Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi novio nos miró toda la tarde sin tocarnos

Voy a ser honesta con ustedes antes de empezar: cuando publiqué mi primer relato, no esperaba que tanta gente se tomara el tiempo de leerlo, ni mucho menos de dejarme esos comentarios que me sacaron una sonrisa durante varios días. Por eso decidí seguir contando lo que me pasó, las cosas que creo que vale la pena compartir. Esta vez les voy a narrar lo que ocurrió la segunda vez que estuvimos con Bruno, el amigo de mi novio Martín.

Y antes de que saquen conclusiones: yo tampoco sé bien cómo llamarlo. ¿Infidelidad consentida? No hubo engaño. Fue el propio Martín quien lo organizó todo, quien lo propuso y quien se quedó mirando. Ustedes serán los jueces.

Durante los primeros días después de aquella primera tarde, casi no hablamos del tema. Martín arrancaba una semana cargada de trabajo y yo andaba a las corridas mandando currículums sin recibir una sola llamada. Bruno, por su parte, recién se había recibido de profesor de gimnasia y estaba acomodándose en sus nuevos horarios. Nadie tenía la cabeza para sentarse a conversar con calma.

Pero a la noche, durante la cena, el tema aparecía solo. Comíamos en nuestra mesa redonda con la tele encendida de fondo, sin prestarle atención, y en algún momento Martín lo traía a colación con una media sonrisa.

—¿Y? ¿Cómo lo procesaste? —me preguntó una de esas noches.

—Distinto —le respondí—. Rara. Como si hubiera sido parte de algo nuevo. Y me gustó. Tanto haberlo hecho como haberte dado un buen rato a vos.

No le estaba mintiendo, pero tampoco le estaba diciendo toda la verdad.

La verdad era que no se me iba de la cabeza. Que quería repetirlo. Y que me sentía un poco culpable de desearlo con tantas ganas, como si quererlo de esa forma fuera una manera de traicionarlo a él. Martín es un hombre seguro, confía en mí, pero yo igual me guardaba la intensidad de mis ganas para no incomodarlo. Lo que más me prendía, si soy sincera, era pensar que después de tantos años con la misma persona había probado un cuerpo distinto. Eso me calentaba. Y mucho.

Pasó la semana pesada y Martín se relajó. Una tarde nos metimos juntos a la ducha, enjabonados, y terminamos haciendo el amor contra los azulejos, el agua caliente cayéndonos encima. Cuando ya estaba por terminar, me lo pidió al oído.

—Imaginate que soy Bruno —murmuró.

No me lo esperaba, menos en un momento tan nuestro. Pero le hice caso. Cerré los ojos y me imaginé al amigo. Y me di cuenta de que la idea, lejos de molestarme, me encendía todavía más.

Cuando los dos recuperamos el aliento, lo solté sin vueltas:

—Llamalo a Bruno para el sábado.

Martín se rio.

—De una, hermosa.

***

El sábado, en lugar de recibirlo en casa, fuimos nosotros a su departamento: un edificio de cinco pisos cerca de la avenida Costanera, tan lindo como el nuestro. Bruno bajó a recibirnos en musculosa blanca y short, mostrando esos músculos tonificados de profesor de gimnasia, con una sonrisa de oreja a oreja. Saludó a Martín y, al verme a mí, la sonrisa se le volvió pícara. Yo había ido con un vestido negro corto, ajustado, con un escote en V cruzado que me resaltaba todo.

Me saludó con un beso intencionado, demasiado cerca de la comisura de los labios, y suspiró.

—Es lo que amo del verano: lo poquito que se puede usar de ropa, y lo fácil que es sacársela.

Abrí grande la boca, entre indignada y risueña, y miré a Martín.

—Atrevido tu amigo —le dije.

—Y puede ser peor, te aviso —respondió él, soltando una carcajada.

Subimos por el ascensor. Bruno vivía en el último piso, así que aprovechamos el trayecto corto para ir entrando en calor ahí mismo. Nos besamos con fogosidad, nos tocamos. Él me agarraba los pechos y me apretaba con firmeza la cola por encima del vestido; la tela era tan fina que sentía el calor de sus manos atravesándola. Yo le recorría los hombros, los brazos, el pecho duro debajo de la musculosa.

