Dejé que me tocaran entre las mesas del bar
Me llamo Mariana y tengo veinticuatro años, aunque lo que voy a contar pasó cuando tenía veintidós. Hace un tiempo empecé a escribir algunas de mis anécdotas en internet y me enganchó tanto la sensación de contarlo, de saber que alguien me está leyendo del otro lado, que decidí animarme a dejarlas también acá. Esta es una de mis favoritas, porque fue la primera vez que entendí lo mucho que me gustaba que me miraran.
Para que se hagan una idea: soy bajita, mido apenas un metro con cincuenta y dos, tengo el pelo castaño claro, ojos verdes y uso lentes. Soy delgada, de pechos pequeños y caderas marcadas, y desde muy joven supe que era una chica caliente y que no tenía ningún sentido pelearme con eso. Disfruto del sexo, lo digo sin vergüenza, y disfruto todavía más de la antesala: las miradas, la tensión, ese momento en que alguien decide si se anima o no.
La historia arranca cuando me mudé sola a otra ciudad para estudiar. Necesitaba trabajo sí o sí, y la universidad me consumía tanto tiempo que buscar con calma se me hacía imposible. Le comenté el problema a una amiga, Sofía, y ella me dijo que en su trabajo siempre hacían falta manos. Era simple: mesera en un bar con pista de baile, pago por día. Me consiguió una entrevista, fui, y lo único que me pidieron fue cumplir con el uniforme.
—Vestido negro corto o falda, y zapatos o botas negras —me dijo el encargado sin levantar mucho la vista—. Nada más.
Me venía perfecto. Justo me había comprado un vestido negro que todavía no había estrenado, así que acepté en el acto.
***
El primer día me sentí rara. Con solo el vestido encima y la música retumbando, los hombres de las mesas no me quitaban los ojos de encima. Me llamaban a cada rato, pedían cualquier cosa con tal de que me acercara, y yo iba y venía con la bandeja sintiendo cómo me recorrían con la mirada. Al principio me incomodó. Pero no pasaba de eso, de miradas, y después de unas cuantas noches dejó de molestarme.
De hecho, empezó a gustarme.
Me di cuenta una madrugada, mientras cobraba una mesa y un tipo me miraba las piernas sin disimular. En vez de incomodarme, me gustó. Me gustó sentirme deseada, ser el centro de todas esas miradas en la penumbra. A partir de ahí algo cambió en mí. Me compré un vestido todavía más corto. Empecé a usar faldas con las que, si me agachaba un poco de más, se me veía todo. Dejé de ponerme corpiño y sentía cómo los ojos se me iban a los pechos, cómo los pezones se me marcaban solos bajo la tela cuando me cruzaba con una mirada particularmente intensa.
Había noches en que sentía que cualquiera de esos hombres me hubiera arrancado el vestido ahí mismo, en medio de todos, y la idea, lejos de asustarme, me prendía fuego. Era un juego silencioso. Yo provocaba, ellos miraban, y nadie decía nada. Todavía.
***
La primera vez que alguien se atrevió a más fue una noche de pista llena. Tenía puesto el vestido más corto, pegado al cuerpo, y estaba inclinada recogiendo unos vasos de una mesa baja cuando sentí una mano cerrarse sobre mi culo. Un apretón firme, decidido. Pegué un respingo y me enderecé de golpe.
Cuando me di vuelta, claro, no había ningún culpable a la vista. Tres o cuatro tipos charlando como si nada, ninguno me miraba. Al principio me sentí incómoda, un poco invadida. Volví a la barra con el corazón acelerado y dejé los vasos sin saber muy bien qué hacer con lo que acababa de pasar.
Pero mientras la noche avanzaba, me sorprendí pensando en eso una y otra vez. Y lo que descubrí me dejó helada: me había gustado. Me había gustado muchísimo que un completo desconocido se animara a tocarme así, sin permiso, en la oscuridad. La sola idea de que pudiera volver a pasar me ponía mojada.
¿Y si lo provoco a propósito?
Así que eso hice. Esa misma madrugada empecé a agacharme con menos disimulo, dejando ver la ropa interior, demorándome más de la cuenta cada vez que recogía algo del piso. Me apoyaba en los hombros de los clientes al servirles, me reía de cerca, les tocaba el pelo, el brazo, jugaba con ellos. No pasó mucho.
Otro hombre, en otra mesa, deslizó la mano bajo el borde de mi vestido cuando me incliné para dejarle el trago. Me tocó apenas unos segundos y después me dio una palmada suave en la nalga. Cuando me di vuelta no me asusté. Le guiñé el ojo, despacio, para que entendiera que podía volver a hacerlo cuando quisiera.
