos, dudando, y me dijo al oído:

—Nunca había visto otra que no fuera la de Daniel y la tuya.

—¿Quieres ver más? ¿Tocarlas, jugar con ellas?

Entonces le expliqué de verdad lo que era la sala oscura, eso que tan raro le había sonado antes. Decía que le daba miedo ir sola, así que la acompañé. Estaba a solo dos pasos.

El sitio estaba en penumbra, pero se distinguía todo. Varias aberturas de distinto tamaño se alineaban en las paredes, y a través de ellas algún ojo asomaba para ver quién había entrado. Le di un empujoncito suave.

—Sírvete tú primero. Te espero en la cabina.

Volví a nuestro cubículo y la dejé descubrir aquello a su ritmo. Después me contaría lo que había hecho, con un brillo distinto en la cara, mitad confesión, mitad orgullo. Yo solo tenía que esperar. Sabía que cuando regresara no iba a poder controlarse.

Y así fue. Entró de golpe, se subió encima de mí buscando mi cuerpo con una avidez que no le conocía, y se movió sin freno hasta que los dos terminamos entre jadeos que seguro se oyeron en las cabinas vecinas.

En algún momento, sin que ninguno se diera cuenta, entró un hombre por la puerta que yo debí dejar mal cerrada. Se quedó a un lado, mirándonos en silencio, sin tocarnos, simplemente disfrutando de lo que veía. Cuando terminó, recogió sus cosas y, antes de irse, le rozó la espalda a Carla con una caricia casi agradecida. Ella no protestó. Le hice una seña y el hombre se marchó tan callado como había llegado.

Después tuvimos que lavarnos. Estábamos sudados, agotados, los dos riéndonos otra vez sin saber muy bien de qué. Mientras se vestía, Carla me miró por el espejo y solo dijo una cosa.

—¿Mañana volvemos?

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Comentarios(6)

Pato_BsAs

excelente relato!!! me dejo sin palabras 🔥🔥

NocheEterna7

Lo que mas me gusto fue como describiste las sensaciones por dentro, se siente muy real. Seguí escribiendo!

marinela_88

Que morbo. Me recordo a algo que me paso en un viaje, aunque nunca llegue a tanto jaja. Muy bien contado

MiriamCDMX

La cabina era completamente transparente o tenia algo de espejo? me quede con esa duda jaja. Buenisimo igual, espero mas

lector77

increible!! de las mejores cosas que lei aca en mucho tiempo

BellaLec22

Lo que me encanto es que no es burdo. Hay algo muy psicologico en eso de sentirse mirada y disfrutarlo. Muy bien escrito, con ganas de leer la continuacion si hay!

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