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Relatos Ardientes

Lo que mi vecino me mostró por la ventana

Esto es la continuación de lo que ya les conté hace un tiempo, así que si llegaron acá de nuevo, gracias por seguir leyéndonos. Después de aquella noche en que el vecino nos vio a mi marido y a mí, pensé que la cosa quedaría ahí, en una anécdota incómoda que los tres íbamos a fingir que nunca había pasado.

Me equivoqué.

Al día siguiente me lo crucé en el pasillo y me puse roja hasta las orejas. Él, en cambio, me saludó con una calma que me desarmó. Ni una sonrisita de más, ni una mirada turbia. Solo «buenos días» y siguió de largo, como si nada. Esa tranquilidad suya, esa manera de no clavar los ojos donde yo esperaba que los clavara, me ponía más nerviosa que si me hubiera comido con la mirada.

Y sin embargo, cada vez que lo veía, sentía cómo la ropa interior se me humedecía. Soy de esas mujeres a las que se les nota todo, ya se lo había contado antes. Una sola idea fuera de lugar y mi cuerpo respondía solo, sin pedirme permiso.

Pasaron varios días sin novedades. Creo que los tres estábamos un poco avergonzados y, sin decirlo, evitábamos que se repitiera el momento. Pero solo de pensarlo, mi marido y yo nos calentábamos. Lo comentábamos en voz baja, de noche, como un secreto que nos pertenecía.

Hasta que pasó lo que les voy a contar.

***

Mi marido, Andrés, se había ido de viaje de trabajo a Querétaro. Llevaba ya unos cuantos días afuera y la casa se sentía enorme y silenciosa. Yo recién había terminado con la regla, así que ni siquiera tenía ganas de masturbarme; estaba en esa fase floja del mes en la que el cuerpo pide descanso más que fuego.

Esa mañana me metí a bañar. Por una vez fui prudente y cerré bien las cortinas de la ventana del cuarto, esa que da justo al costado de la casa del vecino. Mientras me secaba el pelo, escuché un ruido afuera. Pasos cortos, el roce de algo contra la pared, una respiración que no era el viento.

Me quedé quieta, con la toalla apretada contra el pecho. El corazón se me había acelerado de golpe.

Me acerqué a la ventana de puntillas y abrí la cortina apenas un dedo, lo justo para espiar sin que me vieran. Y ahí estaba.

Él, pegado al muro, estirando el cuello para ver si lograba pescar algo a través de alguna rendija. Buscaba la misma suerte de aquella otra vez, cuando me había visto desnuda sin que yo me diera cuenta. Pero esta vez fui yo la que lo descubrió a él.

Y lo que vi me dejó sin aire. Tenía el pantalón abierto y el sexo afuera, acariciándolo despacio, sacando toda la cabeza con cada movimiento de la mano. Un escalofrío me bajó por la espalda hasta las piernas. Era grande, más de lo que yo recordaba haber imaginado, gruesa y firme, de esas que te hacen tragar saliva sin querer.

Dios, está afuera, haciéndose eso pensando en mí.

Mi cuerpo entendió antes que mi cabeza. La humedad volvió de golpe, abundante, resbalándome por el muslo. Los pezones se me endurecieron contra la toalla hasta doler. Todo el cansancio del mes desapareció en un segundo, reemplazado por unas ganas que no me dejaban pensar.

Sin medir las consecuencias, descorrí la cortina de un tirón.

Él se sobresaltó y escondió el sexo con la mano, como un chico al que pescan robando dulces. Yo me hice la sorprendida, abrí grandes los ojos y me quedé inmóvil. Los dos sabíamos que era una mentira, una de esas que se cuentan solo para tener un motivo de seguir.

Nos miramos. Ni una palabra. Su mirada bajó por mi cuerpo, recorriéndome entera, y después volvió a subir hasta encontrarse con la mía. Yo no sabía qué hacer. No quería que se fuera, eso lo tenía clarísimo. Pero tampoco quería que se hiciera la idea equivocada, que pensara que iba a abrirle la puerta para que me cogiera ahí mismo. Eso no iba a pasar. No todavía.

Entonces tomó la decisión por los dos. Lentamente, casi como un desafío, retiró la mano y volvió a mostrarme lo que tenía. Se ofreció a mí en pleno, sin esconder nada. Y al verlo otra vez, sin la prisa del susto, las rodillas me temblaron de verdad.

Empezó a masturbarse para mí. Despacio al principio, con la vista fija en la mía, como preguntándome en silencio si yo iba a quedarme a mirar o iba a cerrar la cortina y dejarlo con las ganas.

Me quedé.

***

Di un paso atrás y me senté en el borde de la cama, justo en la línea de luz que entraba por la ventana. Solté la toalla. Sentí el aire fresco sobre la piel mojada y vi cómo él contenía la respiración al verme desnuda, esta vez no por accidente sino porque yo había decidido mostrarme.

Abrí las piernas despacio, para que viera lo que me estaba provocando. Para que entendiera que no era solo él el que ardía. Mi sexo estaba hinchado y brillante, latiendo, respondiendo a cada movimiento de su mano. Me llevé los dedos ahí y empecé a acariciarme sin apuro, dejando que mirara.

