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Relatos Ardientes

La noche que todos la miraron en el club liberal

Narrado por los dos.

Aquello había sido mucho más que dejarme mirar. Me habían tocado y yo había tocado, y tener tantos cuerpos cerca a la vez me dio risa al principio, una risa nerviosa que se me deshizo en la garganta cuando una mano apareció de la nada en la penumbra y empezó a recorrerme.

Me llevé un susto enorme. Mateo me apretó los dedos, me dio calma, y yo decidí dejarme hacer. El roce resultó buenísimo cuando aquel desconocido rebuscó, tanteó y de golpe acertó justo donde tenía que acertar. Un sofoco me subió desde el vientre hasta la cara.

Pero parece que quería más, porque cambió la mano por otra cosa, firme y dispuesta. Yo no sabía bien qué hacer; al final la sostuve, la acaricié un poco, mientras Mateo me iba contando al oído qué había en la sala de al lado. Pudo conmigo la curiosidad y le pedí que me llevara.

Aquello era otro mundo. Una salita estrecha, oscura, con la pared agujereada, y de esos huecos asomaban siluetas de todos los tamaños y colores, una detrás de otra. Mateo me soltó la mano y me dejó sola, y por primera vez en la noche me sentí extrañamente tranquila. Todo aquello era para mí, en mi honor, y en mi vida me había visto en una igual.

No sabía por cuál empezar, así que fui por orden, agarrando la que tenía más cerca. Me dieron ganas de probar y le di un beso, después otro, y luego una en cada mano y otra en la boca. Cuando una voz me pidió bajito que acercara las caderas, lo hice. No me atreví a acercarme del todo, pero la sentí golpear contra mí, y casi me desmayo cuando en una de esas dio justo en el punto.

Cuando recuperé la cordura salí corriendo de allí y me lancé sobre Mateo. Lo necesitaba dentro sin esperar nada más. Y lo hicimos ahí mismo, apretados en aquel rincón. Solo quería su abrazo y su cuerpo contra el mío, algo que me devolviera a tierra, y él sabe hacerlo muy bien.

Todavía no lo tengo claro, pero juraría que mientras lo hacíamos, encogidos en aquel hueco, o Mateo tenía cuatro manos, o alguien de un lateral se había colado mientras yo estaba a lo mío. Tendré que preguntárselo.

En cualquier caso, ya estoy expectante por ver qué se le ocurre para esta noche. No sé si esto se puede superar, pero está claro que tiene imaginación de sobra, y siendo la última noche que pasaremos juntos en la costa, lo lógico es que tenga preparado un final apoteósico. Creo que lo voy a echar de menos cuando se marche. A ver cómo arreglo eso, porque me estoy acostumbrando demasiado a estas salidas.

***

Me contó por encima lo de la noche anterior. Supongo que por pudor no entró en detalles, pero casi podía imaginarlo por cómo se arrojó sobre mí dentro de la cabina. Mencionó algo de otras manos, y yo preferí callar lo del tipo que se coló mientras lo hacíamos. Después de todo, no era importante, no pasó nada.

Esperé a que estuviéramos sentados en la terraza, ya bien entrada la mañana, con el café delante y ella relajada, para proponerle el plan del día.

—Creo que ya estás preparada para lo siguiente —le dije.

—¿Y qué es lo siguiente?

—Exhibirte de verdad. Y, si te apetece, estar con otra gente.

—No estarás pensando en traer a alguien aquí, ¿no?

—No. Vamos a salir nosotros. Esta noche probamos un club liberal.

—No me hables en difícil, tradúcemelo.

Le expliqué con calma. Yo solo había estado un par de veces, hacía años, con una pareja anterior, y la cosa no salió bien: se asustó en cuanto alguien le rozó el hombro y no quiso volver a oír hablar del tema. Pero con Valeria tenía la intuición de que esta vez sería distinto.

Se reía juguetona con cada detalle que yo soltaba. La sala oscura, parecida a la que ya conocía. Las saunas, la piscina pequeña, el vestuario para moverse por el local, el código de gestos para aceptar o rechazar a alguien. Y lo más importante, lo repetí varias veces: el límite lo ponía ella. Podía ser muy corto o tan amplio como quisiera, según descubriera qué le gustaba y qué le daba reparo.

—Y yo voy a estar a tu lado todo el rato —añadí—. Hagas lo que hagas, siempre de la mano.

Entonces llegó la duda de cómo debía ir vestida. Ahí casi me río de su ingenuidad. Le conté que había un vestuario donde cambiarse, que podía quedarse en ropa interior o ponerse un chal hasta coger confianza, pero que la idea era ir destapándose poco a poco.

—¿Y todo el mundo va a estar así, sin nada? —preguntó.

