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Relatos Ardientes

La noche que todos la miraron en el club liberal

Narrado por los dos.

Aquello había sido mucho más que dejarme mirar. Me habían tocado y yo había tocado, y tener tantos cuerpos cerca a la vez me dio risa al principio, una risa nerviosa que se me deshizo en la garganta cuando una mano apareció de la nada en la penumbra y empezó a recorrerme.

Me llevé un susto enorme. Mateo me apretó los dedos, me dio calma, y yo decidí dejarme hacer. Aquella mano ajena me subió por el muslo, se coló bajo la falda y me tanteó el coño por encima de las bragas, apretando el bulto con dos dedos hasta encontrar el clítoris. Un sofoco me subió desde el vientre hasta la cara. Los dedos apartaron la tela empapada y me abrieron los labios, y uno se hundió dentro de mí sin pedir permiso, moviéndose despacio, notando lo mojada que estaba. Otro dedo se sumó y empezaron a follarme así, mientras el pulgar me frotaba el clítoris en círculos que me hacían jadear contra el hombro de Mateo.

Pero parece que quería más, porque cambió la mano por otra cosa, firme y dispuesta. Yo no sabía bien qué hacer; al final la sostuve, la acaricié un poco, palpé el grosor de aquella polla desconocida, la punta ya húmeda, el prepucio bajando y subiendo con mi puño. Mientras tanto Mateo me iba contando al oído qué había en la sala de al lado, y a mí se me escapaba la mano cada vez más rápido, apretando aquella verga caliente que empujaba las caderas contra mi puño. Pudo conmigo la curiosidad y le pedí que me llevara, soltando la polla del extraño con un último apretón.

Aquello era otro mundo. Una salita estrecha, oscura, con la pared agujereada, y de esos huecos asomaban siluetas de todos los tamaños y colores, una detrás de otra. Pollas gordas y venosas, otras finas y largas, alguna morena, alguna casi blanca, todas erectas, todas esperando. Mateo me soltó la mano y me dejó sola, y por primera vez en la noche me sentí extrañamente tranquila. Todo aquello era para mí, en mi honor, y en mi vida me había visto en una igual.

No sabía por cuál empezar, así que fui por orden, agarrando la que tenía más cerca. La sopesé, la acaricié de arriba abajo, y me dieron ganas de probar y le di un beso en la punta, después otro, lamiendo la gota salada que asomaba. Abrí la boca y me la metí despacio, sintiendo cómo se me llenaba el paladar de aquella carne dura, chupándola con hambre hasta oír el gemido ahogado del otro lado. La saqué con un hilo de saliva y pasé a la siguiente, y a la siguiente, mamando una y otra, mientras con cada mano sostenía otras dos y las masturbaba a ritmo. Cuatro pollas a la vez, y yo repartiendo lengua y saliva entre ellas como una loca. Una me soltó un chorro de líquido preseminal en los labios y me lo tragué sin pensarlo.

Cuando una voz me pidió bajito que acercara las caderas, lo hice. Me giré, me apoyé contra la pared con las manos y saqué el culo hacia atrás, dejando que apartaran la tela de las bragas a un lado. No me atreví a acercarme del todo, pero sentí la punta de una polla golpear contra mí, buscando la entrada, resbalando por mis labios mojados. Se coló solo un poco, la cabeza nada más, y luego un par de centímetros más, tanteando, y casi me desmayo cuando en una de esas dio justo en el punto y se hundió entera de una embestida. Me follaron a través del agujero, agarrándome de las caderas desde el otro lado, sacándomela y metiéndomela con fuerza, mientras yo abría la boca para chupar otra que se me acercó por delante. Sentí la corrida caliente derramándose dentro de mí, un chorro espeso que me empapó los muslos cuando la polla se retiró, y a la vez la boca se me llenó de otro semen amargo que me tragué a medias, dejando que el resto me chorreara por la barbilla.

