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Relatos Ardientes

Lo que vi en el pasillo del tren nocturno

Esto que voy a contar me pasó hace ya algunos años, cuando el trabajo me obligaba a subir al tren nocturno rumbo a Oporto dos veces al mes. Siempre elegía el de la noche, el coche cama que salía pasadas las diez, porque así no perdía ni una hora de oficina y llegaba listo para la primera reunión de la mañana. Era un ritual que conocía de memoria: el andén, el revisor somnoliento, el olor a metal frío de los pasillos estrechos.

Aquella noche, mientras avanzaba por el corredor buscando mi compartimento con la bolsa al hombro, me crucé con los viajeros de siempre. Nos esquivábamos como podíamos en aquel espacio donde no caben dos personas de frente, murmurando perdones, encogiendo los hombros para no rozarnos. Y entonces la vi.

Era una mujer de unos treinta años, aunque podría haberle echado menos por la forma en que se movía, segura, sin prisa. Vestía como una ejecutiva que viene de un día largo: una blusa blanca que dejaba intuir el encaje de la prenda de debajo, una falda negra ceñida hasta media pierna y unas medias que dibujaban unas piernas imposibles. Los tacones repiqueteaban contra el suelo del vagón con un ritmo que parecía hecho a propósito para que uno se girara.

Al cruzarme con ella levanté la vista lo justo para encontrarme con sus ojos. Eran oscuros, enormes, de esos que te miran un segundo de más. Tenía los labios carnosos, la clase de boca que uno imagina de inmediato cerrada alrededor de una polla, y una cara de proporciones casi irritantes de tan perfectas. Y dejó tras de sí una estela de perfume, algo cálido y caro, de esos que se quedan pegados a la memoria mucho después de que la persona se haya ido.

No voy a dormir esta noche, pensé, y no me equivocaba, aunque por motivos que entonces no podía imaginar.

Ella siguió su camino y yo el mío, y así descubrí que éramos vecinos de compartimento. Solo nos separaba un tabique fino, de esos que en los trenes dejan pasar hasta los suspiros. Dejé la bolsa, me quité los zapatos y me tumbé en la litera con la luz apagada, escuchando el traqueteo monótono de las vías, con la polla ya medio dura solo de recordar cómo se le marcaba el culo bajo aquella falda.

***

El tiempo se estiraba. Daba vueltas en la litera, miraba el techo, contaba las uniones de los raíles por el golpeteo. Serían las dos de la madrugada cuando me rendí. Decidí salir a estirar las piernas, quizá llegar hasta el vagón restaurante y tomar algo que me ayudara a caer rendido.

El pasillo estaba desierto. No se oía nada más que el rumor del tren cortando la noche y, de vez en cuando, el chasquido de las luces de emergencia parpadeando en azul. Caminé hasta el vagón restaurante y lo encontré cerrado, con las persianas bajas y las sillas volcadas sobre las mesas. Maldije en voz baja y emprendí la vuelta.

Fue al cruzar el fuelle entre dos vagones, ese acordeón de goma que se balancea y cruje, cuando la vi de nuevo. La mujer de la blusa blanca estaba a mitad del pasillo, apoyada contra el cristal de una ventanilla, mirando la oscuridad de fuera como si esperara algo. O a alguien.

Estaba de espaldas, ligeramente inclinada hacia delante, con las manos apoyadas en el marco bajo de la ventana. La postura ofrecía una imagen que me secó la boca: la falda tensa sobre las caderas, el culo respingón marcándose contra la tela, el cuerpo arqueado, todo en ella parecía una invitación a que alguien se le pegara por detrás y se la follara ahí mismo. Pensé en avanzar, en pasar a su lado fingiendo que volvía a mi compartimento solo para sentir otra vez aquel perfume de cerca.

Pero no llegué a moverme. Por el otro extremo del pasillo apareció un hombre.

***

Era mayor que ella, andaría por los cincuenta, con el pelo cano peinado hacia atrás y un traje impecable que no se había quitado pese a la hora. Caminaba directo hacia ella, sin dudar, como quien recorre un camino que ya conoce. Me quedé clavado en el sitio, retrocediendo medio paso hasta meterme en la penumbra del fuelle, donde la sombra me tragaba por completo.

El hombre no dijo nada. Se colocó detrás de ella y ella tampoco se giró. Ni un sobresalto, ni una palabra. Se conocen, comprendí. O habían acordado aquello con la mirada, en algún andén, en algún pasillo, en ese idioma mudo que algunos saben hablar. Él apoyó las manos en sus caderas y se pegó a su cuerpo, restregándole el bulto duro contra el culo por encima de la falda, y ella echó la cabeza hacia atrás, apenas, lo justo para rozarle el hombro y susurrar algo que sonó como un "por fin" ahogado.

Yo apenas respiraba. Sabía que aquello no me incumbía, que lo correcto era darme la vuelta y regresar por donde había venido. Pero los pies no me respondían. Me quedé mirando cómo las manos del hombre subían lentamente por los costados de ella, cómo recorrían la blusa hasta llegar a los botones.

