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Relatos Ardientes

Mi marido me miró follar con un extraño en el tren

Hay mujeres que descubren tarde lo que les gusta. Yo lo supe muy pronto, en cuanto fui adulta y entendí que el deseo ajeno me encendía más que el mío propio. Me llamo Renata, tengo treinta y seis años y, aunque cueste creerlo, estoy casada y soy feliz. Mi matrimonio funciona precisamente por lo que a otros los rompería.

Lo nuestro empezó como un juego de cama, una confesión susurrada a oscuras. A mi marido le gusta mirar. No mirarme a mí cuando estamos solos, sino verme con otro. Verme deseada, observada, tomada por un desconocido mientras él permanece en la sombra, callado, conteniéndose. Tardamos años en atrevernos a sacarlo del dormitorio. Y cuando lo hicimos, ya no hubo vuelta atrás.

Por su trabajo pasa muchas noches en los trenes. Conoce los horarios, los vagones vacíos, las rutas en las que el último servicio del día viaja casi desierto. Fue él quien me propuso el escenario, una tarde, con una sonrisa que no era del todo inocente.

—El de las once y media —dijo—. Apenas sube nadie. Yo estaré ahí.

Yo estaré ahí. Esas tres palabras me humedecieron antes de entender del todo el plan.

***

La noche acordada me vestí para la ocasión. Una blusa blanca con un botón de más sin abrochar, lo suficiente para insinuar sin gritar. Una falda corta de cuero color caramelo que, sentada, apenas cubría lo imprescindible. Tacones. El pelo suelto, ondulado, cayéndome por los hombros. Me miré en el espejo de la estación y supe que estaba lista.

El andén estaba casi vacío. Subí al vagón que me correspondía y, tal como mi marido había anticipado, no había nadie. Me senté junto a la ventanilla y esperé, sintiendo el cosquilleo de la anticipación recorrerme entera. El reloj marcaba las once y veintisiete cuando oí pasos en el pasillo.

Giré apenas la cabeza. Era un hombre maduro, de unos cincuenta años, alto y corpulento sin llegar a grueso. El pelo entrecano, una barba de dos días, un traje gris con la corbata aflojada. Tenía el aire cansado y seguro de quien vuelve de un largo día de trabajo. Buscó su asiento, lo encontró unas filas más adelante, al otro lado del pasillo, y dejó caer sobre él una pequeña bolsa de ordenador.

No era especialmente guapo. Pero había algo en su forma de moverse, en la calma con que se acomodó y abrió el portátil, que me provocó al instante. Era él. Mi presa de aquella noche.

Esperé a que el tren arrancara. Entonces, con un gesto que fingí distraído, me levanté y cambié de asiento, colocándome justo a su altura, separados solo por el pasillo. Él alzó la vista del teclado. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez. Esbozó una sonrisa breve, educada, y volvió a su pantalla.

Pero las furtivas miradas empezaron casi de inmediato. Tecleaba, leía algo, y cada pocos segundos sus ojos se desviaban hacia mí. Hacia mis piernas. Hacia el escote. Yo se lo ponía fácil: me recosté contra la ventanilla, dejé que la falda subiera un dedo más de lo decente y crucé las piernas muy despacio, asegurándome de que lo viera.

Fue entonces cuando apareció el revisor.

***

Llegó por el fondo del vagón con su uniforme azul oscuro, la gorra calada, la máquina de billetes colgando del cuello. Un hombre de mi edad o algo mayor, de hombros anchos. Se acercó primero al desconocido, le pidió el billete con un gesto seco y profesional. El hombre del traje se lo mostró sin apartar del todo la atención de mí.

Luego fue mi turno. Saqué el billete del bolso y se lo tendí. El revisor lo validó sin apenas mirarme a la cara, los ojos fijos en la pantallita de su máquina. Murmuró un «gracias» y siguió su camino hacia la parte delantera del vagón, donde se quedó de pie, junto a la cabina, vigilando el pasillo.

Nadie diría que ese revisor y yo nos conocíamos. Nadie diría que era el hombre con el que me había despertado esa misma mañana.

Mi marido había montado el escenario perfecto. Estaría ahí toda la noche, con su uniforme prestado, fingiendo trabajar, sin acercarse, sin tocarme, solo mirando. Era exactamente lo que más le gustaba en el mundo.

Y saberlo a unos metros, observándome, me daba un valor que no tengo cuando estoy sola.

***

Volví a concentrarme en el desconocido. Dejé el bolso en el asiento contiguo, de modo que nada estorbara su visión, y me acomodé en el rincón entre la butaca y la ventana. En esa postura, mis piernas quedaban abiertas hacia el pasillo, ofrecidas.

Deslicé las dos manos por mis muslos, desde las rodillas, subiendo muy despacio hasta el borde de la falda. Cuando parecía que los dedos cruzarían el límite de lo prohibido, me detuve, me crucé de brazos y miré por la ventanilla con aire ausente. En el reflejo del cristal vi su gesto de decepción, cómo volvía al portátil casi a regañadientes.

Tosí suavemente. Volvió a mirar. Y esta vez sí dejé que los dedos de la mano derecha rozaran, una y otra vez, la tela de la ropa interior bajo la falda. El hombre soltó el aire despacio. Ya no fingía teclear. Me devoraba con los ojos.

Le sonreí apenas, lo justo para prometer sin conceder, y aparté de nuevo la mano. Necesitaba un último paso antes de seguir.

Me levanté y caminé hasta el pequeño baño del vagón. Allí, frente al espejo, me quité las braguitas. Eran blancas, pequeñas, de encaje. Las acerqué a mi nariz: olían a deseo, a mujer caliente, a todo lo que estaba a punto de pasar. Las dejé caer en una esquina, dándolas por perdidas. No pensaba volver a buscarlas.

