Vi cómo mi mujer se rendía ante tres desconocidos
Aquella tarde de julio decidimos subir hasta el faro a ver caer el sol y bajar después al pub El Norte a tomarnos una copa.
Marina se había puesto un vestido finísimo, casi una camisola, que se le pegaba a las caderas cuando soplaba la brisa. Llevaba meses entrenando duro y había bajado talla, pero el pecho se le quedó intacto, así que ahora le sobresalía aún más bajo la tela. El pelo rubio recogido en una coleta floja, las gafas de sol enormes y unas sandalias planas: así caminaba ella, y así giraban la cabeza todos los hombres con los que nos cruzábamos.
Subiendo la cuesta hacia el faro nos topamos con tres tipos de cuarenta y tantos, morenos, fibrosos, con esa pinta de gente que se gana la vida en el mar. Se apartaron para dejarnos pasar y, cuando ella cruzó entre ellos, le hicieron un repaso de arriba abajo sin disimulo. Yo iba un paso detrás. Vi cómo el más alto le señalaba el culo con la barbilla a otro y los tres se rieron con esa risa apretada de complicidad.
No le comenté nada. Tampoco hizo falta: noté que aceleró un poco el paso y que se le había marcado la respiración.
Vimos al sol meterse en el mar, nos liamos un cigarrillo en la base del faro y bajamos andando hasta el pueblo cuando ya estaba oscuro. El pub estaba a rebosar. No había una mesa libre dentro, ni un hueco en la barra, ni sitio en el billar. Salimos al jardín de atrás, donde unas guirnaldas de bombillas iluminaban unas mesas corridas, y vimos sillas libres en una. Cuando nos acercamos, levantaron la cabeza los tres tipos del faro.
—Sentaos —dijo uno de ellos—, esta mesa es para compartir.
Dudé un segundo, pero Marina dio las gracias y se sentó en la esquina antes de que yo pudiera reaccionar.
—Gracias, está todo lleno y… —empecé.
—No te disculpes —cortó el mismo—. Encantados de compartir mesa con una mujer así de guapa. Yo soy Mateo.
—Tomás —respondí estrechando su mano.
—Andrés —dijo el segundo.
—Rubén —dijo el tercero, mirando a Marina mientras lo decía.
—Marina, encantada.
Yo intentaba seguir mi conversación con ella, pero por el rabillo del ojo veía cómo no le quitaban ojo. Eran tipos de mundo, con conversación, con esa seguridad que dan los cuarenta y muchos cuando además te ha tratado bien la vida al aire libre.
Sacaron tabaco y se liaron un cigarrillo entre los tres. Preguntaron si nos molestaba. Marina dijo que no solo no le molestaba, sino que esperaba que le pasaran alguna calada. Los cuatro se rieron y a mí me sorprendió la soltura con la que se había soltado, ayudada por lo que nos habíamos fumado antes y por las copas que vinieron después.
A las once de la noche llevábamos un colocón considerable y la mesa se había convertido en una sola conversación de cinco voces. En un momento, los tres se levantaron a la barra a pedir cervezas y algo de picar. Marina se me acercó al oído.
—Cariño, estoy fatal —me dijo bajito—. Y encima estoy cachonda como una perra.
—¿En serio? —pregunté como un idiota.
—En serio. Me gusta mucho Mateo. Mucho. Huele bien, tiene los brazos así, y esa cara de que sabe lo que hace.
—¿Quieres que le diga algo?
—Me encantaría —susurró, y me apretó el muslo por debajo de la mesa—. Desde aquella noche en la urbanización con los dos chicos, no puedo dejar de pensar en cosas así. Me he vuelto muy puta.
Se me puso dura debajo del pantalón. Llevábamos meses sin meternos en ninguna historia parecida, desde un encuentro con dos chavales en una playa nudista del sur, y aquella noche se había alineado todo para que pasara algo.
—Vale —dije—. Yo aprovecho cuando vaya a por las copas.
Cuando Mateo volvió con la bandeja, le faltaba una botella en la barra y se ofreció a bajar a buscarla. Me ofrecí a acompañarle.
—Sois una pareja muy maja —me dijo en cuanto nos alejamos lo suficiente—. De verdad.
—Vosotros también. Estamos pasando una noche estupenda.
—Tu mujer es muy guapa. Y muy abierta.
No sabes hasta qué punto, pensé.