Cada uno a su ritmo, le dije, no hay reglas escritas, pero queda raro ir vestido entre gente que no lo está. Soltó un «ahhh» y se quedó pensando. No era esa su verdadera preocupación, porque al rato me lanzó la pregunta que de verdad la inquietaba: qué pasaría si nos cruzábamos con un conocido, un amigo, un vecino. El bochorno de que alguien te encontrara ahí.

—Puede pasar, claro —le dije—, pero piénsalo: si te encuentras a alguien conocido en un sitio así, es que es tan curioso como nosotros. No hay nada de qué avergonzarse. Van a lo mismo que tú. Se saluda con naturalidad y cada uno sigue su camino.

Esta vez se rió con ganas. Le hacía gracia la idea de nosotros dos como una pareja descarada y secreta. Entendió que no tenía sentido preocuparse por algo que casi nunca ocurre. Al final decidió que se quedaría con las bragas puestas hasta que le estorbaran, si a mí no me parecía mal.

La vi nerviosa otra vez después de comer, dándole vueltas a todo, preguntándome qué pasaba si no le apetecía dejarse tocar, si tenía que acostarse con alguien por obligación, qué hacía si le entraban ganas de ir al baño. Los nervios la consumían. Quería quedar bien, pasarlo bien, pero el miedo a lo desconocido la podía. La llevé a dormir la siesta, juntos, sin provocarla, para que llegara despejada a la noche. Se quedó dormida en mis brazos.

Cuando despertó tocaba arreglarse. Duchó, se maquilló y luego empezó el ritual de siempre: buscar qué ponerse. Me gustaron unas braguitas rojas, mínimas, perfectas para la ocasión, porque le había advertido que dentro se iba casi siempre en ropa interior. Y mientras se las probaba y se miraba al espejo, yo le iba preguntando qué tenía pensado: si dejarse tocar o no, si quería estar con alguien, en privado o a la vista. Creo que la conclusión fue que estaba abierta a todo, pero que primero quería entender de qué iba la cosa.

Se paseaba por la habitación con aquel triángulo de tela rojo, las tetas balanceándose cada vez que se agachaba. Tuve que irme a la ducha para no romper mi propia regla de no tocarla antes de empezar la juerga. Salí cuando ya estaba lista: blusa de tirantes finos, escote bajo, sin sujetador, los pezones marcándose, y una falda a juego por encima de la rodilla. Todo discreto y elegante, y por eso mismo todavía más provocador.

En el coche le agarré el borde de la falda para ver si se había puesto las rojas, pero me apartó la mano de un manotazo, riéndose.

—Eso lo ves cuando lleguemos. No te precipites.

Me concentré en conducir. Aparqué cerca de un edificio sin apenas señales, con una plaquita discreta junto a la puerta. Dentro nos recibieron dos chicas que, al saber que era nuestra primera vez, nos dieron una charla bastante completa de recomendaciones y normas. Pagamos y fuimos al vestuario.

—¿Nos desnudamos ya? —preguntó.

—No hace falta, pero podemos empezar. Ropa interior y encima el chal.

Dejamos la ropa en la cabina. Ella quedó con las famosas braguitas y, en efecto, sin sujetador, con el chal sobre los hombros tapándole el pecho. Fuimos al bar, todavía poco concurrido. Las parejas nos miraban al pasar, gente nueva, y nos sentamos en una mesa pequeña al fondo. Música lenta, luz cálida, una camarera que tomó nota y volvió enseguida.

Le dije que termináramos la copa y diéramos una vuelta para ver el ambiente. Se acercaron un par de chicos a pedirle un baile; los rechacé con un gesto. Entonces le aclaré que si alguno le apetecía, aceptara sin más, que para eso habíamos venido, que yo no quería ser quien decidiera por ella.

Salió a bailar con uno, fornido pero correcto, educado al pedirlo y respetuoso al agarrarla. Estuvieron un buen rato y volvió acalorada y contenta.

—Baila muy bien. Y me ha dicho que, si lo necesitamos para algo, le hagamos una seña.

—Ja, ja. Ese cree que ya tiene plan para la noche. Apúntalo en la agenda por si acaso.

—¿Y ahora?

—Vamos al cuarto oscuro. Ya sabes más o menos cómo es. Después decidimos.

Bajamos unas escaleras en penumbra. No había nadie. En el cartel ponía que se entraba desnudo de preferencia, así que nos quitamos todo, lo llevamos en una mano y con la otra nos dimos los dedos. Abrí la puerta y la oscuridad fue total.

Sentí cómo me apretaba, nerviosa. Avanzamos despacio, pegados a la pared, y soltó un gritito.

—Me ha tocado una mano.

—Sí. Déjate hacer hasta donde quieras. De eso se trata.