Los fue soltando uno a uno, sin prisa. La blusa se abrió y comprobé que ella no llevaba nada debajo de lo que yo había creído intuir. Él le cubrió los pechos con las manos, los apretó con fuerza, los amasó a puñados hasta que se le escaparon los pezones tiesos entre los dedos, y empezó a pellizcárselos, a estirárselos, a hacérselos rodar entre el índice y el pulgar. Ella cerró los ojos y dejó escapar el aire por la nariz. Desde mi escondite veía su perfil reflejado en el cristal de la ventana, la boca entreabierta, el ceño tenso de quien intenta no hacer ruido y no lo consigue del todo.

—Cállate —le oí murmurar a él contra su oreja—. Cállate o nos oyen.

—Fóllame ya —respondió ella en un hilo—. Llevo desde la estación mojada esperándote.

Noté que la ropa empezaba a estorbarme. La presión era insoportable, una urgencia que crecía a una velocidad que no recordaba haber sentido antes. Eché un vistazo rápido al pasillo vacío, me bajé la cremallera con dedos torpes y me saqué la polla en la oscuridad, dura como una piedra, mientras seguía observando aquel espectáculo que parecía montado solo para mí.

***

El hombre le subió la falda con un gesto seco, arremangándosela hasta la cintura, y lo que vi terminó de desarmarme: ella no llevaba nada bajo la falda. Nada. Ni siquiera un tanga. Solo el culo blanco y redondo, las medias detenidas a mitad de los muslos y los tacones tensando cada línea de las piernas. La imagen me golpeó como una corriente. Empecé a acariciarme con la mano, despacio al principio, cerrando el puño alrededor del glande y bajando hasta la base, marcando el mismo ritmo lento con el que él la preparaba.

Porque eso hacía. Le pasó los dedos entre las piernas, le separó los labios del coño y los demoró ahí, hurgando, buscando el clítoris con la yema del corazón, hasta que ella tuvo que morderse el labio y separar más los pies para dejarle sitio. Vi cómo los dedos del hombre entraban y salían, cómo se le hundían dos, tres nudillos, y cómo salían brillantes, empapados, con hilos de humedad que le colgaban hasta la muñeca. Después los subió hasta su boca y ella los chupó, uno tras otro, limpiándolos con la lengua como si fuera lo más natural del mundo, saboreándose a sí misma. Luego él los llevó más arriba, a la entrada más estrecha, entre las nalgas, lubricándola con paciencia, apretando la punta del dedo contra el ojete hasta que ella soltó un jadeo y se abrió para dejarlo entrar. Yo no daba crédito a lo que tenía delante y, al mismo tiempo, no era capaz de apartar los ojos.

Le oí bajarse la cremallera. El sonido metálico rompió el silencio del pasillo con una claridad brutal. Sacó la polla, gruesa, oscura, y se la restregó por las nalgas antes de bajarla y encajarla entre los muslos de ella. La frotó a lo largo del coño abierto, adelante y atrás, empapándose entero, y ella empezó a mover las caderas buscándolo, ofreciéndose, intentando cazarlo con el agujero cada vez que la punta le pasaba por encima.

—Métemela ya, cabrón —siseó apretando los dientes—. Ya.

Cuando él se preparó, ella se sujetó con más fuerza al marco de la ventana. Lo vi empujar, despacio, abriéndose paso, y vi cómo ella aguantaba el gemido apretando los dientes, conteniendo el sonido para que no escapara al pasillo dormido. La polla se le hundió centímetro a centímetro hasta desaparecer entera dentro de ella, y las nalgas de la mujer se pegaron al vientre del hombre con un golpe seco de carne contra carne. Él se quedó quieto un instante, dejándola acostumbrarse a la envergadura, y luego empezó a moverse.

El ritmo subió enseguida. Las embestidas hacían que ella se balanceara contra el cristal, que los pechos desnudos le rebotaran y se aplastaran contra el vidrio frío, que sus dedos se aferraran al marco buscando dónde sostenerse. Él la tomaba por las caderas y tiraba de ella hacia sí, cada vez más hondo, cada vez más rápido, sacándola casi entera y volviéndola a ensartar de un golpe. Yo veía la polla entrar y salir brillante, veía cómo el coño de ella la envolvía y la soltaba, veía cómo un hilo de flujo espeso le bajaba por la cara interna del muslo hasta perderse en la media. El tren acompañaba el vaivén con su propio traqueteo, como si la noche entera se hubiera puesto de acuerdo en aquel compás.

—Así, así, más fuerte —gemía ella con la voz rota, ya sin cuidarse tanto—. Rómpeme, joder…

Él le tapó la boca con una mano mientras con la otra la sujetaba por la cadera y se la clavaba hasta el fondo, con embestidas cortas y profundas que le hacían temblar los muslos. Se inclinó sobre su espalda, le mordió el cuello, le lamió la nuca, y en un momento le sacó la polla brillante y le escupió sobre el ojete antes de bajarse un poco y volver a metérsela por el coño de una estocada seca que le arrancó a ella un grito ahogado contra la mano que la amordazaba.

