El viejo vecino que me espiaba en la ducha
Tardé un par de días en asumirlo, pero al final dejé de darle vueltas a si don Faustino me había visto desnuda. Lo que de verdad no me dejaba dormir era otra cosa: la duda de si además me había visto con Diego. Eso ya no era cuestión de suerte ni de quitarle importancia. Mi marido, en cambio, se lo tomaba todo con una tranquilidad que me sacaba de quicio.
Para quien no me conozca, me llamo Carla. Tengo treinta y cuatro años, mido un metro sesenta y cuatro y, aunque me esté mal decirlo, sé que la gente me mira en la playa. Tetas grandes que aún se aguantan solas, culo redondo y respingón, coño depilado casi al ras porque a Rubén le gusta verlo bien liso cuando me abre las piernas. Aquel verano todavía estaba dolida con Diego. No me había hecho ninguna gracia enterarme de que se veía con otra, y menos que se la follaba después de haber estado hundido en mi coño la misma tarde. Como si mi coño no fuera suficiente.
El miércoles por la tarde llegó Rubén diciendo que había quedado con Diego para el viernes. Por orgullo le dije que no me apetecía, que prefería salir con la gente del grupo. Le fastidió más a él que a mí, y eso que últimamente la que se quejaba de no ver a Diego, de no tener su polla dentro un par de veces por semana, era yo. Pero estaba todo demasiado reciente.
Justo entonces surgió un viaje al piso de la playa. Habían llamado a mis padres porque el vecino de arriba tuvo una avería y les provocó una gotera en el techo. Quedamos en ir mi madre, mi tía y yo el jueves por la mañana, coincidiendo con el perito del seguro, y quedarnos hasta el martes.
Mientras hacía la maleta, Rubén apareció con un biquini diminuto y el vestido que me había regalado Diego para las vacaciones.
—¿Cómo voy a llevarme esto con mi madre y mi tía delante? —le dije.
—Para que los vecinos se animen de una vez. Están deseando meterte la polla.
Otra vez con los vecinos. Qué obsesión la suya.
—Ese biquini se nota a leguas que es de fulana —protesté.
—Pues lo que eres, una fulana calientapollas —contestó, y se rió—. Porque a mí me gusta que lo seas, que se te note el coño mojado debajo de la tela.
A Rubén le ponía exhibirme. Le gustaba imaginar miradas ajenas sobre mi cuerpo, hablarme de ello, grabarme mientras me follaba y susurrarme al oído lo puta que era. Lo del vestido era lo mismo: el escote se me abría al inclinarme y la espalda quedaba al aire hasta el principio del culo. Dejé las dos prendas dentro de la maleta sin saber muy bien por qué.
***
Llegamos al piso al mediodía. La mancha del techo era considerable y algunas cosas se habían mojado. Mi madre y mi tía subieron enseguida a saludar al vecino de arriba, y yo me quedé llamando a Rubén para decirle que habíamos llegado bien.
—¿Por qué no subes tú también? —se burló—. Con lo contento que se pondría al verte, seguro que se le pone dura al momento.
Según él, los dos viejos del bloque andaban detrás de mí. El de arriba tenía setenta y dos años; don Faustino, el del rellano, setenta y seis. Un hombre bajito, poco más alto que yo, rechoncho y barrigón, de manos enormes y dedos gruesos, gordos como salchichas. Yo a veces me lo imaginaba metiéndome esos dedazos en el coño de una sola vez y se me escapaba una risa nerviosa. En la playa parecía un osito viejo metido en un bañador que le quedaba grande, aunque le marcaba un bulto respetable entre las piernas para su edad. Nos conocíamos desde hacía quince años, y él guardaba una llave del piso de mis padres para emergencias.
—Coquetean porque nos conocen de toda la vida —le dije—. No quiere decir que pretendan follarme.
—Ya. Disfruta del finde, fulana. Yo me quedo en casa cascándomela con los vídeos de lo guarra que es mi mujer.
Colgué con esa frase rondándome la cabeza. Salimos a cenar fuera porque mi madre se negó a cocinar esos días, y de paso reservamos en un restaurante que nos gusta para el viernes.
***
La mañana siguiente bajé sola a la playa mientras ellas recogían el piso. Hacía un día buenísimo. Me puse el biquini —no el de fulana, uno más discreto—, una camisola, y dejé la toalla cerca de unos vecinos para que me vigilaran las cosas. Me unté el bronceador, me coloqué la gorra y estuve un buen rato dándome la vuelta al sol hasta que decidí meterme al agua.