—Mira, Mateo —dije, intentando no enrollarme—, te voy a contar una cosa un poco rara y te pido discreción.
—Tranquilo, dispara.
—Marina y yo somos pareja abierta. A veces tenemos rollo con otras personas, pero siempre los dos juntos. Ella me ha dicho que te pregunte si te apetecería pasar la noche con nosotros.
Se paró en seco a mitad del jardín. Me miró, soltó una carcajada corta y me puso la mano en el hombro.
—Tomás, te confieso una cosa: cuando os hemos visto en la subida al faro, los tres comentamos lo guapa que era. Llevamos toda la noche apostando a si erais liberales o no.
—¿Y qué decíais?
—Andrés decía que sí, que se os notaba. Rubén decía que ojalá. Yo dije que daba lo mismo, que tu chica tenía cara de no necesitar permiso de nadie.
—Más o menos has acertado —reconocí riéndome.
—Hay un problema, eso sí —añadió.
—¿No puedes?
—Puedo. El problema es que hemos venido los tres y, si me bajo yo solo, los dejo aquí tirados. Si tu mujer es de las que se asustan, lo entiendo. Pero si no… piénsalo. A esta se le ponen los tres juntos y os acordáis del resto de vuestra vida.
Tenía el corazón a mil. Estaba seguro de que Marina no iba a aceptar. Volvimos a la mesa con las botellas. Los tres me hacían señas de lejos, animados, riendo, y Andrés tenía la mano apoyada en el muslo desnudo de mi mujer mientras le contaba algo. Ella le seguía la conversación con la cabeza ladeada, los ojos brillantes, sin apartar la pierna.
—Voy un momento al baño —dijo ella en cuanto llegué.
—Te acompaño —respondí.
Nada más alejarnos de la mesa me agarró del brazo.
—¿Qué te ha dicho?
—Que sí. Que está encantado. Que tiene experiencia.
—¿Entonces? ¿Se viene a casa?
—Hay un pero. Me ha dicho que no quiere dejar a los otros dos tirados. Que vienen los tres o no viene él.
Ella se paró delante de la puerta de los baños. Se apoyó en la pared, miró al suelo, levantó la cara y soltó el aire por la nariz.
—Eso es muy fuerte, Tomás.
—Lo sé.
—Pero he visto cómo me miraba Rubén toda la noche. Y Andrés tiene unas manos preciosas.
—Estás cachonda y borracha —dije, intentando ser justo.
—Estoy las dos cosas. Decídelo tú.
Y se metió en el baño a esperar la cola.
Cuando volví a la mesa estaba temblando. Quería dejarlo dicho antes de que ella llegara, para no tener que explicar nada delante de ella. Me acerqué a Mateo y le solté:
—Dice que sí. A los tres.
Mateo se inclinó hacia sus dos amigos y les dijo algo al oído. Los tres se enderezaron al mismo tiempo, como si alguien les hubiera dado un calambre. Andrés sonrió hacia el suelo. Rubén se pasó la lengua por el labio sin darse cuenta.
—Vámonos, que están cerrando —dijo Mateo subiendo la voz cuando Marina apareció entre las mesas.
***
En el aparcamiento decidieron que el más sobrio era Andrés. Iríamos los cinco en su coche y al día siguiente volveríamos a por el nuestro. El coche era pequeño. Me sentaron delante con él y la metieron a ella detrás, en el asiento del medio, entre Mateo y Rubén.
Llevábamos la música alta y las ventanillas bajadas. Yo iba mirando por el retrovisor cada vez que una curva me lo permitía. Marina iba empotrada entre los dos. En cada muslo se le había posado una mano. Se besaba con Mateo mientras Rubén le sacaba un pecho del escote y se lo metía entero en la boca. Las manos avanzaban por debajo del vestido y le abrían las piernas de par en par. Desde el retrovisor le veía la cara, los ojos cerrados, la boca medio abierta, el cuello echado hacia atrás.
La oí correrse dos veces antes de llegar a casa. Pensé que se la iban a follar dentro del coche.
***
Bajamos. Ella se recolocó la ropa lo mejor que pudo, porque estaba prácticamente desnuda. Mateo llevaba en la mano las bragas que le había quitado en algún momento del trayecto y se las pasaba a Rubén para que las oliera. Cruzamos el jardín a oscuras. Marina iba entre Mateo y Rubén, que cada cinco pasos paraban para morrearla contra cualquier pared.