Yo me movía la mano al mismo tiempo, escondido entre las sombras, con el puño resbaladizo de líquido preseminal, con el corazón golpeándome las costillas y el miedo a ser descubierto mezclándose con todo lo demás de una forma que solo encendía más la cosa. La imagen de aquella polla entrando y saliendo de aquel coño empapado me tenía al borde, conteniéndome con un esfuerzo absurdo, apretando la base para no correrme antes de tiempo, para no perderme el final. Y entonces lo vi hundirse hasta el fondo y quedarse allí, tenso, agarrándola por las caderas con los nudillos blancos, terminando dentro de ella con un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Vi cómo la polla le latía metida hasta el fondo, cómo descargaba dentro con esa quietud absoluta del que se está corriendo a chorros, y cómo ella apretaba el coño a su alrededor exprimiéndolo, sacándole hasta la última gota.

***

Se quedó un rato así, moviendo apenas las caderas, empujando de más para asegurarse de vaciarse por completo, recuperando el aliento con la frente apoyada en el pelo de ella. Después se separó y la polla salió con un ruido húmedo, todavía medio dura, arrastrando un hilo blanco que se descolgó entre los muslos de ella y le empezó a resbalar coño abajo, mezclado con lo suyo. Se recompuso la ropa con una calma exasperante, se guardó la polla, se subió la cremallera y, sin una palabra, sin un gesto de despedida, se alejó por el pasillo y desapareció en su compartimento. Tal como había venido.

Ella tardó un poco más en moverse. Se pasó dos dedos entre los muslos, recogió el semen que le caía, se lo llevó a la boca y se lo chupó despacio, con los ojos cerrados, como si aquello fuera el postre. Después se bajó la falda sobre la piel manchada, se cerró la blusa con dedos temblorosos sobre los pechos todavía enrojecidos y se apartó de la ventana. Caminaba con esfuerzo, con las piernas flojas, y por un segundo, justo antes de entrar en su cabina, giró apenas la cabeza hacia las sombras donde yo seguía inmóvil con la polla en la mano. No sé si me vio. Quiero creer que sí. Quiero creer que sabía que había tenido público y que la imagen de un tipo pajeándose a oscuras mientras se la follaban le encendía todavía más.

Esperé a que cerrara la puerta y volví a mi compartimento con el pulso desbocado y la polla asomando aún fuera del pantalón. Me quité la ropa en la oscuridad y me tumbé en la litera, pero era imposible parar. Volví a agarrármela, empapada ya de mi propio flujo, y seguí donde lo había dejado, con la imagen de ella todavía ardiéndome detrás de los párpados: el culo blanco levantado, la polla del otro clavándosela hasta el fondo, la boca abierta contra el cristal.

Y entonces los oí. A través del tabique fino llegaban sus gemidos, ahora sí, sueltos, sin nadie delante de quien disimular. La oí escupirse en los dedos, la oí abrirse de piernas sobre las sábanas, la oí acariciarse el coño todavía chorreante con un chapoteo húmedo que se colaba por la madera como si estuviéramos en la misma cama. Gemía bajo, ronco, con esa cadencia rápida de quien está a punto de correrse por segunda vez. Estaba terminando lo suyo a solas, como yo, machacándose el clítoris con lo que aquel hombre le acababa de dejar dentro. Aquel sonido amortiguado fue lo que me hizo estallar. Me corrí sobre el vientre a chorros calientes, mordiéndome el dorso de la mano para no delatarme, mientras la oía a ella soltar un gemido largo, agudo, contenido contra la almohada, aunque por dentro deseaba que ella me oyera tanto como yo la oía a ella, que supiera que la había acompañado hasta el final.

Después quedó el silencio, y el traqueteo, y la oscuridad. No volví a verla. Por la mañana, cuando el tren entró en la estación de Oporto, su compartimento ya estaba vacío. Se había bajado en alguna parada de madrugada, o había salido antes que yo, no lo sé.

De aquello hace años, pero todavía hoy, cada vez que subo a un tren nocturno y el pasillo se queda en penumbra, vuelvo a mirar hacia las ventanas con una mezcla de esperanza y vergüenza. Como si en algún cristal, en alguna noche, pudiera repetirse lo que vi.

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Comentarios(7)

NocheFuga

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

viajero_roro

Los trenes nocturnos tienen algo especial... este relato lo captura a la perfeccion. Ojala haya continuacion!

Florencia_BsAs

Me encanto como esta narrado, se siente muy real y cinematico a la vez. Muy bien logrado

ClaudioNac

no pude parar de leer, que tension!!!

Wanderer_bsas

algo parecido me paso en un viaje nocturno, nada tan intenso como esto obvio jaja. Relato muy bueno

MariV_Cba

Por favor que haya segunda parte!!! me quede con ganas de mas

Lena_mdp

increible la atmosfera que lograste crear, el tren de noche da ese clima perfecto para este tipo de historias

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