El vecino nos miraba desde su azotea
Vivíamos en una casa de dos plantas en un barrio tranquilo, y la ventana de nuestra habitación daba justo a la azotea del vecino. Él la usaba de tendedero, así que rara vez subía, pero desde ahí arriba se veía perfectamente el interior de nuestro cuarto y, sobre todo, la cama, que quedaba de frente. Por eso casi siempre teníamos las cortinas cerradas.
Me llamo Mariela, aunque mi marido siempre me dijo Mar. Soy bajita, ni delgada ni llenita, de pechos grandes y piel clara. Andrés, mi esposo, es de estatura media, moreno y de buen ver. Llevábamos años juntos y todavía nos deseábamos como el primer día.
El vecino vivía solo. Era un chico joven, de cuerpo atlético, callado y educado cuando nos cruzábamos en la calle. Nunca habíamos pensado en él más allá de un saludo cordial. Hasta aquella tarde.
***
Hacía calor y teníamos la ventana abierta, aunque con las cortinas corridas. Yo estaba montada sobre Andrés, moviéndome despacio, gimiendo bajito porque empezaba a sentir que el orgasmo se acercaba. Entonces escuchamos unos ruidos al otro lado de la pared, sobre la azotea.
Bajé el ritmo de inmediato y me quedé quieta. Andrés me sujetó las caderas con suavidad.
—Creo que subió a tender algo —murmuró—. No importa, sigue. Con las cortinas cerradas no se ve nada.
—No se ve, pero se escucha —le respondí en voz baja—. Va a oír cómo gimo.
—¿Y qué? Es normal que una pareja haga el amor. Ya es grande, sabe de estas cosas. —Sonrió de medio lado y bajó aún más la voz—. Además, le das la espalda a la ventana. Aunque se transparentaran las cortinas, solo te vería montada de espaldas.
—No seas así, mejor esperemos a que se vaya.
Pero aquel comentario, en lugar de cortarme, me encendió. Sin quererlo me imaginé al vecino ahí afuera, inmóvil, conteniendo la respiración para escuchar mejor mis gemidos. Me lo imaginé preguntándose si yo estaría desnuda, si tendría las piernas abiertas, si valdría la pena seguir mirando hacia esa ventana cerrada.
Un rato después oímos sus pasos alejándose y la puerta de su azotea cerrarse. Seguimos, pero ya nada fue igual. Me moví con más fuerza, más rápido, hasta que reventé en un gemido que no me molesté en contener.
Que lo escuche, pensé. Que se quede con las ganas.
Andrés se dio cuenta de todo. Mientras recuperábamos el aliento, me dijo al oído que quién sabe cuántas veces aquel chico habría imaginado este preciso momento. La idea me persiguió durante días.
***
Una mañana, cerca del mediodía, me quedé sola en casa. Salí de la ducha envuelta en la toalla y, sin pensarlo, dejé las cortinas abiertas para que entrara la luz. A esa hora el vecino jamás estaba; trabajaba, o eso suponía yo.
Encendí el altavoz, puse música y empecé mi rutina frente al espejo. Me había depilado, así que me untaba crema con calma para no irritarme la piel. Dejé caer la toalla. Estaba entretenida, distraída, pasándome crema por los pechos cuando, de reojo, percibí una sombra cerca de la ventana.
Giré la cabeza de golpe. Y ahí estaba él.
Parado en su azotea, completamente quieto, mirándome desnuda sin ningún disimulo. Tenía los ojos clavados en mí. Me agaché por instinto, crucé los brazos sobre el pecho y junté las piernas, fue lo único que se me ocurrió porque no llegaba a la cortina. Alcancé a notar que llevaba un pantalón corto y que algo le abultaba entre las piernas.
Él solo me sonrió. Una sonrisa breve, casi tímida, y se marchó enseguida.
Corrí a cerrar las cortinas con el corazón a mil. Estaba en shock, temblando, pero entonces me asaltaron las palabras de Andrés. El vecino no solo me había imaginado: ahora me había visto entera. ¿Cuánto tiempo llevaría ahí? Minutos antes había tenido las piernas abiertas frente a esa ventana para ponerme la crema. ¿Cuánto había alcanzado a ver? ¿Habría bajado corriendo a tocarse pensando en mí?
Y mientras esas preguntas se amontonaban en mi cabeza, casi sin darme cuenta, mi mano ya estaba entre mis piernas.
Me senté en el borde de la cama y me toqué despacio, con la otra mano jugando con un pezón. Pensé en su sonrisa, en el bulto de su short, en si en ese mismo instante él estaría haciéndose lo mismo a unos metros de mí, separados solo por una pared. Pensé en cómo sería su cuerpo joven, en lo que estaría imaginando. El orgasmo me llegó tan fuerte que tuve que morderme el labio para no gritar.
Quise contárselo a Andrés esa noche. No me atreví. No sabía cómo se tomaría que otro hombre hubiera visto lo que era solo suyo.
***
Pero algo había cambiado en mí, y él lo notó sin saber por qué. A partir de entonces, cada vez que hacíamos el amor, Andrés me decía cosas al oído que antes eran solo un juego y que ahora me derretían.
—Imagínate que el vecino está escuchando ahora mismo cómo gimes —susurraba—. Imagínate que nos viera. Mira qué pechos se perdería.
Yo me mordía la lengua, porque lo que él no sabía era que el vecino ya no tenía que imaginar nada: ya me había visto entera. A veces oíamos sus pasos sobre la azotea, justo cuando empezábamos, y la sola idea de que estuviera ahí afuera, atento a cada sonido, me llevaba al límite enseguida.