Y todo eso pasaba delante de Martín, que no decía nada, solo miraba. En su silencio yo ya sabía que estaba disfrutando.

—Esta cola me vuelve loco —me decía Bruno al oído.

—Es tuya hoy —le contesté.

Justo cuando empezaba a manosearle el bulto del short, el ascensor frenó. Nos acomodamos las prendas, agitados, y salimos los tres al pasillo.

El departamento era amplio: un pasillo angosto que conectaba con la cocina a la izquierda y, derecho, con el living comedor. Había un sofá beige y, detrás, unos ventanales enormes que daban a un balcón con vista a toda la manzana. Me imaginé por un segundo a Martín y a mí en un lugar así, alguna vez, con espacio para pensar en un futuro. Después volví a la realidad.

—¿Quieren tomar algo? —preguntó Bruno desde la heladera—. Tengo gaseosa y unas birras frías.

—Traé esas birras —pidió Martín—. Para disfrutar el momento.

—¿Y vos, Cami?

Una aclaración: Cami no es mi nombre real. Me llamo Mariana, pero desde chica todo el mundo me dice Cami y ya nadie recuerda por qué. Es solo un apodo, no tiene historia.

—¿Hace falta que te diga lo que quiero ahora? —respondí.

Martín se rio desde su silla.

—Tranquila, amor. Todo a su tiempo.

Bruno vino con las dos latas, sonriendo como un desgraciado, y le dio una a Martín. Brindaron con aires de socios y tomaron. Yo me senté en el sofá, impaciente, con la calentura del ascensor todavía encendida en el cuerpo. Saqué el teléfono y le escribí a mi amiga Daniela, la que tiempo después me empujaría a publicar estos relatos.

«Estoy en lo del flaco con Martín», le mandé.

«Bien ahí. ¿Te fuiste hot?»

«Obvio. Arrancamos en el ascensor pero ahora se pusieron a tomar cerveza, los dos.»

«Jaja, hombres. Tranqui, ni bien terminen te atienden.»

«Estoy que no doy más, Dani.»

«Después me contás todo. Y si es tan potente como decís, un día me lo prestás un ratito, ¿no? Jajaja»

Guardé el teléfono y me incliné hacia adelante.

—¿Subimos de una vez? —dije, un poco fastidiada.

Bruno dejó la lata sobre la mesa.

—O lo hacemos acá mismo, donde estás vos.

Sonreí.

—También podríamos.

Martín tomó un trago de su cerveza, se acomodó en la silla arrimada a la mesa, cruzó las piernas y le dijo:

—Andá, tigre.

***

Bruno se sacó la musculosa de un tirón y la revoleó sobre el respaldo de otra silla. Tensó los brazos para marcarse aún más y se acercó hasta dejar su entrepierna a centímetros de mi cara, meneando las caderas para provocarme.

Me mordí el labio, lo miré de arriba abajo y le bajé el short. El bulto del bóxer estaba durísimo. Le bajé la tela y lo saqué. Lo masturbé despacio, le sorbí de arriba abajo, y él echó la cabeza atrás con un suspiro.

—Cómo me gusta que hagas eso —dijo.

—No lo puedo evitar.

—Primero metémela —le pedí—. Después seguimos.

Me tomó de la cintura, giró y se sentó en el sofá conmigo encima. Me manoseó los muslos por debajo del vestido, me bajó los breteles y me dejó el torso al descubierto. Me besó entre los pechos, me mordió suave los pezones mientras yo me aferraba a su pelo. Empecé a gemir y a mover la cadera sobre su entrepierna, frenética.

—Dale, no doy más.

Corrió la tela de la tanga hacia un lado y me fue entrando de a poco, dibujando círculos antes de hundirse. Me erguí, suspiré hondo, me eché el pelo hacia atrás y empecé a cabalgarlo. Mientras lo hacía, giré la cabeza y miré a Martín.

Casi me había olvidado de que él también estaba ahí, sentado, tocándose despacio sin sacarme los ojos de encima.

—¿No te querés sumar, amor? —le pregunté con voz dulce—. Vení, te la chupo.

—No, preciosa —contestó, sin moverse—. Este es un momento de ustedes. Yo miro.

