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Relatos Ardientes

Mi marido quería que el vecino me viera desnuda

Damián llevaba más de una semana de viaje y la casa se había vuelto demasiado grande para mí sola. Lo que había empezado como un juego entre nosotros —la idea de que el vecino me mirara desde su azotea— se me había metido debajo de la piel y ya no me dejaba en paz. Pensaba en eso a todas horas, incluso cuando no debía.

Esos días no escuché ruido del otro lado de la reja. Ni una puerta, ni una luz encendida de madrugada. Supuse que él también andaba de viaje, por trabajo o visitando a su familia, y una parte de mí lo agradeció. Otra parte, más honesta, se quedó esperando.

Cada noche Damián me llamaba por videollamada. Dejábamos las cortinas abiertas, como un guiño privado entre los dos, y nos tocábamos a la distancia fingiendo que alguien nos observaba desde la oscuridad. Él me pedía que me acercara a la ventana, que me dejara ver. Yo obedecía, aunque sabía que del otro lado no había nadie.

—De lo que se pierde ese hombre —decía Damián, con la voz ronca, antes de venirse.

Yo me reía y le seguía la corriente, pero por dentro algo se tensaba. Quería que la próxima vez no fuera mentira.

***

La mañana en que mi esposo estaba por regresar, lo escuché. Acababa de salir de la ducha, con el pelo mojado y una toalla apenas anudada, cuando un crujido del otro lado del muro me hizo girar la cabeza. Me asomé despacio, con cuidado de no ser obvia, y ahí estaba: parado en su azotea, a unos metros de mi ventana, mirando hacia adentro.

Mi primer impulso fue cerrar las cortinas de golpe. El corazón se me disparó. Pero entonces recordé la voz de Damián, lo que tantas veces me había pedido al oído, y me quedé quieta. Me alejé un poco del cristal, lo justo para que él creyera que no lo había visto, y empecé a fingir una rutina que no tenía nada de inocente.

Tomé mis cremas de la cómoda y las fui acomodando en fila, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Dejé caer la toalla sin prisa. De reojo lo vi tensarse, sin moverse de su sitio, atento a cada gesto.

Empecé por los hombros, después por los pechos, demorándome en cada centímetro. Bajé por el vientre, por las caderas, por los muslos. Subí una pierna al borde de la cama, fingiendo concentrarme en el pie, y en esa posición me abrí por completo ante él sin mirarlo ni una vez. Escuché su respiración cambiar. Cuando levanté apenas la vista, vi que se había empezado a tocar.

No duró mucho. Un par de jadeos contenidos, un movimiento brusco, y se apartó de la ventana casi corriendo, como si temiera que yo lo descubriera y me ofendiera. Me quedé ahí, con el pulso acelerado y la piel ardiendo, sintiéndome poderosa de una manera que no conocía.

***

Esa noche se lo conté a Damián por teléfono. Ya estábamos los dos desnudos, en plena conversación caliente, cuando solté lo que había pasado.

—Tengo algo que decirte, amor. No sé cómo lo vayas a tomar.

—Dime, preciosa. Soy todo oídos.

Le narré cada detalle: las cortinas abiertas, la toalla en el suelo, la pierna sobre la cama, el modo en que él se había tocado sin saber que yo lo miraba. Damián me interrumpía a cada frase, la voz cada vez más agitada.

—Dime que le presumiste todo. Dime que dejaste que te mirara a su antojo.

—Me vio entera —le respondí—. Escaneó cada centímetro de mi cuerpo. Y se vino, lo escuché.

—¿Y tú? ¿Por qué no le diste un espectáculo de verdad?

—No me dio tiempo. Se asustó y desapareció.

—La próxima vez —me dijo, con esa voz que yo conocía tan bien— deja que se acerque. Que te vea de cerca. Y quiero que tú también lo veas a él.

No hizo falta más. Terminé temblando sobre las sábanas, con los dedos clavados entre las piernas, y del otro lado del teléfono lo escuché venirse pensando exactamente en lo mismo que yo.

—Mañana llego —murmuró—. Y vamos a hacer que valga la pena.

***

Cumplió su palabra. Llegó al día siguiente como un adolescente, ardiendo, sin paciencia para nada. Apenas me saludó en la puerta antes de subirme a la recámara. Lo primero que hizo fue mirar las cortinas y comprobar que estuvieran abiertas.

Me desnudó despacio, con esa mezcla de prisa y reverencia que tenía cuando llevaba mucho tiempo sin tocarme. Me tumbó sobre la cama. Yo traía puestas unas tangas diminutas, casi transparentes, que él mismo me había regalado. Se acomodó entre mis piernas en bóxer, sacó mis pechos por encima del sostén y los besó como si tuviera hambre de mí.

Sentía su erección dura restregándose contra la tela, y yo respondía con las caderas, dejándole saber que ya estaba lista. Hizo la tanga a un lado, acomodó la punta entre mis pliegues y me penetró de una sola vez.

Por fin en casa.

Empezó un vaivén firme, hambriento. Me levantó las piernas y me las llevó a sus hombros, abriéndome por completo. El golpeteo de nuestros cuerpos llenaba la habitación. Yo gemía cada vez más fuerte, hasta que la presión se rompió y exploté en un orgasmo largo que me dejó sin aire.

Damián bajó el ritmo, suave, sin salirse del todo.

