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Relatos Ardientes

La tarde en el spa que cambió a mi novia para siempre

Aquel sábado por la mañana yo no tenía ni la más remota idea de lo que era un spa, ni de qué se hacía en uno, ni de por qué cuatro amigos se habían puesto de acuerdo para regalarme un bono de pareja. Sospechaba que el detalle escondía una indirecta de doble filo: por un lado, llevar a la chica a algún sitio que no fuese el bar de la esquina; por otro, aprovechar para asearme un poco más a menudo. Como soy obediente con los regalos, llamé y reservé para las once.

Marta llevaba conmigo casi un año y todavía me parecía mentira. Era una de esas mujeres rellenas y redondas en los lugares correctos, con una boca grande y una risa más grande aún. Cuando la cogí de la mano frente al edificio, ella se puso de puntillas y me besó en la comisura.

—¿Tú sabes en qué consiste esto? —me preguntó.

—Ni idea —contesté—. Espero que no nos depilen nada raro.

Detrás del mostrador, una mujer de unos treinta años se levantó para recibirnos. Llevaba un uniforme tan ceñido que parecía pintado sobre la piel, y unos pechos generosos que conspiraban contra el segundo botón de la blusa. Nos sonrió con esa sonrisa profesional que sirve para todo. Nos guió por un pasillo hasta una sala amplia con piscina en el centro, tumbonas alrededor, duchas en un rincón y varias puertas con carteles que prometían tratamientos cuya simple nomenclatura me resultaba sospechosa.

Yo escuchaba a medias, porque ya había visto a la mujer que estaba bajando por la escalerilla de la piscina. Rondaría los sesenta, era abiertamente gruesa y llevaba un bikini rojo que peleaba sin éxito contra su anatomía. Bajaba de espaldas, mostrándonos el culo sin pudor, y de algún modo me parecía la cosa más obscena y más natural que había visto en semanas. En una tumbona, otra mujer más joven, una morenaza en bañador entero, hojeaba una revista con las piernas abiertas más de lo necesario. En otra esquina, dos hombres conversaban: uno joven y musculoso, otro mayor, barrigudo, con un bañador minúsculo del que sobresalía una protuberancia difícil de pasar por alto.

Hicimos el recorrido de torturas. Un pasillo de piedras incrustadas en el suelo que se clavaban en las plantas. Duchas que alternaban agua helada y caliente y te cortaban la respiración. Una sala de hielo picado donde te frotabas el cuerpo hasta quedar color gamba al ajillo. Un baño turco lleno de viejos medio desnudos que aprovechaban el vapor para mirarle los pezones a Marta sin disimulo. Y una sauna donde el aire quemaba y olía a madera húmeda recién cortada.

Salí de la sauna deseando una muerte rápida y me metí en la piscina como un cuerpo en un baúl. El agua tibia me devolvió a la vida. Comprobé que de las paredes salían chorros invisibles, corrientes calientes que te encontraban en los lugares más insospechados. Mientras Marta terminaba su última estación, fui catalogándolos. Uno te masajeaba la nuca. Otro te hacía cosquillas en las plantas. Y otro, junto a la pared del fondo, te golpeaba la entrepierna con una precisión sospechosa.

Me aparté enseguida de ese último. No por pudor, sino porque a tres metros, contra la pared, la madura del bikini rojo se había instalado en ese mismo chorro y no parecía dispuesta a moverse. Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos, y respiraba como si estuviese subiendo una cuesta empinada. Sus pechos, descomunales, flotaban casi por completo fuera de la tela. Cuando giró la cara hacia mí, me dedicó una sonrisa de las que no se sonríen en una sala de espera.

Marta se metió en el agua justo entonces y se pegó a mi costado.

—Me he salido porque había un gordo apoyado en la pared mirándome las tetas con cara de degenerado —susurró.

—¿Le digo algo?

—Déjalo. Y tú, ¿qué mirabas?

Siguió la dirección de mis ojos y sonrió con esa sorna que solo le sale a quien sabe que tiene la sartén por el mango.

—¿Ahora te van las sesentonas? Le voy a decir a mi madre que tiene un pretendiente.

Su madre era una mujer venenosa con un culo respetable, pero no era el momento de meterse en honduras. Le expliqué lo de los chorros. Marta empezó su propio recorrido, poniendo caras que iban del estupor al placer mal disimulado, y volvió a mi lado con una luz en los ojos que yo conocía bien.

—Está bien esto —dijo bajito—. Pero el de esa señora tiene que ser la bomba.

