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Relatos Ardientes

La pelirroja que me miró fijo en la penumbra del cine

Llevaba apenas una semana viviendo en el barrio y todavía no conocía nada. Desde la ventana de mi departamento se veía el cartel luminoso de un multicine, a dos cuadras escasas, y un lunes por la noche, aburrido entre cajas a medio desarmar, decidí que ya estaba bien de ordenar. Bajé sin un plan, solo con ganas de caminar y de que algo, lo que fuera, me sacara de las paredes nuevas.

Di una vuelta por la placita de enfrente. Identifiqué un bar que prometía para los viernes, una panadería y poco más. Era lunes, todo estaba muerto, así que terminé donde sabía que iba a terminar: comprando una entrada para la única función que empezaba pronto. Una comedia local de la que no esperaba nada, y de la que, efectivamente, no obtuve nada.

La sala estaba prácticamente vacía. Conté cinco personas dispersas en la oscuridad, todas adelante. Yo elegí el fondo por costumbre, por ese gusto de tener la espalda cubierta y la pantalla entera para mí. Me acomodé, apoyé el codo en el descansabrazos y me preparé para aburrirme en paz.

No alcancé a aburrirme del todo. A los diez minutos, cuando los avisos todavía no terminaban, alguien subió por el pasillo lateral y se sentó en mi fila, dejando una sola butaca libre entre los dos. Una mujer pelirroja, de unos treinta y tantos, con una falda recta de color azul oscuro y una blusa negra de escote profundo. Tenía toda la sala para elegir y se sentó ahí.

De todos los lugares posibles, justo acá.

Al principio pensé que era casualidad. La película arrancó, igual de mala de lo que prometía, y yo empecé a hacer lo de siempre cuando me aburro: mirar alrededor. Salvo que esa noche solo había una cosa para mirar. La luz de la pantalla le caía de costado y le dibujaba el perfil, la curva del cuello, el contorno de las tetas cada vez que respiraba hondo y la tela negra se le tensaba encima. La observé sin disimulo, convencido de que en esa penumbra nadie nota nada.

Me equivocaba. Ella giró apenas la cabeza, lo justo para confirmar que yo la estaba mirando, y volvió a la pantalla sin cambiar la expresión. No se incomodó. No se corrió. Si acaso, se acomodó mejor en la butaca, cruzó las piernas hacia mi lado y dejó que la falda se le subiera un par de centímetros sobre el muslo.

Era una invitación y los dos lo sabíamos.

Pasaron unos minutos eternos en los que ninguno hizo nada. Yo seguía mirándola; ella se dejaba mirar y, de vez en cuando, me devolvía el gesto con el rabillo del ojo. Era un juego silencioso, una negociación hecha solo de miradas en la oscuridad, y me tenía más atento que cualquier película. Entonces ella estiró la pierna como sin querer y la punta de su zapato rozó la mía.

No fue casualidad. Lo hizo, esperó mi reacción, y al ver que yo no retiraba el pie, lo repitió. Esta vez dejó la pierna apoyada contra la mía, firme, sin pedir permiso.

Junté coraje y me cambié a la butaca del medio, la que nos separaba. Nos quedamos hombro con hombro, mirando al frente como si en la pantalla pasara algo importante. Nos sonreímos en la penumbra sin decir una palabra. Le busqué la mano sobre el apoyabrazos y ella entrelazó los dedos con los míos al instante, como si lleváramos toda la noche esperando ese contacto.

Estuvimos así un rato, con las manos juntas, fingiendo ver la película. El roce de su pulgar sobre mi muñeca me decía todo lo que su boca callaba. Despacio, sin dejar de mirar al frente, le llevé la mano hasta mi pierna y la apoyé sobre el muslo. Ella la dejó ahí un segundo, midiéndome, y después la subió por su cuenta hasta la bragueta, y palpó sin vueltas el bulto que ya me deformaba el pantalón.

