Los espié mientras limpiaba la suite del hotel
—Marina, ¿tienes un segundo? Porque te tengo que contar una cosa que no te vas a creer.
—Dime, aunque se corta un poco que estoy entrando al portal con la compra. Habla, habla.
Marina se encajó el teléfono entre el hombro y la oreja para que no se le cayera mientras arrastraba las bolsas hacia el ascensor. Sabela no era de exagerar nunca, así que si empezaba diciendo que no se lo iba a creer, por algo sería.
—A ver, es que no sé ni por dónde empezar —se la notaba acelerada, casi sin respirar entre frase y frase—. Sabes que esta semana me tocó hacer las plantas de arriba, ¿no? Las suites del hotel, las de la gente con pasta de verdad.
—Algo me habías comentado, sí.
Se abrieron las puertas del ascensor y Marina apoyó una de las bolsas en el suelo para buscar las llaves, en un escorzo imposible para no soltar el móvil.
—Bueno, pues eso. Era ayer por la tarde, yo con el carrito, limpiando a tope, cambiando sábanas, el follón de siempre pero a lo grande, que esas habitaciones son enormes. Llego a una de las suites del fondo, no hay cartel de «no molestar» en la puerta, así que entro. Lo normal, ¿no? Y cuando estoy en el pasillito de la entrada oigo un ruido como de dos copas chocando, un «chin» bajito. Me quedé clavada, porque yo juraría que esa habitación estaba vacía.
—No me digas que entraste a robar algo.
—Calla, tonta, escucha.
Marina cerró la puerta de casa con el pie y llevó las bolsas a la cocina. Las dejó sobre la encimera y por fin cogió el teléfono con la mano, lo puso en altavoz para oír mejor.
—La cosa es que había poca luz, las persianas a medio bajar, y de pronto me doy cuenta de que hay alguien dentro. Y ya me conoces, no quería pegarle un susto a nadie. Así que me asomé un poquito, solo para colocar bien el cartel y largarme. Y entonces los vi. Al fondo, en la cama, una pareja recostada contra las almohadas, cada uno con su copa de champán.
—¿Y tú ahí mirando?
—Espera, que va a más. Se les notaba el dinero a kilómetros, los dos guapísimos. Él con una espalda de nadador, todo ancho de hombros. Y ella con una melena lisa larguísima y unos labios carnosos que daban envidia. Ninguno llegaría a los cuarenta. Yo iba a darme la vuelta, te lo juro, pero justo en ese momento se empezaron a besar.
—Ay, madre.
—Ella levanta el brazo para acariciarle la cara y la sábana se le resbala por el hombro. Y le queda un pecho al aire, grande, redondo, firme. Me quedé paralizada, Marina. No podía moverme. Ellos seguían besándose, cada vez más pegados, y él le pone la mano en la cintura y la atrae de un tirón hacia sí. Ahí se le baja la sábana también a él, y veo que están los dos completamente desnudos.
Marina notó algo en el estómago, una especie de calor que le subía despacio. Se apoyó contra la encimera.
—Ella se ríe, le quita la copa de la mano y se estira sobre él para dejarlas a salvo en la mesita de noche. Y cuando se estira así, él aprovecha y empieza a besarle el cuello. Despacio, como saboreándola. Ella suelta un gemido bajito, se deja caer de lado, y él gira sobre ella sin dejar de besarle el cuello, enredándose las sábanas en las piernas. Yo, pegada a la pared del pasillo, sin respirar siquiera.
—¿Y nadie te vio?
—Qué va, estaban a su rollo. Ella empieza a respirar más fuerte, se muerde el labio, le pone una mano en la nuca y le va guiando la cabeza hacia abajo, hacia el pecho. Y sonríe con los ojos cerrados cuando él cierra los labios sobre uno de sus pezones. Te juro que, aunque estaba a varios metros, oí el gemido que se le escapó. Y él disfrutaba igual o más, por los ruiditos que hacía. Le cogía los dos pechos con las manos y se los iba lamiendo sin perder el contacto visual con ella ni un segundo.
—Sabela, que me vas a matar.
—Pues agárrate. De repente él se arrodilla en la cama, le pone las dos manos en la cintura y la levanta sin ningún esfuerzo, como si no pesara nada. La tumba boca arriba y le deja la cabeza colgando a los pies de la cama. Ella le dice algo, pero hablaban en otro idioma, ruso o alemán, yo qué sé, no pillé ni una palabra. Él no le contesta, solo la mira, sonríe con esa chulería que a mí me pone fatal, y se inclina a darle un beso cortito en la boca.
—Madre mía.
—Yo me moría por verle la polla, pero todavía la tapaban las sábanas enrolladas. A ella, en cambio, la veía enterita. La melena cayendo por el borde del colchón, los brazos abiertos en cruz, los pechos repartidos sobre el torso. Se le notaba clarísimo el subir y bajar de la respiración, y se le aceleró de golpe cuando sintió a su chico bajando por su vientre a base de besos pequeños. Llegó al pubis, que tenía vello pero arregladito, y el muy cabrón, cuando parecía que iba a comérselo, se desvía y le empieza a besar la cara interna de los muslos.
—Qué hijo de...