—Móntame, amor. Quiero verte cabalgando.

Me incorporé para subirme encima, y fue entonces cuando los dos lo vimos. El vecino estaba parado junto a su muro, mirándolo todo.

***

Mi instinto otra vez fue taparme. Damián lo notó y me sujetó por la cintura, atrayéndome hacia él para besarme.

—Déjalo que vea —me dijo al oído—. Déjalo que se deleite. Hacemos como que no nos damos cuenta. Actúa normal.

Asentí contra su boca. Me puse de pie frente a la ventana, de espaldas a él, y Damián se acomodó detrás de mí. Sentí sus labios bajar por mi nuca, por la espalda, por la curva de mis nalgas. Cerré los ojos. Su mano me acariciaba entre las piernas, abriéndome despacio, mostrándome ante el desconocido como una ofrenda.

Cuando volví a abrir los ojos, lo busqué. Ahora sí quería mirarlo. Estaba erecto, con el sexo en la mano, y por primera vez me permití admirarlo sin disimulo.

—Wow —se me escapó en voz alta.

Damián se asomó por encima de mi hombro y soltó una risa baja.

—No está nada mal el muchacho. Admíralo, amor. Es todo tuyo esta noche.

—Quiero montarte —le pedí.

Se recostó en la cama de modo que yo quedara de frente a la ventana. Me monté sin pensarlo más. Tomé su miembro entre las manos, lo acomodé en mi entrada y empecé a moverme, asegurándome de que el vecino no se perdiera un solo detalle. Me tocaba los pechos, me apretaba los pezones, y lo miraba de frente.

—Tócate para mí —le dije.

Era la primera vez que le hablaba directamente. Él dio un paso y se acercó cuanto la reja le permitía, a unos pocos metros de la ventana, y empezó a masturbarse mostrándomelo todo.

—Qué rico —murmuré, cabalgando cada vez más rápido—. Hazlo para mí.

—Usted también es preciosa —respondió él, con la voz quebrada—. Gracias.

Damián se quedaba callado debajo de mí, escuchando, con la respiración cada vez más agitada. De vez en cuando me apretaba las caderas y me preguntaba al oído si me gustaba lo que veía. Le decía que sí entre gemidos, sin dejar de mirar al otro.

***

—¿Les puedo pedir un favor? —se atrevió a decir el vecino.

—Claro —respondió Damián—. Dime.

—¿La pueden poner a gatas?

Mi esposo no lo dudó. Me giró sobre la cama, me colocó en cuatro de cara a la ventana y volvió a penetrarme, esta vez con embestidas más duras. Yo gritaba sin control, agarrada a las sábanas, mientras el desconocido seguía cada movimiento desde el otro lado.

—¿Quiere ver cómo me vengo? —preguntó él.

—Sí —respondí de inmediato—. Quiero verlo.

Un gemido grave fue toda la advertencia. Se vino con fuerza, soltando un chorro tras otro que cruzó la reja y cayó en mi balcón. No le quité los ojos de encima ni un segundo. Verlo terminar por mí, sabiendo que mi marido me embestía al mismo tiempo, fue demasiado.

Levanté la mirada hacia Damián por encima del hombro.

—¿Te gusta, amor? ¿Te gusta ver a tu mujer así?

—Eres una delicia —jadeó—. Así es como quería verte. Así es como quería que otro te admirara.

Reventé en un orgasmo que me hizo temblar de pies a cabeza. Sentí su miembro hincharse dentro de mí y, un instante después, el calor de su descarga llenándome por completo. Me desvanecí sobre la cama, rendida, como si todo mi cuerpo hubiera estado esperando justo ese final.

***

Cuando recuperé el aliento, Damián se asomó hacia la ventana.

—¿Qué tal mi mujer? —preguntó, con una sonrisa que no intentaba disimular.

—Es una maravilla —respondió el vecino, todavía recuperándose—. De verdad se los agradezco. Gracias por permitirme mirar.

—Solo te pido discreción —dijo Damián—. Sobre todo con la gente del edificio.

—No se preocupen. Jamás haría nada que los pusiera en evidencia. Tienen mi palabra.

En eso le entró una llamada y tuvo que retirarse. Antes de desaparecer, me miró una última vez.

—Gracias, vecina. Es usted una mujer excepcional.

Se fue, y la azotea quedó otra vez en silencio. Damián me abrazó por detrás y me besó el hombro.

—¿Estás bien, preciosa?

—Mejor que bien —le respondí, todavía con el cuerpo vibrando—. ¿Y tú?

—De maravilla. Llevaba semanas deseando esto.

Nos quedamos así, enredados sobre las sábanas, mirando la ventana abierta. Algo había cambiado entre nosotros esa noche, y los dos lo sabíamos. No era la última vez que dejaríamos las cortinas abiertas.

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Comentarios (4)

Ramiro_Mza

que calor este relato!! me imagino la escena y no puedo parar jaja. muy bueno

Nati_Pcia

Increible como describiste la tension de esos momentos. Se siente real sin ser burdo. Espero la continuacion!!

ElChele_ok

buenisimo, me quede queriendo leer mas. el tema del voyerismo esta muy bien manejado, nada forzado

Charly_lector

Me recordo a algo que le paso a unos conocidos, demasiado similar jeje. Buen relato, muy entretenido!

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