Cuando recuperé la cordura salí corriendo de allí, con las bragas empapadas de leche ajena y el coño palpitando, y me lancé sobre Mateo. Lo necesitaba dentro sin esperar nada más. Le abrí el pantalón ahí mismo, le saqué la polla ya dura y me la metí en la boca con un ansia que no me conocía, chupándola entera, hasta el fondo, mientras él me sostenía la cabeza. Luego me di la vuelta, me apoyé contra la pared y le supliqué que me follara. Se me pegó por detrás, me apartó las bragas todavía chorreantes y se hundió de un solo empujón, hasta el fondo, arrancándome un gemido largo. Empezó a embestirme duro, agarrándome de la cintura, chocando su vientre contra mi culo con cada envite, y yo apretaba el coño en torno a su verga cada vez que él llegaba al final. Me mordió el cuello, me llenó una mano de tetas por debajo de la blusa, me pellizcó los pezones hasta hacerme jadear, y yo solo quería su abrazo y su cuerpo contra el mío, algo que me devolviera a tierra, y él sabe hacerlo muy bien. Me corrí sobre su polla con un temblor que no podía disimular, y él soltó su carga dentro de mí unos segundos después, empujando hasta el último espasmo.

Todavía no lo tengo claro, pero juraría que mientras lo hacíamos, encogidos en aquel hueco, o Mateo tenía cuatro manos, o alguien de un lateral se había colado mientras yo estaba a lo mío. Unas manos me apretaban las tetas por delante mientras Mateo me follaba por detrás, y no eran las suyas. Tendré que preguntárselo.

En cualquier caso, ya estoy expectante por ver qué se le ocurre para esta noche. No sé si esto se puede superar, pero está claro que tiene imaginación de sobra, y siendo la última noche que pasaremos juntos en la costa, lo lógico es que tenga preparado un final apoteósico. Creo que lo voy a echar de menos cuando se marche. A ver cómo arreglo eso, porque me estoy acostumbrando demasiado a estas salidas.

***

Me contó por encima lo de la noche anterior. Supongo que por pudor no entró en detalles, pero casi podía imaginarlo por cómo se arrojó sobre mí dentro de la cabina, con las bragas mojadas de semen ajeno y el coño todavía dilatado por otra polla. Mencionó algo de otras manos, y yo preferí callar lo del tipo que se coló mientras lo hacíamos y le magreó las tetas mientras yo la embestía por detrás. Después de todo, no era importante, no pasó nada.

Esperé a que estuviéramos sentados en la terraza, ya bien entrada la mañana, con el café delante y ella relajada, para proponerle el plan del día.

—Creo que ya estás preparada para lo siguiente —le dije.

—¿Y qué es lo siguiente?

—Exhibirte de verdad. Y, si te apetece, follar con otra gente.

—No estarás pensando en traer a alguien aquí, ¿no?

—No. Vamos a salir nosotros. Esta noche probamos un club liberal.

—No me hables en difícil, tradúcemelo.

Le expliqué con calma. Yo solo había estado un par de veces, hacía años, con una pareja anterior, y la cosa no salió bien: se asustó en cuanto alguien le rozó el hombro y no quiso volver a oír hablar del tema. Pero con Valeria tenía la intuición de que esta vez sería distinto.

Se reía juguetona con cada detalle que yo soltaba. La sala oscura, parecida a la que ya conocía. Las saunas, la piscina pequeña, el vestuario para moverse por el local, el código de gestos para aceptar o rechazar a alguien. Y lo más importante, lo repetí varias veces: el límite lo ponía ella. Podía ser muy corto o tan amplio como quisiera, según descubriera qué le gustaba y qué le daba reparo.

—Y yo voy a estar a tu lado todo el rato —añadí—. Hagas lo que hagas, siempre de la mano.

Entonces llegó la duda de cómo debía ir vestida. Ahí casi me río de su ingenuidad. Le conté que había un vestuario donde cambiarse, que podía quedarse en ropa interior o ponerse un chal hasta coger confianza, pero que la idea era ir destapándose poco a poco.

—¿Y todo el mundo va a estar así, sin nada? —preguntó.

Cada uno a su ritmo, le dije, no hay reglas escritas, pero queda raro ir vestido entre gente que no lo está. Soltó un «ahhh» y se quedó pensando. No era esa su verdadera preocupación, porque al rato me lanzó la pregunta que de verdad la inquietaba: qué pasaría si nos cruzábamos con un conocido, un amigo, un vecino. El bochorno de que alguien te encontrara ahí.

—Puede pasar, claro —le dije—, pero piénsalo: si te encuentras a alguien conocido en un sitio así, es que es tan curioso como nosotros. No hay nada de qué avergonzarse. Van a lo mismo que tú. Se saluda con naturalidad y cada uno sigue su camino.

Esta vez se rió con ganas. Le hacía gracia la idea de nosotros dos como una pareja descarada y secreta. Entendió que no tenía sentido preocuparse por algo que casi nunca ocurre. Al final decidió que se quedaría con las bragas puestas hasta que le estorbaran, si a mí no me parecía mal.