Esa madrugada volví a casa caminando, con el aire fresco pegándome en las piernas, y no podía dejar de sonreír. Había descubierto algo de mí que no conocía: necesitaba que me vieran, que me desearan, que se atrevieran. No era el sexo en sí, todavía no había pasado nada parecido al sexo. Era la mirada cargada, la mano que dudaba antes de animarse, esa fracción de segundo en que un desconocido decidía cruzar la línea conmigo. Vivía para ese instante.
Con el correr de las semanas aprendí a leer a los clientes apenas entraban. Sabía cuáles se quedarían quietos toda la noche por más que yo me agachara delante de ellos, y sabía cuáles, en cambio, terminarían buscándome con la mano si les daba la más mínima señal. Me convertí en una experta en repartir señales. Una sonrisa de más, un roce de cadera al pasar, un «¿algo más?» dicho demasiado cerca del oído. El bar entero se volvió mi escenario y yo era la única que conocía el guion.
***
De ahí en adelante el juego se volvió más descarado. Una noche me acerqué directamente a un cliente que llevaba un rato comiéndome con los ojos y le hablé al oído por encima de la música.
—Si querés, podés tocar —le dije—. No me molesta.
No desaprovechó la oportunidad ni un segundo. Y a mí esas situaciones me mojaban tanto que terminé pasando más tiempo provocando hombres que trabajando de verdad. Mis bombachas quedaban empapadas para la mitad de la noche, hasta que un día decidí que era más práctico no ponérmelas. Bajaba al bar con el vestido y nada debajo, y me movía entre las mesas sabiendo que cualquier roce, cualquier mano que se animara, me iba a encontrar completamente expuesta.
Sofía me miraba desde la barra con una mezcla de risa y reproche. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo y, aunque nunca me dijo que parara, más de una vez tuvo que venir a rescatarme cuando la cosa se ponía demasiado intensa.
***
La noche que más recuerdo fue una en que llegué especialmente caliente y especialmente coqueta. Solo el vestido y los zapatos, nada más. La pista estaba a reventar y la música no dejaba lugar a las palabras, todo se decía con el cuerpo.
Me fijé en un hombre alto, de barba corta, que bailaba cerca de la barra. Después me enteraría de que tenía pareja, aunque en ese momento ni lo sabía ni me habría importado demasiado; no habría sido el primer hombre con novia que terminaba conmigo. La cuestión es que yo le gusté y él me gustó, y cuando me acerqué con la bandeja vacía dejó de bailar solo para bailar conmigo.
Nos movimos juntos un rato, cada vez más pegados, hasta que en plena euforia le planté un beso. Él respondió enseguida, y llevó las dos manos directo a mi culo, apretándome contra él. Yo no solo lo dejé: lo alenté, le tomé las manos y se las guié para que se metieran debajo del vestido.
Cuando sus dedos llegaron a mi entrepierna y la encontraron descubierta y completamente mojada, lo sentí dudar apenas un instante. Después dejó de dudar. Sin apuro, en medio de la pista, rodeados de gente que bailaba sin enterarse de nada, deslizó un dedo dentro de mí.
No sé cuánto tiempo estuvo así. Tal vez tres minutos, tal vez menos. Para mí fueron eternos. Estaba en un éxtasis completo, mordiéndome el labio, agarrada de su cuello para no perder el equilibrio, sintiéndome la mujer más deseada de todo el lugar. La oscuridad, la música, el riesgo de que alguien se diera cuenta, todo eso me empujaba más arriba.
Hasta que apareció Sofía y nos separó con una sonrisa tensa.
—Listo, hasta acá —me dijo al oído, arrastrándome de vuelta hacia la barra.
Le hice caso a regañadientes. Cada uno volvió por su lado. Un rato después vi llegar a la pareja de aquel hombre, y no pude evitar reírme sola pensando en lo cerca que había estado de armarse un escándalo.
***
Trabajé en ese bar varios meses más, y voy a confesar algo: iba principalmente por esto. El sueldo era lo de menos. Lo que me llevaba cada noche a ponerme el vestido era esa mezcla de miradas, manos furtivas y deseo en la penumbra, ese poder extraño de provocar y ser provocada al mismo tiempo.
Como era de esperar, al final me terminaron despidiendo justamente por eso. El encargado me lo dijo sin vueltas, entre incómodo y resignado, y yo me fui sin discutir, casi aliviada, porque para entonces ya sabía perfectamente lo que me gustaba.
Espero que hayan disfrutado de esta pequeña confesión. Y si quieren que cuente más de mis locuras, porque les aseguro que las sigo haciendo, díganmelo. Tengo varias guardadas.