Me apretó por encima de la tela, despacio, cerrando la mano alrededor de la verga como quien mide el tamaño de lo que va a agarrar. Yo levanté el descansabrazos que todavía nos separaba para tener vía libre y, en cuanto lo hice, ella se inclinó hacia mí. Me bajó el cierre con una habilidad que delataba experiencia, hurgó adentro del calzoncillo y me sacó la polla al aire, ahí mismo, en la última fila. Cerró los dedos en la base y empezó a masturbarme con el puño entero, movimientos largos y lentos, apretando fuerte en la punta cada vez que llegaba arriba. La sala estaba a oscuras, los pocos espectadores miraban al frente, y yo intentaba no respirar fuerte mientras una desconocida pelirroja me la pajeaba en la última fila.

—¿Acá? —murmuré, más por incredulidad que por verdadera duda.

—Nadie mira para atrás —contestó ella en voz muy baja, sin dejar de mover la mano—. Y si miran, mejor.

Tenía razón. Esa era justamente la parte que más me prendía: estar a la vista y a la vez escondidos, jugando con la posibilidad de que alguien girara la cabeza en el momento equivocado. Le pasé la mano por encima de la blusa, sentí el peso caliente de la teta bajo la tela y le pellizqué el pezón hasta notar cómo se le endurecía contra mi palma. Ella soltó un gemidito ahogado y me apretó la polla más fuerte. Bajé la mano hasta el borde de la falda y empecé a subir por el muslo, despacio, esperando un freno que nunca llegó.

Llegué al borde de la bombacha y la corrí a un costado. El coño estaba empapado, los pelos cortitos y prolijos mojados de punta a punta, los labios hinchados y calientes bajo mis dedos. Le pasé el dedo del medio por toda la raja, de abajo hacia arriba, y cuando llegué al clítoris la sentí temblar entero. Metí dos dedos de un empujón y ella se mordió la mano libre para no gritar. Empecé a follársela con los dedos ahí mismo, entrando y saliendo despacio, curvando adentro hasta hacerla apretar los muslos alrededor de mi muñeca.

Mientras yo la garchaba con la mano, ella se agachó en su asiento y, sin pedir permiso, hundió la cabeza en mi regazo. Sentí primero el aliento caliente, después la lengua subiéndome por el tronco desde la base hasta la punta, y por último la boca entera envolviéndome. Me la chupó despacio, tomándose el tiempo para hundirla hasta la garganta, aflojando la mandíbula para que le entrara toda. La cabellera roja subía y bajaba en mi falda al ritmo de sus dedos apretados contra la base. Cada vez que llegaba abajo del todo, se quedaba unos segundos ahogada, tragando saliva alrededor de mi polla, y después volvía a subir mamando fuerte, la lengua trabajándome la punta.

Yo movía los dedos dentro de ella al mismo ritmo, coordinando los dos, y con el pulgar le apretaba el clítoris en círculos. La sentí contraerse alrededor de mis dedos, todo el coño chorreando en mi mano, y su gemido salió amortiguado contra mi verga porque no la sacó de la boca ni cuando se corrió. La vibración de ese gemido en mi glande me acabó de derretir.

No sé cuánto duró. Perdí la noción del tiempo y de la película, perdido en la oscuridad y en su boca, con los dedos hundidos en su coño empapado y su respiración entrecortada saliéndole por la nariz. Cuando sentí que ya no aguantaba, intenté avisarle con un tirón suave del pelo, pero ella no se apartó. Al contrario, hundió la cabeza hasta el fondo, apretó los labios en la base y me miró desde abajo con los ojos brillantes. Terminé descargando en su garganta, chorro tras chorro, mordiéndome el labio hasta hacerlo sangrar para no delatar a toda la sala lo que estaba pasando en la última fila. Ella se lo tragó todo, sin perder una gota, sin dejar de succionar hasta la última contracción.

Ella se incorporó despacio, se acomodó el pelo y se relamió la comisura con una calma desconcertante. Yo seguía con la mano entre sus piernas, los dedos brillándome de su humedad, recuperando el aire. Nos miramos. Y entonces, sin una palabra, se bajó la falda, se levantó y se fue hacia la salida.

Me quedó cara de idiota y el pantalón a medio cerrar.

***

Para cuando logré acomodarme la ropa y salir, ella ya cruzaba la placita a paso firme. Casi me llevo por delante a una pareja de viejitos que salían de cenar. La alcancé cerca de la fuente, sin la menor idea de qué le iba a decir.

