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Relatos Ardientes

Instalé cámaras en la obra y vi a mi mujer con otro

Mara heredó la casa del pueblo de una tía soltera a la que adoraba. Junto al terreno, en una aldea de las montañas de León, venía una casita de piedra y algo de dinero. Mi mujer había pasado allí todos los veranos de su infancia, así que no lo dudó: la arreglaríamos y nos la quedaríamos. Desde nuestro piso no había ni hora y media de viaje, y lo mejor era que la casa quedaba apartada, sin vecinos a la vista, escondida detrás de una hilera de chopos.

La única condición burocrática era levantar una habitación más, porque la original solo tenía una. Con los permisos en la mano, un conocido nos recomendó a un albañil de la zona. Quedamos con él un sábado para explicarle la obra, y desde que bajó de la furgoneta no le quitó el ojo de encima a Mara.

La verdad es que no me extrañó. Mi mujer acababa de cumplir treinta y siete y se conservaba espléndida: media melena castaña, caderas firmes, unos pechos grandes que esa mañana llevaba sueltos bajo una camiseta de tirantes, sin sujetador. Habíamos dormido allí la noche anterior y andaba en pantalón corto, recién levantada.

Rubén, el albañil, no sabía dónde mirar. Y ella, lejos de cortarse, empezó a moverse por el patio con un descaro que conocía de sobra. Era un tipo de nuestra edad, alto, de espaldas anchas, con ese cuerpo trabajado por el esfuerzo y no por el gimnasio. Cuando se marchó, le señalé el bulto que se le había marcado en el pantalón.

—Menudo número le has montado al pobre hombre —le dije, riéndome.

—¿Yo? No sé de qué me hablas —contestó, con una carcajada que la delataba.

La obra arrancó esa misma semana y yo me pasaba de vez en cuando para ver cómo avanzaba. A los pocos días, Rubén me llamó: habían entrado a robar y faltaba herramienta. Decidimos instalar una alarma, y un amigo me montó unas cámaras, dentro y fuera, que podía controlar desde el móvil. En su momento me pareció una simple medida de seguridad.

Un viernes subimos con idea de quedarnos el fin de semana. Al llegar, Rubén estaba acompañado de otro obrero al que no conocía.

—Este es Diego —dijo—. Nico está de baja y me echa una mano con lo que queda.

Diego era todavía más grande que Rubén, de piel oscura y cabeza rapada. Me dio la mano con un apretón firme mientras sonreía y, de reojo, repasaba a Mara de arriba abajo. Estaba claro que Rubén ya le había hablado de ella.

Cuando se fueron, Mara se giró hacia mí con los ojos brillantes.

—Madre mía, vaya par de hombres.

—Ya estamos —respondí—. Y encima uno nuevo. Te veo venir de lejos.

—¡Pero si no he dicho nada! —protestó, muerta de risa.

—No hace falta. Te conozco.

***

Pasamos la tarde adecentando la parte ya terminada y, después de cenar, nos sentamos en el porche. La piscina estaba casi lista y Mara fantaseaba en voz alta con bañarse desnuda, sin nadie alrededor. Estaba a mi lado y, mientras hablábamos, su mano se posó en mi entrepierna.

—¿Sabes qué más se puede hacer aquí? —murmuró, con esa sonrisa traviesa que lo anuncia todo.

No me dio tiempo a contestar. Coló la mano bajo el pantalón y me agarró cuando ya empezaba a reaccionar. Nos besamos sin que la sacara, mientras yo le acariciaba un pecho por encima de la tela. En cuestión de segundos se sentó a horcajadas sobre mí, frotándose, y ella misma se quitó la camiseta.

Le tomé los pechos con las manos, hundí la cara entre ellos y le pasé la lengua por los pezones hasta endurecerlos. Mara se deslizó hacia abajo, primero de pie, después de rodillas entre mis piernas, y liberó mi erección para metérsela entre los pechos mientras me lamía la punta con una lentitud calculada.

—Te gusta, ¿verdad? —preguntó, sin dejar de mirarme.

—Sabes que sí —apenas pude responder.

Me tumbó en el banco de madera y giró el cuerpo para que yo alcanzara su sexo. Empecé recorriéndola entera con la lengua, buscando el punto exacto, mientras ella me devoraba con la boca. No tardó en estremecerse, con un temblor largo que le recorrió las piernas. Se incorporó enseguida, se sentó sobre mí de un solo movimiento y empezó a cabalgarme. Cuando echaba el cuerpo hacia atrás, sus pechos se balanceaban sobre mi cara.

