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Relatos Ardientes

Lo que vi en el último vagón del tren nocturno

Esto me pasó una tarde de otoño que ya no sabría ubicar en el calendario, en uno de esos trenes rápidos que cruzan medio país en un suspiro. Lo cuento porque todavía me cuesta creer que fuera real, y porque, si soy honesto, lo revivo más veces de las que admitiría en voz alta.

Como casi siempre que tengo que tomar el tren, llegué a la estación con el tiempo medido al límite. Y como casi siempre, terminé corriendo por el andén con la maleta golpeándome la rodilla, rogando que la azafata no cerrara las puertas antes de validar mi billete. Bendita carrera, porque, como verán, valió cada zancada haber tomado ese tren y no el siguiente.

Después de demostrarle a media estación que no le tengo nada que envidiar a un atleta, llegué jadeando hasta la chica del control, que muy amable le dio el visto bueno a mi billete y me dejó pasar. Miré el papel: me había tocado el último vagón, ese que viaja pegado a la cabina y avanza de espaldas al sentido de la marcha, y ventanilla. Me dirigí hacia allí.

Subí al coche, donde una azafata de sonrisa fácil me dio las buenas tardes y me indicó que mi asiento estaba justo al fondo. Le agradecí y caminé por el pasillo entre las filas, ocupadas apenas por un puñado de personas. Será un viaje tranquilo, pensé. Me dejé caer en el asiento, comprobé que viajaba solo, sin compañero al lado, y me eché hacia atrás para recuperar el aliento. Faltaban ocho minutos para la salida.

Entonces los vi venir por el pasillo, en mi dirección.

No pude evitar fijarme en ella. Morena, la piel tostada como de final de verano, media melena que le rozaba los hombros, un vestido verde corto que dejaba a la vista unas piernas largas y torneadas. La tela suelta se movía con cada paso y dejaba adivinar que no llevaba sujetador: la forma de sus pezones se marcaba bajo el algodón con una claridad que me secó la boca. Él era un hombre más o menos de mi edad, camisa remangada y pantalón oscuro, y la llevaba de la mano.

El tipo notó la manera en que yo miraba a su mujer justo cuando se sentaban en los asientos paralelos a los míos, al otro lado del pasillo. Ella me miró y sonrió. Yo le devolví la sonrisa, algo avergonzado, y aparté la vista hacia el cristal. Yo iba en ventanilla; ella quedó del lado del pasillo y él en ventanilla, junto a la suya. Empecé a mirar afuera precisamente porque los dos se habían dado cuenta de mi descaro.

El tren arrancó con esa suavidad que parece que no te mueves. En cuanto dejamos atrás la estación, el cielo afuera ya estaba negro. Con las luces del vagón encendidas, lo único que devolvía mi ventana era el reflejo del interior, nítido como un espejo. Y eso, lo confieso, lo aproveché para seguir contemplando con calma aquellas piernas sin que pareciera que las contemplaba.

***

Mientras la miraba de reojo en el reflejo noté que me iba calentando, pero decidí aguantar y comportarme. Hasta que, de pronto, en el cristal vi cómo ellos empezaban a besarse. Un beso lento, profundo, de esos en los que dos personas se comen la boca con una calma deliberada. Ella le metía la lengua de tanto en tanto, y él, ni corto ni perezoso, deslizó la mano bajo uno de los tirantes del vestido y empezó a acariciarle un pecho por encima de la tela.

Yo no perdía detalle, siempre a través del reflejo, fingiendo un interés enorme por la oscuridad de afuera. El corazón me golpeaba en las costillas. Me decía que debía mirar a otro lado, que aquello no era asunto mío, y al mismo tiempo no podía despegar los ojos del cristal.

Entonces él le bajó los tirantes y le descubrió los pechos. No pude resistir más la tentación de mirar directamente, no de reojo, y giré apenas la cabeza. Eran medianos, firmes, con los pezones endureciéndose y rodeados de una aureola oscura. Ella tenía los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el respaldo, entregada. Él se inclinó y empezó a recorrer uno de sus pechos con la lengua, despacio.

Yo miraba sin disimulo ya, atrapado. En un momento él levantó la vista, me sorprendió observando, sonrió y siguió, esta vez con el otro pecho. Comprendí entonces que no solo no le molestaba que yo mirase: le gustaba. Que los mirasen formaba parte del juego.

Ella dejaba escapar gemidos pequeños, casi inaudibles bajo el zumbido del tren, mientras él le ponía los pezones duros como guijarros. Después le susurró algo al oído. Ella abrió los ojos, sonrió, me buscó con la mirada y, de repente, se levantó y vino a sentarse en el asiento vacío junto al mío.

Yo estaba tan excitado que no sabía dónde poner las manos. Ella se acercó a mi oído. Olía a perfume cálido y a algo más, a piel.

—¿Te gusta lo que estás viendo? —murmuró.

Solo fui capaz de asentir con la cabeza, como un crío.

—Si quieres más, a nosotros nos gustaría ver que lo estás disfrutando —siguió, con la voz baja y firme—. Así que ya sabes: enséñanos lo que guardas ahí.

