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Relatos Ardientes

Volvió antes de tiempo y no pudo dejar de mirar

Elena tenía cuarenta y seis años y llevaba ya casi una década divorciada. En algún momento, sin anunciarlo en voz alta, había decidido que no quería más relaciones. Le parecía que solo le traían complicaciones, así que se conformaba con salir de vez en cuando con sus amigas, cada vez menos, reírse un rato y volver a casa con la sensación de no haberse perdido nada.

Lo demás lo llenaba el trabajo. Era arquitecta en un estudio del centro y se entregaba a los planos con una disciplina que algunos confundían con dureza. También se cuidaba: corría cuatro mañanas a la semana, comía con cabeza y conservaba un cuerpo del que, a sus años, no tenía ninguna queja. No era alta, más bien menuda, de curvas marcadas y pecho generoso. Morena, con el pelo cortado muy corto, porque pensaba que esa imagen contundente le servía para imponerse en las reuniones.

Compartía un piso luminoso con Lucía, su hija de veintiún años, que estudiaba diseño. La chica era más alta que ella, de pecho menos abundante pero de figura armoniosa, y se teñía el pelo de un rubio platino que cambiaba de tono cada pocas semanas. Madre e hija se llevaban bien, con esa mezcla de complicidad y silencios que se instala cuando dos mujeres adultas conviven sin un hombre de por medio.

Una tarde de abril, Elena había salido a correr con Andrea, una compañera del estudio. Apenas llevaban veinte minutos cuando a Andrea le dio un tirón en el gemelo y tuvieron que parar. Elena la acompañó hasta el portal, le recomendó hielo y reposo, y regresó a casa mucho antes de lo previsto, todavía con el chándal pegado a la piel por el sudor.

Abrió la puerta sin pensar, despreocupada, y entró directa a la cocina. Sacó una botella de agua de la nevera y bebió de pie, mirando por la ventana. Fue entonces cuando le pareció oír algo. Risas ahogadas. Un crujir de somier. Ruidos que no encajaban con una casa vacía.

Venían del cuarto de Lucía. La chica había salido por la mañana con unas amigas, pero al parecer también había vuelto antes de tiempo. Elena dejó la botella en la encimera y avanzó por el pasillo con la idea de saludar, de avisar que estaba en casa. La puerta del dormitorio estaba entornada, no del todo cerrada, y lo que vio por esa rendija la dejó muda.

***

Lucía estaba en la cama con un chico. Tendría unos veinticinco años, era alto, de piel oscura y hombros anchos, con muy poco pelo y mucho músculo. En ese instante, su hija, que solo conservaba una tanga diminuta, bajaba la ropa interior del muchacho hasta dejarlo completamente desnudo. Estaba bien dotado; sin haber alcanzado todavía la erección completa, su tamaño ya resultaba imposible de ignorar.

Elena no supo cómo reaccionar. El corazón le latía contra las costillas. Durante unos segundos pensó en darse la vuelta y desaparecer en silencio, porque los dos jóvenes estaban tan concentrados en lo suyo que ni siquiera habían notado su presencia.

—Qué grande la tienes —oyó murmurar a Lucía, con una voz que no le conocía.

El chico sonrió y le respondió en voz baja:

—Es toda tuya. Yo soy tuyo.

Su hija se acercó, lo besó despacio y empezó a acariciarlo con una lentitud calculada. Él respondía pasando las manos por la espalda de la chica, dibujando su columna con los dedos.

Elena debía marcharse. Cada gramo de sentido común se lo gritaba. Y sin embargo, una parte de ella, una que no reconocía o que tenía bien escondida, no quería moverse de allí. Quería quedarse. Quería mirar.

Es tu hija, merece su intimidad.

El pensamiento llegó claro, casi con la voz de su madre. Pero otra voz, más grave y más antigua, le replicó enseguida. Estás deseando ver cómo lo hacen. ¿Por qué te vas? Quédate. Atrévete.

Tras esa discusión muda consigo misma, Elena hizo caso a la segunda voz. Buscó una posición detrás del marco de la puerta, en el ángulo muerto donde la sombra del pasillo la ocultaba, un sitio desde el que ella veía todo sin que ninguno de los dos pudiera verla a ella.

***

Ajenos a que los espiaban, Lucía y el chico seguían a lo suyo. Él se incorporó de rodillas sobre el colchón y ella se inclinó para tomarlo con la boca. Lo lamía con ganas, lo metía y lo sacaba, repetía el movimiento una y otra vez mientras el muchacho echaba la cabeza hacia atrás.

—Así, muy bien —jadeaba él—. Sigue, sigue…

—Me encanta —respondía Lucía, antes de volver a hundir la cara.

Elena no podía apartar la mirada. Veía cómo aquello crecía y se endurecía entre los labios de su hija, y notó que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas. Se descubrió respirando por la boca, despacio, para no hacer ruido.

Una de sus manos se posó sobre su propio pecho, todavía por encima de la camiseta húmeda de sudor. Lo acarició sin pensarlo, casi como un reflejo. La otra mano bajó por su vientre, se coló bajo la cinta del pantalón de correr y luego bajo la tela fina de su ropa interior. Estaba empapada. Sorprendentemente empapada. Pasó un dedo, lo retiró, comprobó hasta qué punto su cuerpo la había traicionado, y empezó a tocarse con una lentitud cuidadosa, mordiéndose el labio para contener cualquier sonido.