—Exacto. Ella dice algo entre jadeos y no me hizo falta traductor para saber que era un «por favor, ya». Pero él, en vez de hacerle caso, sigue besándole los muslos, la cadera, el pubis otra vez. Y entonces, sin avisar, le coge las piernas por detrás de las rodillas, se las separa, y le pasa la lengua de abajo arriba, lento pero con unas ganas que se le veían en la cara. A ella se le tensaron los brazos de golpe, agarró las sábanas con las dos manos y soltó un gemido tan fuerte que yo misma me asusté y entorné la puerta, no fuera a venir alguien por el pasillo.
—¿Y te quedaste?
—Marina, en ese momento me di cuenta de que estaba agarrándome yo un pecho por encima del uniforme. Sin pensarlo, sola, en mitad del pasillo. Imagínate la situación.
Marina tragó saliva. Ya no fingía escuchar de fondo. Se había deslizado despacio hasta quedar sentada en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en el mueble.
—Total —siguió Sabela, sin enterarse de nada—, que me vuelvo a asomar con cuidado y lo veo a él ya en plena faena. Le recorría todo en círculos con la lengua, separándole los labios con cuidado, como si no quisiera dejarse ni un milímetro sin recorrer. Ella ya no se cortaba nada con los gemidos. Arqueaba la espalda con un ritmo, así, como si fuera un baile que hubieran ensayado mil veces. Y yo, de pie, mirando como una pervertida, te juro que empatizaba con ella. Necesitaba que él dejara de dar rodeos y subiera ya con la boca.
—Te entiendo perfectamente —murmuró Marina, casi sin voz.
—Pues debió leernos el pensamiento a las dos, porque se hizo de rogar un minuto más y, sin avisar, le dio un lametón largo y le rozó el clítoris con la punta de la lengua. Ella no pudo más, le puso la mano en la cabeza y le levantó la pelvis contra la cara. Y él se puso a chuparle el clítoris con unas ganas renovadas, sujetándola por las caderas para que no se le escapara. Te juro que veía brillarle el flujo de ella en la barbilla de él.
—Para, para...
—Así la tuvo un buen rato, gimiendo a pleno pulmón, enganchado entre sus piernas. Pero es que él también gemía, Marina, y eso era lo que más loca me ponía a mí, verlo disfrutar tanto comiéndosela. Hasta que ella lo frena con un gesto de la mano. Él se queda descolocado un segundo, sin entender, pero enseguida sonríe cuando lo pilla. Ella se incorpora, le pone la mano en el pecho con un descaro increíble y lo hace tumbarse hacia atrás.
—¿Y por fin le viste...?
—Por fin. Agarró las sábanas a la altura de la cadera de él y tiró hacia abajo. Tendrías que haberlo visto. La tenía tan dura que salió disparada hacia arriba en cuanto la destapó. Al revés que ella, él iba completamente rasurado, y debía de ir a mil porque hasta le resbalaba una gota desde la punta. Ella ni le dio margen, se abalanzó encima. Él pierde un poco el equilibrio y queda de lado, pero a ella le da igual, lo agarra por la base y se lo empieza a lamer de arriba abajo.
—No puedo más, Sabela.
—Y lo mejor es que él, en esa postura de lado, le levanta una pierna a ella y vuelve a rozarle el sexo con la lengua. Los dos a la vez. Ella subía y bajaba los labios sobre él con una familiaridad pasmosa, casi le llegaba a los testículos. Estuvieron así, haciéndose sexo oral de lado, los dos a la vez. En mi vida había visto algo igual. Imagínate cómo estaba el ambiente.
Marina cerró los ojos. Una de sus manos había encontrado el camino bajo la falda del vestido sin que ella se diera cuenta del todo de cuándo había empezado.
—Cuando ella decide que no aguanta más —continuó la voz por el altavoz—, para. Le pone la mano en la pelvis a él y se impulsa hacia arriba, dejándolo boca arriba del todo, y ella se coloca en cuclillas encima. Y con una elegancia de gata, pasa una pierna por encima de él. Desde donde yo estaba no se veía bien, pero cuando ella grita y deja caer la cabeza hacia atrás, casi sin fuerzas, supe perfectamente que se la acababa de meter entera.
—Dios...
—Y justo ahí, cuando ella empieza a mover la cadera adelante y atrás, despacio, y él le coge un tobillo y le roza el empeine con la nariz... justo ahí oigo que se abre el maldito ascensor al final del pasillo.
—¿Y qué hiciste?
—Salí de la habitación lo más sigilosa que pude, cerré la puerta dejándoles su intimidad, y saludé tan tranquila a los dos huéspedes que venían por el pasillo. Pero, Marina, te prometo que estaba ardiendo por dentro. No veía la hora de salir del curro y llegar a casa con Diego. Oye, ¿Marina? ¿Marina, me estás escuchando?
***
Hacía rato que Marina la oía sin escucharla. El móvil seguía en altavoz sobre la encimera, las bolsas de la compra abandonadas a medio vaciar. Ella, en el suelo de la cocina, con el escote del vestido bajado hasta el ombligo y la ropa interior por los tobillos.
Sus dedos entraban y salían con un ritmo que ya no podía frenar. No imaginaba a la pareja del hotel. Se imaginaba a sí misma en el lugar de Sabela, de pie en aquel pasillo en penumbra, espiando desde la puerta entornada, conteniendo la respiración. Imaginaba el momento exacto en que un jadeo se le escapara y la delatara. Y, sobre todo, imaginaba a la pareja girando la cabeza hacia ella, descubriéndola, sin enfado ninguno.
Con una sonrisa que era una invitación.