Cuando entramos en casa, ella pasó a la cocina a por unas copas. Mateo entró detrás de ella. Los otros dos se tiraron en el sofá del salón. Desde mi sillón los veía a todos a la vez: a los dos del sofá con los ojos cerrados y sonriendo, y a Mateo y Marina en la cocina, recortados por la luz amarilla del fluorescente.
Ella estaba frente al fregadero. Él se le colocó detrás y le dijo algo al oído. Marina se rio. Él la agarró por la cintura, se le pegó contra el culo, se apretó. Ella suspiró, echó la cabeza hacia atrás y se restregó contra él. Mateo le subió las manos por el vestido y le sacó los pechos por encima de la tela. La giró para tenerla de frente y volvió a apretarse contra ella, esta vez de manera que pudiera notar exactamente lo que tenía dentro del pantalón. Marina se mordió el labio.
Le metió la mano por debajo del vestido. La vi cerrar los ojos cuando los dedos llegaron a su sitio. La acarició despacio. Sacó los dedos brillantes y se los acercó a la nariz. Después los llevó a los labios de ella. Marina los chupó sin apartar la vista de él.
Mateo la cogió de la cintura y salió de la cocina arrastrándola hacia el salón.
—Mirad cómo está —dijo a los otros dos enseñándoles los dedos.
—Joder —murmuró Andrés.
—A esta hay que hacerla feliz —dijo Rubén levantándose.
—Cariño —le dijo Mateo a Marina—, creo que tenemos que subir arriba.
***
Subieron los cuatro. Yo me quedé un momento en el salón apurando lo que quedaba en mi vaso, intentando aceptar lo que iba a ver. Cuando subí, oí el agua de la ducha. La puerta del baño estaba entreabierta. Los tres estaban sentados en el borde de la cama, en silencio, esperándola, mirando la rendija de la puerta. Uno de ellos se estaba meneando ya despacio, sin disimulo.
Yo me apoyé en el marco de la habitación. Desde ahí lo veía todo sin que nadie tuviera que mirarme.
Marina salió del baño desnuda, con el pelo mojado pegado a los hombros. No dijo nada. Tampoco hizo falta. Los tres se levantaron al mismo tiempo, la cogieron casi en volandas y la tumbaron en el borde de la cama, abierta de piernas. Rubén fue el primero en arrodillarse delante de ella. Mateo y Andrés se colocaron uno a cada lado y le acercaron las pollas a la cara.
Marina alternaba la boca entre las dos, sin parar, mientras Rubén la comía abajo. La oí jadear, gemir, decir cosas que yo no le había oído decir nunca. Cuando se corrió la primera vez, tuvo que sacarse la polla de Mateo de la boca para poder gritar.
Mateo le tocó el hombro a Rubén para que cambiaran de sitio. Rubén se incorporó y le presentó a Marina su polla, gorda y curva. Ella no lo dudó. Mateo se colocó entre sus piernas y la penetró despacio, hasta el fondo, mirándola a los ojos. Marina arqueó la espalda.
Durante un buen rato la pusieron en todas las posturas que se les ocurrieron. Boca abajo, de rodillas, de lado, de pie contra la cómoda. Se turnaron sin descanso. Le pusieron las manos donde quisieron. Ella no dijo en ningún momento que no.
***
Cuando los tres se quedaron sin nada que dar, se tumbaron a su alrededor en la cama, derrotados, sudados, callados. Marina giró la cara hacia la puerta y me miró. Tenía esa expresión que solo le había visto un par de veces en la vida, la que se le pone cuando se ha quedado sin pensamientos. Cerró los ojos.
Yo me había corrido varias veces, en silencio, apoyado en el marco. Me fui al cuarto de invitados y caí dormido como una piedra.
A las siete sonó un despertador. Era miércoles, y al parecer los tres tenían que ir a trabajar. Los oí ducharse uno detrás de otro, vestirse en susurros, bajar las escaleras con cuidado para no hacer ruido. La puerta de la calle se cerró sin un golpe.
Marina bajó a desayunar al rato, recién duchada y con el pelo mojado. Le había preparado huevos, café, fruta. Comió con un hambre que no le había visto nunca por la mañana. Después se quedó mirándome por encima de la taza un buen rato, sin decir nada.
—¿Bien? —pregunté yo al final.
—Bien —contestó—. Vamos un rato a la playa.