Las manos empezaron a salir por todos lados en cuanto nos oyeron. Alguna me rozó a mí también, tanteando, pero casi todas iban hacia ella. A mitad de camino, una agarró mi miembro y subió y bajó hasta ponerme firme, mientras a mi lado oía los jadeos de Valeria porque alguien había dado con el punto exacto y lo estaba aprovechando.

La dejé un rato, queriendo que llegara caliente al siguiente paso. Cuando noté que se aflojaba y temblaba en pequeños espasmos, tiré de ella y recorrimos lo que quedaba en unos segundos. La luz fue volviendo poco a poco mientras subíamos, justo la suficiente para no chocar con nadie.

Llegamos a una sala grande con una cama enorme que ocupaba casi todo. Entró delante un grupo de cuatro o cinco personas, en ropa interior, conocidos entre sí, gente que iba a lo suyo con desparpajo. Me parecieron majos y los seguimos. Encontramos un hueco y nos tumbamos a besarnos, para que pudiera contarme en privado, si es que ahí cabía la palabra privado, qué había sentido antes.

Me dijo que le había gustado, pero que no era lo suyo. Demasiado anónimo. Esas manos podían ser de cualquiera. Callamos para mirar a la pareja de al lado: ella encima, cabalgando con tal ímpetu que él ponía cara de susto. Se acercó otra pareja, la mujer le sostuvo los pechos y el hombre le ofreció su miembro a la boca. Eso salvó al pobre de una lesión, porque dejó de saltar para entregarse a chupar con ganas.

—¿Nos vamos a un sitio más tranquilo? —pregunté.

—Sí. Mejor seguimos el recorrido.

Pasamos por la piscina y el jacuzzi, que a mí me encantan, pero ella torció el gesto pensando en quién habría estado ahí. Tenía algo de razón. Empecé a temer que se le enfriara la cosa y saliéramos sin hacer nada, así que busqué hasta dar con un cuartito para una sola pareja, vacío, sin puerta. Eso ya no le importó. Dejamos a un lado la poca ropa que llevábamos y nos tumbamos, sabiendo que cualquiera que pasara podía vernos.

Y sí, pasaba gente y miraba cómo la acariciaba, la besaba, cómo la recorría despacio y ella se estremecía. La penetré sin prisa, esperando que se acomodara, entrando y saliendo poco a poco, dándole el placer a fuego lento. Me miraba fijo, la cara cada vez más roja, gotitas de sudor en la frente, serena, sabiendo que llegaríamos cuando estuviéramos listos.

Empezamos a tener público. Solo miraban; alguno se tocaba de pie, observándonos. Ella lo veía y seguía a lo suyo, sin importarle, porque al fin era un poco eso lo que quería: tener espectadores, que la vieran disfrutar. Nadie se acercaba ni decía nada, y ella se detuvo un momento.

—¿Por qué se quedan ahí? En el otro lado todos intervenían.

—¿Quieres que se acerquen?

—Nooo, solo preguntaba.

—Aquí no los hemos invitado. Para eso hay que hacerles una seña, que entiendan que son bienvenidos. Si encuentras a alguien que te guste, no lo dudes. Es tu día.

—¿Y tú?

—Es tu día. Yo me quedaría a tu lado, besándote y cuidándote. No te preocupes.

Siguió abrazada a mí, dándome besos agradecidos, levantando las caderas para sentirme mejor, hasta que se quedó con la vista clavada en un rincón de la habitación.

—¿De verdad no te importa? —me susurró.

Me eché a un lado para ver qué la había atrapado. Era el del baile, mirándola con ganas, sin tocarse siquiera, encendido solo de verla tendida a su disposición. Era él, lo que habíamos estado esperando. Le hice una señal inequívoca y se acercó despacio, acariciándole la mejilla, el pelo, mientras yo me apartaba y le cedía mi sitio.

Se hundió en ella con la misma delicadeza que había tenido yo, dándole tiempo a recibirlo, hasta que, sin acabar de creérmelo, lo vi entero adentro. Empezó entonces un vaivén frenético, deseo por ambas partes, y yo miraba absorto su rostro, el gozo que asomaba cada vez que él llegaba al fondo.

Cuando se corrieron los dos, entre gemidos, lo dejé reposar sobre ella. Al abrir los ojos me vio a su lado, mi mano en su pecho, y sonrió agradecida. Me lanzó un beso. Con eso quedé pagado, y pensé que aún tenía muchas oportunidades por delante, que no se había acabado nada. El verano todavía era muy largo.

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Comentarios(2)

noche_fan92

Tremendo!!! Me dejo sin palabras, de los mejores del sitio

LilaNocturna

Por favor seguilo, quede con ganas de saber como termino todo eso

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