Me exhibí para mi vecino sin saber quién tocaría el timbre
Sé que me espía y eso me excita.
Cada tarde salgo al jardín porque adoro el sol sobre la piel, y casi nunca llevo nada encima. Hoy solo la parte de abajo del biquini, minúscula, blanca, sujeta a las caderas con dos lacitos que se deshacen tirando de un solo extremo. Odio las marcas, y odio todavía más la idea de aburrirme.
El truco lo descubrí por casualidad, hace meses. Cuando los rayos me acarician los pechos desnudos, algo se enciende en mi bajo vientre. Y cuando enciendo la ducha exterior y el agua empieza a correr, sé que él se asomará. Ramiro siempre se asoma.
Vive justo detrás, en la casa de la cima del terreno. Desde su ventana del primer piso tiene una vista privilegiada de mi jardín, de la ducha, de mí. Lleva semanas creyendo que no me doy cuenta del leve movimiento de las cortinas, del reflejo de sus gafas entre los visillos. Pobre. Me doy cuenta de todo. Y hoy tengo algo preparado para el goce y disfrute de mi voyeur favorito.
Me han hablado de una página web. Una en la que te conectas, anónima, con desconocidos de cualquier parte del mundo. Gente que solo quiere mirar y ser mirada. Soy exhibicionista hasta la médula, me gusta que me observen, así que hoy me he decidido a entrar.
Escribo un nick cualquiera, marco la casilla de «bicuriosa» y le doy a aceptar mientras coloco el móvil sobre la repisa de piedra, en un ángulo estratégico. Quien se conecte podrá verme entera. Y Ramiro, tras sus cortinas, también.
Me meto bajo el agua y dejo que golpee mi cuerpo y me erice los pezones. Tengo un pecho grande, pesado, y sé exactamente cómo lo mira mi vecino cuando paso por su casa a tomar café con su mujer. Lo saludo, le rozo el brazo, me inclino sin sujetador bajo la blusa. Le cuesta tragar. Baja la vista con una discreción que no engaña a nadie.
Me gusta imaginar que cuando se acuesta con la sosa de Beatriz piensa en mí. En mi falta de bragas las mañanas que me siento de cara a él en el taburete de su cocina, con las rodillas un poco abiertas, mientras ella revuelve el azúcar sin enterarse de nada.
Es un juego que disfruto. Y hoy lo disfrutaré más todavía.
Alguien se conecta.
Sonrío al ver un cuerpo atlético, desnudo, con una erección recta y golosa, como a mí me gustan. Una banderita en la esquina de la pantalla: Polonia. Sus dedos me saludan. La imagen se corta justo por encima de la boca, pero alcanzo a verle los labios. Bonitos. Me pongo de frente, muevo los dedos en respuesta y después subo las manos a los pechos y los aprieto despacio.
Le gusta lo que ve. Empieza a mover la mano, arriba y abajo, y a mí me gustaría poder atravesar la pantalla y probar esa piel. Me pone cachonda saber que él me mira desde el otro extremo de Europa y que Ramiro me mira desde quince metros, y que ninguno de los dos sabe del otro.
Meto la mano por dentro de la braguita. Estoy mojada, y no es solo el agua de la ducha. Hundo los dedos entre los labios y dejo escapar un jadeo. He activado el micrófono, así que oigo sus gruñidos a través del altavoz, una voz grave que me eriza más que el frío del agua.
Me hace un gesto. Quiere que me quite la braga. Tiro de las dos cuerdas a la vez y la dejo caer sobre las baldosas. Él coge un bote, se lanza un chorro sobre la erección y ahora todo él brilla bajo su lámpara. Me deslizo hasta el suelo, me siento, separo las rodillas y dejo que el agua resbale por mi vientre y caiga directa sobre el clítoris.
Teclea en inglés. Dice que le gusta lo que ve, que me toque para él. Lo complazco. Miro de reojo hacia la ventana de la cima y adivino el movimiento de Ramiro, frenético, mientras en alguna otra habitación Beatriz seguirá planchando camisas, ajena a que yo le pongo a su marido más tieso de lo que ella deja los cuellos almidonados.
