Grabé en el baño del pub lo que jamás debí ver
Bajé del taburete con la excusa de ir al baño. La música tapaba el ruido de mis pasos y nadie me prestó atención cuando me asomé a la puerta del aseo de mujeres. Allí estaba Nuria, inclinada sobre el lavabo, secándose el sudor del cuello con una toalla de papel. Llevábamos toda la noche en aquel pub y yo no había dejado de observarla un solo segundo.
Entré en el de caballeros y esperé con la oreja pegada a la puerta. A los pocos segundos vi pasar a Diego, el chico nuevo de su empresa, que cruzó el pasillo y empujó la puerta del aseo de mujeres sin pensárselo dos veces. Lo seguí. Asomé la cabeza con cuidado de no ser visto.
Nuria estaba a punto de meterse en el cubículo cuando lo descubrió.
—¡Eh! ¿Qué haces aquí? ¿No te has confundido de baño? —dijo riendo, mientras la puerta se cerraba a medias tras ella.
Él se lanzó sin responder. Empujó la hoja con suavidad, entró detrás de ella y echó el pestillo.
Me metí en el cubículo contiguo y cerré conteniendo la respiración. El corazón se me disparó y un escalofrío de pánico me recorrió la espalda, pero la situación me excitaba demasiado como para echarme atrás.
Saqué el teléfono. Tenía un mensaje sin leer de Carla, pero no era momento para eso. Encendí la cámara, activé el modo vídeo y la giré hacia mí para encuadrar bien y no perder detalle de lo que ocurría al otro lado del panel.
Si me descubren, no tengo ninguna explicación.
Levanté la tapa del retrete y subí al borde de la taza, agachado para no asomar por encima. Estiré el brazo y pegué el móvil al rincón donde el tabique se unía con la pared, buscando el ángulo perfecto.
Diego, nervioso, la abrazaba y le besaba el cuello con ansia.
—Pero ¿qué haces, criatura? Si soy demasiado mayor para ti —protestaba ella—. ¡Quita! —Se defendía sin convicción, riéndose, dejándose besar y manosear.
Él la calló metiéndole la lengua en la boca. Sus manos recorrían la espalda, las caderas y los pechos de Nuria como si tuvieran vida propia.
Ella dejó de fingir. Le pasó una mano por la nuca para atraerlo y le devolvió el beso con vehemencia, mientras la otra mano se deslizaba hacia su entrepierna.
—Vaya, vaya. ¿Y esto? Creo que deberías ir a buscar a tu novia para que te lo solucione —dijo con voz lenta y burlona.
—Ella estará durmiendo. Y esto es por tu culpa. Ayúdame, por favor.
—Ay, qué granuja —murmuró mientras le desabrochaba el pantalón y le sacaba el miembro, acariciándolo despacio.
Diego soltó un gemido ahogado.
—Chist, que nos van a oír —lo riñó—. Y tú no quieres eso, ¿verdad? —Volvió a atrapar su boca, jugando con su lengua. Estaba clarísimo quién mandaba allí.
Yo sudaba a mares. Estaba más empalmado de lo que recordaba en años y el pulso me retumbaba en las sienes. ¿Desde cuándo Nuria hace estas cosas?, me pregunté. A mí jamás me habían contado nada parecido de ella.
Nuria se separó de pronto. Bajó la tapa del retrete y se sentó. Le deslizó el pantalón y la ropa interior hasta medio muslo y contempló su sexo con una sonrisa de deleite. Lo agarró con una mano mientras con la otra le sopesaba el peso.
—Vaya herramienta que tienes —dijo mirándolo desde abajo—. Tu novia debe de estar encantada.
—No me hables de ella ahora, por favor —balbuceó.
—Claro, ahora te pones tierno. Pero estás en el baño de un pub, conmigo, para que te baje la calentura.
Sin más, se lo metió en la boca y empezó a chuparlo con una destreza que me dejó atónito, deslizando la mano por la base y acariciándolo con la otra. Él le sujetó la cabeza para atraerla más contra él.
Ella se apartó, molesta.
—Quita las manos de mi cabeza. Si lo vuelves a hacer, me levanto y te apañas tú solo.
—Perdona —dijo avergonzado—. No sabía que te molestaba.
Yo apenas podía creer lo que veía. Conmigo nunca había sido tan descarada, pensé. El muchacho tensó las piernas, echó la cabeza hacia atrás y se aferró a las paredes del cubículo para no perder el equilibrio. Nuria lo acompañó hasta el final, sin separarse ni un instante, y después relamió las últimas gotas como si fuera lo más natural del mundo.
—Listo, así tu chica no notará nada —dijo dándole una palmadita en el muslo—. Arréglate y vete, que yo todavía no he hecho lo que venía a hacer.
—Gracias, ha sido… increíble —dijo mientras se subía el pantalón—. No recuerdo haber sentido nada igual.
Intentó darle un beso en la boca, pero ella lo esquivó con una sonrisa.
—No seas bobo y vete con tu novia, ahora que estás tranquilo. Eso sí, me lo debes. Otro día me toca a mí, y vas a tener que esmerarte.
El chico sonrió de oreja a oreja.
—Por supuesto. Y si lo hacemos en el almacén de la empresa, cuando me acompañas a buscar material, el morbo lo va a multiplicar todo por diez —dijo guiñándole un ojo—. Nos vemos el lunes.
—Espera, déjame salir a mí primero y comprobamos que no haya nadie.
Tras asegurarse, lo dejó marchar. Diego le robó un beso fugaz y desapareció por el pasillo.
***
Nuria se acercó al lavabo. Se enjuagó la boca, se mojó la cara y se atusó el pelo. Regresaba al cubículo cuando la puerta volvió a abrirse y entró Mateo, el otro compañero, el que había estado bailando con ella toda la noche.