La señora seguía allí, contra la pared, con los ojos cerrados y los pezones esforzándose por escapar del bikini. Su pecho subía y bajaba con un ritmo que no engañaba a nadie.

—Se está corriendo, la muy guarra —dije.

—Joder.

A Marta se le quebró un poco la voz. Bajé la mirada y descubrí que la simple idea me había escapado la polla por el lateral del bañador. Ella la encontró bajo el agua y la cerró en su mano con una suavidad calculada.

—Te pone, ¿eh?

—Algo me pone.

Se me echó encima sin decir más. Aprovechó la falta de peso del agua para colgarse de mi cuello y restregarse contra mí. Su entrepierna me buscaba la mía a través de las dos telas, y a cada vaivén yo sentía el calor de su cuerpo dilatándose. Nos besamos. Fue un beso de los largos, de los que se notan en las rodillas. La señora del chorro abrió un ojo, nos miró y se mordió el labio.

En ese momento se abrió una de las puertas laterales y salió otra mujer. Cuarenta y muchos, cuerpo de gimnasio, bañador deportivo negro que se le ceñía a unos pechos pequeños y firmes y a un culo cincelado a base de horas. El tejido le dibujaba la entrepierna con una claridad notarial. Cuando se metió en el agua, no apartó la vista de la espalda mojada de Marta. Marta lo notó también.

—Esa —murmuró— me estuvo comiendo con la mirada en el vestuario. Yo creo que le van las mujeres.

Imaginé a la deportista sosteniéndola contra los azulejos, mordiéndole un pezón, y me tuve que morder por dentro para no aplaudir la escena. Para no aturullarme miré hacia el otro lado: la señora del chorro seguía a lo suyo, ahora con una mano dentro del bikini.

—¿Te ha dado por enseñarles? —me dijo Marta al oído.

—Si quieren mirar, que miren.

La agarré por las caderas y la subí y bajé contra mi cuerpo. A cada bajada, la punta de mi polla, ya completamente liberada del bañador, le rozaba la entrepierna a través de la tela mojada. Marta se agarraba a mis hombros y trataba de ahogar los gemidos en mi cuello. La deportista, a tres metros, no nos quitaba los ojos de encima. Por el movimiento de sus hombros adiviné que se estaba masturbando con la otra mano sin el menor disimulo. La señora del bikini rojo respiraba como si estuviese corriendo un maratón.

***

Aparté la tela del bañador de Marta y le toqué la raja. Estaba empapada, no del agua de la piscina sino de algo mucho más espeso. Empujé un poco. Ella ahogó un grito y se aferró a mí.

—No, aquí no, que nos miran.

—Pues mira tú lo que les pasa por mirar.

—No, en serio, que me da apuro.

Me detuve. Su vagina me apretaba un par de centímetros nada más, pero el simple hecho de estar ahí dentro me hacía hervir las orejas. La deportista, con los ojos clavados en los míos, ladeó la cabeza hacia algo a mi espalda. Me giré apenas. Una puerta acristalada, casi camuflada entre dos pilares. Volví a mirarla y la mujer me guiñó un ojo con una lentitud cómplice.

Entendí.

—Vamos —le dije a Marta—. Sé adónde.

La saqué del agua como pude, ella recolocándose el bañador a toda prisa para no enseñar más de lo que ya había enseñado. Las dos mironas no apartaron la vista de su trasero ni un segundo. Yo crucé la piscina con el bañador deformado por una erección imposible de disimular. Llegamos a la puerta acristalada, la empujé, entramos.

Era un pequeño almacén iluminado por un fluorescente que parpadeaba. Cajas de toallas apiladas, productos de limpieza, un olor a cloro y a plástico nuevo. Apoyé a Marta contra la pared y la besé con todas las ganas que llevaba acumuladas durante una hora.

—¿Estás segura?

—Sí —dijo, y me llevó la mano a su entrepierna otra vez—. Pero rápido.

La giré hasta dejarla de espaldas a mí, le bajé el bañador hasta los muslos y me arrodillé. Le aparté las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua por todos los pliegues que encontré. Marta tembló y soltó un gemido tan ronco que pensé que se oiría desde la piscina. Mientras la lamía miré de reojo hacia la puerta acristalada. Una silueta se había pegado al cristal y respiraba contra él hasta formar una nube de vaho. Reconocí los hombros de la deportista. Estaba allí, mirándonos, y por el ritmo de su brazo era evidente que no estaba precisamente quieta.