Hasta que una noche, ya tarde, todo cambió. Andrés estaba especialmente excitado, o quizá decidió que era hora de ir un paso más allá. Me tenía penetrada, yo de espaldas contra el colchón, cuando se detuvo.
—Mar, ¿puedo abrir las cortinas? Hace un calor insoportable y no entra nada de aire.
—No, ¿cómo se te ocurre? Nos puede ver el vecino.
—No creo que esté en casa, no se oye nada. Y tú siempre te montas de espaldas a la ventana. Si lo veo subir, te tapo enseguida y no alcanza a ver nada.
Lo pensé un segundo. Solo un segundo.
—Está bien —dije, y mi propia voz me sonó extraña—. Pero estate atento. No querrás que vea cómo te cabalga tu mujer.
Andrés se levantó, erecto, y descorrió las cortinas. La noche entró con una brisa tibia. Yo me quedé bocarriba, con las piernas abiertas, esperándolo. Volvió a la cama, levanté las rodillas y dejé que me penetrara de nuevo. Estuvo así un rato, embistiendo despacio, hasta que me pidió que me subiera.
—Móntate, que me encanta verte las tetas desde abajo.
Me acomodé sobre él y empecé a moverme. Llegué a un primer orgasmo rápido, intenso. Y justo en ese momento sentí que Andrés me cubría con la sábana, pero a la vez me abrazaba.
—¿Qué pasa, amor? —jadeé.
—Creo que el vecino subió. No se ve bien, vi una sombra. Igual no es nada.
—Mejor cierra la ventana, me da vergüenza que me vea si es él.
—No pasa nada. Ya te dije que solo te vería la espalda y el movimiento de las caderas. Aquí adentro está oscuro, no creo que distinga mucho. Pero si quieres me levanto y cierro.
—¿Seguro, Andrés?
—Seguro. Estás tapada, ahora se ve menos todavía. Sigue, amor, no pasa nada.
No respondí. Volví a moverme sobre él, despacio primero, después con ganas. Pero noté que Andrés giraba la cabeza una y otra vez hacia la ventana.
—Está ahí, ¿verdad? —le pregunté sin dejar de cabalgarlo.
—Sí, amor. Pero no te preocupes, no se ve bien. Déjalo que se imagine y se masturbe a tu salud.
No dije nada. Solo me dediqué a mover las caderas más rápido, a gemir más fuerte, sabiendo que cada sonido cruzaba la ventana y llegaba hasta él. Entonces Andrés tiró de la sábana y me dejó descubierta.
—Dale, preciosa, que vea cómo cabalgas.
—¿Está mirando? —le pregunté, y mi propia pregunta me encendía—. ¿Está viendo a tu mujer?
—Sí, amor. Está viendo cómo te mueves.
Algo se rompió dentro de mí, en el mejor de los sentidos. La vergüenza se transformó en otra cosa, en un calor espeso que me subía desde el vientre. Me incliné hacia delante y dejé que Andrés me besara y mordiera los pechos. Después me separó las nalgas con las manos.
—Deja que vea cómo te penetro —dijo.
—Sí, lo que tú quieras —respondí, y ya no me reconocía la voz.
Me embistió desde abajo con fuerza, tan rápido que el cuarto se llenó de sonidos húmedos. Yo gemía sin pudor, repitiendo que sí, que más, que más fuerte, sabiendo que afuera, en la oscuridad de la azotea, había alguien bebiéndose cada segundo.
Llegué a otro orgasmo, larguísimo, agarrada al pecho de mi marido. Cuando me recuperé, Andrés me pidió que me diera vuelta, que me montara de frente a la ventana.
—Que te vea de frente. Que vea esas tetas.
Lo hice. Me incorporé, miré de reojo hacia el cristal y distinguí apenas una silueta, una sombra parada muy cerca de nuestra ventana. Hice como que no la veía. Me senté de nuevo sobre Andrés, ahora de cara al exterior, ofreciéndome entera a esa mirada que no podía ver pero que sentía sobre la piel como un roce.
—Échate un poco hacia atrás, que vea bien —me decía mi marido.
Yo obedecía cada palabra, porque cada idea suya me excitaba más que la anterior. La luz tenue del cuarto apenas dejaba adivinar el exterior, así que nunca llegué a verle la cara al vecino. Y quizá fue mejor así. El misterio lo hacía todo más intenso.
—Mira qué hermosa eres, amor —murmuraba Andrés—. Ya me imagino el banquete que se está dando ese cabrón.
Pasamos así un buen rato, hasta que me puso a cuatro patas de espaldas a él, con la cara hacia la ventana. Entre el golpeteo de sus caderas contra mí, entre mis propios gemidos, alcancé a oír otro sonido distinto del otro lado del muro: un jadeo ahogado, ronco, que no era ni mío ni de mi marido.
El vecino estaba llegando al final. Y yo lo supe.
Algo salvaje se apoderó de mí. Empecé a pedir en voz alta, sin saber muy bien para quién, que se vinieran, los dos, que no se contuvieran. Andrés se dejó ir con un gruñido en el mismo instante en que, al otro lado de la ventana, un gemido contenido confirmó que el chico también había terminado. Dos hombres acabando por mí al mismo tiempo, separados por una pared. Esa idea me hizo estallar en el orgasmo más intenso que recuerdo.
***
Apagamos todo y nos quedamos dormidos abrazados, sin decir una palabra. A la mañana siguiente, Andrés no preguntó nada y yo no conté nada. Me habló como siempre, con una naturalidad que me quitó la última gota de culpa.
Nunca hablamos de lo que pasó esa noche, pero los dos sabíamos que algo había cambiado para siempre entre nosotros y aquella ventana. Y, sinceramente, no fue la última vez que dejamos las cortinas abiertas.