—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó ella, sorprendida.
—¿Tú qué crees? —respondió empujándola con suavidad hacia la cabina.
La actitud me puso en alerta. Como se pase de la raya, salgo, me dije, sin dejar de grabar.
—¿Qué pretendes? —preguntó Nuria, con la voz alterada.
—Lo que no te ha hecho ese aprendiz. Antes de irse me ha contado que le has dado un buen repaso, pero que tú te has quedado con las ganas. Y eso hay que arreglarlo.
—Ni se te ocurra tocarme.
—Cuando bailábamos no decías eso. Más bien parecías encantada de cómo me apretaba contra ti.
—Era un juego —dijo ella, aunque su tono se había suavizado.
Mateo soltó una risa baja.
—Un juego. Y lo de mover las caderas y provocar a medio bar, ¿también era un juego? Anda, deja de fingir. Sé perfectamente lo que quieres.
Nuria lo miró un largo segundo. Luego se mordió el labio y dejó caer los hombros, rendida no por miedo, sino por deseo.
—Date prisa, entonces —susurró—. Y como alguien se entere, te mato.
La abrazó y la besó hondo, recorriéndole el trasero con las manos. Empezó a recoger la tela de la falda, subiéndola poco a poco. Nuria fingió un último amago de resistencia que terminó en un suspiro.
Le subió la falda hasta la cintura. Debajo llevaba unos pantis finos y, bajo ellos, unas bragas blancas de algodón, sencillas y cómodas. Estaba claro que no había salido esa noche esperando nada parecido.
Ella se quedó quieta mientras él le besaba el cuello y le amasaba las nalgas. Con los dedos enganchó el elástico de los pantis y tiró hacia abajo con cuidado, dejándole la ropa interior en su sitio. Se sentó en la taza, terminó de bajárselos hasta las rodillas y le recorrió los muslos despacio con las manos.
Ni en mis mejores recuerdos con ella me había sentido tan excitado. El morbo y el peligro me tenían fuera de mí. La presión contra la tela de los vaqueros casi me dolía. Quería sacármela y aliviarme, pero no podía permitirme perder detalle. Aquella era la mejor película que vería jamás, y la estaba grabando yo.
La hizo girar hasta ponerla de espaldas, con las dos manos sobre sus glúteos. Se inclinó, apartó la tela a un lado y la besó y lamió con ganas. Nuria empezó a temblar y tuvo que apoyar las palmas en la pared para sostenerse. Unos gemidos contenidos se le escapaban entre los dientes apretados.
Él deslizó una mano hacia su sexo y le introdujo un par de dedos mientras seguía con la lengua. Nuria se mordía el dorso de la otra mano para no gritar. Cuando él retiró los dedos, ella ya estaba al límite.
—Date la vuelta —ordenó.
Nuria obedeció. Mateo le separó los pliegues con cuidado, acercó la boca y empezó a lamerla al ritmo de tres dedos que entraban y salían. Ella cerraba los ojos y le hundía los dedos en el pelo rizado. No tardó mucho en apretarle la cabeza contra ella y estremecerse de arriba abajo. Él no paró hasta que ella, agotada, le rogó que lo dejara.
Mateo se incorporó y le dio un beso largo mientras le colaba una mano bajo la blusa.
—Ahora inclínate sobre la taza —dijo con la voz ronca—. Esto va a ser rápido, estoy a punto de reventar.
Nuria sonrió y le hizo caso, no sin antes desabrocharle el cinturón y sacarle el miembro. Largo y grueso, bastante más que el del muchacho de antes. Le dio una lamida golosa y luego se giró, apoyó las manos en la cisterna y levantó las caderas.
Él se la sujetó con una mano mientras con la otra buscaba el ángulo. Flexionó las rodillas y la penetró de una embestida. Nuria ahogó un grito y empezó a moverse contra él. Mateo, con las manos en sus caderas, entraba y salía con un ritmo creciente, golpeándola con un sonido de palmas que me ponía a cien.
En pocos segundos dio un último empellón y se quedó quieto, en lo más hondo, con los ojos cerrados y mordiéndose los labios para no hacer ruido.
—Madre mía —susurró Nuria, recuperando el aliento—. ¿Cuánto hacía que no lo hacías? Tenías ganas acumuladas.
—Soy así —respondió él con una sonrisa cansada—. Y no se lo cuentes a nadie. Esto queda entre tú y yo.
—Por mí, encantada.
***
Comprendí que aquel era el momento de retirarme. Apagué el móvil, bajé de la taza con el mayor cuidado del mundo y, tras afinar el oído y comprobar que ya se estaban recomponiendo la ropa, descorrí el pestillo y salí de puntillas. Me crucé con una chica que entraba y me miró con desdén. Sin volver la vista atrás, salí del local a toda prisa.
Ya en la calle, me alejé un par de portales y me apoyé en una pared para recuperar el aliento. Tenía una erección imposible de disimular y el corazón desbocado, pero mi prioridad era calmar las pulsaciones antes de que alguien me viera así.
Encendí un cigarrillo para tranquilizarme. Pocos minutos después los vi salir juntos del pub, charlando como si nada, y enfilar hacia la parada de taxis.
Saqué el teléfono para ver la hora. Las tres y media. El aviso seguía parpadeando: un mensaje de Carla. Me había olvidado por completo de ella. Estoy en el bar de la esquina con una amiga. Pásate a tomar algo. Un beso.
Sonreí y guardé el móvil en el bolsillo, con el vídeo dentro. Carla no tenía la menor idea de la clase de noches que se corría su madre. Y, desde luego, yo no iba a ser quien se lo contara.