La vi nerviosa otra vez después de comer, dándole vueltas a todo, preguntándome qué pasaba si no le apetecía dejarse tocar, si tenía que follar con alguien por obligación, qué hacía si le entraban ganas de ir al baño. Los nervios la consumían. Quería quedar bien, pasarlo bien, pero el miedo a lo desconocido la podía. La llevé a dormir la siesta, juntos, sin provocarla, para que llegara despejada a la noche. Se quedó dormida en mis brazos.

Cuando despertó tocaba arreglarse. Se duchó, se maquilló y luego empezó el ritual de siempre: buscar qué ponerse. Me gustaron unas braguitas rojas, mínimas, perfectas para la ocasión, porque le había advertido que dentro se iba casi siempre en ropa interior. Y mientras se las probaba y se miraba al espejo, yo le iba preguntando qué tenía pensado: si dejarse tocar o no, si quería follar con alguien, en privado o a la vista. Creo que la conclusión fue que estaba abierta a todo, pero que primero quería entender de qué iba la cosa.

Se paseaba por la habitación con aquel triángulo de tela rojo, las tetas balanceándose cada vez que se agachaba. Tuve que irme a la ducha para no romper mi propia regla de no tocarla antes de empezar la juerga, porque la polla ya se me iba poniendo dura de verle el culo respingón embutido en aquella tela mínima. Salí cuando ya estaba lista: blusa de tirantes finos, escote bajo, sin sujetador, los pezones marcándose, y una falda a juego por encima de la rodilla. Todo discreto y elegante, y por eso mismo todavía más provocador.

En el coche le agarré el borde de la falda para ver si se había puesto las rojas, pero me apartó la mano de un manotazo, riéndose.

—Eso lo ves cuando lleguemos. No te precipites.

Me concentré en conducir. Aparqué cerca de un edificio sin apenas señales, con una plaquita discreta junto a la puerta. Dentro nos recibieron dos chicas que, al saber que era nuestra primera vez, nos dieron una charla bastante completa de recomendaciones y normas. Pagamos y fuimos al vestuario.

—¿Nos desnudamos ya? —preguntó.

—No hace falta, pero podemos empezar. Ropa interior y encima el chal.

Dejamos la ropa en la cabina. Ella quedó con las famosas braguitas y, en efecto, sin sujetador, con el chal sobre los hombros tapándole el pecho. Fuimos al bar, todavía poco concurrido. Las parejas nos miraban al pasar, gente nueva, y nos sentamos en una mesa pequeña al fondo. Música lenta, luz cálida, una camarera que tomó nota y volvió enseguida.

Le dije que termináramos la copa y diéramos una vuelta para ver el ambiente. Se acercaron un par de chicos a pedirle un baile; los rechacé con un gesto. Entonces le aclaré que si alguno le apetecía, aceptara sin más, que para eso habíamos venido, que yo no quería ser quien decidiera por ella.

Salió a bailar con uno, fornido pero correcto, educado al pedirlo y respetuoso al agarrarla. Estuvieron un buen rato, pegados, y volvió acalorada y contenta.

—Baila muy bien. Y me ha dicho que, si lo necesitamos para algo, le hagamos una seña. Se le notaba dura al bailar. Bien dura.

—Ja, ja. Ese cree que ya tiene plan para la noche. Apúntalo en la agenda por si acaso.

—¿Y ahora?

—Vamos al cuarto oscuro. Ya sabes más o menos cómo es. Después decidimos.

Bajamos unas escaleras en penumbra. No había nadie. En el cartel ponía que se entraba desnudo de preferencia, así que nos quitamos todo, lo llevamos en una mano y con la otra nos dimos los dedos. Abrí la puerta y la oscuridad fue total.

Sentí cómo me apretaba, nerviosa. Avanzamos despacio, pegados a la pared, y soltó un gritito.

—Me ha tocado una mano.

—Sí. Déjate hacer hasta donde quieras. De eso se trata.

