La esposa de mi amigo se desnudó frente a mí
Pasé media tarde pensando cómo arruinarles la partida, pero al final decidí jugarla yo. Provocaría a Esteban y no dejaría que Marcos participara ni se enterara siquiera de que el juego ya había empezado.
La comida transcurrió con una normalidad que casi me daba risa. Cuando ellos dijeron que se iban a caminar un rato por el monte, yo contesté que prefería quedarme viendo la televisión y echarme un poco, y que a la vuelta bajaríamos al pueblo a cenar algo, según la hora que regresaran.
Me alegró que me dejaran sola. Necesitaba pensar, decidir si seguía con las fantasías absurdas de mi marido o cortaba por lo sano y les decía a los dos que la situación me incomodaba, que no contaran conmigo para hacer de juguete. Que para eso vendían muñecas de goma a las que nadie les preguntaba nada.
Pero quise ser honesta conmigo misma. Repasé los instantes en que Esteban me había rozado el cuerpo con la excusa de la crema solar, junto a la piscina, y lo que había sentido al notar sus manos sobre mí: el calor en los pechos cuando sus dedos me habían apretado los pezones fingiendo un descuido, el escalofrío cuando bajó por la cintura y se demoró un segundo de más rozándome el pliegue de las nalgas, el deseo punzante que no esperaba y que me había mojado las bragas en el acto. No me había importado de quién eran esas manos. Mi cuerpo había reaccionado igual, y la verdad, descarnada y simple, era que me había gustado. Que llevaba media tarde con el coño palpitando y las bragas pegadas a la carne, imaginando esa polla que había notado dura contra mi culo mientras Esteban se hacía el disimulado tirándome del tirante del bikini.
Así que tomé una decisión. Les seguiría el juego, aprovecharía la situación y disfrutaría lo que pudiera, pero sin darles la impresión de que estaba de su parte. La iniciativa sería mía. Ellos tendrían que aceptar lo que yo decidiera en esta partida a tres que habían empezado sin contar conmigo.
Mientras oía sus voces resonar entre los riscos, fui eligiendo la ropa de la tarde. Se me había ocurrido algo perverso y lo iba a poner en práctica esa misma noche. El protagonista sería Esteban y su obsesión por mirarme. Pero también habría una víctima: Marcos se iba a arrepentir de haberme empujado a un juego tan peligroso.
***
No volvimos a hablar hasta que llegamos a la casa, donde se oía correr el agua de la ducha. Marcos me retuvo en el salón; tenían algo que proponerme. La idea era arreglarnos y bajar al pueblo a cenar, tomar unas copas en la plaza cuando refrescara. Yo asentía a todo, pero estaba pendiente del pasillo.
Entonces Carla salió del baño envuelta en una toalla y entró en su dormitorio dejando la puerta abierta. Yo me había acercado a la habitación de al lado a buscar una camisa limpia, y desde el umbral la veía de espaldas, acabando de secarse el pelo.
Marcos seguía hablándome de bares y terrazas, ajeno por completo, dándome la espalda a ella mientras me explicaba dónde podíamos picar algo. Y en un momento dado, Carla dejó caer la toalla sobre la cama y quedó desnuda de espaldas, a menos de dos metros de mí, buscando ropa en el cajón de la mesita.
Quería irme. Me parecía violento, fuera de lugar. Pero estaba hipnotizado mirando su espalda tostada, el surco de la columna bajando hasta ese culo redondo, dos medias lunas firmes y tostadas partidas por una raya oscura que se abría cada vez que se agachaba a revolver el cajón. Se le veía todo. La carne del culo separándose, el hoyo apretado y oscuro, y más abajo el bulto liso del coño depilado, con los labios asomando entre los muslos como una fruta partida. Marcos no me soltaba, y ella no podía oírme; debía de suponer que yo seguía fuera, escuchando a su marido. Yo tenía la polla dura como un palo dentro del pantalón, aplastada contra la bragueta, y no me atrevía ni a moverme para no delatarme.
Fue una de las escenas más eróticas de mi vida. Ver vestirse a una mujer. Observar cómo iba tapando su cuerpo desnudo con unas bragas casi transparentes, insinuando lo que un instante antes se apreciaba al natural, con la naturalidad de un gesto cotidiano, como si en la habitación solo estuvieran ellos dos. Se subió las bragas despacio, deslizándolas por los muslos hasta que la tela le mordió el coño, marcando la hendidura por delante y clavándose entre las nalgas por detrás. Se giró un segundo hacia el espejo, buscando su reflejo, y le vi las tetas por primera vez: dos pechos llenos, de pezones grandes y oscuros, coronando esa piel dorada por el sol de la mañana.