De pie, bajo las luces de la plaza, era todavía más impresionante de lo que la penumbra dejaba ver. Alta, de caderas anchas que la falda recta marcaba sin piedad, con los tacones que le sumaban estatura y actitud. Yo balbuceé algo, no recuerdo qué. Lo único que se me quedó grabado fue su nombre.

—Mariela —dijo, y se humedeció los labios con la lengua, justo esos labios que un rato antes habían estado tragándose mi corrida.

El gesto bastó para que la polla, que recién se estaba desinflando, me volviera a saltar contra la tela, y ella lo notó enseguida. Una sonrisa pícara le cruzó la cara.

—¿Siempre te ponés así de nervioso con las desconocidas? —preguntó, divertida.

—Solo con las que se sientan al lado en un cine vacío —contesté, y por fin logré sonreír yo también.

Reuní lo que me quedaba de cordura y le propuse ir a tomar algo. Le señalé que vivía a dos cuadras, que tenía café, que la función había sido un desastre pero la noche no tenía por qué serlo. Ella me miró un segundo largo, midiéndome de nuevo, como había hecho en la oscuridad.

—Mostrame ese departamento, entonces —dijo—. Igual todavía no me corrí bien.

El corazón me golpeó el pecho. Empezamos a caminar las dos cuadras que, en ese momento, se me hicieron eternas. Le abrí la puerta del edificio y la dejé pasar primero. Subir detrás de ella por la escalera, viendo cómo se movían sus caderas a la altura de mi cara, la falda ajustándose y soltándose contra el culo con cada escalón, fue una tortura deliciosa. Por una vez, lamenté no vivir más arriba.

Apenas cerré la puerta del departamento, no aguanté más. La tomé de la cintura, la giré contra la pared y la besé. Ella respondió con la misma urgencia, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio, y todavía sentí en su boca el gusto salado de lo que me había tragado en el cine. Le solté el cierre de la falda y la dejé caer al piso mientras ella me peleaba el cinturón con las dos manos, desesperada.

Le abrí la blusa botón por botón, sin apuro, mirándola a los ojos. Cuando le solté el corpiño, las tetas le saltaron pesadas y blancas, los pezones rosados clavados hacia arriba, tan duros que le tiraban de la piel. Me quedé un segundo simplemente mirándolas, igual que en el cine, solo que ahora sin nada de por medio. Bajé la boca y le atrapé un pezón, chupándolo fuerte, mordiendo apenas, mientras con la otra mano le amasaba la otra teta. Ella me clavó las uñas en la nuca y arqueó la espalda contra la pared.

—¿Y ahora qué mirás? —dijo, jadeando, repitiendo el juego, sabiendo perfectamente la respuesta.

—Lo mismo de toda la noche —contesté, y la llevé a la cama a los tirones.

La recosté de espaldas y le abrí las piernas de par en par. La bombacha ya no estaba, se la había arrancado en algún punto del camino sin acordarme. Me hundí entre sus muslos y le clavé la boca en el coño, la lengua plana subiendo por toda la raja hasta el clítoris. Ella pegó un respingo y me agarró del pelo con las dos manos, empujándome contra ella. Le lamí despacio primero, saboreando lo mojada que ya estaba, y después me concentré en el clítoris, chupándolo entre los labios, dándole vueltas con la punta de la lengua mientras le metía dos dedos y los curvaba adentro.

—Así, así, no pares —jadeaba, moviendo las caderas contra mi cara, montándome la boca sin vergüenza.

Le metí un tercer dedo y aumenté el ritmo. Mariela se aferró a las sábanas, dejó de hacerse la dueña de la situación y se entregó. No tardó mucho en temblar contra mi boca, apretándome la cabeza con los muslos, soltando un gemido largo que ya no tenía que disimular porque ahí no había ninguna sala llena de gente. Me chorreó en la cara, empapándome el mentón, y siguió moviéndose contra mi lengua incluso después de acabar, alargando el temblor hasta que no aguantó más y me apartó de un empujón.

Después me empujó de espaldas contra el colchón y se subió encima. Me agarró la polla con la mano, se acomodó la punta en la entrada del coño y se hundió sobre mí despacio, centímetro a centímetro, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. La sentí abrirse alrededor mío, apretándome caliente y mojada, hasta que me la clavó toda y se quedó quieta un segundo, respirando fuerte, acostumbrándose al tamaño.