Apoyó la mano sobre mi entrepierna, apenas un segundo, sonrió y volvió a su asiento al otro lado del pasillo. Desde allí él me miró y me hizo un gesto inequívoco hacia mi cinturón.

***

No te lo pienses, me dije. Y no me lo pensé.

Eché un vistazo rápido al resto del vagón. Las pocas cabezas que se veían por encima de los respaldos estaban hundidas en sus pantallas o dormidas, ajenas a todo, allá adelante. Entre nosotros tres y el resto del coche había filas vacías y una penumbra cómplice. Desabroché el botón, bajé la cremallera, me levanté un poco del asiento y me bajé el pantalón y la ropa interior lo justo.

Allí estaba yo, expuesto en un tren en marcha frente a dos desconocidos. Los miré. Ella puso una cara de deseo que me hizo temblar. Él me dio su aprobación con la barbilla. Entonces ella se inclinó, deslizó una mano bajo el vestido y se quitó la ropa interior con un movimiento ágil. La hizo una bola pequeña y me la lanzó por encima del pasillo.

La atrapé en el aire casi por instinto. Estaba tibia, ligeramente húmeda, y olía a ella. Me la llevé un instante a la cara y aquel olor me puso aún más al límite. Ella me hizo un gesto lento con la mano, indicándome que continuara, que me tocara. Me escupí en la palma y empecé a acariciarme muy despacio, sintiendo cómo la mano subía y bajaba, sin prisa, alargando cada segundo bajo sus dos miradas clavadas en mí.

Frente a mí, ella le bajó el pantalón a él y se inclinó sobre su regazo. Desde mi ángulo podía ver su espalda arqueada, la curva de su cadera asomando bajo el dobladillo del vestido, la melena cayéndole a un lado. Lo que empezó como una mamada lenta se volvió un vaivén constante, y ella, entre movimiento y movimiento, giraba la cara hacia mí para comprobar que yo seguía mirándola, que seguía tocándome al ritmo que ella marcaba.

El reflejo del cristal me devolvía la escena duplicada, como si en aquel vagón hubiera dos parejas y dos hombres mirando. Era irreal. El traqueteo del tren, la oscuridad de afuera, las luces tenues, el riesgo de que alguien apareciera por el pasillo en cualquier momento: todo se mezclaba en una tensión que no había sentido nunca.

***

Después ella se incorporó, se subió el vestido a la cintura y se sentó a horcajadas sobre él, de cara hacia mí. Empezaron a moverse juntos, ella conteniendo los gemidos para que no se le escaparan demasiado fuerte cada vez que bajaba sobre él, mordiéndose el labio, disfrutando sin pudor. Y mientras lo hacía, no dejó de mirarme ni un segundo, observando cómo yo aceleraba la mano al compás de sus caderas.

Nos sostuvimos la mirada los tres como en un pacto silencioso. Yo era su público y, a la vez, parte del espectáculo. No hubo palabras, solo respiraciones contenidas y el ruido del tren tapándolo todo.

Sentí que llegaba al borde y no quise frenarlo. Ella debió de notarlo, porque se mordió más fuerte el labio y apretó el ritmo. Llegaron al final casi a la vez, ella estremeciéndose sobre él con los ojos entrecerrados sin soltar los míos. Y yo me corrí como pocas veces en mi vida, conteniendo apenas un jadeo, intentando no hacer ruido y fracasando un poco.

Ella se recompuso enseguida, sacó unos pañuelos del bolso y, con una naturalidad asombrosa, se acercó y me ayudó a limpiarme antes de volver a su asiento como si nada de aquello hubiera ocurrido. Le devolví su ropa interior, ahora arrugada en mi puño, y ella la guardó con una sonrisa pícara.

Nos acomodamos la ropa, recuperamos la compostura los tres, y el resto del viaje transcurrió en un silencio extraño y eléctrico. Yo no sabía qué decir y ellos tampoco parecían necesitarlo. De vez en cuando ella me lanzaba una mirada de complicidad por encima del pasillo, como un secreto compartido.

Al poco llegamos al destino. El tren aminoró, las luces del andén entraron por las ventanas, y ellos se levantaron, recogieron sus cosas y se marcharon de la mano, igual que habían llegado, como si fueran una pareja de lo más corriente volviendo a casa. Antes de bajar, ella se giró una última vez y me guiñó un ojo.

Yo me quedé un momento más en el asiento, con el corazón todavía acelerado, mirando el reflejo vacío del cristal donde minutos antes había estado todo. Después tomé mi maleta y bajé al andén con una experiencia que no olvidaré mientras viva.

Desde aquel día, cada vez que corro para alcanzar un tren a punto de partir, no puedo evitar mirar hacia el último vagón. Por si acaso. Por si el azar vuelve a sentarme en la fila de enfrente de algo que jamás me atrevería a buscar, pero que nunca tendría el valor de rechazar.

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Comentarios(1)

ElObservador_RD

Tremendo relato!!! de los mejores que lei en mucho tiempo en este sitio

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