***

Al regresar, me senté en la misma posición. Pero ahora algo había cambiado y el desconocido lo notó enseguida. Abrí las piernas y, esta vez, no había nada que se interpusiera entre su mirada y mi sexo.

Abrió la boca. Los ojos se le encendieron. No los apartó de mí ni un instante mientras yo deslizaba una sola mano por el muslo, ascendiendo sin pausa hasta sentir mi propia tibieza. Jugué a tocarme sin tocarme del todo, sintiéndome observada, devorada, expuesta.

De reojo, al fondo del vagón, vi a mi marido. El revisor seguía de pie junto a la cabina, en apariencia ajeno, pero el movimiento de uno de sus brazos lo delataba. Se estaba acariciando por encima del uniforme, mirándonos. Saberlo me empujó al límite.

Por fin recorrí los labios de mi sexo con los dedos, despacio, con las piernas bien abiertas, mirando al desconocido con un descaro que no admitía dudas. Aquel hombre cerró el portátil de golpe, lo dejó sobre el asiento de al lado y empezó a frotarse el bulto del pantalón al mismo ritmo que mi mano.

Un primer gemido leve se me escapó de la garganta. Él reaccionó liberando su miembro. No era larguísimo, pero sí grueso, recio, más oscuro que el resto de su piel. Lo movió arriba y abajo sin dejar de mirarme, y yo seguí acariciándome para él, para los dos hombres que me observaban desde extremos opuestos del vagón.

Cuando ya no pude más con la distancia, me levanté.

***

Crucé el pasillo y me arrodillé junto a su asiento. Su miembro quedó a un palmo de mi cara. Le tendí la mano derecha, todavía húmeda, y él la tomó y lamió mis dedos uno a uno, saboreando mi esencia sin pudor.

Entonces incliné la cabeza y lo tomé en la boca. Olía a hombre, a deseo contenido, a noche. Una de sus manazas se hundió en mi pelo, no para empujarme, sino para sentirme. Yo seguí, despacio primero, más hambrienta después, mientras mi otra mano regresaba entre mis piernas.

Lo sentí endurecerse aún más. Una mano grande bajó hasta una de mis nalgas y la apretó con fuerza; un dedo rozó la entrada de mi sexo, extendiendo la humedad por toda la piel. Ninguno de los dos había pronunciado una palabra. No hacía falta. Hablábamos el único idioma que importaba en ese vagón a oscuras.

Un gesto suyo bastó para que entendiera qué quería. Me incorporé y me incliné sobre el respaldo del asiento contiguo, ofreciéndole la espalda. Él se colocó detrás, me subió la falda hasta la cintura y, sujetándose con una mano, presionó la punta contra mi entrada.

El primer empuje me arrancó un estremecimiento de placer y de presión a partes iguales. Era grueso, más de lo que había imaginado, y noté cómo me abría camino con una lentitud que me hizo cerrar los ojos. Después vino el ritmo, firme y profundo, una mano aferrada a mi cadera y la otra tirando de mi pelo hacia atrás.

Mientras él me embestía, yo llevé una mano hasta mi clítoris y lo presioné en círculos. La primera oleada me alcanzó pronto, intensa, recorriéndome de la nuca a las plantas de los pies. Gemí sin contenerme, y él respondió con una palmada sonora sobre mi piel que me hizo arder y temblar a la vez.

No paró. Siguió empujando, sólido, incansable, llenando el vagón con el sonido de nuestros cuerpos. Yo me corrí una segunda vez justo cuando lo sentí tensarse, soltar un bramido ronco y vaciarse dentro de mí en sacudidas calientes. Al fondo, el revisor —mi marido— se derrumbó sobre un asiento, ahogando su propio orgasmo contra el respaldo.

***

Unos segundos después, el desconocido salió de mí y empezó a recomponerse la ropa en silencio. Yo regresé a mi asiento, me bajé la falda todo lo que pude y sentí cómo el calor resbalaba por el interior de mis muslos. Una sensación de la que, lo confieso, me sentí orgullosa.

El hombre guardó el portátil, me dedicó una última sonrisa breve y caminó hacia la puerta sin decir nada. El tren se detuvo poco después en una estación intermedia. Lo vi bajar y pasar junto a mi ventanilla, la mirada perdida en el andén, llevándose un recuerdo que, estoy segura, no olvidaría.

El tren reanudó la marcha. Y entonces, cuando creía que la noche había terminado, el revisor volvió a aparecer por el pasillo. Caminó hasta mi altura y se detuvo. Bajé la vista: una mancha de humedad le cruzaba el pantalón del uniforme, justo en la entrepierna.

—Creo que esto es suyo —dijo, tendiéndome las braguitas blancas que había abandonado en el baño.

—Ya las daba por perdidas —respondí.

—Eres la mujer más descarada que conozco —murmuró, conteniendo una sonrisa.

—Y tú, el marido más afortunado —le contesté.

—Jamás pensé que disfrutaría tanto viéndote con un desconocido —dijo, y por un instante el revisor desapareció y solo quedó él, el hombre con el que comparto la cama.

—Ya sabías con quién te casabas —zanjé.

Tomé las braguitas y me las acerqué a la nariz. Olían a sexo, a deseo, a todo lo que habíamos compartido sin tocarnos. Las guardé en el bolso, apoyé la cabeza contra la ventanilla y cerré los ojos. Aún quedaba media hora de viaje, y quería llegar descansada. Algo me decía que, en cuanto bajáramos del tren, mi marido tendría muchas ganas de que le contara, con todo detalle, lo que había sentido.

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