Me meto un segundo dedo, luego un tercero. Adoro tener a dos hombres pendientes de mí al mismo tiempo. El polaco acelera, se agarra, me pide que llegue más adentro. Estoy tan caliente que obedezco, y me pego al móvil para que vea todo lo que me cabe.
Llaman al timbre.
Maldigo en voz baja. Le escribo al desconocido que me espere, me levanto empapada, cojo de la cuerda un vestido de tirantes de algodón blanco, holgado, y me lo paso por encima sin secarme. La tela se me pega al cuerpo al instante. No tengo tiempo de nada.
Salgo a la parte delantera chorreando. Es el repartidor. Un chaval nuevo que ha venido un par de veces; lo reconozco por la torpeza simpática con la que carga las cajas. Está sudando. Hoy aprieta el calor de verdad.
—Se… señora Vera, un paquete. Pesa mucho —dice, y la voz le tiembla en la primera sílaba.
Tiene que ser la figura de piedra que encargué para el jardín.
—Ay, sí, claro.
Le abro la cancela y lo primero que hacen sus ojos es bajar a mi escote. Podría ser su madre, y eso no le impide mirarme como me mira. Se pone más colorado de lo que ya venía del calor. Con el vestido pegado y mojado, debe de verlo todo a través de la tela.
—Necesito que lo lleves a la parte de atrás, ¿podrás?
—Em, sí, claro… —Tartamudea, aparta la vista nervioso, y a mí me pone perra ponerlo así.
Dejo caer las llaves a propósito y me agacho a recogerlas despacio, de cara a él, para que el escote se abra del todo. Cuando me incorporo, tiene las pupilas dilatadas y la garganta seca.
—Sígueme. ¿Cómo te llamabas?
—Mateo.
—Bonito nombre. Seguro que vuelves locas a las chicas, Mateo.
No es guapísimo, pero sí mono, y a esa edad un cumplido vale oro. Camino delante mientras él empuja una carretilla con la caja. Sé de sobra que me está mirando el culo bajo la tela transparente.
—¿Tienes novia? —pregunto sin volverme.
—No, no… todavía.
—Bueno, no tardarás.
***
Llegamos por fin al jardín, junto a la ducha que sigue corriendo. Le pido que me ayude a desembalar la figura y se ofrece encantado. Me muevo a su alrededor, le enseño los pechos por delante al inclinarme, el culo por detrás al darme la vuelta. En una de esas lo pillo mirando sin disimulo.
—¿Te gusta lo que ves? —Traga con fuerza y asiente—. ¿Quieres verme mejor?
Vuelve a asentir, mudo, y me quito el vestido sin pudor. Me encanta lo que veo reflejado en su cara: nervios y deseo a partes iguales.
—Está usted muy buena, señora Vera.
—¿De verdad?
—Sí. Buenísima.
—Y tú muy acalorado. ¿Por qué no te quitas la ropa y te das una ducha conmigo? Verás cómo alivia.
—Pe… pero estoy trabajando…
—No se lo diré a nadie. Y cuando termines, llamaré a tu jefe para decirle que has hecho un trabajo excelente. Una buena recomendación no te viene mal, ¿verdad?
Camino hacia atrás y vuelvo a meterme bajo el agua. Mateo duda, mira la cancela, mira la casa, y al final empieza a quitarse la camiseta. Tiene un cuerpo algo desgarbado, de chaval que aún está acabando de crecer, pero con buenas formas.
—¿Haces deporte?
—Juego al baloncesto.
—Se te nota.
Llega el momento de la verdad. Se baja la ropa interior y me sorprende: un miembro grueso, ligeramente torcido hacia la izquierda. Mateo no se depila, y desde luego no mentía cuando decía que le gustaba lo que veía.
—Ven.
Se acerca y quedamos frente a frente bajo el chorro.
—¿Quieres tocarme? —Asiente. Le llevo las manos a los pechos. Los aprieta y jadea.
—Joder, son enormes…
—Gracias. ¿Puedo tocarte yo?
—Sí, por favor.
Mi mano vuela hacia él y empiezo a acariciarlo despacio. Mateo pone los ojos en blanco y tiembla entero.
