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Relatos Ardientes

Dejé que mi marido me ofreciera al vecino del crucero

No sé con exactitud cuándo empecé a sospecharlo. Quizá fue en nuestro segundo crucero, cuando noté la manera en que Andrés me miraba mientras yo fingía rebuscar algo en la maleta, justo al lado de la puerta del balcón. O quizá fue mucho antes, en casa, cuando mis braguitas empezaron a desaparecer del cesto de la ropa para reaparecer días después en los rincones más insospechados.

Me llamo Lorena. Para todo el mundo, soy la viva imagen de la timidez. Crecí en un hogar de convicciones estrictas, fui la niña que se ruborizaba con un simple piropo, la adolescente que se cubría con bañadores enteros hasta los diecinueve años, convencida de que un bikini era casi un pecado. Cuando Andrés y yo empezamos a salir, tuvo que esperar al compromiso para que yo me sintiera lista para entregarme. Hice el amor por primera vez con la luz apagada y tapándome con las sábanas.

Pero lo que nadie sabe —lo que ni siquiera él sospecha— es que dentro de esa mujer recatada vive otra. Una de curvas elegantes, de piernas firmes y un cuerpo que siempre he disimulado con ropa holgada. Una que se estremece en secreto cuando siente una mirada masculina posándose sobre ella. Desde los veinte años me persigue la misma fantasía: ser observada, ser deseada, ser el centro de la atención de un hombre. Y esa idea, que durante años me horrorizó, también me fascinaba de un modo que jamás me atreví a confesar.

He guardado este secreto durante casi tres décadas.

Andrés cree que soy su obra, la chica mojigata a la que él «liberó». Y en parte es verdad: sin él nunca habría explorado mi cuerpo, nunca habría aprendido a disfrutar sin culpa. Pero lo que ignora es que muchas de aquellas tardes en que creía estar convenciéndome, yo ya estaba allí, ardiendo por dentro, deseando complacerle tanto como sentirme deseada.

Y lo que menos sospecha es que conozco perfectamente su juego.

Las fotos anónimas que sube a internet. Los foros donde presume de «sus» curvas. Las conversaciones con desconocidos en los que describe mi cuerpo como si fuera un trofeo. Lo sé todo. Lo descubrí hace años, al tropezarme con su historial de navegación. Y en lugar de montar una escena, me senté frente al ordenador y leí cada comentario, cada «me encantaría estar con ella», cada fantasía que compartía sobre mí.

Sentí un calor húmedo y prohibido entre las piernas. Más del que había sentido en mucho tiempo.

Desde entonces juego mi propia partida. Me muestro más provocativa de lo necesario cuando sé que me mira. Finjo no enterarme cuando me graba a escondidas. Dejo que crea que es su fantasía, cuando en realidad es la mía. Yo, la tímida, la recatada, la que todavía se sonroja al pedir un café.

En los cruceros, mi juego llega al límite. Andrés piensa que el relax de las vacaciones me vuelve más abierta. Y es cierto, pero no por las razones que él imagina. En los cruceros hay público. Y yo, sin decirlo nunca en voz alta, lo busco.

***

Llevábamos cuatro días navegando. Nuestros vecinos de camarote eran una pareja más joven, de unos cuarenta años. Ella era morena, esbelta, con ese aire de seguridad que a mí siempre me ha intimidado. Él, en cambio, era justo el tipo de hombre que me acelera el pulso: alto, de hombros anchos y una mirada intensa que parecía atravesarme.

Lo había observado desde el primer día. En la piscina, cuando me sentaba discreta en una tumbona apartada, notaba cómo sus ojos resbalaban por mis piernas y por el nacimiento de mis pechos. No de forma descarada, sino con esa habilidad masculina de evaluar sin que lo sorprendan. Y yo, la que debería haberse sentido incómoda, sentía un cosquilleo en el vientre y una humedad que no sabía esconder.

Aquella tarde estábamos desnudos en la cama. Andrés repasaba su teléfono y yo hojeaba una revista. Cuando empezó a acariciarme, sentí la oleada de deseo de siempre. Pero algo era distinto. La manera en que me colocó, ligeramente en diagonal, con las piernas orientadas hacia el balcón abierto. La toalla que puso sobre mis ojos en lugar de la venda habitual.