Cuando salí, charlando con todos, noté que don Faustino me hacía un repaso de arriba abajo sin disimulo. No perdía detalle. Se me quedó mirando las tetas, los pezones marcados por el frío del agua a través de la tela mojada, y luego bajó descaradamente al triángulo del biquini, pegado al coño de tan mojado que estaba. Y eso que en esa playa había mujeres en tanga, alguna en toples, mucho más expuestas que yo. Pero el viejo solo tenía ojos para mi cuerpo, se le notaba hasta el pantalón del bañador cómo se le movía algo ahí abajo.
Sonó el teléfono. Rubén, cómo no.
—¿Estáis solas? —preguntó.
—Con los vecinos del rellano, que acaban de bajar.
—Entonces don Faustino se estará poniendo las botas. Con lo guarra que eres, seguro que le enseñas las tetas y le pones la polla dura.
—¿Cómo voy a hacer toples delante de medio bloque? —reí.
—Si ese ya te ha visto hasta el coño por dentro. Siempre está fumando en su patio y tú nunca cierras del todo la ventana del baño cuando te duchas.
—Mentira. Siempre la cierro.
Pero al colgar me quedé pensando. Los cristales de esa ventana no eran opacos: eran cristalitos blancos translúcidos, y con la luz encendida algo se adivinaba. Yo solo abría la ventana al terminar de ducharme, para que saliera el vapor mientras me secaba y recogía el baño. Desnuda, con las tetas al aire y el coño recién depilado goteando agua por los muslos. Y cada vez que abría, olía el humo del tabaco de don Faustino subiendo desde su patio.
Joder. El cabrón de Rubén tenía razón.
Conté las veces que había salido al lavadero envuelta solo en una toalla, o las mañanas que dejaba la ropa sucia con el pelo aún goteando y una gota resbalándome entre las nalgas, y él siempre ahí, apoyado en el murete, cigarro en mano, como por casualidad. Quince años de cigarros bien aprovechados, quince años meneándosela mirando mi coño mojado tras el cristal. El muy viejo me había visto en pelotas mil veces y yo sin enterarme.
***
Subimos a cambiarnos para ir a comer y decidí comprobarlo. Terminé la ducha, abrí la ventana del todo y, en cuanto noté el olor a tabaco, hice lo de siempre: secarme despacio, recoger el baño, andar desnuda de un lado a otro. Esta vez sabiendo que me miraba. Me pasé la toalla despacio entre las piernas, abriéndomelas ligeramente, restregándomela por los labios del coño con más lentitud de la necesaria. Me sequé cada teta por separado, dándoles un tironcito a los pezones que se me pusieron duros como piedras. Sentía cómo se me iba humedeciendo el coño de saber que un viejo cabrón me estaba comiendo con los ojos y seguramente cascándosela ahí abajo con esas manazas de dedos gordos. No giré la cabeza hacia el cristal ni una sola vez, pero sentía su presencia al otro lado como un calor en la nuca, y una humedad espesa entre los muslos que no era del agua.
Me molestaba muchísimo que Rubén tuviera razón, pero no pensaba dársela. Y, para qué negarlo, me molestaba todavía más descubrir que aquello no me indignaba tanto como debería. Que se me habían puesto los pezones duros y el coño empapado pensando en el viejo pajeándose por mí. Cuando bajé a dejar la ropa al lavadero, con la toalla anudada por encima del pecho y sin nada debajo, don Faustino ya estaba apoyado en su murete. Le miré disimuladamente el pantalón y juraría que tenía un bulto marcado que antes no estaba.
—Veo que ya os preparáis —dijo, sin levantar apenas la vista de mis piernas—. Me ha contado tu madre que vais donde las paellas.
—Sí, lo reservamos anoche —contesté, intentando que no se me notara nada. Me agaché a propósito para meter la ropa en la lavadora, sabiendo que la toalla se me subía por detrás y le enseñaba media nalga.
—Hacéis bien. Disfrutad estos días, que pasan volando.
Igual que tú, viejo cabrón. Disfruta tú también, cáscatela bien pensando en mi culo.