Yo no sabía si Marcos era consciente de que su mujer se mostraba así, pero casi habría jurado que sí, que formaba parte de su plan. Cuando se abrochó el sujetador cruzando los brazos a la espalda con esa habilidad tan femenina, decidí que no podía aguantar más esa tensión, so pena de armar un espectáculo dentro del pantalón. Reculé hacia mi cuarto y anuncié, con la voz más firme que pude, que yo también me iba a arreglar. Me encerré en el baño, saqué la polla de la bragueta y estuve a punto de cascármela allí mismo pensando en ella. Me aguanté a duras penas. Si me la meneaba antes de bajar al pueblo, luego no tendría bala para lo que se estaba cociendo, y presentía que la noche iba a dar de sí.
Salimos los tres del coche, aparcado cerca de la plaza, y cuando abrí la puerta de atrás para ayudarla a bajar, descubrí la peculiaridad de aquella falda larga que me había parecido excesiva para un día de calor: tenía sendas aberturas a los lados, casi hasta la cintura. Al adelantar la pierna para salir, todo su muslo quedó desnudo a mi vista, y de milagro no se le vieron las bragas.
Todo volvió a su sitio en cuanto se puso de pie. Las aberturas se cerraron y la falda quedó como una falda normal, con una camisa sin mangas ceñida sin exagerar y el pelo revuelto flotando con el paso un poco apresurado que llevábamos.
No había demasiada gente a esa hora. Cenamos tranquilos en un sitio bonito, lleno de flores. Yo imaginaba sus piernas desnudas bajo la mesa, igual que en el coche, pero no veía nada; solo alguna mirada baja del camarero mantenía viva la tensión que no me había abandonado desde que la vi vestirse.
Después nos sentamos en un bar al aire libre, en la misma plaza. Procuré colocarme a su costado, donde pudiera apreciar bien si la falda volvía a abrirse al sentarnos. Pero nada. Empecé a pensar que todo eran figuraciones mías, que mi mente me tenía atrapado en un cuerpo que ya había visto desnudo y que quería seguir viendo. La falda le cubría las piernas hasta media pantorrilla y su postura era recatada en extremo. No todo el mundo era tan malpensado como yo.
Se estaba bien allí. El viento corría suave, el calor del día había amainado y hablamos de casi todo: de cómo Marcos y Carla habían encontrado aquel lugar tan cerca de Sevilla y a la vez tan desconocido. Estábamos alegres, como casi todos los que quedaban en la terraza, hasta que noté que la gente miraba más hacia ella, y que los camareros pasaban por nuestra zona más a menudo de lo normal.
Tenían sus razones. Al moverse en la silla, la parte baja de la falda había caído casi al suelo, la tela delantera se había metido entre sus piernas y, desde la cadera hasta abajo, podía verse en su plenitud el muslo dorado y redondo. Incluso un poco de aquellas bragas casi transparentes que yo le había visto ponerse. Creí que ella no era consciente.
Pero advertí una sonrisa cuando por fin mis ojos bajaron hacia sus piernas. Y estoy casi seguro, porque a partir de ese momento se dedicó a jugar con la falda: la ocultaba cuando alguien se acercaba, la separaba para que yo viera más cuando no había nadie cerca, movía las piernas a los lados para que la vista fuera lo más completa posible.
Cuando cruzó una pierna sobre la otra, los laterales quedaron a un lado y la totalidad de sus muslos apareció ante mí, resguardados apenas por el bolso cuando ella veía acercarse a alguien. Las piernas finas, ganando volumen y redondez hacia la cadera, la carne lisa y suave aplastándose contra el asiento. Sin dejar ver, aún, la parte secreta de más arriba.
Se levantó para ir al baño. El sol ya se ocultaba, la luz disminuía y el ambiente se volvía más íntimo. Quedaba un solo camarero para los tres o cuatro clientes que aún resistíamos, así que al volver no me extrañó que se sentara más cerca de mí y que desde el primer instante dejara caer la falda a los lados, mostrándome de nuevo las piernas y, esta vez sí, la unión de sus muslos tapada apenas por una tela clara que la oscuridad no me dejaba apreciar.
