La demostración del consultorio me dejó expuesta
Hace un par de veranos viví algo que todavía me cuesta contar sin que se me suba el calor a las mejillas. Era uno de esos días en los que el aire se queda detenido y los ventiladores no hacen más que mover el bochorno de un lado al otro de la habitación. El termómetro del barrio marcaba treinta y nueve grados, y yo me había puesto el único vestido que me daba algo de tregua: uno de gasa floreada, sin mangas, con fondo negro y motivos en rojo y mostaza. Corto, pero decente.
Para que se entienda el resto, conviene que diga un par de cosas sobre mí. Tengo veintidós años, mido un metro sesenta, soy de piel muy clara, ojos verdes y pecas que se me marcan en los pómulos cuando me da el sol. El pelo lo llevo castaño claro, a la altura de los hombros. Las tetas no son enormes, pero me gusta cómo se ven; del culo siempre me dijeron cosas. Mis pezones y mi sexo son de un tono rosado pálido y, si soy honesta, eso también lo sé usar a mi favor. Lo único que no encaja con todo esto es el carácter: soy bastante tímida y me cuesta plantarme cuando alguien me pasa por arriba.
Mi novio se llama Andrés y es kinesiólogo. Comparte una pequeña clínica con su madre, la doctora Helena, que es médica estética. Trabajan en una casona vieja del centro reciclada en consultorios, con un pasillo común y una sala de espera angosta a la entrada. Esa mañana habían convocado a un vendedor que les iba a mostrar un equipo nuevo, un láser supuestamente terapéutico que servía para todo: aflojar contracturas, desinflamar tejidos, incluso reducir grasa localizada. Para convencerlos, el hombre había organizado una demostración en vivo y había citado a varios pacientes de Helena para que vieran el aparato funcionar.
Yo fui sin más plan que pasar el día acompañando a Andrés. No me considero gorda — peso cuarenta y nueve kilos — pero como a cualquiera me gusta que la grasa caiga donde yo decido y no donde el azar la pone. Por eso me quedé prestando atención cuando el vendedor, un señor de unos sesenta años con bigote canoso y voz pastosa al que voy a llamar don Saturnino, empezó a explicarle a Andrés las bondades del equipo.
Hizo la primera demostración sobre el antebrazo de mi novio. Después le pidió a Helena que se sentara en la camilla y le pasó el cabezal por el hombro contracturado. Para entonces ya habían llegado a la sala de espera ocho o nueve pacientes, casi todos mayores de cuarenta, con esa cara de paciencia tibia de la gente que sabe que la van a hacer esperar bastante.
Cuando Andrés y Helena se metieron cada uno en su consultorio a atender las urgencias del día, me quedé en el pasillo abanicándome con un folleto del láser. Don Saturnino aprovechó el momento.
—¿Te puedo hacer una demostración a vos, m'hija? —me dijo, con esa sonrisa servicial de vendedor—. Así después Andrés ve cómo se aplica en cuerpo entero.
Acepté sin pensarlo mucho. El calor me tenía floja y la idea de que me corrieran un poco de grasa hacia donde yo quería sonaba mejor de lo que debía. Don Saturnino me llevó al consultorio del fondo, el más chico de todos, el que apenas tiene una camilla de exploración y un escritorio pegado a la pared. Era también el menos privado: dos ventanales grandes con una película traslúcida que, si uno se acercaba, no tapaba demasiado. Desde el pasillo se veía hacia adentro.
—Para esto te vas a tener que desvestir —me dijo, ya con el aparato en la mano—. Es un masaje guiado por el láser, redistribuye la grasa hacia los glúteos y el pecho. Si querés podés dejarte la bombacha.
Me quedé con cara de qué.
—Tomá, ponete este corpiño —agregó, y me extendió una especie de top de papel desechable—. Es para que el aceite no te manche la ropa.
Decí que no. Decí que no y salí de acá.
Pero hacía un calor insoportable, el vestido se me pegaba a la espalda y la vanidad me ganó. Lo único que me hizo dudar un segundo más fue acordarme de que esa mañana me había puesto una tanga roja diminuta, casi un hilo. Aun así accedí. Don Saturnino me dijo que se salía cinco minutos para que me cambiara y cerró la puerta a sus espaldas.