Las manos empezaron a salir por todos lados en cuanto nos oyeron. Una se le prendió a un pecho y le pellizcó el pezón. Otra se le fue directa al coño, dos dedos abriendo camino, hundiéndose en ella sin ceremonia. La oí gemir a mi lado, primero sorprendida, después rendida, y noté cómo su respiración se aceleraba mientras varias manos la manoseaban a la vez, una en las tetas, otra frotándole el clítoris, otra buscándole el culo por atrás. Alguna me rozó a mí también, tanteando, pero casi todas iban hacia ella. A mitad de camino, una agarró mi miembro y subió y bajó hasta ponerme firme, la palma cerrándose en torno a mi glande, apretándomelo con ritmo lento. Un dedo curioso me acarició los cojones y los sopesó, mientras a mi lado oía los jadeos de Valeria porque alguien había dado con el punto exacto y lo estaba aprovechando, follándola con los dedos hasta el fondo mientras el pulgar le castigaba el clítoris.

La dejé un rato, queriendo que llegara caliente al siguiente paso. Alguien más se le arrodilló delante, porque de golpe la oí soltar un «ay Dios» ahogado y supe que una boca desconocida le estaba comiendo el coño mientras las manos seguían amasándole las tetas. Cuando noté que se aflojaba y temblaba en pequeños espasmos, corriéndose ahí de pie con los dedos y la lengua de dos o tres extraños dentro y encima, tiré de ella y recorrimos lo que quedaba en unos segundos. La luz fue volviendo poco a poco mientras subíamos, justo la suficiente para no chocar con nadie. Le vi los muslos brillando de saliva y flujo, los pezones enrojecidos de tanto pellizco.

Llegamos a una sala grande con una cama enorme que ocupaba casi todo. Entró delante un grupo de cuatro o cinco personas, en ropa interior, conocidos entre sí, gente que iba a lo suyo con desparpajo. Me parecieron majos y los seguimos. Encontramos un hueco y nos tumbamos a besarnos, para que pudiera contarme en privado, si es que ahí cabía la palabra privado, qué había sentido antes.

Me dijo que le había gustado, pero que no era lo suyo. Demasiado anónimo. Esas manos podían ser de cualquiera. Callamos para mirar a la pareja de al lado: ella encima, cabalgando con tal ímpetu que él ponía cara de susto, las tetas grandes rebotándole en la cara con cada bote, el coño abriéndose y cerrándose en torno a una polla gruesa que entraba y salía brillante de flujo. Se acercó otra pareja, la mujer le sostuvo los pechos y se los apretó desde atrás, y el hombre le ofreció su miembro a la boca. La chica lo agarró con avidez y se lo tragó hasta la garganta, con un ruido húmedo que resonó en la sala. Eso salvó al pobre de una lesión, porque dejó de saltar para entregarse a chupar con ganas, la mano en la base de aquella verga, la lengua enroscada alrededor del glande, los mofletes hundidos mamando fuerte, mientras la otra mujer se le pegaba por detrás y le lamía el cuello. Vi cómo la polla que ella cabalgaba seguía enterrada hasta el fondo, quieta, palpitando dentro, y el tipo agarrándole el culo con las dos manos, separándoselo, dejando ver el ojete apretado.

—¿Nos vamos a un sitio más tranquilo? —pregunté.

—Sí. Mejor seguimos el recorrido.

Pasamos por la piscina y el jacuzzi, que a mí me encantan, pero ella torció el gesto pensando en quién habría estado ahí. Tenía algo de razón. Empecé a temer que se le enfriara la cosa y saliéramos sin follar, así que busqué hasta dar con un cuartito para una sola pareja, vacío, sin puerta. Eso ya no le importó. Dejamos a un lado la poca ropa que llevábamos y nos tumbamos, sabiendo que cualquiera que pasara podía vernos.

Y sí, pasaba gente y miraba cómo la acariciaba, la besaba, cómo le recorría el cuerpo despacio y ella se estremecía. Le abrí las piernas y me metí entre ellas, primero con la lengua, lamiéndole el coño de abajo arriba, deteniéndome en el clítoris hasta que empezó a apretarme la cabeza con los muslos. La chupé hasta que me pidió con voz ronca que se la metiera de una vez. La penetré sin prisa, esperando que se acomodara, entrando y saliendo poco a poco, dándole el placer a fuego lento, sintiendo cómo su coño mojado se cerraba en torno a mi polla con cada empujón. Me miraba fijo, la cara cada vez más roja, gotitas de sudor en la frente, serena, sabiendo que llegaríamos cuando estuviéramos listos. Le levanté una pierna, me la puse al hombro y la follé de lado, hundiéndome más profundo, hasta oírla gruñir cada vez que le llegaba al final.