Tenía la mirada clavada en ese triángulo en penumbra que la escasa luz de la farola no alcanzaba. Ella jugaba, cruzando y descruzando las piernas como en aquella película famosa, hasta que se compadeció de mí y las abrió casi del todo, sin importarle el camarero que recogía la mesa de al lado.
Marcos se había levantado a pedir la cuenta y el mozo le señaló el interior del local, así que se alejó hacia allá. Entonces ella, ya sin testigos, abrió más las piernas y vi las bragas color carne que cubrían lo más íntimo, mientras sonreía al notarme hipnotizado por esa escena atrevida.
Pero cuando separó un poco más las rodillas, casi en ángulo recto, me quedé petrificado. Era tal cual la película: no llevaba bragas. El color carne que yo había supuesto de la tela era su propia piel, mostrándose para mí, solo para mí, en un gesto que prometía mucho más que una simple exhibición. Vi el coño depilado, los labios apretados y brillantes bajo la luz amarillenta de la farola, con una raya rosada partiéndolo por el medio. Vi cómo se relamía y bajaba un dedo, disimulando, y se separaba los labios un instante para que yo lo viera todo por dentro: la carne roja, húmeda, el clítoris asomando hinchado. Se le escapó un suspiro cuando volvió a cerrar las piernas, y yo tenía la polla clavándome la bragueta.
Hizo un movimiento con la falda, como dándose aire, como si por ahí abajo estuviera ardiendo, y yo me revolví en la silla intentando que no se notara el efecto en mi bragueta. La llegada de Marcos me devolvió algo de cordura, y ella cerró la tela apenas un poco.
No se tapó al levantarse; solo cuando estuvo de pie dejó caer el vuelo y todo quedó cubierto. Unas mesas más allá, dos hombres miraban fijamente en su dirección, quietos, sin pestañear. Los comentarios llegarían en cuanto nos hubiéramos alejado.
Conversación normal durante el viaje de vuelta. Allí no había pasado nada. Solo al guardar Marcos el coche en el garaje me pareció que ella se subía la falda demasiado para encarar las escaleras, y le vi las nalgas descubiertas asomando bajo el vuelo, dos globos redondos y firmes moviéndose al ritmo del paso. Pero a esas alturas yo ya malpensaba de cualquier gesto que hiciera.
Entramos en casa y Carla se fue a su cuarto. Yo me senté en la terraza, donde se estaba de maravilla y la ciudad lejana brillaba bajo un cielo limpio y estrellado, un espectáculo que solo en aquel rincón aislado del monte podía disfrutarse. Marcos dejó unas botellas, vasos y hielo, dijo que tenía que contestar unos correos y me invitó a servirme a mi gusto.
Me gustaba estar solo de vez en cuando. Y necesitaba ordenar todo lo ocurrido desde que llegué esa mañana: la confesión de Marcos, la invitación a intentar algo con su mujer, el cambio repentino de ella, de la frialdad casi enfurruñada del mediodía a aquella exhibición en el bar. Todo me parecía extrañísimo.
Tal vez ya lo habían hablado entre ellos. Parecía casi una trampa, o yo un juguete en sus manejos. Pero la deseaba desde hacía meses, desde que vi unas fotos suyas, provocativa y natural a la vez, y aquel momento que tanto había imaginado por fin llegaba, quizá demasiado acelerado para lo que yo esperaba.
Decidí ser yo mismo, sin movimientos en falso, pero aprovechar si ella se insinuaba, ya sin remordimientos: al fin y al cabo, había sido su propio marido quien me la había ofrecido. Respondería según fueran viniendo las cosas.
Y vinieron. Carla apareció en la terraza poco después, cambiada de ropa, se sentó a un costado de la mesa y se sirvió una copa generosa antes de quedarse mirando, como yo, el cielo oscuro y estrellado.
Pude observarla con calma mientras ella se abstraía en las alturas. Una fina camisa de gasa, sin abrochar y anudada por abajo, dejaba ver el nacimiento del pecho, que oscilaba al compás de la respiración. El pezón se insinuaba apenas un segundo cuando adelantaba el brazo para tomar el vaso, y volvía a desaparecer al recostarse. Por debajo, un breve pantaloncillo dejaba salir sus piernas desnudas, estiradas hasta el suelo.