Me puse de pie. Le agarré las caderas a Marta y le pasé la polla un par de veces por la raja sin entrar, solo para verla arquearse.

—Por favor —pidió en un susurro siseante—. Métemela.

Lo hice. De una sola embestida. Marta se mordió el antebrazo para no chillar y yo empecé a bombear con el ritmo de quien sabe que el tiempo se le acaba. Bajo nuestros pies se formó un charco de agua y de sudor en el que tenía que medir los apoyos. La sombra del cristal se contorsionaba al otro lado, en sincronía con nosotros, como un tercer cuerpo dándose lo suyo sin descanso.

Marta se corrió primero, con un gemido largo que tuvo que tragarse contra el brazo. Su vagina se cerró sobre mí con tanta fuerza que no me dejó alternativa. Vacié todo lo que tenía dentro de ella mientras la sujetaba contra la pared para no resbalar. Del otro lado del cristal me llegó un quejido ahogado, casi infantil, y luego silencio.

***

Nos compusimos a la velocidad de los ladrones primerizos y salimos del almacén. La piscina estaba vacía. Ni la señora del bikini rojo, ni la deportista. Nada. Marta me miró con los ojos brillantes y se rió en silencio, sacudiendo la cabeza.

—Vamos a vestirnos antes de que vuelva alguien.

Entré al vestuario de caballeros y me metí bajo la ducha. Tenía un poso de cloro y de adrenalina pegado al cuerpo que no se iba con un enjuague rápido. Estaba enjabonándome cuando alguien se puso bajo la pera contigua. El gordo. El de la barriga peluda y el bulto. Desnudo, claro.

—Anda, cabronazo, cómo has puesto a la chavala…

Me giré dispuesto a partirle la cara. Al girarme me lo encontré con la polla en la mano, moviéndola arriba y abajo sin disimulo alguno. Una polla larga, gruesa, surcada de venas, con el glande hinchado y púrpura. Abrí la boca para insultarle, pero no me salió la voz.

—Vaya espectáculo, chaval. Esas dos de la piscina se han debido correr cuatro veces cada una.

El movimiento de su mano me hipnotizaba. Yo, que llevaba toda la vida diciéndome que aquello no iba conmigo, no podía apartar la vista. El agua le caía por la barriga y se le acumulaba en la base del pene como una pequeña cascada obscena. Si me arrodillara ahora mismo, nadie me vería. Me imaginé el sabor. Me imaginé el peso. Algo dentro de mí, algo que llevaba mucho tiempo cerrado bajo llave, empujó la puerta desde dentro.

—Joder, qué buena está tu novia. Qué tetas, qué culo. Qué suerte tienes, cabrón…

Se corrió ahí mismo, con un gruñido contenido. Tres o cuatro chorretones espesos cayeron al suelo de la ducha y se diluyeron despacio en el agua. Él se quedó mirándose la polla como si fuese un trofeo. Yo aproveché para meterme en un cubículo y cerrar la puerta, temblando, sin saber muy bien si estaba huyendo o si me estaba escapando justo a tiempo de mí mismo.

***

Esperé a Marta en la recepción durante un cuarto de hora más de lo normal. Cuando salió, traía las mejillas encendidas y el pelo todavía húmedo, recogido a toda prisa.

—Perdona, me he duchado dos veces, no se me iba el olor a cloro.

La miré. Ella apartó la mirada un segundo, lo justo para confirmarme lo que ya sospechaba. La deportista la había esperado en el vestuario de mujeres. La deportista la había convencido, con palabras o sin ellas, de que aquella tarde no había terminado. Y Marta, mi Marta, había dicho que sí.

No le dije nada. La cogí de la mano y salimos al sol de la calle, ella con su secreto, yo con el mío. Por el camino al coche pensé que igual la deportista y el gordo eran marido y mujer y nos habían tendido una trampa con paciencia de cazadores. Pensé también que, dentro de todo, lo único que me molestaba era no haber sabido contestar a la única pregunta que el gordo me había dejado abierta sin pronunciarla siquiera.

A qué sabría.

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Comentarios (4)

ElMirón88

increible relato!! uno de los mejores de voyerismo que lei en mucho tiempo

Lorena_Mdq

Que final mas intrigante! Quiero saber que secreto se llevo cada uno jajaja. Esperando la segunda parte!

FelipeS_79

El morbo de saber que te estan mirando es algo unico, muy bien capturado aca

Carlos_Cba22

Excelente, se nota que fue escrito con cuidado. Me gusto mucho la tension que se va armando poco a poco, sin apresurarse. Sigue publicando!

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