Acá empieza la primera incomodidad de toda esta historia. Yo me bajé el vestido por las caderas y, justo cuando estaba terminando de pasarme el top de papel sobre el pecho, levanté la vista hacia la ventana. La silueta de don Saturnino se recortaba al otro lado, demasiado cerca del vidrio para que fuera casualidad. La película de privacidad era tan mala que se veía perfectamente la forma de un cuerpo del otro lado. Y si yo lo veía a él, él me veía a mí.
El corpiño que me había dado era todavía peor. Más fino y más transparente que un barbijo barato. Mis pezones, ya endurecidos por el aire acondicionado, se marcaban como dos puntos oscuros a través de la tela de papel. Pensé en taparme con una toalla mientras esperaba, pero la falsa seguridad del top hizo que me quedara ahí, parada, con los brazos cruzados blandamente sobre el abdomen y no sobre los senos. Era exactamente lo que él quería.
—¿Lista? —golpeó dos veces en la puerta y entró sin esperar respuesta.
Me acosté boca arriba en la camilla, con los brazos a los costados como me indicó. Don Saturnino se ubicó a mi derecha y empezó a hablar de los principios físicos del aparato mientras me apoyaba la mano izquierda en el muslo. La mano era pesada, ancha, con dedos gruesos. Me apretó la carne por encima de la rodilla y subió en línea recta hasta el pliegue de la ingle. La piel se me erizó.
—El láser trabaja con la mano, no sin ella —me explicó, como justificándose—. Vos pensá en mí como un rodillo. Yo voy a empujar la grasa hacia las zonas donde la querés acumular.
Y empezó a hacerlo. Me agarró el muslo izquierdo entero, lo amasó con las dos manos y arrastró la presión hacia arriba, hacia las nalgas. Después pasó al derecho. Después a los brazos. Después al pecho. El cabezal del láser zumbaba en el aire, pero las manos eran las que hacían todo el trabajo. Me apretó los senos por debajo del corpiño de papel, con el pretexto de empujar la grasa hacia el escote. El borde del calzón se me empezó a humedecer y yo apreté las piernas como pude para que no se notara.
Lo peor fue cuando bajó al vientre. La excusa era reacomodar la grasa abdominal hacia las caderas, pero la mano se le fue resbalando hacia el pubis, una y otra vez, como sin querer. Don Saturnino no me miraba a los ojos. Me miraba el cuerpo con la cara seria de quien está catando una fruta.
—Acá, justo acá, es donde la mayoría de las mujeres tienen el problema —murmuró, con los dedos a un centímetro de la tela roja de mi tanga.
Yo no dije nada. Cerré los ojos. Sentí la vergüenza subiéndome por el cuello y, al mismo tiempo, un cosquilleo que no podía controlar. Es una mezcla horrible y, ya que estoy contándolo todo, también algo excitante.
***
Estaba en eso cuando se abrió la puerta del consultorio.
Andrés entró sin golpear, con la confianza del dueño de casa. Venía a preguntarle algo a don Saturnino sobre un cabezal y no esperaba encontrarme a mí ahí, semidesnuda, con un señor de sesenta años apretándome el bajo vientre. Se frenó en seco. Abrió la boca para decir algo. La cerró. Levantó las cejas. La puerta quedó abierta de par en par detrás de él.
Don Saturnino fue más rápido que yo.
—Pase, doctor, pase —dijo, sin sacar la mano de mi cintura—. Justo estaba explicándole el procedimiento a su señora. Aproveche y le muestro la técnica para que la pueda replicar con sus pacientes.
Yo levanté la cabeza. Por encima del hombro de Andrés, a través del marco abierto de la puerta, vi la sala de espera completa. Tres mujeres y tres hombres, todos mayores, sentados en sus sillas, con las revistas apoyadas en las rodillas. Todos mirándome.
Sentí la sangre subiéndome a la cara y al pecho al mismo tiempo. El corpiño de papel se transparentó del todo cuando se me marcaron los pezones. La tela de la tanga, ya manchada, dejó una sombra imposible de disimular.
—Mostrame, Saturnino, mostrame —dijo Andrés, todavía aturdido, y se acercó a la camilla.