—¿Cuántas veces has estado con una mujer, Mateo?
—Tres.
—¿Alguna mayor que tú? —Niega con la cabeza—. No, pero era una de mis fantasías. Cada vez que venía a traerle un paquete, después… pensaba en usted.
—¿En serio? —Asiente, con la cara empapada y el agua escurriéndole por el pelo.
Le tomo una de las manos y la guío entre mis piernas, y le susurro al oído cómo quiero que me toque. No lo duda. Se le nota la inexperiencia: los movimientos son demasiado rápidos, demasiado bruscos, pero eso no le quita morbo, al contrario. Lo corrijo, le enseño el ritmo, y cuando empieza a entenderlo, le pido que se arrodille.
Cojo el móvil.
—Mira.
Mateo ve entonces al polaco, que sigue ahí, dándose placer al otro lado de la pantalla.
—¿Estaba viendo… porno?
—No. Es en directo. Me estaba tocando con él, y ahora va a mirar cómo me lames. Si lo haces bien, dejaré que me pongas a cuatro patas. ¿Quieres, Mateo?
Asiente con tanta vehemencia que casi me río. Me siento en el borde de la repisa, separo los muslos y dejo que hunda la lengua mientras enfoco la cámara hacia mi cara, hacia la suya entre mis piernas. Me da igual que el desconocido me vea el rostro. Él me lo agradece con un gemido grave que me corta el aliento.
Tengo a Mateo así un buen rato, devorándome con una entrega torpe y sincera, mientras el agua sigue cayendo sobre los dos. Cuando me siento al borde del orgasmo, le tiro del pelo, lo aparto y lo beso, enredando mi lengua con la suya, saboreándome en su boca.
—Suficiente. Ahora fóllame.
Me pongo a cuatro patas sobre las baldosas calientes, el móvil enfocando la unión de nuestros cuerpos. El polaco verá la escena como si fuera él quien me penetra; Ramiro, desde su ventana, verá cómo se mueven mis pechos. Noto el primer empellón. Mateo se abre paso sin contemplaciones, hunde los dedos en la carne de mis caderas y empuja.
Gemimos los dos. No para de repetirme que estoy buenísima, y yo sonrío contra el suelo. Llevo una mano entre las piernas y me acaricio al ritmo de sus embestidas. Sigue siendo algo torpe, pero su entusiasmo lo compensa todo.
—No aguanto… no aguanto mucho más —jadea.
—Espera.
Le pido que me pellizque los pezones antes de parar y él los retuerce con torpeza, justo como me gusta, y sé que a Ramiro, allá arriba, le gusta también.
Me recoloco, lo saco de mí, me abro de piernas y cojo el móvil de nuevo.
—Tócate. Quiero verte terminar.
Mateo mueve la mano con frenesí. El primer chorro me cae sobre el vientre, el segundo sobre los pechos, el último me roza la mejilla. Abro la boca y lo recibo. Sabe a juventud y a calor. El polaco grita al otro lado de la pantalla, se ha corrido, y al fin se desconecta sin despedirse.
Espero que Ramiro también lo haya hecho, porque yo ya no puedo más. Le pido a Mateo que baje de nuevo, y él obedece como un cachorro, lamiéndome despacio hasta arrancarme un orgasmo largo que me deja temblando contra las baldosas, y luego un segundo que casi me hace gritar.
***
Después me llena el cuerpo de besos, subiendo despacio desde el vientre hasta la boca. Nos besamos un buen rato, sin prisa, mientras el agua sigue corriendo y el sol empieza a caer. Luego desliza los labios hasta mi oído.
—Cuando Camila me enseñó tu foto, ya sabía que follabas mucho mejor que ella —susurra.
Me aparto despacio y lo miro.
—¿Conoces a mi hija?
—Salgo con ella —sonríe—. Y a partir de hoy, también me follo a su madre.
Me sostuvo la mirada sin un asomo de vergüenza, y yo, lejos de echarlo, le devolví la sonrisa. Arriba, en la cima, las cortinas de Ramiro volvieron a moverse.
El verano acababa de empezar.