Lo supe al instante.

No sé cómo, pero lo supe. Tal vez por la puerta del balcón, deliberadamente entreabierta. Tal vez por la tensión en sus movimientos, más calculados que nunca. O tal vez porque llevaba treinta años aprendiendo a leerlo.

El corazón se me disparó. Pero no de miedo. De pura anticipación.

Y entonces lo oí. El deslizar de una puerta corredera en el camarote contiguo. El crujido de unos pasos sobre la madera del balcón, justo al otro lado del separador.

Dios mío. Hay alguien ahí fuera. Y Andrés lo sabe.

Por un segundo, el instinto de toda una vida me ordenó gritar, cubrirme, exigirle que cerrara la puerta. Pero la otra Lorena —la que llevaba décadas esperando— susurró por dentro:

Quédate quieta. No digas nada. Por fin ha llegado tu momento.

Andrés me preguntó si estaba cómoda. Le dije que sí con una voz que esperé que sonara normal. Me anunció que me quedaría así un buen rato, y noté un énfasis extraño en sus palabras, como si no las dijera solo para mí.

La excitación me envolvía como una ola de calor. Mis pezones, ya sensibles, se endurecieron todavía más. Mi sexo, ya húmedo, latía de deseo. Y allí, detrás de la toalla, sonreí.

Esto es lo que siempre quisiste, Lorena. Ser vista. Ser deseada. Sin tener que pedirlo, sin tener que avergonzarte.

Las caricias de Andrés se volvieron más intensas. Yo gemía, pero no solo por lo que él me hacía. Gemía por los ojos que sabía clavados en mí. Gemía por la presencia de aquel desconocido, viendo mis pechos desnudos, mis piernas abiertas, mi cuerpo entregado al placer sin reservas.

En un momento dado, Andrés se movió. Su cuerpo tapó por un instante la luz que entraba del balcón. Cuando volvió a su sitio, algo había cambiado. Su excitación era palpable, casi eléctrica.

Ha hecho contacto visual, pensé. El vecino sabe que Andrés sabe que está mirando. Y Andrés le ha dado permiso.

El calor de mi vientre se volvió abrasador.

Andrés deslizó una almohada bajo mi cabeza, inclinándome un poco más hacia el balcón, ofreciendo una vista todavía mejor. Después sentí su pene rozando mis labios, y abrí la boca obediente, con una entrega que jamás le había mostrado.

Mientras lo chupaba, mi mente volaba. Imaginaba al vecino ahí fuera, observando cómo le complacía. Imaginaba su mano bajando hacia su propia entrepierna. Imaginaba su respiración acelerándose al ritmo de la mía.

Cuando Andrés me pidió que me tocara, obedecí sin titubear. Normalmente me daba vergüenza masturbarme delante de él. Pero hoy no. Hoy había alguien más mirando. Y esa certeza, ese saber que me observaban, borró de un plumazo toda mi timidez.

Mis dedos encontraron el clítoris hinchado y empezaron a acariciarlo con una urgencia que nunca me había permitido. Gemí más fuerte que de costumbre, las caderas moviéndose al compás de mi mano. Quería que él lo oyera. Quería que supiera cuánto me excitaba su mirada furtiva, su complicidad robada.

¿Te gusta, vecino? ¿Te gusta ver a esta esposa tímida retorciéndose de placer mientras la espías desde las sombras?

Andrés me tendió a lo largo de la cama y me penetró. Grité. No fingí. La mezcla de tenerlo dentro y de saber que nos miraban resultó abrumadora. Cada embestida me empujaba más cerca del borde. Gemía sin control, sin pudor, entregada por completo al momento que había esperado durante toda mi vida.

Mírame, vecino. Mírame mientras me hace suya. Mírame mientras disfruto de ser tu espectáculo prohibido.