La agarré de las caderas para llegar más adentro hasta que volvió a correrse. Después la puse a cuatro patas sobre el banco, la preparé despacio con la lengua y la penetré por detrás. Le di un par de azotes en las nalgas mientras ella se acariciaba, y acabé corriéndome dentro, derrumbado sobre su espalda, recuperando el aliento bajo el cielo del pueblo.

***

A la mañana siguiente me despertó el ruido de la obra. Rubén y Diego trabajaban en pantalón corto, los dos un espectáculo de músculos. Mara apareció detrás de mí y a ambos se les fueron los ojos. Ofreció café con toda naturalidad y, cuando volvió a entrar, ninguno de los dos disimuló hacia dónde miraba.

Justo entonces me llamaron del trabajo: tenía que bajar a la ciudad, aunque volvería por la noche. Mara prefirió quedarse en la casa para no andar yendo y viniendo.

—Pórtate bien —le dije al despedirme—. No hagas nada que no harías conmigo.

—Me lo pones muy fácil —respondió, partiéndose de risa—. Anda, vete y no tardes.

En la oficina, mientras revisaba papeles, me acordé de las cámaras y, casi sin pensarlo, abrí la aplicación. Mara trasteaba dentro de la casa; Rubén y Diego seguían fuera. Volví al trabajo, pero al rato vi movimiento en el jardín: mi mujer salía al sol con uno de esos bikinis diminutos que no dejan nada a la imaginación.

Cambié de cámara a tiempo de ver cómo Rubén le daba un codazo a Diego para que mirara. Ninguno de los dos le quitaba la vista mientras ella se acomodaba en la tumbona. Cogí el móvil y le escribí.

Así no van a terminar la obra nunca.

La vi mirar el teléfono y después levantar la cara hacia la cámara con una sonrisa.

Eso no es culpa mía, contestó.

Sentada en la tumbona, se desabrochó la parte de arriba y la dejó caer. A Diego y a Rubén casi se les escapan los ojos. Mara, sabiéndose observada por las dos cámaras y por los dos hombres, empezó a extenderse crema por los pechos, agarrándolos con las manos, con una lentitud que era pura provocación.

—Hasta a mí me estás poniendo malo —le escribí.

—Eso te pasa por dejarme aquí sola —respondió.

Al rato, Rubén se marchó en la furgoneta y Diego se quedó solo. Mara se levantó, entró un momento y salió con una camiseta y una cerveza fría que le ofreció. Lo vi darle las gracias y explicarle algo de la obra; ella le apoyó la mano en el brazo mientras señalaba la pared. El pobre Diego ya no sabía dónde mirar, y por la cámara se le adivinaba el bulto creciendo sin remedio. Mara tampoco disimulaba: le miraba abiertamente la entrepierna.

—Lo estás matando —le escribí.

Leyó el mensaje, le dijo algo a Diego y volvió a la tumbona, donde se quitó la camiseta y se tendió boca arriba. Poco después se metió en la casa, abrió la ventana del baño —la que daba justo al andamio— y se desnudó delante de él antes de entrar en la ducha.

Diego se quedó boquiabierto, con la mano metida en el pantalón. Así estuvo un rato, hasta que Mara le dijo algo y él soltó la herramienta y entró.

***

Desde la oficina, con la pantalla del móvil y la puerta del despacho cerrada, vi cómo se metía en la ducha con ella. Las manos de Diego fueron directas a sus caderas, y aunque Mara estaba de espaldas, distinguí cómo lo buscaba entre los dos cuerpos. Lo enjabonó entero, frotándose contra él, girándolo a propósito para que yo lo viera bien.

Después fue bajando, besándole el pecho, hasta quedar de rodillas. Solo entonces aprecié de qué tamaño hablábamos. Mara lo agarró con las dos manos y aún sobraba. Se relamió, le dijo algo que lo hizo reír, y empezó a lamerlo de los muslos hacia arriba. Por más que lo intentó, no le cabía ni la mitad en la boca, pero desde luego puso empeño.

Diego la levantó, le abrió las nalgas y la lamió desde atrás mientras ella se sujetaba contra los azulejos. No oía nada, pero la cara de Mara lo decía todo. Al rato él salió un momento, desnudo y empapado, hasta el coche, sacó algo de una mochila —un preservativo— y volvió. La colocó de nuevo de espaldas y la penetró despacio. La expresión de mi mujer cambió por completo, entre el placer y un punto de dolor, mirando directa a la cámara, sabiendo que yo no perdía detalle.