Y eso, que solo mirara, fue lo que terminó de prenderme fuego. Volví a Bruno, me incliné hacia adelante y empecé a moverme más rápido, gimiéndole agudo en el oído. Saber que mi novio estaba a un par de metros, observándonos, disfrutando en silencio, me calentaba más que las propias manos del amigo.

—Me encanta que nos mire —le susurré a Bruno.

—Ahí está el morbo, entonces —respondió él, y me dio una nalgada que me hizo gemir.

Me apretó fuerte contra él, hundiéndose hasta el fondo. Eché la cabeza atrás y solo me salió un quejido entrecortado, como si me faltara el aire de pura excitación.

—Ponela en cuatro —dijo Martín desde su silla, con la voz ronca.

Bruno y yo no pudimos evitar reírnos, y la risa rompió un segundo la tensión. Me levantó, me dio vuelta y me dejó de rodillas sobre el sofá. Me sacó el vestido deslizándolo por las piernas, después la tanga. Arqueé la espalda y le ofrecí la cola moviéndola despacio, mirándolo por encima del hombro. Se acomodó detrás y me la clavó de una.

Solté un alarido que fue mitad dolor, mitad placer. Empezó a embestirme duro, me agarró del pelo con una mano y me dio nalgadas con la otra. La piel me ardía, pero lo gozaba. Quería suplicarle que no parara nunca, pero solo podía gritar. Por un instante deseé que todos los vecinos, todo el edificio, fueran testigos de la locura que estábamos armando.

Cuando bajó la velocidad para tomar aire, le pedí que cambiáramos. Se recostó boca arriba y me subí encima para cabalgarlo, las manos apoyadas en su pecho.

De reojo vi que Martín se levantaba de la silla. Se había puesto unas servilletas de papel sobre el cuerpo y subía la escalera hacia el baño, conteniendo en silencio su propio final. Quise reírme, pero estaba demasiado metida en lo mío.

Bruno me avisó que ya estaba por terminar. Me levanté rápido, le agarré la verga y la apoyé contra su abdomen. Terminó ahí mismo, sobre su propia piel. Me miró confundido, frunciendo el ceño.

—Mirá lo que hago —le dije.

Me acerqué y lo limpié con la lengua, despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Él sonrió.

—Cada vez me sorprendés más.

Me relamí como una gata.

—Tengo más trucos para mostrarte. Si repetimos, quiero que sea en tu cama. O en el balcón, para que todo el mundo nos vea.

—Te calienta que te miren, ¿no? —dijo él.

—No lo sabía hasta que empezamos con esto. Saber que Martín estaba ahí, mirando, me encendía el doble.

***

Un rato después bajó Martín, otra vez relajado, como si nada. Bruno y yo fuimos a asearnos por turnos; me presté la ducha y me di un baño tranquilo. Cuando volví, ya vestida, los dos amigos estaban tirados frente a la tele, charlando de fútbol.

Nos quedamos a cenar, pedimos unas pizzas y, mientras ellos seguían con su conversación, yo me escapé al balcón a tomar aire. Llamé a Daniela y le conté todo. Me felicitó y volvió a insistir con lo de «prestarle» al amigo para probarlo ella también. Y así fue, una semana más tarde. Su veredicto: un animal en la cama.

Esa misma noche, ya de vuelta en casa, me acosté con Martín y tuvimos el mejor sexo en mucho tiempo. Porque eso es lo que estas tardes nos dejan: la llama prendida. Yo siempre supe, y siempre voy a saber, qué lugar le corresponde a cada uno. Martín es y va a seguir siendo mi única pareja, irremplazable. Bruno es una fantasía que disfrutamos los tres mientras nos den ganas, y el día que decidamos que ya fue suficiente, ahí va a terminar.

Gracias por leerme. Voy a seguir escribiendo, porque me hace bien y porque ustedes me lo retribuyen. Quién sabe, tal vez el próximo relato me remonte a mis primeras experiencias, mucho antes de conocer a Martín. Estén atentos, que de seguro los voy a sorprender.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios(3)

ElenaRoja

que relato tan bueno!!! me dejo con ganas de mas

NocheEnBaires

El tema esta tratado con mucho cuidado, nada burdo ni apurado. Muy logrado, de verdad.

LectoraViajera

Me recordo a algo que vivi hace unos años, esa tension de saber que te observan sin que te toquen es muy dificil de describir. Este relato lo captura a la perfeccion.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.