Supe el instante exacto en que Andrés empezó a frotar mi clítoris. Quería que el vecino me viera llegar al orgasmo. Y yo lo deseaba con todas mis fuerzas. Quería que viera mi cara de placer, mi boca abierta en un grito, mi cuerpo arqueándose. Quería que se llevara esa imagen para siempre.

Cuando el orgasmo estalló, fue como una explosión de luz. Grité, me arqueé, apreté las piernas alrededor de Andrés. Y mientras las contracciones me sacudían, lo sentí terminar dentro de mí, su gemido fundiéndose con el mío en un dúo perfecto.

***

Después, cuando la respiración se calmó, me quité despacio la toalla de los ojos. Miré a Andrés, que sonreía satisfecho. Pero hoy había algo más en su mirada. Un brillo distinto. Un secreto que él creía solo suyo.

—Ha sido increíble —dije, con una sonrisa lánguida que no tuve que fingir—. Deberíamos hacerlo más a menudo.

Me acurruqué contra su pecho, sonrojada, aunque el rubor era más de excitación que de vergüenza. Luego miré el reloj.

—¡Madre mía, tengo cita en el spa en veinte minutos!

Salté de la cama y me metí en la ducha. Necesitaba un momento a solas. Bajo el agua caliente, sonreí. La sonrisa se convirtió en risa, una risa nerviosa, liberadora, casi salvaje.

Lo sabe, pensé. Cree que es su juego. Pero yo quería que pasara. Y ahora compartimos un secreto con ese desconocido.

Cuando Andrés entró en la ducha, me apretó contra los azulejos. Mientras me besaba, noté algo extraño en su mano, algo pegajoso que me untó en la mejilla. No supe qué era, pero no pregunté. Después deslizó los dedos dentro de mí, y sentí que aún conservaban esa sustancia. Mi cuerpo respondió al instante.

—Estás muy encendido hoy —dije, rodeando su pene, ya duro—. Tendrás que esperar a esta noche.

Pero mientras lo decía, mi mente seguía en el vecino. En sus ojos. En su mano. En su propia excitación.

¿Te corriste, vecino? ¿Te corriste mirándome?

Más tarde, cuando volví del «spa» —en realidad había estado paseando por cubierta, buscándolo sin querer encontrarlo—, Andrés no estaba en el camarote. Salí al balcón.

Y allí lo vi. Una mancha húmeda y blanquecina, justo al lado del separador. Me agaché y pasé los dedos por ella. La textura no dejaba lugar a dudas.

Era él. El desconocido.

Sonreí con una mezcla de picardía y triunfo. Y antes de entrar, con un gesto que jamás habría imaginado en mí, me llevé los dedos a los labios y los lamí.

Sabía a hombre. Sabía a desconocido. Sabía a pecado.

Y me supo delicioso.

Esa noche, cuando Andrés y yo hicimos el amor, fui yo quien pidió dejar la puerta del balcón abierta. Fui yo quien se colocó de espaldas a la noche, arqueando la cintura para ofrecer mis curvas a la oscuridad, por si él también andaba ahí fuera, mirando.

Y cuando me corrí, grité con una intensidad que Andrés interpretó como pasión por él.

Pero yo sabía. Yo sabía para quién era de verdad ese orgasmo.

Quedan tres días de crucero. Tres noches. Tres oportunidades para ser observada.

Porque la tímida Lorena, la recatada Lorena, ha despertado. Y ahora que ha probado las mieles de la mirada ajena, ahora que ha cometido su primera infidelidad consentida, silenciosa y absolutamente perversa, tiene hambre de mucho más.

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Comentarios (5)

Charly_MZA

Tremendo relato, me enganchó desde las primeras líneas y no pude soltar el celular. Ojalá haya continuación!!

Sofi_Baires

jaja me encantó el giro que le da la protagonista, es lo mejor de todo. Muy picaresco

MarcosV_BA

Muy bien escrito, cada detalle en su lugar sin pasarse de vuelta. Seguí así!

Miriam_cba

Me recordo a unas vacaciones hace años, aunque nada tan intenso jajaja. Buenísimo relato

CarlosRM

increible!! la forma en que lo contaste me tuvo al borde del asiento todo el tiempo

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