***
Por la tarde dormí la siesta y volví a bajar sola a la playa. No había nadie conocido, así que me quité la parte de arriba para tomar el sol. Se me pusieron los pezones duros con la brisa y sentí varias miradas clavadas en las tetas, pero no me tapé. Pasado un rato me di la vuelta y me metí la braga entre las nalgas como si fuera un tanga, dejando el culo entero al aire y la raja bien marcada. Estaba a gusto, suelta, con el sol calentándome las nalgas y el coño apretado contra la tela, hasta que aparecieron mi madre y mi tía y tuve que correr a taparme.
—Pero niña, ¿qué haces medio desnuda? —me regañó mi madre—. ¿No te da vergüenza? Como te vea algún vecino…
Si tú supieras, madre. Si supieras la de hombres que ya se han corrido pensando en mi coño por culpa de tu yerno. La de pollas duras que hay en este bloque por mí.
Mi tía, que siempre me rescata, le quitó hierro:
—Déjala, mujer, que no seas tan antigua. Media playa va igual.
Nos bañamos las tres y subimos a ducharnos antes de la cena. No sabía qué hacer con don Faustino. ¿Otra sesión? Lo que me intrigaba de verdad era cómo sabía él, desde su patio, que la silueta tras el cristal era yo y no mi madre o mi tía. Al final repetí: ducha, ventana abierta del todo, un buen rato paseando desnuda por el baño. Esta vez me subí a la banqueta de espaldas al cristal, con las piernas ligeramente separadas, y me pasé la crema hidratante despacio por los muslos, por el culo, por las tetas, apretándomelas y pellizcándome los pezones. Me metí un dedo entre los labios del coño como si me estuviera hidratando ahí también, y noté lo empapada que estaba solo de imaginarlo mirando. El olor a tabaco confirmaba que estaba ahí, seguramente con la polla vieja en la mano dándole a lo que le quedara. Pero cuando salí al lavadero, el patio estaba vacío.
***
El sábado fuimos de compras a un centro comercial grande de la ciudad de al lado. Me compré varias cosas, entre ellas un vestido largo con botones delante que dejaba un escote generoso y se anudaba al cuello, con toda la espalda al aire hasta el inicio del culo. El escote se podía cerrar con una lazada para hacerlo más discreto delante de mi madre.
Volvimos sobre las siete, cansada de tanto callejear, y les dije que prefería quedarme en el piso y pedir algo. Llamé a Rubén para contarle lo del vestido.
—Seguro que te queda de vicio para el viejo —soltó—. Ten cuidado, que los abuelos también preñan, y como te meta esa polla vieja te llena el coño de leche.
—Hombre, ya que se preocupa de darme el bronceador, habrá que compensarle con una buena mamada —le seguí la broma con voz seria—. Con lo bien que se la debo chupar yo.
Aquello lo encendió. Empezó a llamarme zorra, puta, guarra, a decir que con mi madre delante le estaba dejando meter mano al vecino, que seguro que le había chupado la polla en el rellano mientras ellas dormían la siesta, que por eso no había querido que él viniera. Cuanto más se aceleraba al otro lado del teléfono, más me entraba a mí la risa floja, y más se me humedecía el coño de oírlo decir guarradas.
—Le he enseñado a Diego los vídeos de las vacaciones —dijo entonces—. Los de cuando te folla por detrás y los de cuando le mamas la polla mirando a cámara. Está deseando ver alguno nuevo, y deseando volver a follarte, dice que echa de menos cómo le aprietas la polla con el coño.
—¿Que le has enseñado qué? —se me cortó la risa de golpe.
—Lo que oyes. Y le he contado que te has llevado el vestido para que los vecinos disfruten de tus tetas igual que los viejos del hotel se corrieron mirándotelas.
Me quedé de piedra. Que airease aquello con Diego, justo con Diego, después de lo de la otra, me revolvió por dentro. Pero también me revolvió otra cosa, más abajo: la idea de que Diego estuviera ahora mismo con la polla dura viendo vídeos míos, recordando cómo se la mamaba, cómo me abría de piernas para él, cómo le pedía que me follara más fuerte. Colgué sin desmentirle nada de los vecinos, dejándole con la duda, pensando en la mejor manera de devolvérsela.
Y entonces se me ocurrió. Fue fácil, casi natural. Me puse el vestido nuevo, con la lazada del escote suelta, sin sujetador, sin bragas, con el coño depilado al aire debajo de la tela, y empecé a trastear por la cocina haciendo ruido, dejando la ventana entornada. Esperando, con el corazón acelerado y los pezones ya duros rozándome contra la tela del vestido, a oír el chasquido del mechero y el primer humo del cigarro de don Faustino subiendo desde el patio.