Cuando Marcos regresó, se levantaron para ir a dormir y mi ensoñación se deshizo al verlos marcharse del brazo hacia su dormitorio. Todavía con su imagen de la tarde y la de la noche grabadas, me desnudé y me acosté, deseando que al día siguiente pudiera seguir disfrutando de la visión de su cuerpo en la piscina.
No lograba dormir. Solo pensaba en ella. Tenía la polla dura contra el vientre, palpitando bajo la sábana, y no me atrevía a hacer nada porque presentía que algo iba a pasar. Cerré los ojos al oír pasos en el pasillo. Los pasos se detuvieron, la puerta se abrió y un susurro junto a mi cama me obligó a abrirlos de nuevo.
—¿Estás dormido? —preguntó.
—No, pero casi. ¿Pasa algo?
Vaya si pasaba. Allí estaba, frente a mí, con la misma camisa abierta y sin el pantaloncillo esta vez, solo unas bragas de encaje casi transparentes por las que se transparentaba la sombra oscura del coño depilado, deshaciendo el nudo que cerraba la tela mientras se inclinaba hacia la cama. Sus pechos a un palmo de mis ojos, dos tetas firmes con los pezones ya duros apuntándome, su vientre plano rozando mi mano, sus ojos fijos en los míos.
—Se me olvidó decirte que, si tenías frío, me avisaras. Hay una manta ahí arriba. Por la noche se nota la sierra.
—Algo de frío tenía —contesté—, pero ya casi ni lo noto.
Se rió, una risa luminosa y de verdad, divertida con mi tontería o con el tono en que la solté, y me hizo sonreír a mí también. Yo estaba tapado solo con la sábana hasta la cintura, así que cuando acercó su cuerpo para darme un beso casto en la mejilla, sus pechos se apretaron contra el mío. Sentí su calor sobre la piel, sus brazos rodeándome el cuello y, al fin, un roce ligero en los labios y una promesa.
—Me gustas… —murmuró.
Sus pezones endurecidos me rozaron el pecho cuando separó la cara, con una sonrisa entre maliciosa y sorprendida al sentir mis manos abarcando la redondez de sus caderas, atrayéndola hacia mí sin presionar, para no incomodarla. No la solté cuando intentó alejarse. Subí los ojos desde su pecho hasta los suyos.
—Tú a mí también… —dije—. Mucho.
Le bajé la mano hasta el culo y se lo apreté a través del encaje, sintiendo la carne firme ceder bajo mis dedos. Ella soltó un gemido bajo, pegó un poco la cadera contra el borde de la cama y su mano se coló bajo la sábana, buscándome. Encontró mi polla dura y palpitante y se le escapó una risa nueva, más ronca, mientras cerraba los dedos alrededor y me la sacudía despacio, midiéndomela.
—Vaya… así que solo un poco de frío —susurró contra mi oído, mientras me la seguía masajeando con la mano fresca.
Le apreté un pecho con la otra mano, le pellizqué el pezón entre los dedos, tiré de él hacia mí, y ella arqueó la espalda y me lo acercó a la boca. Se lo chupé con hambre, el pezón duro entre mi lengua y mi paladar, mordiéndoselo apenas, mientras la seguía teniendo agarrada del culo. Su mano me apretaba la polla, corriéndome el prepucio hacia atrás y hacia adelante, con el pulgar untando la humedad de la punta por todo el glande.
Iba a subirla a la cama. Iba a tumbarla, a arrancarle las bragas, a comerle el coño hasta que se corriera dos veces y luego a follármela hasta el amanecer. Ya no me importaba Marcos ni sus correos ni sus tratos raros. La quería debajo, jadeando, con mi polla metida hasta el fondo.
Pero ella se retiró despacio, con esa mirada extraña todavía clavada en mí, sacando la mano de debajo de la sábana como si acabara de acordarse de algo. Se lamió los dedos húmedos con mi líquido, sonrió, volvió a anudarse la camisa y, dejando la puerta abierta tras de sí, regresó a su habitación.
Me quedé con la polla dura como una piedra, la sábana levantada por la mitad, oyendo cómo se abría y se cerraba la puerta del dormitorio de al lado. La muy zorra me había dejado a medias. Y en la oscuridad, con el corazón latiéndome contra las costillas, entendí que ese era exactamente su plan: que Marcos se enterara, tarde o temprano, de que había sido ella la que había venido a mi cama, y no al revés. Que la partida la estaba jugando ella. Que Marcos y yo éramos los juguetes.