—La puta madre, qué llena me tenés —murmuró, y empezó a moverse.

Se movió a su ritmo, marcando el compás, primero apoyándose en mi pecho y cabalgándome despacio, subiendo casi hasta la punta y bajando de golpe, haciéndome tocar fondo cada vez. Las tetas le rebotaban delante de mi cara y yo se las agarré con las dos manos, apretándoselas, retorciéndole los pezones entre los dedos. Ella aceleró, empezó a saltar más rápido, y todo el departamento se llenó del ruido húmedo de los cuerpos chocando y de sus gemidos ya sin filtro.

Después se giró de espaldas para que yo viera todo el recorrido de su cuerpo mientras me cabalgaba. La espalda arqueada, la cintura estrecha, el culo blanco abriéndose contra mi pelvis cada vez que bajaba, mi polla desapareciendo entera dentro de ella y saliendo brillante, cubierta de su flujo. Le agarré las caderas y empecé a empujar desde abajo, clavándosela más fuerte, y ella se apoyó en mis rodillas para tener palanca y saltar más rápido. Esa imagen, ella moviéndose de espaldas encima mío y yo mirándole el culo desde abajo, cerraba el círculo perfecto de una noche que había empezado precisamente con una mirada.

—Ponete en cuatro —le pedí, sin aguantar más esa vista sin poder tocarla como quería.

Ella obedeció al instante. Se bajó, se apoyó en las manos y las rodillas y me ofreció el culo levantado. Me arrodillé atrás de ella, le agarré una nalga con cada mano y me hundí de una sola estocada. Mariela gritó y hundió la cara en la almohada. Empecé a garcarla fuerte, sin cuidado, tirándole del pelo para hacerle levantar la cabeza, mirándole la espalda temblar con cada golpe de mis caderas contra su culo. El coño le chorreaba encima de mis pelotas, hacía un ruido obsceno con cada embestida, y ella me pedía más entre gemidos ahogados.

—Más fuerte, dale, rompeme —jadeó, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con cada envión.

Cuando sentí que estaba por terminar, me lo pidió ella misma: que me apartara, que acabara sobre su piel. Salí de golpe, me arrodillé encima de ella y me la sacudí con la mano, apuntando a la espalda y al culo. Acabé en dos o tres tirones, chorros gruesos y largos que le cayeron sobre los omóplatos, la cintura, la raya del culo. Ella se retorcía debajo, riéndose, sintiendo cada gota tibia caer sobre la piel. Cuando terminé, me dejé caer a su lado, sin aire.

Después nos derrumbamos juntos sobre la cama, enredados y transpirados, riéndonos de a poco por lo absurdo de todo.

—Sabés que ni siquiera vi la película —le dije.

—Nadie te obligó a mirar la pantalla —contestó, acurrucándose contra mi pecho, sin importarle mancharme con lo que le había quedado en la piel.

Estuvimos un rato así, en silencio, su respiración acompasándose con la mía. Entonces levantó la cabeza, me miró con esa misma sonrisa pícara de la plaza y dijo:

—Bueno. Ahora sí me tomaría ese café.

Y yo, que en realidad todavía no tenía ni un grano de café en la cocina, me quedé pensando cómo iba a salir de esa. Pero esa, por suerte, ya era otra historia.

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Comentarios(8)

Pato_nocturno

Ufff!!! Me enganche desde la primera linea

ElCurioso_MX

Ojala me pase algo asi en el cine alguna vez jaja. Muy bueno el relato

viajera_sinretorno

Me recuerda a esa sensacion de no saber si alguien te esta mirando de verdad o si te lo estas imaginando. Muy bien capturado.

SebastianMdq

Genail!!! sigue subiendo mas de estos

MarcelaR_91

La tension que se construye sin palabras es lo mejor. Excelente relato.

Claudio_Oscuro

Una segunda parte por favor!!! Me quede con ganas de mas

Turista_CBA

Muy bien escrito, se lee de un tiron

noche_fan92

De los mejores relatos de voyerismo que lei por aca. Recomendado totalmente.

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