Él miraba todo. Mis pechos, los pezones duros, el lugar entre mis piernas donde mis dedos se movían en círculos lentos. Me miraba a la cara, después bajaba de nuevo, y todo el rato seguía dándose placer del otro lado del vidrio, mostrándomelo en su esplendor.

Era la cosa más obscena y más excitante que había hecho en mi vida. No nos tocábamos. Ni siquiera estábamos en la misma habitación. Y aun así, esa distancia, ese vidrio en el medio, hacía que cada mirada pesara el doble. No había contacto, solo deseo puro, y eso lo volvía insoportable de lo bueno que era.

Había algo en saber que él me estaba viendo, que cada gesto mío iba a quedar grabado en su cabeza, que me empujaba más lejos de lo que me animaba a llegar yo sola. Me sentía observada y, en lugar de incomodarme, eso me prendía como nunca. Era como si su mirada me tocara sin manos, como si pudiera sentir el peso de sus ojos recorriéndome la piel desnuda.

Bajé la vista hacia él un momento, hacia su mano subiendo y bajando con un ritmo cada vez más urgente, y se me secó la boca. Me imaginé el resto, todo lo que no estaba pasando: su peso encima, su boca en mi cuello, esa cosa que me mostraba abriéndose paso dentro de mí. La fantasía me golpeó tan fuerte que tuve que morderme el labio para no decir en voz alta lo que estaba pensando.

Empecé a gemir bajito, sin importarme si me escuchaba o no. Me acariciaba con una mano y con la otra me apretaba el pecho, jugaba con el pezón, lo pellizcaba. Los dedos me resbalaban de lo mojada que estaba. Subía el ritmo y volvía a bajarlo, alargando el momento, porque no quería que terminara todavía.

Que me vea bien. Que se lleve esta imagen.

Me recosté hacia atrás, apoyada en los codos, y levanté las piernas separándolas todo lo que pude. Le di la vista completa. Él aceleró la mano al verme así, abierta y entregada para sus ojos.

—Mirá cómo me pusiste —dijo en voz baja, ronca, lo justo para que lo escuchara a través de la ventana entreabierta—. ¿Querés ver cómo termino, mami?

—Sí —contesté sin reconocer mi propia voz—. Mostrámelo. Quiero verte.

—Ahí va, mirá.

El placer empezó a treparme desde adentro, esa presión que se acumula y te avisa que no hay vuelta atrás. Me froté más rápido, con los ojos clavados en él, en su mano, en lo que estaba a punto de pasar.

—Me vengo —jadeé—. No pares, no pares.

El orgasmo me sacudió de arriba abajo. Cerré los ojos un segundo y volví a abrirlos enseguida, porque no quería perderme nada. Mi cuerpo se tensó entero y después se aflojó en oleadas, una tras otra, mientras yo seguía mirándolo.

Casi al mismo tiempo, lo vi a él agitarse. Apretó los dientes, echó la cabeza un poco hacia atrás y terminó. Hacía años que no veía a un hombre acabar con esa intensidad, con esa cantidad. Fue largo, generoso, y yo no aparté la vista ni un instante.

Cuando se le pasó, me sostuvo la mirada unos segundos más. No dijo nada. Se acomodó la ropa, se dio media vuelta y se marchó, así, sin más, como si recogiera el silencio que habíamos creado entre los dos.

***

Me quedé un rato sentada en la cama, todavía con las piernas temblando, recuperando el aliento. Después me levanté y corrí las cortinas del todo. Tenía la piel pegajosa y el cuerpo flojo de lo intenso que había sido.

Volví a meterme a la ducha. El agua tibia me cayó encima y yo seguía con la cabeza en lo que acababa de pasar, repasándolo cuadro por cuadro. Pensaba en lo que había visto, en su manera de mostrarse sin pudor, en cómo me había mirado mientras yo me deshacía para él.

Y, lo confieso, pensé en lo que no había pasado. En cómo habría sido tenerlo del mismo lado del vidrio. En sentir esa boca, esas manos, ese cuerpo que solo había podido mirar de lejos. Me imaginé un montón de cosas bajo el agua, y todas me volvían a encender por dentro.

Pero todavía no era el momento. Eso lo sabía.

Cerré el grifo, me envolví en la toalla y me quedé un rato frente al espejo empañado, sonriendo sola como una boba. Andrés volvía en unos días, y tenía mucho para contarle. Conociéndonos, no iba a enojarse. Al contrario.

Pero esa, como dicen, ya es otra historia. Se las iré contando de a poco. Gracias por leernos otra vez, y hasta la próxima.

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Comentarios (3)

Marcos_lector82

Que bueno!! me enganché desde la primera línea y no pude parar. muy bien narrado

Valentina_Bsas

Me gustó mucho como está escrito, se siente muy real. Sigue publicando asi!

RobertoC_Cba

jajaja tremendo, me recordó algo parecido que me pasó viviendo en un edificio hace unos años. uno nunca sabe lo que pasan los vecinos. buenisimo relato!!

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