Cuando la postura los cansó, la llevó a la cama. Allí pude ver con claridad cómo entraba y salía mientras ella le rodeaba la cintura con las piernas. Después lo montó, apoyando las manos en su pecho, subiendo y bajando, hasta que él le coló un dedo por detrás y Mara se movió más deprisa. Perdí la cuenta de las veces que se corrió. Al final ella le quitó el preservativo y se lo llevó a la boca justo a tiempo de recibir todo en la cara y el pelo.

Se duchó, le dio un par de lametones de despedida y Diego se vistió y volvió al andamio como si nada. No pasaron ni dos minutos cuando Rubén apareció con la furgoneta, ajeno por completo a lo que había ocurrido.

***

Llegué por la noche y fui derecho a besarla.

—Menuda pieza estás hecha —le dije al oído—. Cómo lo has disfrutado.

—¿Y tú, mirándolo? —respondió, sin un gramo de culpa.

—También. Vaya regalo se gasta el chaval.

—Pensé que me partía en dos —se rio—. Antes de irse me ha dicho que, si quería, mañana se pasaba a hacer alguna chapuza.

—¿Y?

—Que mañana estás tú. Que ya lo pillaré otro día. Y que, si Rubén se entera, se muere de envidia: no ha parado de decir que como me pille me deja seca.

—Pues se va a quedar con las ganas —dije, riéndome.

—De momento. Igual le sigo un poco el juego.

***

A la mañana siguiente, Mara se levantó antes que yo, y desde la cama me quedé remoloneando hasta que oí un coche acercándose. Me asomé a la ventana: era Diego, que se dirigía hacia donde guardaban la herramienta. Mi mujer salió a saludarlo en un visto y no visto, y menos tardó en llevarle las manos a la entrepierna.

En cuestión de minutos estaba en cuclillas, bajándole el pantalón, con aquello en la boca. Diego miró hacia la casa, inquieto, y ella le dijo algo que lo tranquilizó. Se agachó, le soltó el bikini y le tomó los pechos mientras Mara alternaba entre lamerlo y apretárselo entre ellos.

Yo observaba todo desde el dormitorio, sin que me vieran, con la mano ya en mi propia erección. La apoyó contra una mesa de fuera y la penetró por detrás, despacio al principio, después con fuerza, y por fin pude oír los gemidos de mi mujer y el choque de los cuerpos. No tardó en correrse.

Ella misma se tumbó sobre la mesa, con las piernas abiertas, y Diego volvió a entrar mientras le estrujaba los pechos. Cuando empezó a gruñir que se corría, salió, se quitó el preservativo y ella lo terminó con la mano sobre su vientre. Después se arrodilló y lo limpió a conciencia. Hablaron un momento, él se vistió, cogió lo que había venido a buscar y se fue.

Mara entró desnuda en la habitación y no me dio tiempo a nada. La puse a cuatro patas sobre la cama.

—Joder, cómo me ha puesto veros —le dije.

—Ya lo noto. Yo todavía sigo caliente.

La preparé con la lengua y los dedos, primero por el sexo y luego por detrás, donde ella casi nunca se atrevía. La penetré despacio mientras gemía y, sabiendo que no aguantaría mucho, saqué del cajón de la mesilla un juguete que guardábamos.

La tumbé boca arriba, volví a entrar por detrás y deslicé el consolador en su sexo a la vez.

—¡Así! Los dos a la vez —jadeó.

—¿A que te gustaría que fuera él? —le susurré—. ¿Que os tuviera a los dos dentro?

—Sí… pero ahora no pares.

Se corrió otra vez, con todo el cuerpo en tensión, apretándome hasta que acabé dentro de ella. Me quedé tumbado encima, sin moverme, hasta que las piernas dejaron de temblarle.

—Cómo te has puesto —dijo después, todavía agitada—. ¿Ha sido de vernos a los dos o de verlo a él?

—De las dos cosas —reconocí—. Aunque a mí eso no me entra.

—Costaría —se rio—. Eso está claro.

Nos duchamos, comimos sin prisa y volvimos a la ciudad los dos satisfechos: ella, por lo que había vivido; yo, por todo lo que había visto desde el otro lado de la pantalla.

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Comentarios (4)

DiegoSur_77

tremendo relato!! no me lo esperaba asi para nada

Marcos_lect

Que giro tan inesperado. Espero que haya una segunda parte para saber como sigue todo esto

Polo_mx

Me dejo con la boca abierta la verdad. Muy bien narrado, te pone en la piel del protagonista desde el primer parrafo

RamonNocturno

Lo de las camaras como recurso narrativo me parecio original, no habia leido algo parecido aca. Buen trabajo

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