En la cama, el chico había cambiado de postura. Tumbó a Lucía boca arriba, le quitó la tanga de un tirón suave y hundió la cabeza entre sus muslos. La chica arqueó la espalda y dejó escapar un gemido largo, agarrándose a las sábanas. Él la besaba, la lamía, jugaba con un ritmo que la hacía retorcerse.

—Quiero que me lo hagas ya —pidió Lucía, con la voz rota—. Métemela, por favor.

El chico se incorporó, sacó un preservativo de la mesilla y se lo colocó sin prisa, observándola. Lucía se dio la vuelta y se apoyó sobre las rodillas y los codos, ofreciéndose. Cuando él entró, la chica soltó un grito que Elena sintió en su propio cuerpo, como si el placer ajeno tuviera la capacidad de tocarla a distancia.

—Sí, así —repetía Lucía—. No pares.

***

El vaivén se volvió más rápido, más firme. Él la sujetaba por las caderas, marcaba el ritmo, y los dos se movían con una sincronía que solo se aprende con deseo. Los gemidos se mezclaban, subían de volumen, llenaban la habitación y se escapaban al pasillo, donde Elena seguía agazapada, con la frente apoyada contra el canto de la puerta y la mano moviéndose cada vez con menos paciencia.

—Cómo te mueves —murmuraba el chico—. Me vuelves loco.

—Más fuerte —contestaba ella—. Quiero más.

Elena estaba al borde de algo. Hacía años que su cuerpo no le pedía nada con tanta urgencia, y ahora, en el peor de los lugares, en el más prohibido, ardía como una adolescente. Pensaba que no debería estar haciendo aquello, que era una locura, que si la descubrían no habría forma de explicarlo. Y, al mismo tiempo, no lograba detenerse.

Entonces, sin querer, se le escapó. Un gemido pequeño, apenas un suspiro contenido, pero suficiente.

Lucía, perdida en su propio placer, no lo oyó. El chico sí. Volvió un poco la cabeza, justo lo necesario, y sus ojos encontraron a Elena en la penumbra del pasillo: la mujer con la mano dentro del pantalón, la respiración entrecortada, la cara encendida de deseo.

No dijo nada. No frenó. Le sostuvo la mirada durante un par de segundos eternos y dibujó una sonrisa lenta, cómplice, como quien acaba de descubrir un secreto que piensa guardar. Después volvió a concentrarse en Lucía y empujó con más fuerza, sin dejar de saber que lo miraban.

Elena se quedó helada. El bochorno la golpeó de golpe, frío y eléctrico, y la sacó del trance. Retiró la mano, se acomodó la ropa con dedos torpes y se separó del marco de la puerta. Caminó de espaldas por el pasillo, sigilosa, sin atreverse a respirar hasta llegar a su dormitorio.

***

Ya con la puerta de su cuarto cerrada, oyó dos gritos finales, más agudos, más largos, la señal inconfundible de que su hija y el desconocido habían llegado al límite a la vez. Luego, el silencio. Y un par de risas suaves, satisfechas.

Elena se dejó caer sentada en el borde de su cama, con el pulso todavía desbocado y el cuerpo a medio camino, sin haber alcanzado lo que su hija acababa de encontrar. Le temblaban un poco las manos.

Las preguntas la asaltaron en tropel. ¿Le contaría el chico lo que había visto? ¿Le diría a Lucía que su madre los había estado espiando, que la había sorprendido con la mano metida en el pantalón mientras ellos hacían el amor? ¿Qué pensaría su hija de ella?

Se llevó las manos a la cara y respiró hondo. Lo que había hecho no estaba bien, se repetía. Una madre no espía a su hija. Una madre no se excita mirando.

No has hecho nada tan grave, le susurró otra vez aquella voz interior, la atrevida, la que la había convencido de quedarse. ¿Acaso no te ha gustado lo que has visto?

Esa no era la cuestión, se dijo Elena. La cuestión era la mirada del chico, esa sonrisa que no la juzgaba, que casi la invitaba. La cuestión era que, debajo de la vergüenza, una parte de ella no estaba arrepentida en absoluto. Y eso, más que lo que acababa de ver, era lo que de verdad la asustaba.

Se levantó, se metió en la ducha y dejó que el agua le corriera por encima un buen rato, intentando ordenar lo que sentía. Cuando salió, vestida y con la cara lavada, oyó cerrarse la puerta del piso. El chico se había ido. Lucía apareció en la cocina poco después, con el pelo revuelto y una camiseta enorme, y la saludó con total naturalidad.

—No sabía que habías vuelto —dijo, sirviéndose un vaso de agua.

—Andrea se lesionó. Acabamos antes —contestó Elena, sosteniéndole la mirada con un aplomo que estaba lejos de sentir.

Su hija sonrió, ajena, y se fue al salón con el móvil en la mano. Elena se quedó sola en la cocina, apoyada en la encimera, escuchando el latido todavía irregular de su propio corazón. No sabía qué iba a hacer con aquello que había despertado en ella esa tarde de abril. Solo sabía una cosa con una claridad incómoda: ya no podría volver a mirar la puerta de ese cuarto del mismo modo.

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