Empezamos a tener público. Solo miraban; alguno se tocaba de pie, la polla en la mano moviéndose lento, observándonos. Ella lo veía y seguía a lo suyo, sin importarle, porque al fin era un poco eso lo que quería: tener espectadores, que la vieran disfrutar. Nadie se acercaba ni decía nada, y ella se detuvo un momento.

—¿Por qué se quedan ahí? En el otro lado todos intervenían.

—¿Quieres que se acerquen?

—Nooo, solo preguntaba.

—Aquí no los hemos invitado. Para eso hay que hacerles una seña, que entiendan que son bienvenidos. Si encuentras a alguien que te guste, no lo dudes. Es tu día.

—¿Y tú?

—Es tu día. Yo me quedaría a tu lado, besándote y cuidándote. No te preocupes.

Siguió abrazada a mí, dándome besos agradecidos, levantando las caderas para sentirme mejor, apretando el coño en torno a mi polla cada vez que se la sacaba, hasta que se quedó con la vista clavada en un rincón de la habitación.

—¿De verdad no te importa? —me susurró.

Me eché a un lado para ver qué la había atrapado. Era el del baile, mirándola con ganas, sin tocarse siquiera, encendido solo de verla tendida a su disposición, con las piernas abiertas y el coño brillando de mi saliva y su flujo. Era él, lo que habíamos estado esperando. Le hice una señal inequívoca y se acercó despacio, se quitó lo poco que llevaba encima y la vi abrir los ojos al verle la polla: gruesa, larga, curvada hacia arriba, la punta ya goteando. Le acarició la mejilla, el pelo, le pasó el pulgar por los labios y ella lo chupó sin dudar, se lo metió en la boca hasta la mano, mamándoselo con hambre, dejándolo bien lubricado, mientras yo me apartaba y le cedía mi sitio.

Se colocó entre sus piernas, se agarró la polla y le pasó el glande por los labios del coño arriba y abajo, mojándose bien, tanteando la entrada. Se hundió en ella con la misma delicadeza que había tenido yo, dándole tiempo a recibirlo, empujando de a poco, y ella soltó un quejido largo cuando sintió cómo se le abría el coño para acomodar aquel grosor. Un centímetro, otro, otro más, hasta que, sin acabar de creérmelo, lo vi entero adentro, los cojones descansando contra el culo de Valeria. Empezó entonces un vaivén frenético, deseo por ambas partes, el hombre embistiéndola con toda la cadera, los muslos chocando contra los suyos, el ruido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño empapado. Ella le clavó las uñas en la espalda, le rodeó la cintura con las piernas para que le llegara más adentro, y yo miraba absorto su rostro, el gozo que asomaba cada vez que él llegaba al fondo, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Le acaricié un pecho, le pellizqué el pezón, y ella giró la cabeza para chuparme los dedos, agradeciéndomelo con la mirada.

Él aceleró, gruñendo, agarrándole las caderas para embestirla más fuerte, y ella gimió alto, se arqueó, y noté cómo su cuerpo entero se sacudía en un orgasmo largo que la dejó temblando bajo él. Al hombre se le escapó todo unos segundos después: se hundió hasta el fondo, se quedó quieto y soltó su carga dentro de ella con un rugido ronco, apretando los dientes, mientras yo veía la polla palpitar entre gemidos, vaciándose entera. Cuando se corrieron los dos, entre gemidos, lo dejé reposar sobre ella. Se salió despacio y vi el chorrito de semen escapársele del coño, blanco, denso, resbalando hasta la sábana. Al abrir los ojos me vio a su lado, mi mano en su pecho, y sonrió agradecida. Me lanzó un beso. Con eso quedé pagado, y pensé que aún tenía muchas oportunidades por delante, que no se había acabado nada. El verano todavía era muy largo.

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Comentarios(7)

noche_fan92

Tremendo!!! Me dejo sin palabras, de los mejores del sitio

LilaNocturna

Por favor seguilo, quede con ganas de saber como termino todo eso

Memo1987

Me recordo a una salida que tuve hace un tiempo, aunque nada tan intenso jaja. Muy bien narrado

CarlitosBaires

excelente!! sigue asi

NadiaRiveros

Me pregunto como se sintio ella al final. Muy bueno el punto de vista del que observa, no es tan comun encontrarlo

SebRK_lector

Increible como transmitis la tension de esa noche. Se siente real sin ser burdo, eso es dificil de lograr

Gus_Lector

jajaja me imagino al narrador ahi parado sin saber para donde mirar. Muy bueno

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