Acá tengo que admitir algo. Andrés siempre fue muy curioso con el exhibicionismo. Más de una vez me había pedido que tuviéramos sexo con las ventanas abiertas o que me pusiera lencería en el balcón. Yo siempre me negaba, muerta de pudor. Esta vez no pude negarme a nada porque no había forma de hacerlo sin armar un escándalo. Y, sin escándalo, lo que estaba pasando era simplemente una demostración profesional.
Don Saturnino le tomó la mano a mi novio y se la apoyó sobre mi muslo. Le guió el movimiento, despacio, hasta la cadera, hasta la cintura, hasta el borde del corpiño. Andrés temblaba un poquito. Yo temblaba más.
—Vea cómo la piel responde —dijo el vendedor—. Vea cómo se le marca el pulso acá.
Cuando los dedos de Andrés rozaron mi pezón derecho, se me escapó un suspiro que sonó más fuerte de lo que yo quería. Uno de los hombres de la sala de espera se inclinó hacia adelante en la silla. Otro sacó el celular del bolsillo, lo desbloqueó con un gesto rápido y fingió leer mensajes. Yo lo vi. Estoy segura de que estaba grabando.
Don Saturnino, satisfecho, dio dos pasos hacia la puerta.
—Señores, señoras, acérquense un poco. Es la mejor forma de entender la terapia. No tengan vergüenza, la paciente está cubierta.
No estaba cubierta. Estaba más expuesta que nunca. Pero a esa altura yo ya no podía moverme. Tenía los brazos rígidos a los costados, las piernas a medio cerrar y el corpiño de papel arrugado bajo el peso de las manos ajenas. Los seis pacientes se levantaron de sus sillas y se amontonaron en el marco de la puerta, asomando la cabeza por turnos. Reconocí a la señora que le cuida los gatos a Helena. Reconocí al vecino del kiosco de la esquina.
—Acá —siguió don Saturnino—, fíjense cómo el doctor mueve la mano. Siempre desde lo lateral hacia lo central. Siempre con la palma entera. La piel acepta mejor el calor del láser cuando el músculo está relajado.
Andrés, ya entregado a la situación, me recorrió entera. Los brazos, los costados, el abdomen, el nacimiento de las tetas. Cada vez que me apretaba un pezón con el pretexto de mover el tejido, yo tenía que tragarme el ruido que se me armaba en la garganta. Cuando bajó hacia las caderas y me deslizó dos dedos por el borde de la tanga, una de las mujeres de la sala soltó una risita corta y nerviosa. Otra carraspeó.
Yo cerré los ojos.
Diez minutos más, eso duró. Diez minutos en los que pensé en levantarme, en gritar, en empujarlo, en taparme. No hice nada. Me quedé ahí, dejando que mi novio me usara de muñeca delante de seis desconocidos, dejando que don Saturnino le narrara cada gesto, dejando que el del celular siguiera fingiendo que leía mensajes. Cuando todo terminó y don Saturnino dio por concluida la demostración, los pacientes aplaudieron despacio, como en una clase magistral.
***
Salí del consultorio con el vestido floreado puesto a las apuradas, los pezones todavía duros bajo la gasa, la tanga manchada y la cara hirviendo. Andrés me siguió por el pasillo sin decir nada. En el auto, de vuelta a casa, tampoco habló. Solo cuando llegamos al ascensor me apretó contra la pared y me besó como si quisiera tragarme entera.
Esa noche tuvimos sexo durante horas. Él me hizo repetir, en voz alta, lo que había sentido cuando los seis me miraban. Yo se lo conté todo: la vergüenza, el calor, la humedad, las manos pesadas de don Saturnino, el celular del paciente, la risita de la mujer. Cada palabra lo ponía más duro y a mí me bajaba un escalofrío nuevo por la espalda.
Hace dos veranos de aquello. Andrés sigue trabajando en la clínica. Don Saturnino vendió tres láseres y dejó de aparecer. Yo, cuando paso por la sala de espera y veo a un paciente nuevo mirándome más de la cuenta, me pregunto qué habrá visto en el celular de alguien antes de pedir su turno. Pero esa historia, si quieren, se las cuento otro día.